Cultura

Lecturas para quedarse en casa en inusitados tiempos de crisis sanitaria

Los molinos de harina riberiegos en la comarca de Puertollano (Siglos XIV-XX)

Primera parte, que comprende hasta finales del siglo XVI, de un amplísimo estudio escrito por Miguel Fernando Gómez Vozmediano y publicado en el número 1 de la Revista Campo de Calatrava del año 1.999

Miguel Fernando Gómez Vozmediano

03/04/2020

(Última actualización: 04/04/2020 12:01)

Imprimir

"Molinero lo quiero, que no pastor,

el uno tiene cuartos, el otro no."

Coplilla tradicional.

Desde hace miles de años, la molienda de los cereales para el consumo humano y animal ha sido el eje en tomo al cual ha girado buena parte de la vida de nuestros antepasados. Así, desde el Neolítico hasta la actualidad todo una cultura popular se ha cimentado sobre la transformación del trigo en harina: desde formas de vida rural a métodos de explotación agraria, pasando por todo un conglomerado de estrategias de supervivencia o de medraje, mantenidas con altibajos y sufriendo inevitables cambios a través de los siglos.

Además, la prolongada presencia entre nosotros de molinos fluviales ha fomentado en la conciencia colectiva un folklore típico de las faenas molineras (cantos de molienda, cuentos de niños, consejos de viejas al calor de la lumbre, refranes, leyendas ... ). Tal ha sido su protagonismo cotidiano y su calado histórico-literario que incluso ha generado una imagen estereotipada de toda una comunidad.

Esto ocurre con La Mancha, asociada desde antaño a los molinos de viento cervantinos. La presente centuria ha significado la práctica desaparición de una arquitectura rural y la disolución de su recuerdo en nuestras conciencias. Por ello, hemos querido recuperar, siquiera testimonialmente, su glorioso pasado en nuestra comarca en el umbral del Tercer Milenio.

Confiamos que las generaciones futuras sepan valorar en su justa medida una forma de existencia campesina y unos testimonios arquitectónicos castigados por el inexorable paso del tiempo, casi olvidados y arrinconados por el trepidante ritmo de vida urbano.

l. EL MEDIO: LA RIBERA DEL RÍO OJAILÉN Y EL VALLE DE ALCUDIA

Durante milenios, el medio físico ha condicionado el poblamiento humano. De manera recíproca, su continuada presencia entre nosotros ha condicionado la humanización del espacio. El área de influencia tradicional de Puertollano se extendía desde las estribaciones de Sierra Morena a los afloramientos volcánicos y las lagunas freáticas más meridionales del Campo de Calatrava (Almodóvar del Campo, Villamayor, Argamasilla).

Entre Sierra Madrona y el actual casco urbano de Puertollano (paso natural al Valle de Alcudia), se articulan dos espacios geográficos bien diferenciados. De un lado, la cuenca carbonífera, delimitada al norte por los cerros de San Sebastián y Santa Ana y al sur por las alineaciones montañosas de Hinojosas y Cabezarrubias, vertebrada alrededor del cauce del río Ojailén y su red de afluentes.

Este caudal nace en los cerros homónimos y tras serpentear en torno a la ciudad, se une al Fresnedas, recibiendo antes el aporte del Arroyo de la Higuera; en tanto el Retamar procede de la cordillera de los Sauces. De otro lado, se halla el Valle de Alcudia, ubicado entre el puerto de Mestanza y Sierra Madrona, de perfil suavemente ondulado, drenado por los ríos Robledillo (o Riofrío, según la terminología de los lugareños), Fresnedas (nace al norte del Viso del Marqués, en el serrano paraje de San Andrés, recogiendo luego los aportes de Ventillas, que procede de Gargantiel), Tablillas (cuyas aguas manan en la sierra del Puente el Canto, en mitad mismo del Valle, bañando los términos de Cabezarrubias y Brazatortas) y Montoro (que, viniendo de los cerros de Cabezarrubias, se une al Fresnedas a la altura de San Lorenzo), aguas todas recogidas por el Jándula(afluente del Guadalquivir).

Debemos tener en cuenta que, desde la antigüedad, el Ojailén es también llamado Guadaperosa o Puertollano; en tanto el Tablillas aparece hasta el siglo XVIII consignado como Aguadefrex, Guadahenex o Guayanes, según las fuentes que manejemos.

Clima templado, vegetación mediterránea densa, abundante caza y pesca fluvial con orografía no demasiado accidentada, a la sazón salpicada por frecuentes cursos de agua y manantiales, tales factores favorecen desde el Paleolítico el asentamiento de grupos humanos en las inmediaciones de Puertollano. Concretamente en Laguna Blanca (Argamasilla de Calatrava), junto a los encharcamientos freáticos de Villamayor o Almodóvar, alrededor del Montoro y en la ribera del Ojailén se han hallado restos líticos que atestiguan el antiguo tránsito por el área de familias de cazadores y recolectores.

Hubieron de transcurrir miles de años para que estas bandas de depredadores, que merodeaban por la comarca, se asentaran en poblados más o menos estables y cambiaran sus hábitos de caza tradicionales por un rudimentario cultivo de los cereales. Así, en las riberas del Ojailén y del río Tirteafuera han aparecido restos de molinetas, consistentes en dos piedras circulares planas que, acopladas, giran de forma manual mediante un asidero de madera en la parte superior.

El Neolítico también asistió a la aparición de la cerámica, abriéndose paso poco a poco el temprano uso de los metales. Pese a la práctica agrícola de roturar mediante la técnica de tierra quemada y su explotación intensiva hasta su agotamiento, o las recurrentes presas hechas en arroyos y montes, puede afirmarse que el espacio natural no sufrió una transformación apreciable hasta los inicios de la Edad Antigua. En efecto, a la documentada ocupación de nuestra comarca por los oretanos se sumó la romanización del área por parte de un Imperio extranjero que se fundió con los primitivos hispanos, explotando como nunca hasta entonces ambas vertientes de Sierra Morena. La comarca era famosa desde tiempos remotos por su riqueza minera (plomo argentífero)", trazándose por entonces las primeras vías de comunicación permanentes en la zona.

Tenemos constancia arqueológica de la continuada población de nuestro entorno de comunidades hispano-visigodas. Recientes estudios han planteado la posibilidad de que el área pudiera haberse despoblado al sucumbir los naturales a las plagas de langosta, endémicas del Valle de Alcudia hasta tiempos muy recientes. En todo caso, es ostensible la islamización del territorio comprendida entre el Guadiana y Sierra Madrona, articulándose el territorio alrededor de Calatrava la Vieja. Así se levantarán multitud de hitos defensivos, bien en pequeñas elevaciones (Caracuel, Almodóvar, Mestanza, cerros de Puertollano) o bien en llano (Castillejo del Villar), estando pendientes de estudiar en profundidad tales fortificaciones rurales, así como determinados yacimientos funerarios de la entidad de la necrópolis bereber de Casas Altas (Solana del Pino).

La desintegración del califato Omeya y el inexorable avance de la Reconquista cristiana, trastocaron el débil orden interno establecido en La Mancha Baja, volviéndola a convertir en una región fronteriza, en una peligrosa tierra de nadie entre el Al Andalus musulmán y la Castilla cristiana.

No obstante, las especiales condiciones naturales de la comarca de Puertollano siguieron haciendo atractiva su explotación extensiva apícola y ganadera, siendo su miel silvestre tan apreciada como los pastos de sus dehesas. Del paisaje natural existente en tales riberas, nos parece muy elocuente la descripción redactada hacia 1528 de la llamada dehesa del Prado, emplazada en pleno Valle de Alcudia, poblada de una densa "alameda y membrillares la qua/ es a la madre del río que comienza desde los mojones que están junto a la dicha alameda y membrillar y de ay ba el río arriba hasta dar en otros mojones questa abajo de Codacon, termino de la dicha villa".

Paisaje de ensueño que difícilmente disfrutaremos de nuevo.

2. LOS HOMBRES: LA ORDEN DE CALATRAVA Y SUS VASALLOS

La Orden Militar de Calatrava, integrada por monjes-guerreros con ansias de emprender la Cruzada contra los musulmanes en tierras peninsulares, siempre bajo la inspiración divina y la tutela regia, fue la institución encargada de conquistar para Castilla todo el centro-oeste de la actual provincia de Ciudad Real, desde el siglo XII. En virtud de este hito histórico, la comarca que se extendía desde los Montes de Toledo a Sierra Morena se denominaría en adelante como el Campo de Calatrava. Asimismo, su flanco suroccidental sería conocido con el término de Rinconada de Almodóvar.

Tras un comienzo titubeante (derrota de Alarcos, 1195; toma almohade de los castillos de Dueñas y Salvatierra, 1211), la batalla de las Navas de Tolosa (1212) supuso el definitivo aldabonazo para consolidar el dominio calatravo de la región. La concordia espiritual de la Orden de Caballería con la Mitra de Toledo (1255), la concesión maestral de dos citas feriales a Almodóvar del Campo (1260) y el nombramiento del primer comendador conocido de Puertollano (Pero Alfonso, 1280), hacen del siglo XIII el período en el que comienza a hacerse efectivo un control más que nominal y una mayor ordenación del territorio que nos ocupa.

Este extenso dominio fue dividido en encomiendas para su mejor aprovechamiento económico. Sobre la base de dehesas y núcleos de población se cimentaría una auténtica remodelación de propiedades y señoríos, de relaciones sociopersonales y de vínculos vasalláticos feudales.

De este modo, el término municipal de Puertollano, que abarcaba desde los límites de Almodóvar y Argamasilla hasta Andalucía, hubo de compartir su jurisdicción con la encomienda homónima de Puertollano". Además, parte de su jurisdicción en Alcudia estaba ocupada por las dehesas de la Clavería y las Porras (dependientes del Clavero de la Orden, instalado en Aldea del Rey) así como por la dehesa de Villarroyuelo (vinculada a la Obrería de Calatrava, con implantación en Villamayor y Argamasilla de Calatrava).

Es más, en pleno casco urbano, a lo largo de la Baja Edad Media y hasta bien entrado el siglo XIX, poseyó diversos bienes inmuebles en el casco urbano de la villa el priorato de Fuencaliente. Para mayor confusión, el Sacro Convento de Calatrava la Nueva tenía diversos intereses en la villa, materializados en forma de colmenares y censos (hipotecas)14 sobre determinadas explotaciones del yermo.

A este difícil mosaico territorial se añade que, durante el siglo XIV se segregó de Puertollano la encomienda de los Barrancos, luego llamada de Mestanza, lo que demuestra la temprana proyección ganadera del valle de Alcudia.

Un Campo de Alcudia mencionado por el Arcipreste de Hita en su obra cumbre, “El Libro del Buen Amor”, precisamente por entonces, como privilegiado pastizal de los ganados mesteños trashumantes que comenzaban a invernar en sus millares (fincas con abundante pasto para que herbajeasen un millar de ovejas) y quintos (fincas reservadas al herbajeo de 500 cabezas). Para el mejor aprovechamiento ganadero del área, Puertollano disfrutaba de comunidad de pastos con las villas circundantes, lo que permitía a los lugareños introducir sus rebaños en los extensos términos que discurrían desde Fuencaliente a Mestanza, pasando por Villamayor, Argamasilla y Almodóvar del Campo.

Así pues, en el Campo de Calatrava se creó un modelo regional de señorío de carácter mixto, religioso y laico, caracterizado porque el impulso colonizador privado se desarrolló bajo el paraguas protector de los caballeros militares a cambio de una serie de compensaciones económicas y del reconocimiento feudal de su poder en la zona. La Orden, durante el Medievo y la Modernidad, ostentaría una serie de rentas territoriales (arrendamiento o explotación directa de sembrados, plantíos, bosques, baldíos y otras explotaciones económicas), ingresos vasalláticos (monopolios, gabelas personales y tributos sobre bienes muebles e inmuebles), preeminencias jurídico-gubernativas (control de cargos concejiles, rentas judiciales y atribuciones judiciales) y capitación sobre minorías confesionales (judíos y mudéjares), junto con toda una serie de derechos cedidos por la Corona (alcabalas y pechos) o arrancados al Arzobispo de Toledo (una parte de los diezmos, las llamadas tercias).

A cambio, sus vasallos tenían garantizada su seguridad militar frente a las temidas razzias mahometanas. También se les aseguraba la correcta defensa de sus intereses en la Corte y se confiaba a los comendadores la administración de la justicia. En reciprocidad, se dejaba a los poderes locales el control sobre su autogobierno; se dotaba a sus concejos de atribuciones fiscales sobre vecinos y moradores18; se ofrecía a los concejos privilegios y concesiones de todo tipo (entrega de Donadíos o dehesas de aprovechamiento común, facultad para tomar madera del monte, defensa institucional de los Bienes de Propios municipales... ), o se cedían determinados derechos a las comunidades campesinas acambio de compensaciones en trabajo (sernas), especie (gallinas, vino ... ) y sobre todo, cada vez más, en forma de dinero.

Por lo que respecta a la riqueza hidráulica, tanto el aprovechamiento de la riqueza piscícola, como el empleo de la fuerza motriz de las corrientes de agua para instalar ingenios fluviales (molinos, aceñas y azudas), la explotación cinegética o forestal de sus riberas, junto a la instalación de norias y la explotación de fuentes o manantiales fueron objeto de su minuciosa regulación ordenancista a través de fueros locales, cartas pueblas y reglamentos municipales.

A este entramado legal y de normas consuetudinarias (avaladas por la tradición), se suma el control periódico de los Visitadores Generales de la Orden y la supervisión regular que de manera cotidiana debían realizar alcaldes ordinarios (locales) o jueces de distrito (territoriales).

En virtud de su dimensión señorial feudal, la Orden era dueña de algunos de los mejores molinos del Guadiana, del tipo de rueda horizontal o de corriente.

También ostentaba el dominio eminente sobre ríos, arroyos y cauces. Además, consideraba la caza y la pesca monopolios de sus caballeros de hábito o freiles conventuales y restringía el desmonte de las riberas. Sólo con permiso del Capítulo Definitorio o del Consejo Maestral se podía construir en sus inmediaciones (presas, molinos, ventas) o levantar cualquier tipo de instalaciones anejas (acequias, ruedas, azudas, corrales, cercados, losados, cazaderos, etc).

Con la incorporación de los maestrazgos a la Corona, durante el reinado de los Reyes Católicos, y hasta bien entrado el siglo XIX, el Consejo de Ordenes, órgano jurídico-gubernativo central de la España Imperial ubicado en la Corte, tramitaría todo este tipo de peticiones y centralizaría los informes de sus dependientes sobre la oportunidad de realizar tal o cual actuación en su dilatados territorios.

3. LAS MÁQUINAS: EVOLUCIÓN TÉCNICA Y RENDIMIENTO ECONÓMICO

Desde el Neolítico, hasta bien avanzada la Edad Antigua, el único procedimiento para convertir el cereal en harina fue el molino de mano. Estos primitivos artilugios estaban compuestos por una piedra más o menos plana o cóncava que servía como soporte al cereal, que era mixturado mediante percusión o frotación manual con una piedra redondeada o un burdo rodillo.

La aparición y consolidación por toda la cuenca del Mediterráneo del molino hidráulico, como alternativa a la molienda manual, se ha querido relacionar con la caída del Imperio Romano, en el siglo III después de Cristo, que supuso la decadencia del modelo económico esclavista, adoptándose nuevas formas de trabajo (el colonato) que paliaban de algún modo la falta de mano de obra barata.

En nuestro entorno, se ha estudiado el molino fluvial medieval desde sus orígenes más remotos, al legado andalusí pasando por su estudio a tenor de modelos nacionales, regionales, provinciales, comarcales y/ o locales.

A grandes rasgos, se denomina molino fluvial al artefacto emplazado en las inmediaciones de los cursos de los ríos y dedicado casi siempre a la molienda. Su sencilla maquinaria está integrada por una muela impulsada con la fuerza del agua a través de un mecanismo de engranajes y cangilones. Por extensión se extiende su nombre al complejo arquitectónico compuesto por el edificio cúbico que cubre la maquinaria y las sala de molienda, las eventuales presas y acequias para contener o encauzar la corriente y controlar el impulso del caudal, así como todo un conjunto de construcciones anejas (almacén del cereal, habitación donde descansar los operarios con chimenea y poyos donde sentarse o dormir, corral para carruajes, caballerizas donde albergar bestias de carga y labor, lavadero, noria, palomares, gallinero, una pequeña huerta cercada para evitar los daños de las alimañas y algún losado o trampa para cazar presas menores). En definitiva, se trata de una pequeña explotación protoindustrial rural que se concibe como lugar de trabajo, vivienda del molinero o su familia y célula básica económica autosuficiente en medio del yermo.

Por lo que atañe a su evolución técnica, desde la Baja Edad Media se impuso en Castilla el molino hidráulico de rueda vertical (aceña), desplazando a los más antiguos de rueda horizontal a los cauces menos caudalosos. En la comarca de Puertollano, desde el Medievo, existieron al menos dos tipos de ingenios harineros riberiegos: los molinos de rodezno de canal (aprovechando los cauces más permanentes, donde la fuerza motriz era mayor, debido al desnivel natural o al estrechamiento de su curso) y los molinos de rodezno de cubo (emplazados en los arroyos sometidos a un intenso estiaje y que, al tener el depósito de agua a una altura de 5-10 metros, permitía incrementar la potencia empleando menores caudales).

Con el paso del tiempo, convivieron modelos mixtos. Tales construcciones industriales se ubicaban en la ribera de ríos y arroyos, en paralelo a su cauce y con un muro de contención en la parte superior del curso para evitar el empuje de las eventuales avenidas. Bien a través de canales excavados en la tierra (cazes), bifurcados que incidieran tangencialmente sobre las paletas o álabes de las dos ruedas hidráulicas, bien mediante una canalización de madera adecuada, lo cierto era que el agua movía los rodeznos con la suficiente presión como para emprender la molienda, aprovechando la fuerza gravitatoria.

Las ruedas horizontales permitían transmitir el movimiento directamente a las muelas superpuestas mediante un eje vertical, sin necesidad de mayores engranajes. Estas estructuras eran caras y de difícil construcción. Cuando se emplazaban en arroyos o ríos de poco caudal, solían ubicarse en parajes adecuados, donde el desnivel natural, la hoz del curso y donde hubiera abundancia de piedra, o al menos de madera, en los alrededores. En el caso de los rodeznos de cubo, para abaratar los costes, el depósito de agua quedaba exento, aunque semienterrado (azud). De la parte inferior del cubo arrancaba la bomba, o saetia, "que conviene que se haga cuanto más baja fuere posible hacerla".

De manera que se aprovechaba el salto del agua para impulsar la rueda horizontal (rodezno), saliendo al exterior desde el cárcavo por un canal de salida o socaz.

El área industrial por excelencia era la parte del complejo más sólida y cuidada. Había que proteger de la intemperie la maquinaria, la materia prima a tratar (el cereal) y el producto resultante (la harina). Por su parte, el grano debía ser preparado y seleccionado con tiempo por el cosechero. Acarreado en sacos de arpillera, era conducido al molino a lomos de bestias o en carretas. En el caso del trigo, había que lavarlo y quitarle la paja mediante un minucioso cribado o cernido que eliminase las piedrecitas. También era habitual que la limpieza se realizara sumergiendo el cereal en un enorme recipiente lleno de agua para que aflorasen trozos de paja y flotase el grano desechable. Después el trigo será convenientemente aireado y oreado, con cuidado de no eliminar toda la humedad.

Era preferible que el grano estuviese algo mojado para que la cáscara se separase sin dificultad y la harina no fuese demasiado fina. De paso se garantizaba una mayor blancura, al eliminarse el salvado y evitar que se recalentase (con lo que adquiría el color tostado del trigo seco triturado).

La mecánica de un molino harinero fluvial lugareño era relativamente sencilla: un engranaje de madera y metal, movido por una rueda de madera impulsada por la fuerza del agua que accionaba una viga encastrada en una piedra de molino (circular y con un agujero en el centro para introducir dentro un eje vertical) de forma que el madero giraba sobre su propio eje. Al mismo tiempo había un mecanismo que separaba la harina (cereal molido) del salvado (la cáscara del grano), mediante un procedimiento que veremos a continuación.

Para regular el impulso hidráulico, controlar e incrementar su fuerza, a la par que aprovecharla en los momentos requeridos, se construía una pequeña presa. El agua embalsada era conducida a través de la acequia o caz (una zanja o canal excavado junto al margen río) a una gran alberca, cuyo muro de contención era el propio edificio que formaba la sala de molienda.

De este modo, el caudal estancado quedaba por encima de las volanderas o muelas (cantidad de agua necesaria para poner en marcha la rueda). Cuando se quería poner en movimiento el artefacto, se abría la compuerta metálica situada junto a los arcos de la parte inferior del edificio, mediante un elemental sistema de poleas. El agua fluía con fuerza a través de una tobera (apertura en forma de tubo), impulsando las paletas o cucharas curvas de la rueda fluvial (preferiblemente de unos 30 cms., fabricadas de encina o alcornoque, por su resistencia al agua), haciendo girar el engranaje que movía la muela. El peso de la piedra y la fricción con la solera base trituraban el cereal.

Este movimiento ponía en acción la cítola (tablita de madera, pendiente de una cuerda que se situaba sobre la piedra de moler) para que la tolva (depósito de madera, en forma de embudo, abierto arriba y más estrecho abajo, para echar el grano al ritmo requerido) despidiera la cibera (cantidad de trigo que alimentaba la rueda). De esta forma, cuando dejaba de golpear, avisaba al molinero que se detenía el proceso. También de manera mecánica, pausadamente, se separaba en la molienda harina y salvado.

La capital importancia socioeconómica del molino fluvial durante centurias está fuera de toda duda. En primer lugar constituía la industria rural de transformación pionera y clave en la alimentación diaria, por ser el pan un elemento básico insustituible en la dieta de nuestros antepasados. Además la posesión de un molino constituía todo un símbolo de poder, al capitalizar excedentes y generar recursos saneados. Por último, ayudaban a vertebrar el espacio y eran elementos esenciales en la colonización del territorio, constituyendo una referencia visual de primer orden en el descampado, donde apenas había un puñado de chozas de pastores y unas rústicas quinterías de labor, estando la red caminera local íntimamente conectada con tales ingenios hidráulicos.

Por otra parte, hay que tener en cuenta que no había sólo molinos harineros, aunque más escasos y pertenecientes a otras áreas, también había molinos de arroz, de pólvora, de papel, de chocolate, etc. Únicamente a partir del siglo XVIII se establecieron en el término de Puertollano almazaras de aceite de oliva, llegando a desplazar a los mismos ingenios harineros durante la siguiente centuria. Asimismo llegó a haber molinos de zumaque junto a batanes textiles o traperos, aunque su número en la zona fue siempre muy inferior al de los consagrados a producir harina.

Solamente cuando se tenían cubiertos estos objetivos, es decir, siempre que se garantizara el suministro de agua a los ganados, se pensaba orientar la explotación hidráulica hacia cultivos de regadío o a su eventual aprovechamiento pesquero.

4. EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LOS RODEZNOS HARINEROS EN NUESTRO ENTORNO

En el siglo XVIII, cuando se preguntaba a los naturales por la antigüedad de los molinos harineros comarcanos, perfectamente integrados en el paisaje y que tan familiares les resultaban, en su respuesta solían remontarse al tiempo de los moros.

De esta manera, les otorgaban una cronología sumida en la noche de los tiempos, con la que se asociaba todo lo remoto, atribuyéndole de paso un origen incierto, casi legendario.

A lo largo de los últimos seiscientos años se han producido profundos cambios en la forma de vida de nuestros antepasados. No obstante, mucho tiene que ver la precaria lucha por la supervivencia en los tiempos de la Peste Negra, cuando los vecinos realizaron el Santo Voto, con las recurrentes hambrunas en tiempos de los Felipes; de la misma forma que, en la depauperada vida en la cuenca minera de principios del siglo XX, puede reconocerse en la miseria imperante en posguerra.

Sin embargo, en los últimos 60 años, la percepción de nuestro entorno ha cambiado de forma radical. Nuestras tradiciones centenarias y sus raíces agropecuarias, rurales, han sido borradas de un plumazo por el proceso de industrialización, de progresiva urbanización de un núcleo convertido oficialmente en ciudad desde 1925 y que soportó un auténtico aluvión demográfico con la masiva llegada de trabajadores forasteros a la industria petroquímica, en la segunda mitad de nuestra centuria.

A pesar de tantas mutaciones, de tantos bandazos, de tantas miserias y de tantas penalidades transcurridas, quedan algunos puntos de referencia que han pervivido a lo largo del tiempo: el deseo íntimo de medrar, de prosperar a pesar de las adversidades, y la sensación de que nuestros destinos están indisolublemente unidos al futuro del medio natural en el que nos desenvolvemos, vivimos y morimos.

A lo largo de las siguientes páginas pretendemos adentrarnos en los principales hitos de la existencia de nuestros antepasados, en sus pautas de conducta y en sus vivencias personales, intentando vislumbrar sus inquietudes, sus temores, sus logros y sus fracasos. En definitiva, intentaremos penetrar en los entresijos de la vida cotidiana, en el día a día de personajes olvidados en el tiempo, vinculados de una u otra forma con el trabajo en los molinos riberiegos, testigos varados de nuestra añeja historia local.

4.1. EL TRÁNSITO DE LA EDAD MEDIA A LA MODERNA (1373-1519)

"Abeja, oveja y piedra de trebeja". Con esta antigua conseja se definía de un plumazo las tres fuentes principales de riqueza en la Castilla de la época. En primer lugar, la apicultura, por ser la miel durante miles de años el único edulcorante conocido en Europa y el segundo producto más exportado de la España medieval, en tanto que se empleaba la cera para alumbrar templos y viviendas.

En segundo término, la ganadería ovina, en virtud de su triple aprovechamiento cárnico, lácteo y lanar, fundamental para el desarrollo demográfico y económico de regiones enteras como La Mancha. Por último, la piedra que trebeja (que trabaja), es decir, el molino harinero.

La aceña constituía la estructura tecnológica por excelencia en la economía feudal. El molino estaba ligado a la propiedad o el usufructo de la tierra y al uso del agua, así como al trasvase de rentas campesinas al señor (en esta caso la Orden de Calatrava). El poder feudal, por su parte, se encargaba de que fuese inviolable su edificio y que se protegieran sus intereses frente a terceros que pretendieran aprovecharse de su caudal, en detrimento de las explotaciones ya instaladas. Entre el Maestre y el molinero se establecía una relación vasallática en virtud de la cual la lealtad del operario garantizaba el adecuado cobro de rentas a los campesinos (en principio, alrededor de la cuarta parte de lo molido), siendo el usufructuario del ingenio el representante directo del señor más inmediato al pueblo.

Es más, en razón de las cesiones vitalicias en la gestión directa de los molinos a vasallos dependientes de la Orden, los molineros se convertían en auténticos funcionarios señoriales que canalizaban los ingresos a sus superiores jerárquicos. Así, lazos de naturaleza extraeconómica debieron unir al maestre GarcíLópez con don Alhadén Abén, hebreo de Villa Real, cuando le dona por su vida las aceñas de La Celada, a inicios del siglo XIV.

El elevado valor de un molino disuadía al pequeño o mediano campesino de acceder a su propiedad, en tanto que sólo unos pocos podían ni tan siquiera pretender su arriendo. Por ello, en ocasiones, su posesión era compartida por varios propietarios, interesados en participar de las rentas derivadas de su explotación o bien en utilizar sus instalaciones de forma rotativa y proporcional a su participación económica en los mismos.

Normalmente vinculados a acomodados judíos o a "ricos homes" (terratenientes cristianos), lo cierto es que la Orden lograría absorber, por compra o cesión, los ingenios más prósperos, los emplazados en los cauces permanentes y caudalosos del Guadiana o Riofrío. Así, desde mediado el siglo XIII, aumentan las menciones a ingenios hidráulicos en el Campo de Calatrava, tierra de reciente conquista y en pleno proceso de colonización por los vasallos de la Orden. En este contexto, la iniciativa privada y la voluntad de los calatravos coincidieron en la necesidad de levantar molinos fluviales en los cauces ubicados próximos a la demanda y en los ríos de corriente más constante.

En principio, el Valle de Alcudia no era el sitio más adecuado para instalar estos complejos industriales rurales. Relativamente cercano de los principales núcleos poblaciones del área (como Almodóvar o Puertollano), la existencia de una alineación serrana entre sus vecindarios y los lugares de posible emplazamiento disuadirían a los interesados en moler, habida cuenta de que el trasporte de trigo había que hacerse en carros o reatas de mulas y que, cargadas, las bestias subían mal las trochas y cañadas que comunicaban las zonas permanentemente habitadas con el valle.

Además, por entonces Alcudia era un lugar despoblado, denominado en las fuentes como Puertos de las Tres Ventas, transitado sólo por los pastores que conducían sus rebaños a las majadas serranas, siendo prioritario para la Orden el aprovechamiento pecuario de sus pastos, al proporcionar unas saneadas rentas a la Mesa Maestral. Debemos recordar que, en plena Edad Media, no existía Mestanza como pueblo, en tanto que Cabezarrubias e Hinojosas apenas serían unas quinterías ocupadas por vecinos de Puertollano en ocasiones determinadas por el ciclo agropecuario. Mestanza, término de la Mesta, todavía tardaría un tiempo en segregarse de Puertollano, mientras que el resto de las aldeas existentes no contaron con una mínima infraestructura urbana, casi siempre vertebrada alrededor de una ermita, hasta entrado el siglo XV. Sin embargo, el cauce del Ojailén, muy próximo al casco urbano de Puertollano, contaba con una orografía muy suave y un caudal suficiente (salvo en verano), susceptible de ser aprovechado como fuerza motriz, viéndose por ello salpicado con dichos ingenios fluviales.

Es curioso que la primera noticia, aunque vaga, sobre el posible dueño de una de esas explotaciones fluviales en el término de Puertollano nos la proporciona el dato toponímico vertido en un texto de bien avanzado el siglo XVI. En este documento se recoge la petición de un almodoveño para levantar un molino harinero en el paraje conocido como la Muela del Judío, ubicado en el curso del río Tablillas, en pleno Valle de Alcudia. En caso de confirmarse esta hipótesis, probablemente dicho hebreo no sería vecino de Puertollano sino de Almodóvar del Campo, sede desde antaño de una pujante comunidad judía vinculada al trato ferial en la capital de la Rinconada.

No obstante, la mención explícita más antigua que disponemos sobre la existencia de rodeznos molineros en la encomienda (que no el antiguo término municipal) de Puertollano, data de 1385, con motivo de la descripción de los derechos pertenecientes al comendador Fernando de Céspedes. En efecto, entre sus rentas se alude de forma genérica a los diezmos de molinos y a la renta devengada por los ingenios bajo su jurisdicción, sin mencionar su número ni siquiera su localización aproximada.

Por entonces, seguramente ya se girarían inspecciones periódicas a los molinos de la Orden. En este sentido, en fecha tan tardía como 1569 se solicita al Sacro Convento un traslado (copia autentificada) de las visitas efectuadas al molino de La Torre, litigado por las villas de Carrión y Miguelturra, antes de 1406, junto con el resto de escrituras concernientes al caso.

A pesar del indudable interés de los poderes maestrales en controlar las rentas de sus posesiones, en las primeras Visitas Generales de la Orden cumplimentadas en los comienzos del siglo XV (1411y1422-23), con la documentación conservada en la actualidad tenemos que decir que de la primera sólo quedan vagas referencias y de la segunda apenas conservamos un par de folios encuadernados muy posteriormente, que a la sazón únicamente aluden a los bienes inmuebles urbanos de la encomienda de Puertollano, las casas de la Sacristanía y el Priorato de Fuencaliente.

En cambio, conforme avanza el tiempo tenemos más fortuna. Así, gracias a las Visitas calatravas practicadas durante los reinados de Enrique IV, los Reyes Católicos y Doña Juana (1453-1516), de las que tenemos constancia bien directamente a través de los documentos originales (1459, 1491, 1492-95, 1499, 1501-02, 1508-10) o mediante copias notariales insertas en los procesos judiciales incoados después (1471, 1479, 1509), podemos profundizar en la cuestión que nos ocupa.

Como quiera que se han publicado sus transcripciones documentales completas, preferimos centrarnos en analizar su incremento sostenido, su eventual emplazamiento o la estructura de su propiedad y usufructo, valorando el volumen de las rentas generadas aplicadas a la Orden o a sus representantes.

Comencemos nuestro análisis por la Visita girada a Puertollano el 19 de enero de 1459, realizada por frey Vicente de Almodóvar (sacristán conventual) y frey Juan Morán (comendador de Las Guadalerzas). Religioso y caballero inventarían los siguientes molinos fluviales acensuados en favor de la Orden: 4 en el río Ojailén, uno en poder de Antón Ruiz y Juan Bermejo; otro pertenecía a la esposa de Ferrando Alfonso; un tercero a Martín Ruiz y del cuarto era dueño Alonso González). A estos edificios, se sumaban otro en el cauce del Tablillas (de Antón Ruiz), quien también poseía el ubicado en el Montoro.

Así pues, en la primera relación de molinos de la encomienda podemos constatar como la familia Ruiz (Antón y Juan, hijo de Martín) controlan nada menos que 4 molinos en totalidad y la mitad de un quinto. La sensación de monopolio se acrecienta al desconocer la identidad de la viuda de Ferrando Alfonso y con la certidumbre de que el único batán del término, ubicado en el cauce del Montoro, estaba vinculado al susodicho Antón Ruiz. Mientras el batán devengaba cada año de renta feudal 20 maravedís, la mayoría de estas paradas de rodeznos pagaban casi el triple (2 reales) al Maestre de la Orden.

No podemos asombrarnos de tal concentración de rentas fluviales cuando, si ampliamos el panorama comarcal, vemos por ejemplo que en Piedrabuena (con una población algo menor, pero con un caudal hídrico tan importante como el río Bullaque), 50 años después, un tal Diego Carrillo controlaba con mano de hierro el único molino y el solitario el horno de cocer pan del vecindario. Gracias a esta posición ventajosa, sojuzgaba a sus paisanos con el monopolio del panadeo hasta ser desautorizados sus manejos por la Corte de los Reyes Católicos.

Tampoco debemos sorprendernos que aparezcan dos poseedores de un mismo molino, como sucede con Juan Bermejo en Puertollano. Seguramente compartirían ingresos y gastos, turnándose a la hora de moler sus respectivas cosechas y las de sus deudos. En base a tales datos, sólo Alonso González escaparía a esta dinámica de concentración de la molienda en la villa. La exigua renta devengada por este personaje (15 maravedís), puede sugerir la mayor antigüedad de su construcción (habida cuenta de la fosilización de tales emolumentos a lo largo del tiempo), o bien que su emplazamiento era peor y en todo caso su rendimiento se resentía y era compensado con esta menor contribución anual.

Nada sabemos del trasfondo socioeconómico de tales individuos, sólo podemos deducir que los Ruiz eran los vecinos más acomodados del lugar, si eran capaz de mantener tantos ingenios a la vez, y más teniendo en cuenta que habrían de pagar sueldos a los molineros. Tampoco creemos que la viuda que la documentación refleja desempeñara tal cargo personalmente a la muerte de su marido, fuera de la villa y bajo las duras condiciones de la vida en el yermo, sino que más bien tendría algún pariente o criado que lo atendiese.

Menos aún podemos conjeturar sobre la figura de Alonso González, salvo que su apellido suena a judeoconverso en la comarca, con todo lo que ello conllevaba de encumbramiento económico y de desprecio social. Por todo ello, es factible pensar que no dudaría en apartarse del trato con sus congéneres al descampado, fuera de las miradas inquisidoras de sus convecinos, en un momento en que cada cierto tiempo se reproducen matanzas de sus correligionarios en lugares tan cercanos como el obispado de Córdoba, Ciudad Real o la propia Almodóvar del Campo. Además, ya hemos visto como el usufructo de un molino suponía un negocio redondo si era bien atendido. En todo caso, su situación no sería nada fácil por el monopolio encubierto de los Ruiz, viéndose a menudo como un convidado de piedra cuando debiera defender en solitario sus intereses ante el concejo o la misma Orden Militar.

Unas décadas después, en 1471 la situación de la molienda local era la siguiente: había 5 ingenios en el Ojailén, 1 en el Montoro y 2 en el Tablillas. Los Ruiz seguían ostentando el control de la mayoría de los molinos. Alonso González Montero (o Montoro), avecindado en Almodóvar (tal vez el mismo citado en la Visita de 1459), había extendido sus tentáculos al batán que antaño poseía Antón Ruiz, manteniendo el rodezno que poseía en la cuenca del Montoro. Juan Alonso Ventosilla, que con toda probabilidad moraba en la aldea homónima, disfrutaba del molino del Montoro. Es significativo que esh1viese previsto levantar dos nuevos edificios fluviales, uno en el río Ojailén y otro en el Montoro. Además, no se había empezado a construir el concedido a Andrés Martínez cerca de la villa y el asignado a Alonso Sánchez de la Serna estaba a punto de alcanzar su plena producción.

Aparentemente poco había cambiado, pero en realidad se había reordenado y potenciado este peculiar mercado rural inmobiliario. Los Ruiz concentraban sus intereses en los cursos más cercanos a Puertollano (el Ojailén, sin abandonar el emplazado en Tablillas). La citada viuda parece que había dejado de explotar su negocio del Ojailén, que por otra parte estaba derruido y se consideraba del todo inútil. Por su parte, dos nuevos competidores se han instalado en el término: Andrés y Juan Alonso, con rancio apellido cristianoviejo lugareño (y creemos que no por casualidad parientes del difunto Feman Alonso) respaldados por sus respectivos patrimonios familiares en los que no faltarían tierras de labor, viñas y casas.

La oferta de molinos se había incrementado para absorber la demanda comarcana. La población aumentaba y el ritmo de tierras roturadas tendía al alza, poniéndose en cultivo suelos antaño baldíos63. Aprovechando esta coyuntura bonancible, el Maestre de la Orden vuelve a exigir el diezmo de los molinos de Puertollano, derecho que parecía olvidado. Así, en algunas de las nuevas edificaciones se duplica el canon anual pagadero a la Mesa maestral, llegando a los 4 reales.

Entre 1479 y 1510 se alternan períodos expansivos con dramáticas crisis de subsistencias y epidemias de amplia repercusión local (1486-88, 1506-08). No obstante, a pesar de sucederse los altibajos en la producción de cereales y de las fluctuaciones en el vecindario, lo cierto fue que las roturaciones extensivas de tierras pusieron en el mercado una mayor cantidad de grano panificable.

En todo caso, no sería el momento para fuertes inversiones cuando el futuro se presenta incierto. Según recientes investigaciones, se calcula que los gastos de reparación de molinos, a caballo entre los siglos XV y XVI, oscilaban entre la tercera y la cuarta parte de lo desembolsado en su construcción. Asimismo, La mayoría de los gastos ordinarios eran absorbidos por el salario del molinero. Si no se atendían correctamente sus continuas demandas de arreglo, el lucro cesante y el dinero preciso para retornar a hacer viable la empresa eran enormes, incluso para una economía familiar desahogada.

A tenor de la documentación conservada, entre 1471-1510, Antón Ruiz o sus descendientes y parentela ya sólo conservaban 3 molinos harineros (2 en el Ojailén y 1 en el Tablillas). El resto de sus dueños se habían limitado a consolidar sus respectivas explotaciones, incluso la viuda propietaria acometió el reparo de su presa y molino, terminándose de poner en funcionamiento los edificios pendientes de construir.

La tendencia agropecuaria alcista parece estancarse en una coyuntura finisecular en que la pañería rural parece ser una solución válida a medio plazo para salir de la atonía. La ganadería y la manufactura textil doméstica cobraban ventaja sobre la agricultura extensiva cuando las mejores tierras empiezan a estar agotadas y la desordenada roturación de áreas montaraces demuestra que tales suelos no son apropiados para ciclos de cultivos demasiado prolongados, incrementándose los barbechos.

Sin embargo no podemos descartar otra hipótesis. Puede suceder que los Visitadores Generales calatravos se mostraran negligentes en sus oficios, estando renuentes en comprobar personalmente el estado de los ingenios rurales y, fiándose de los testimonios recabados en la villa, se limitaran a copiar las visitas anteriores que portaban como modelo.

En todo caso, nos sorprende sobremanera que en 1518, cuando el comendador frey Gonzalo del Arroyo y el capellán real frey Alonso de Valenzuela, informasen a los soberanos de Castilla, como administradores perpetuos del maestrazgo, del estado del maestrazgo la situación fuese tan radicalmente diferente. En tan sólo 8 años se había pasado de 8 a 17 rodeznos harineros (a las que habría que añadir el molino-batán del Montoro).

La estructura de propiedad había cambiado en parte. En el Ojailén permanecen los descendientes o herederos de los Ruiz (Juan Romero, Pedro), junto a apellidos vinculados desde antaño al trato fluvial local (Bermejo, Martínez). Pero a este grupo, que a efectos puramente metodológicos consideraremos "tradicional", se unen miembros de familias advenedizas: Juan Sánchez, Pero Calvo, Juan Veraldo, Juan Martín, Juan Prieto, Martín de Alonso, Ruiz de la Fuente, el linaje de los Ollero o Hernán Muñoz en el curso de Ojailén; en el Tablillas, Alonso Alemán, Martín Rico, el capellán Puerto y los hijos de Alonso de Arriba, desplazando a los dueños tardomedievales; y algo similar ocurre en el Montoro, donde Pero Rodríguez de Chinchilla, la mujer de Alonso de Contreras y Simón Carpintero hacen otro tanto. Incluso cerca de Cabezarrubias, en el llamado Arroyo de las Huertas, Rodrigo Yáñez funda un pequeño molino harinero, de escasa rentabilidad a tenor de su ridícula contribución a la Orden.

Es decir, sólo un puñado de familias locales han conservado los negocios familiares y se han unido al negocio de la molienda otros muchos vecinos (habitantes de la villa de Puertollano) y moradores (pobladores de aldeas y quinterías de labor). Sobre la personalidad de los nuevos dueños, sus sobrenombres o apodos nos pueden ofrecer pistas acerca de sus antiguos oficios (Carnicero, Ollero, Carpintero), además se consignan algunas de sus ocupaciones (sastre, capellán), y hasta se vislumbra su procedencia geográfica (Alemán, Chinchilla). Por lo que se refiere a la presencia de un clérigo entre los propietarios no debemos escandalizarnos pues, aunque ya la Iglesia pretridentina prohibía esta práctica, la falta de medios de subsistencia hacía del bajo clero un grupo propenso a verse envuelto en los negocios mundanos, ante la tolerancia de sus superiores y la complicidad tácita de sus paisanos.

Aparte de los datos derivados de esta fuente, hemos conseguido identificar a algunos de ellos entre los labriegos, pañeros y tratantes más acomodados de Puertollano (Rodrigo Yáñez, Martín Rico, Contreras, Ollero ... ). Por ejemplo, Los Ollero disfrutaban de varias viñas y parrales de la encomienda, al menos desde el año de 1500, y administraban la ermita de San Sebastián; Juan Veraldo (o Bernaldo) desempeñó las dignidades de mayordomo parroquial entre 1503-0468 y la alcaldía municipal en 1518-19, siendo tercero de la encomienda (recaudando el diezmo del trigo); Juan Sánchez, mercader, fue mayordomo de la cofradía de las Animas; Pero Ruiz de la Fuente, que había sido gestor de la iglesia en 1493, hacia 1519 tenía unas casas céntricas en el casco urbano de la villa ... La relación sería interminable.

Las razones de esta prosperidad era que un Puertollano de economía eminentemente agropecuaria en plena expansión, se había nutrido de inmigrantes que dinamizaban la sociedad local, impulsando su riqueza y presionando al alza la demanda. El incremento de la población hace que haya excedentes de mano de obra, empezándose a alternar los oficios tradicionales con la confección de "paños de la tierra". Estas actividades complementarias aumentaron unos ingresos marginales que, eventualmente, condujeron a mejorar la dieta de los lugareños. A su vez, el mayor consumo de pan por parte de una demografía al alza impulsaba de forma directa la molienda comarcana.

Desconocemos en virtud de qué título o con qué permiso fue posible esta proliferación de ingenios fluviales, sin duda alguna espoleada por la extraordinaria diversificación de la oferta. Tal vez la clave la hallemos en un mandato emanado del Consejo de Órdenes en sus momentos de afianzamiento institucional, en el que recuerda a sus vasallos la obligatoriedad de obtener licencia consiliar para construir molinos y batanes en el territorio bajo su jurisdicción. El Medievo había dejado paso al Estado Moderno.

4.2. LA PLENA EXPLOTACIÓN DE LOS RECURSOS HIDRÁULICOS (1520-1598)

El período comprendido entre la revuelta comunera (1519-22) y la muerte de Felipe II (1598) es el lapso de tiempo en el cual Puertollano alcanza su máximo esplendor demográfico y económico. Sin embargo, paradójicamente, coincidió con una coyuntura en la que verá restringida buena parte de su tradicional autonomía jurídico-administrativa. Las fuentes de archivo son más generosas en esta época: a las Visitas Generales de la Orden (1534-35, 1546, 1549-50, 1554-57, 1570-71, 1574-77, 1593, 1596), se suman ordenanzas municipales de montes, procesos criminales o litigios civiles, los primeros libros parroquiales y las evocadoras causas inquisitoriales.

De singular utilidad nos han sido las copias de las reales provisiones expedidas por el Consejo de Órdenes durante todo este tiempo y albergadas en el Registro del Sello de Calatrava. Gracias a una paciente y minuciosa labor de consulta de años hemos podido reconstruir los acontecimientos claves para entender y valorar en su justa medida los cambios operados en el Quinientos.