Cultura

Lecturas para quedarse en casa en inusitados tiempos de crisis sanitaria

El Rebujina de Puertollano (No hay nata para fresas)

Breve relado con la recreación del ambiente de una taberna de Puertollano en los años 50, por la que pasan los mineros tras su jornada laboral. Un texto extraído del libro No hay nata para fresas escrito por Eduardo Egido y publicado por Intuición Grupo Editorial en el año 2000

Eduardo Egido

26/03/2020

(Última actualización: 26/03/2020 21:51)

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El local no podía rendir mayor honor al nombre, Rebujina. Pequeño, apenas cuatro mesas destartaladas y algunas banquetas, convalecientes la mayoría del maltrato en las noches de vino peleón y pendenciero. Un mostrador de chapa en el que las monedas sonaban sospechosas de falsedad. Paredes encaladas con restos aislados de un pretérito blanquecino y el suelo de tierra apisonada recubierta de serrín para disimular las secreciones de los bronquios silicosos.

Caminando al sur, en dirección a las minas, se dejaba atrás el descampado conocido como el navajito y se enfilaban las últimas casas, ya carentes de alumbrado público en la calle, siguiendo la orientación del farol de mecha que Calvatrueno había colgado en la fachada. También se recalaba en la taberna caminando al norte, en dirección al pueblo, dejando atrás las escombreras humeantes y enfilando el camino de cabras que se adentraba en las primeras casas. Tanto los que procedían del pueblo como los de las minas, encontraban similar acomodo porque todos venían a lo mismo.

Lugar de confianza, en el que nadie se metía con nadie si no era para romperle la crisma.

- ¡No quiero navajas! Que no quiero navajas os digo - advertía Calvatrueno, el antiguo minero, cuando presentía la gresca.

Pero después, hasta ahí podíamos llegar, todos tan campantes, inocentes de su brutalidad, cada uno a su quehacer como si no hubiera ocurrido nada.

En lugar preferente, la radio. Que hasta música se podía escuchar en las noches destempladas. Cante el bueno, la voz de terciopelo de Antonio Molina, que por aquí anduvo rodando una película. Había quien juraba haberle estrechado la mano. Y Farina, Emilio el Moro, la Paquera de Jerez, Pepe Marchena, Porrina de Badajoz y tantos otros que en gloria estén. La radio metiendo la copla en los resquicios del alma, donde no podía entrar ni la baba de la tisis; el aparato de radio, solemne, anacrónico, blindado por el corsé de la malla de hierro que Calvatrueno había trenzado para protegerlo de los altercados. El orgullo de la casa.

- Si no estáis a gusto, os vais a otro sitio. A ver si os ponen música, no te jode - les amenazaba cuando alguien se ponía farruco con el servicio. O si resultaba que los bolsillos no tenían agujeros, jaleaba a la parroquia - ¡A que apago la radio! Que aquí mucho gasto de electricidad pero el vino sigue en la tinaja.

- Cállate ya, so mamón, que sabemos que tiés enchufá la corriente en los cables de la calle. - le provocaba algún fanfarrón, del que la voz gangosa indicaba que no iba con él la advertencia.

- Atufao... que me voy a cagar en tos tus muertos - replicaba el tabernero.

- Haz lo que te salga los güevos, pero no apagues la radio - zanjaba el Atufao, al que le venía el mote de una vez que le desmayó el grisú en el fondo de la galería, encelado con Antoñita Moreno.

A ambos lados de la radio, diciendo aquí estoy yo, se alineaban los licores sobre un tablón de madera asegurado con escarpios en la pared. No había día, antes de abrir el garito, que el propietario del negocio no sacara brillo a las botellas. Siempre resistiendo la provocación de darles un tiento. Aunque no era poco poder magrear a su antojo los vidrios esmerilados o rutilantes que atesoraban el coñá y los anisados. Vale la pena tomar nota de la variedad: Castellana, Peinado, Bombita, Chinchón, Terry (con ese nombre debía ser que lo fabricaban en el pueblo) Miguelín y otros que se caen de la memoria desgastada.

- Dame un anís, Calvatrueno, que mi mujer ha parío - solicitó Durruti, achispado por la celebración-

- Venga el dinero por delante. ¡Un duro! - apremiaba el tabernero, escarmentado por viejas experiencias.

- Toma. Ojalá te lo gastes en botica.

Entonces el tabernero cogía, como se coge un trompo, una copita panzuda y la depositaba con cuidado sobre el mostrador. Se secaba las manos en el delantal con faltriqueras y se volvía para alcanzar la botella.

- ¿De cuál lo quieres? - preguntaba, ahora en tono solícito.

- Del que tenga más la botella - y recorría Durruti de un vistazo el género para localizar el envase más repleto -. Que estará menos disipao, digo yo.

Procedía a verter el licor, que salía a borbotones lentos. - Echa más, coño, que todavía no ha llegao a la raya colorá.

- Es por si te sienta mal - volvía a dejar cuidadosamente la botella en su lugar, centrando al frente la etiqueta para que mostrase el dibujo en colorines con todos los detalles.

Lo de la botica y el disipao habían hecho mella en el mal rasque del tabernero. Juró para sí que mal tendría que haberlo parido su madre si hasta un meapoquito como el falso anarquista se atrevía a soltarle bravatas y salir por su propio pie del local. A pesar de las ganas de darle su merecido a aquel infeliz, que seguramente había conseguido el duro a cambio de un soplo a la social, no podía incumplir el aviso que el mismo pregonaba y que le había regalado Culturita en una noche beoda de inspiración:

Si la pelea tú empiezas

en la tasca Rebujina

tienes que saber que el pleito

Calvatrueno lo termina.

Así se advertía a los provocadores, que no bastaban todos los dedos del cuerpo para contarlos, incluido el dedo gordo, como apostillaba el tío Celemines. Él no provocaría ninguna trifulca, pero no faltaría quien lo hiciera.

- A que no tiés cojones pa preguntarle al Durruti si el duro del anís se lo ha dao el padre de la criatura - le viboreó a un barrenero de la Pepita, aclarándole - Y no te preocupes si hay camorra que aquí estoy yo.

- Venga Calva, no seas cabrón, que algún día te van a partir la boca - se excusó el aludido.

- Pudiera ser. El problema que yo le veo es que este local es demasiao chico pa que coja tanta gente - respondió desafiante. Y consciente de lo que aprieta la necesidad, insistió - y te convido a un chato... No ves que ese lo que está buscando es diversión.

- Convida a otro, que yo entro ahora de turno - Recogió la carbura y la talega de la comida y salió de la taberna sin despedirse.

Culturita era parroquiano habitual del Rebujina. Se le podía ver pagando la hebra con todo el mundo.

- Sin distinción de clases - se apresuraba a aclarar, aunque difícil hubiera sido poder distinguirlas entre las personas que frecuentaban el local. Dominaba a la perfección el arte de trasegar a costa del prójimo. Los vapores etílicos le transportaban a una disposición singular para arengar a las masas.

- ¡Hermanos! Os traigo la buena nueva ¡Proletarios del mundo, uníos!

- Perdona, Culturita ¿De dónde te viene el parentesco con nosotros, si no es mucho preguntar? - le chanceaba algún picajoso.

- ¿Hasta cuándo, amigo, abusareis de mi paciencia? Como dijo Cicerón a Catilina. Os tengo dicho que nuestra similitud hunde sus raíces en un aparente juego de palabras que, en el fondo, encierra una evidencia incontestable. Ahí va, para que meditéis en ello: vuestra sabiduría os salva del Pozo. En cambio, a mí me salva ser un pozo de sabiduría y dejaba en suspenso, tras pronunciar la sentencia, un paréntesis de silencio que permitiera la reflexión.

No se podía hurtar a Culturita la propiedad de su vocabulario.

- Le noto a usted cierto embarazo en el cuello ¿es que ha sufrido algún percance? - le preguntaba algún advenedizo con letras.

- Ciertamente. Se me debe haber luxado el esternocleidomastoideo - aclaraba sin afectación.

Todos se hacían lenguas de la sangre fría de que hizo gala en cierta ocasión en que recibió un banquetazo en plena cabeza a causa de una disputa por asuntos banales. Cuando se aprestaron a socorrerle, intentando contener la hemorragia que le manaba abundantemente y que precisó después siete puntos de sutura, se incorporó levemente para musitar - Nunca mejor que ahora puedo decir, con Miguel Hernández, que no hay extensión más grande que mi herida. - Aquel brindis a la expresión poética fue definitivo para conquistar el corazón de los mineros.

No paraba ahí la cosa sino que Culturita, en un escorzo inaudito, añadía al cultivo poético la afición por la filosofía, con la particularidad de fundir en un solo cuerpo ambas disciplinas para, según su propia definición “establecer una conjunción sincrónica en el fenómeno de la aprehensión por el espíritu humano de la verdad y la belleza”. Y recitaba, a modo de paradigma, unos sencillos versos.

Que verdad tan grande es

que no puede estar caliente

quien tenga fríos los pies.

Los días en que el viento soplaba al sur, a Calvatrueno se lo llevaban los demonios. La ceniza invadía la taberna dejando una nata viscosa por todas partes.

- Lo peor es el mobiliario - blasfemaba el tabernero, refiriéndose a las botellas de los licores -. Las mesas y las banquetas no vale la pena limpiarlas. ¡Con los parroquianos que tenemos!

Los domingos era otra cosa. Quien más, quien menos, se refregaba a conciencia con el cuerpo entero metido en el lebrillo y escarbaba en los recovecos del cuero para librarse de las carbonillas de la mina. Después rescataba de la cómoda el pantalón de pana y la camisa blanca, sin faltar quien completase el atuendo con chaleco y chaqueta. En las tardes del verano el tabernero baldeaba la calle para asentar el polvo y colocaba allí el modesto ajuar del establecimiento. Hasta el Rebujina se llegaban los mineros con su familia, porque los domingos de calor también las mujeres y los niños tenían derecho a disfrutar de la fiesta.

Para tener contenta a la clientela, el patrón se esmeraba con el servicio, prodigando los aperitivos. Los filios recibían con patentes muestras de contento las golosinas: altramuces, cecina, aceitunas, alcahuetes, sardinas de Cuba, bacalao desecado... duraban menos en los platos que jornal en familia numerosa. Parecía increíble que en el minúsculo chilanque pudiera existir despensa de tamaña capacidad.

- Por vuestras mujeres y los niños lo hago, que vosotros no os merecéis ni abulagas secas - clamaba a los cuatro vientos Calvatrueno sin interrumpir el trajín. Puesto que el personal no era muy inclinado al halago, él se lo decía todo -. ¿Qué, os gustan las tapas? Esa cecina y las navajas de Albacete es lo mejor que entra en barriga - presumía.

Solterón sin remedio y sin familiares cercanos, barruntaba el destino incierto de sus pertenencias cuando muriera. Prefería que el menguado ahorro que le procuraba la taberna se lo comieran los mismos que se dejaban allí los cuartos. Por eso, recorría los sábados las tiendas de ultramarinos de las calles de la Aduana y de la Tercia y escogía cuidadosamente los productos que sabía de sobra que no tenían cabida en las necesidades perentorias de las humildes familias.

Una vez cumplida la generosidad dominical, el tabernero recuperaba su habitual racanería, escatimando la medida de las consumiciones. - Es para que no os haga daño. Encima que miro por vuestra salud - respondía a las protestas. Por supuesto, la palabra invitar no figuraba en su vocabulario, que también sobre el particular daba a conocer su filosofía -. El que no tiene reaños pa ganar los cuartos de la bebida no se merece beber. - Asunto concluido.

El sábado por la noche se dejaba caer por el Rebujina la Dora. Cuarentona y regordeta, meneaba los andares cadenciosos por la calle del Palomar abajo, sin prisas, porque la vida le había enseñado que a los hombres no les importa la espera cuando se empeñan en algo. Viéndola dirigirse a la taberna cualquiera diría que recalaba allí igual que podía haber ido a parar a la Fuente Agria, tan ajena a la profesión resultaba su compostura. Pero los mineros sabían que poco después del anochecer se podía contar con ella, y la esperaban.

El trato más distinguido lo recibía la Dora por parte de Culturita, que solía ponerla en los cuernos de la luna.

- Dorita tienes un andar desmayado que quita el sentido - le agasajaba.

- Y que lo diga usté, a veces hasta se me va un poco la cabeza por el desmayo - le respondía ella sin entender el piropo.

Culturita seguía a lo suyo, zalamero.- Tienes que estar orgullosa de tu profesión, y saber que no debían llamarte prostituta, porque en realidad eres una autónoma del sexo. La sociedad reconocerá algún día que prestáis un servicio necesario y digno.

- No, si a mí no me molesta. Además, ya está una acostumbrá - se fijaba en sus ojos y se preguntaba por qué no podía encontrar un hombre así, que la retirara de la calle - Y usté, Culturita ¿no ha pensao nunca en casarse?.

- Quizá alguna vez, pero mis convicciones no me lo permiten. Yo soy un ácrata, un librepensador, y el matrimonio constriñe el pensamiento - le confesaba, desconfiando de que la mujer comprendiera el significado de sus palabras -. Yo soy partidario del amor libre. ¿Comprendes lo que quiere decir eso Dorita?

- Yo sólo comprendo que es usté un hombre bueno, y eso es lo que importa. ¿Quiere que pasemos un ratito juntos? Ya sabe que no tiene que preocuparse por el dinero.

- Te lo agradezco, pero esta noche mi cabeza y mi corazón no consiguen olvidarse de ese pobre minero que han encontrado esta madrugada en las escombreras, apaleado y vejado, porque sospechaban que estaba incitando a la huelga - dijo con el ánimo entristecido.

- ¿Ve como tengo razón? Es usté un hombre bueno.

La Dora olía a transpiración limpia y a polvos de talco. Entraba en el local sin reparar en nadie y se situaba en un extremo del mostrador, que resultaba demasiado alto para su menguada estatura.

- Buenas noches - saludaba al dueño. Y le daba el parte meteorológico, más que nada por decir algo. Allí permanecía, un tanto ajena al bullicio, intercambiando alguna frase con el tabernero cuando éste tenía poco trabajo -. ¿Se ha enterao usté del robo de anteanoche en el colomato de Peñarroya? -. Y ante la negativa de Calvatrueno, le contaba -. Nada menos que trece mil pesetas se han llevao. Lo raro es que dejasen tanto dinero en la caja. El caso es que al abrir por la mañana, no quedaba ni rastro de la recaudación del día anterior.

- ¿Y no habían forzao las puertas? - preguntó para demostrar interés el tabernero.

- No. Todo seguía igualito que lo dejaron al cerrar el colomato por la noche. Es lo que dice to el pueblo, que aquí hay gato encerrao. - Y bajando la voz, acercó su cara al oído del confidente -. Han metío presos al encargao del almacén y a un vigilante. Por separao, los dos dicen que ha sío el otro. Juntos, no dicen esta boca es mía.

Interrumpió la conversación al observar que un muchacho se estaba acercando, indeciso. Miraba distraídamente la hilera de licores del estante, y cuando parecía que iba a retirarse se volvió hacia ella - Buenas noches. Vengo a ver si nos arreglamos - dijo de un tirón.

- Mira que bien. ¿Y en qué tenemos que arreglarnos tú y yo? - preguntó manteniéndole la mirada.

- Quiero decir que a ver si nos entendemos. ¿Cuánto cuesta irse con usté? - dijo recobrando el aplomo.

- Vamos a ver, chiquillo, ¿cuántos años tienes?.

- Quince cumplíos - respondió. Y le he preguntao cuánto cuesta estar con usté.

- ¿No te lo han dicho ya?. Pues eso -. No le gustaba estrenar a los muchachos. Llegaban con tanta ansiedad que frecuentemente terminaban antes de empezar. Y debía cobrarles como a todos, ni más ni menos. Porque los había que necesitaban todas las atenciones disponibles en su repertorio para encenderse y un tiempo insufrible hasta que conseguían rematar la faena. Y tampoco entonces modificaba el precio del servicio.

- Lo que tú quieres decir, Dorita, es que hay que estar a las agraces y a las pasas - le había ilustrado Culturita, que se jactaba de haber vendimiado en Francia, con doble intención.

El muchacho se reafirmó al notar la aparente indiferencia de la mujer.

- De acuerdo, vamos. - En ese momento tuvo un ataque de pudor. Quería evitar que alguno de los presentes se burlara de él al verle salir con la prostituta -. Vaya usté delante que ahora la alcanzo.

- Oye, no tardes mucho que no está la noche para bromas, - advirtió ella -. ¿Sabes dónde es?.

- Sí, en la tapia de la tejera -. No quiso mirar cómo se marchaba la mujer porque quería pensar que nadie repararía en su salida. Cuando estaba a punto de salir en su busca, se percató de que Calvatrueno le hacía un gesto para que se acercara.

- Escucha muchacho. Conque le eches al asunto la mitad de los cojones con que cada día te metes en la jaula pa bajar a la mina será suficiente - le dijo cogiéndole del brazo -. Enseguida te darás cuenta de que la Dorita es mucho más cariñosa que el Pozo, así que tranquilo. Ve a darte lo que te mereces -. Empujó al muchacho suavemente hacia la puerta y reanudó su tarea.

La animación crece en la taberna conforme avanza la noche del sábado. El Rebujina se llena del humo de los liados de caldo de gallina, creando una atmósfera sofocante que, sin embargo, queda lejos de igualar a la de las galerías de la mina. Allí, el polvo que se desprende del carbón al ser arrancado de la veta forma una cortina en el ambiente cerrado que, literalmente, se mastica. Acostumbrados a aquellas condiciones, el aire viciado de la taberna pasa desapercibido.

Hoy se han dado cita en el reducido espacio de tierra apisonada casi una treintena de hombres. Los cuartillos de vino se reclaman por todas partes sin permitir al tabernero un momento de respiro, pero no hasta el punto de impedirle anotar con trazos de tiza en la chapa del mostrador las consumiciones que ha servido a cada uno. La espléndida calva que ilustra el apodo del tabernero y que le nace sólo un poco más arriba de las orejas, dejando al descubierto toda la bóveda ósea, le suda abundantemente, deslizándose las gotas calva abajo con fluidez. Sólo en la zona del colodrillo, donde la piel le forma unos prominentes escalones ondulados que otorgan al dueño el menos conocido mote de Cogote Zorro, el sudor se estanca en delgados canales paralelos.

Desde algún lugar indeterminado del vocerío una voz sobresaliente se arranca con la soleá, originando entre los más cercanos un coro que jalea en las pausas. Calvatrueno, que suele tolerar el cante flamenco de los mineros cuando el local está tranquilo y es difícil que se altere el orden, se muestra intransigente durante el tumulto de los sábados y eleva su vozarrón por encima del jaleo.

- ¿Ya empezamos con el alfabetismo? Que alguien le lea a ese lo que dice el letrero - grita, señalando un trozo de papel amarillento fijado con chinchetas en la pared -. Tengamos la fiesta en paz y no hagamos mal vino. - Con letra de virtuoso, en el cartel se advierte: PROHIBIDO CANTAR MAL O BIEN.

- ¡Venga, Calvatrueno, no seas aguafiestas, que bastante desgracia tenemos con que seas aguavinos! - replica uno amparándose en el anonimato.

- No me busquéis las cosquillas. He dicho que no se puede cantar y no se puede cantar - sale del mostrador y se encamina hacia donde se encuentra el grupo flamenco -. Hacerme el favor de callaros, que vais a alborotarme a los demás. Y tú, Martín, parece mentira que seas capataz y no te comportes.

- Tampoco es pa ponerse así. Si se está cantando por lo bajini - justifica el vigilante.

- Se empieza por lo bajini y ya sabemos cómo se termina, chillando y discutiendo. Si no armarais tanto escándalo, os ponía la radio - ofrece conciliador. A él también le gusta escuchar el cante de los buenos aficionados, que no tiene nada que envidiar al de los cantaores famosos porque lo que les falta de calidad lo suplen con el pellizco que adquieren en la mina. Pero quiere cada cosa en su sitio -. Esto es una taberna y aquí se viene a beber, el que quiera cante que se vaya al Gran Teatro - zanja la cuestión, y acude de nuevo al reclamo de los clientes, que golpean los cuartillos vacíos contra las mesas en demanda de que les repongan la ración de vino -. Ya vá, ya vá, que parecéis cafres.

Poco después, la Dora vuelve a entrar en el local y se sitúa donde acostumbra. Cuando el trabajo se lo permite, el tabernero se acerca y le pregunta - ¿Qué tal se ha portao el muchacho?.

- Como un hombre hecho y derecho - responde la mujer.

- Ya lo sabía yo. Con la edad que tiene y ya está trabajando en la mina pa sacar adelante a su madre viuda, y a sus dos hermanas chicas. Su padre fue uno de los muertos en la explosión de grisú del Pozo Calvo Sotelo en el 53. Un muchacho can agallas - informa el tabernero mostrando su lado más tierno.

- Ya sabe usté cómo es la vida - recalca ella pensativa - que no sabe pasar sin hacer daño.

Poco a poco, los parroquianos van abandonando el Rebujina con su necesidad de vino bien cumplida. Desde la calle llegan gritos destemplados y estruendosas risotadas de los mineros, que regresan a sus casas en pandillas. Los más recalcitrantes deambulan a traspiés por la taberna, suplicando con ojos vidriosos y rostros demacrados un cuartillo de vino más, el último, prometen, quizá con el propósito de borrar el minúsculo rastro de lucidez que aún les atormenta. Calvatrueno los abandona a sus delirios mientras recoge los cuartillos vacíos, abandonados en cualquier sitio, y dá dos escobazos al suelo, colocando antes las banquetas invertidas encima de las mesas. Después de poner un orden sumario en la taberna, se apresta a cumplir con la última tarea de la noche, desalojar a los remisos, que habitualmente coinciden con los más trastornados por la bebida.

- Venga... que voy a cerrar. Vamos saliendo - y les amonesta en contra de sus propios intereses - ¡Qué vergüenza!, llegar así a tu casa - e incorpora a alguno que permanece desarbolado en un rincón.

Antes de cerrar el negocio se había acostumbrado a revisar el horizonte que se contempla desde la puerta. La factoría de Calvo Sotelo, al frente, muestra el cielo que empieza a clarear entre las chimeneas humeantes. A la derecha, la cuenca minera se vislumbra oscurecida por las nubes de ceniza. La inmensa mole de la iglesia de la Asunción, bajo la que se cobija el pueblo, comienza a recortarse al norte. Una vez comprobado que cada cosa se mantiene en su sitio, el tabernero acepta al fin que el peso de los años caiga sobre su cansancio y echa el cierre al Rebujina para irse a dormir.