Cultura

Lecturas para quedarse en casa en inusitados tiempos de crisis sanitaria

Ultramar (De la saga “Balneario” y “La tierra negra”)

Dos capítulos de la novela Ultramar escrita por Manuel Valero y publicada en el año 2006 por Intuición Grupo Editorial

El libro forma parte, junto a “Balneario” y “La tierra negra” de la primera trilogia con la que novela la historia de Puertollano desde el año 1855 hasta la llegada de la democracia

Narra como en 1895, David Montero, el segundo hijo de Luis Montero Limón, marcha a Cuba a luchar contra los insurgentes. Tras la derrota de las tropas españolas con la entrada de EEUU en la contienda, David decide quedarse en la isla e iniciar una vida acorde con sus deseos y ambiciones. Será en ese clima de posguerra y de nuevos horizontes en el que emergerá el verdadero rostro del protagonista de Ultramar, un hombre insensible y sin escrúpulos, que regresa a Puertollano, rico y poderoso y con proyectos tan perversos como su alma...

Manuel Valero

26/03/2020

(Última actualización: 26/03/2020 21:51)

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Levantó los puños al cielo y en medio de la selva, malherido, gritó contra el destino de la Patria.

-¡Maldita sea esta tierra mil veces maldita! ¡Carroña indígena!

Luego se desmoronó sobre su andrajo y perdió el sentido.

Lo primero que vio al volver en sí fue el contorno difuso de una mano que se le acercaba al rostro como la boca de un animal. Un espasmo de terror lo sacudió de tal manera que lo incorporó hasta dejarlo sentado en la cama. Entonces, comprendió que la mano no era tal alimaña sino una mano blanca, pequeña, bruñida en el amor de las curaciones, y que la mano continuaba en un brazo delgado y suave, y que toda esa espantosa extremidad que vio en los fangos del delirio, se unía a un cuerpo menudo de mujer.

-Cálmese –le dijo la mujer, y le refrigeró con un paño húmedo la lumbre de la frente-. Cálmese si quiere curarse pronto. Y dé gracias a que aún está vivo.

-¿Dónde estoy?- preguntó con un susurro sucio.

-Esto es un hospital y usted reposa sobre una de las camas de este hospital-. La mujer le dio a beber un poco de agua. Con una de las manos le sostenía la nuca con cuidado-. Estaba usted muy mal cuando lo descubrió la patrulla, allí tirado en el monte. Menos mal que se desmayó junto al claro de la trocha, que si no ya se lo hubieran comido los pájaros. Un soldado me ha dicho que cuando lo vieron tenía usted encima un aura tiñosa dispuesto a picotearle los ojos. Pero ya ha pasado todo, incluso esta absurda guerra entre primos. Así que repose y no se preocupe, pronto estará sano y podrá volver a España. ¡A España! ¡Quién pudiera ir a España! ¡A Sevilla donde todo el mundo se muere riendo!

La voz ahuecada de la enfermera le delimitó las fronteras de la realidad. Y al ser consciente de lo ocurrido, se dejó caer de nuevo sobre la cama abatido por el plomo de la derrota.

-Hijos de la Gran Cerda-gimió.

-Vamos, vamos, no se atormente. Ya hay paz, señor. Cuando se firma la paz no pierde nadie, señor. Hasta ganamos nosotros que tenemos menos trabajo, y más tiempo para los enfermos de la paz. Los enfermos de la paz son mejores enfermos que los heridos de la guerra, ¿lo sabía? Ande, tómese esto y descanse. Mañana por la mañana vendrá el doctor a verle.

Y se abandonó a su destino, aceptándolo como un hecho irreversible. Respiró aceleradamente hasta que la combustión de sus vísceras, más enteras que su espíritu, se fue apagando lentamente. Lo que le sobrevino después fue el alivio curativo de la certeza: lejos de la Patria, derrotada la Patria, y él, convaleciente en un hospital de La Habana.

Vio el movimiento de la vegetación a través de las grandes ventanas que iluminaban la postración de los heridos. Los quejidos se confundían en aquella habitación común por cuyos pasillos caminaban a duras penas cojos de una pierna, tullidos de las dos, y otros con un sudario en la cabeza mirando el suelo, taciturnos y graves, vencidos, con la única esperanza de regresar a la tierra madre y reunirse con los suyos, lejos de aquella alucinación histórica, de aquel final de los tiempos de gloria.

Así se lo contó la Arcángela cuando abordó a David Montero en una pesadilla vespertina. El sol aún no se había puesto en aquella tierra liberada, en aquella extensión irredenta.

-¡Vete de mi sueño, bruja infame! –. El grito de David Montero resonó por encima del reconocible y quejumbroso silencio de los enfermos. La enfermera acudió a la llamada del último delirio del paciente y lo acostó con serenidad. La mujer ya había notado que su diligencia se depuraba en atenciones de extremada delicadeza hacia ese hombre que peleaba contra las pústulas de su espíritu maltrecho con ira de tonante, y, sin embargo, demostraba una colosal indiferencia por las heridas de la carne.

Durante treinta y cinco días estuvo David Montero poniendo su lacerado cuerpo en vecindad con otros soldados supervivientes, algunos diezmados de ojos, brazos y piernas, sin lamentarse una sola vez del tiro que le atravesó la barriga sin entretenerse en desbrozar vísceras principales, y saliendo de nuevo al aire de la noche por el costado derecho. Todo lo que recordaba era a sí mismo en la empalizada de la Trocha de Júcaro una noche de julio de 1898, limpia y quieta. Todo estaba en calma, la maleza, los animales invisibles. Sólo se oían los cadenciosos rumores de la fauna nocturna. Una luna grande ampliaba el campo de visión hasta donde se presienten los fantasmas. El aire cosía invisibles hilos aromáticos que David Montero se empeñaba en reconocer, como si evocara el patio de su niñez y su variopinta flora doméstica.

Así estaba mirando el cielo inmenso cuando alguien desde abajo, en el interior del fortín, le pidió un cigarro. David Montero le lanzó el tabaco del que se sirvió el visitante. Lo reconoció en la cadavérica iluminación de la radiante luna. Era el sargento Pareja, un superior en la escena reglamentaria de la jerarquía, un amigo de parrandas cuando no mediaban galones. El sargento cogió dos cigarros, uno lo encendió inmediatamente en la cueva de las manos para no dar señales al enemigo, y el otro lo guardó en el bolsillo para la siguiente vigía, le devolvió a Montero la petaca, y luego se fue al Cuerpo de Guardia cantando una canción que añoraba los pechos perfumados de una negra enorme. La noche era tan pacífica y tan dulce que enojaba a David Montero. Para calmar su malestar sacó un cigarro y lo encendió sin recato, con temeridad, chupando fuerte y avivando una brasa de cíclope. Dejó el máuser de cuatro tiros a un lado y se asomó a pecho desde la empalizada mostrando su camisa desabrochada a los contornos de la noche. “Aquí estoy, hijos de marrana”. Y de repente, un fogonazo surgió de la espesura seguido de una reseca detonación. Y luego un taladro limpio, quemante.

Vino a Cuba, a defender la patria obedeciendo una voz que le golpeaba las sienes en demanda de disciplinas inapelables. ¿Acaso no rechazó la redención porque eso era de cobardes? ¿Acaso no evocaba, ahora, su entretenimiento infantil cuando jugaba a desfilar hormigas en el patio de su casa aplastando sin conmiseración a los pobres bichos que no cumplían sus órdenes? ¿No era a los mineros a quienes apuntaba con su escopeta de madera cuando la hacía disparar en su imaginación, porque los mineros estaban contaminados de ideas perversas? El niño se había hecho hombre, pero el hombre no había abandonado la espontánea tiranía de los niños. Por el contrario, le fue madurando la tiranía conforme él también lo hacía, acoplándose el hombre a su carácter como la mano al guante que la protege. Vino a la guerra, a matar mambises desobedientes, poseídos por los demonios de su cultura ancestral, cuyos dioses habían contaminado la verdad cristiana con el mestizaje de una abyecta liturgia de santería. Y todo había acabado en una vergonzosa capitulación que sebosos generales firmaron sobre la mesa de la paz con una constelación de méritos prendida en las solapas.

-De no ser por los americanos, de qué nos iban a derrotar estos mestizos infames. ¡Americanos, hijos de putas americanas! –le dijo a la enfermera, sin comedimiento alguno, una mañana radiante mientras paseaba por los jardines del hospital.

-Yo que usted sería más considerado con estos mestizos. Ya no estamos en su país. Su patria ha capitulado, señor.

-Me importa un carajo la patria –musitó David en tono de amenaza, con un desprecio tan intenso que inspiraba temor.

Ya podía andar sin inclinarse por el tirón de la herida, y de nuevo retornaba a su natural intransigencia. María, que así se llamaba la enfermera, percibía algo deleznable, tenebroso, en ese hombre que ahora, junto a ella, parecía que nunca había torcido su cuerpo ante la adversidad, que no denotaba ni rastro de su convalecencia. David se sostenía de pie aupado por un rencor tan recóndito que no había cuenta humana para explicarlo, y tan intenso, que era visible hasta en el detalle más imperceptible. María sentía compasión hacia aquel hombre al que temía y por el que sentía una voluptuosa atracción, después de treinta y cinco días de convivir juntos en aquel hospital de La Habana. Y deseaba tan fervientemente el día que fuera repatriado a España como que ese día no llegara nunca.

Pero llegó como llega todo en este mundo. Más no era España el destino de David Montero. No era la tierra que lo vio nacer el final de su disparate bélico. No quería volver a la humillada patria por la que había luchado matando insurrectos embaucados de libertad por charlatanes avarientos de gloria. No anhelaba el regreso a su remota tierra de carbón por la que había derramado sangre inútil. Odiaba a los españoles tanto como se odiaba a sí mismo, y se odiaba a sí mismo como odiaba a los libertos y a los americanos. Todo él era rencor. Se había curado del tiro del que apenas le habían quedado dos cicatrices, pero no del alma. Era un enfermo del alma, y como tal, egoísta y desconfiado. Ni siquiera tuvo un atisbo de ternura hacia María, la cubana criolla que leía poemas de Martí a hurtadillas durante la guerra en un viejo ejemplar de periódico, y ahora lo recitaba mientras se acicalaba el uniforme y la cofia antes de ir a drenar las llagas de los heridos, hacia aquella enfermera amable que veló su postración con algo más que el cuidado exigido y le robó más de una caricia cuando él deliraba entre dientes con la estratagema de secarle el sudor de los sueños terribles. Ni una mirada de agradecimiento, ni una sonrisa, ni el regalo de la mano tendida en el adiós, ni una nota, ni un recado.

María se entristeció mucho cuando vio la cama vacía de aquel enfermo que la subyugó y de quien jamás supo nada, salvo que nació en un pueblo minero de la España interior. No fue la confidencia amable de David Montero la que le informó de ese nimio detalle, sino los monólogos inconexos de las pesadillas. Vio la cama deshecha desde la puerta de acceso a la sala colectiva. Aún estaba caliente, y desde ese momento, supo que se había ido. Sin embargo, no le duró mucho la decepción. Para una mujer acostumbrada a convivir con el dolor ajeno, muchos dolores que atender amortiguan y silencian el propio. El enfermo vecino de cama, otro soldado derrotado, plácido, al que le faltaban tres dedos de una mano, le dijo:

-No me gustaba este hombre.

-Ha sufrido mucho –María lo defendió cuando golpeaba la almohada con las manos. Su cara era la de la contrariedad.

-No se equivoque, señorita. Ese hombre no sufre, está hecho para causar dolor. Así que no lo lamente.

-¿Lamentarlo? ¿Por qué tendría que lamentarlo, españolito malo?-. La enfermera abandonó su tarea y se encaró con el tullido.

El enfermo no le contestó con la palabra. Bastó una mirada directa a los ojos y un esbozo de sonrisa. María entendió.

María acabó de hacer la cama y se marchó a la enfermería para consultar el listado de las curaciones. Recitó:

«Tal como aquí te pinto, tal te han visto mis ojos. Con esos arreos de gala te me has aparecido. Cuando he cesado de verte en esa forma, he cesado de pintarte.»

Un aroma de artemisas se coló por entre el ventanal abierto y preñó de aire sutil los visillos ingrávidos. Y pensando en Martí, David Montero le pareció a María, definitivamente, un hombre mezquino.

Capítulo 2

Aquel periódico mentía con una sarta de embustes primorosamente impresa en gran tipografía, entintada con los alardes de la mentira. Argumentaciones falaces de victoria merecida, improperios galopándose unos a otros contra la Madre Patria, contra la Corona de España. Libelos propagandísticos. David Montero tiró el ejemplar con desprecio y lamentó haber malgastado unos céntimos de la paga que le habían dado en la oficina de repatriación. En el muelle de San Francisco, una muchedumbre de soldados esperaba embarcarse con la decepción de una guerra perdida, pero con la alegría de una vida ganada, salvada al menos. Era un día plomizo de finales de octubre, húmedo y caluroso. Cuando tendieron el puente, la masa de soldados se precipitó hacia el barco entre gritos y empujones. No había malicia entre ellos sino triste algarabía por escapar de aquel lugar desafecto. Iban desaliñados, enfermos, sucios. Entre gritos y empujones fueron embarcándose, algunos aplastados bajo un petate descomunal, otros con lo puesto. Los tullidos esperaron al final. Los enfermos preferían morir junto a los suyos con un poco de suerte, o como mal menor, en alta mar que es la verdadera tierra de nadie, una tumba lo suficientemente espaciosa para reposar la eternidad. Mejor comido por los peces que por los gusanos. Algunos se quedaban en la isla con la intención de hacer fortuna. El barco, de nombre, Aurora del Sur, hacía sonar la sirena cada cierto tiempo y a cada golpe de vapor, los soldados le respondían con vítores y silbidos.

David Montero observaba la escena apartado del grueso de los evacuados. Achacaba la derrota, no a la desproporción de las fuerzas norteamericanas con respecto al desarrapado ejército español, tan diezmado por la malaria y la fiebre amarilla como por los machetes mambises, sino por la pusilánime disposición de aquel ejército vergonzante, cuya indignidad salpicaba en las brunas reflexiones de David Montero, a los altos mandos de esa hueste mancillada. Sin embargo, un soplo de conformidad le vidrió los ojos. La isla ahora no estaba en manos de nativos criollos ni de poetas afeminados. Simplemente había cambiado de dueño. Y el nuevo amo estaba al alcance de un nadador bien entrenado, llegado el caso. Pero fue momentáneo. De nuevo, la oscuridad modeló un gesto taciturno en el rostro moreno del segundo de los Montero. Ahora se abanicaba con el sombrero. No tenía nada más que lo puesto y una pequeña mochila con una muda, y la paga de soldado que le habían dado en la oficina de repatriación.

-No me esperes España, no me esperes padre, no me esperes, madre. No por ahora-, dijo apretando los dientes. Cuando el barco inició las maniobras de desatraque dio media vuelta y se perdió entre las callejuelas de La Habana. A lo lejos, las gaviotas graznaban en círculos con un vuelo brusco y cambiante, como si estuvieran atadas a un hilo flexible sobre la pétrea estructura del Castillo del Morro. Sus graznidos llegaban en sordina hasta el puerto.

David Montero vagó durante todo el día. Sus pasos lo llevaron a la penumbra de una callejuela y una taberna que se adivinaba por el hedor a fermento que desprendía a través de un ventanuco, por el orín acumulado de siglos y por los vómitos de los bebedores novatos. Un observador hubiera adivinado también restos de sangre de alguna pendencia pasada. O tal vez reciente.

Tuvo que evitar a dos marineros que salían navegando a duras penas el ron que habían ingerido para emborracharse deprisa y tenderse frente al mar a mirar el cielo estrellado. La parroquia no lo recibió con la desconfianza con que se admite a un forastero, no en aquel lugar donde se acodaban hombres de todas las latitudes. Al fin y al cabo, se bebe más y mejor sin tiros sueltos.

Madrid había capitulado. La isla se encontraba apaciguada bajo la administración de los americanos, mientras los plenipotenciarios de uno y otro bando se preparaban para firmar el Tratado de París. Cada cual se acomodaba a la nueva sociedad como sucede siempre que las cosas se voltean por las bravas. Eso le resultaba sugerente a David Montero porque le abría las puertas a su deriva de exsoldado sin ocupación, sin bandera y sin patria, a un dejarse llevar sin resistencia, salvo la necesaria para herir antes de ser herido, para matar antes de ser víctima de alguna celada, para trabajar donde hubiera trabajo, y luego malgastarlo en mujeres ocasionales y en parrandas suicidas.

Se sentó en una mesa y pidió una botella de aguardiente. Bebió tres vasos de un solo trago cada vaso, y luego otro, y otro. Pidió otra botella. La cabeza le pesaba. Lentamente la recostó sobre un brazo y empezó a hablar con pedregosa cadencia. Nadie le hacía caso en aquel sitio donde nadie importaba a nadie. Algunos parroquianos cantaban un son improvisado ridiculizando a los españoles y adulando a los americanos que les traerían dólares y les curarían las fiebres con medicamentos nuevos.

Pero David Montero estaba muy lejos de allí, contemplando un paisaje roto, un campo de batalla devastado, sin épica, mirándose a sí mismo a un palmo de distancia uno de otro, él de su yo.

-¡Qué sabíamos nosotros de lo que pasaba en el Oriente! Weiler , ah Weiler, usted sí que era un español de verdad. Nosotros allí en la trocha... media isla pacificada. Y... ¡boom!, el barco por los aires. Nosotros... ¡qué sabíamos nosotros! Allí, mirando al oeste, todo tranquilo, nadie... nada. Y ¡boom!, el barco que se hunde. Calixto se hace amigo de los americanos. Vosotros por el este... nosotros por el oeste. Viva el Oriente libre. Adiós a Santiago, adiós a La Habana. Y nosotros allí en la trocha, qué sabíamos nosotros allí en la trocha... Maceo cabrón, Gómez cabrón, Martí maricón. Un americano se cae del globo cautivo y se clava de cuernos en el suelo. Y pum, un tiro... me pegan un tiro. Sargento Pareja... mamón, ¿no sabías nada? Nosotros allí vigilando y la isla hundiéndose... Maldita sea mi sangre...

Terminó el sermón riéndose sordamente. A través de la botella observó un cuerpo deformado que se acercaba hacia la mesa. La silueta, que se reproducía en el vidrio con grotescas desproporciones, llegó hasta él y se hizo visible en el plano real. Sin cambiar de posición, David miró hacia arriba y vio a un mulato viejo, de barba rala y canosa y una capa de volutas de nieve sobre la cabeza. Llevaba puestas unas gafas redondas detrás de las cuáles se movían inquietos unos ojillos negros que destacaban incluso sobre el color achocolatado de su rostro. Se sentó en la misma mesa sin inmutarse ante el inesperado compañero de taberna. David Montero siguió articulando palabras apenas entendibles, envueltas en la baba espesa de la embriaguez.

-Weiler, a sus órdenes, mi general. No queda ninguno... aquí el Occidente... todo en calma, los mambises están donde deben, en la manigua, con los bichos...

-No debería hablar así, hijo –le aconsejó el mulato-. Aun puede haber por ahí alguno de ellos.

-¿Y usted... ¿quién es? –David Montero se incorporó. Su cabello se distribuía sin orden de un lado a otro, osciló el cuerpo de izquierda a derecha, miraba la botella o a ningún sitio.

-Un cubano- le dijo- Un cubano de paz. ¿Y usted? –Le preguntó de nuevo con el inconfundible acento de su pueblo.

-Un español, un verdadero español, de los pocos que quedan –David eructó una piedra de alcohol. Seguía mirando la botella, se sirvió otro vaso, pero de la botella apenas si salieron dos gotas.

-Los españoles fueron muy malos con este pueblo, muchacho –se acercó aún más a David para hacerse escuchar -. Y ese Weiler, un verdadero tirano, un alma e’ perro. Pero este pueblo tiene los timbales bien colocado entre las piernas.

-Han sido los americanos, viejo estúpido. Eh, tabernero, otra botella...

-No debería seguir bebiendo, compadre, se va a quedar sin plata, y la platita es muy necesaria en tiempos de paz. ¿Por qué no se ha embarcado en el Aurora del Sur? Aquí no tiene amigos. Aún tiene tiempo, compadre, saldrán más barcos hacia España.

-Han sido los americanos, ellos nos han quitado la isla... abuelo. La isla ha cambiado de dueño y... tu pueblo ha cambiado de amo.

Se reía entre pitos guturales y estertores de asfixia. No con una carcajada limpia o loca, sino con la hilaridad reprimida del veneno.

-Pero los americanos se irán, y nosotros nos quedaremos aquí, compadre.

-Los americanos se irán... Los americanos se irán, se irán... y volverán, volverán...- El ácido de su risa lo hizo aún más patético.

- Compadre es usted malo, malo, esta isla será nuestra o de nadie.

-O de nadie... de nadie... Los americanos se irán y volverán... Weiler métale un tiro a este abuelo miope, mi general.

-Por qué no te callas de una vez, que haces muy mal ron, colonialista e’ mierda –dijo una voz desde otra mesa.

-Carroña mambí, a David Montero no lo hace callar nadie...

Se levantó sin saber de dónde procedía la increpación, señalando a todos con sus brazos de trapo, de puro borracho. Y luego, estrépito de mesas, de hombres que se levantan airados. En un momento David Montero fue rodeado por la parroquia y arrojado al callejón de los vómitos donde siguió su enajenada salmodia, tendido en el suelo como un guiñapo. Se quedó dormido, narcotizado por la ponzoña de sus humores. En la frontera de lo real y lo irreal, antes de perder la consciencia, notó un ejército de hormigas que le trepaban por las piernas y lo envolvían completamente hasta convertirlo en una masa informe, en una cosa indescriptible.