Cultura

Lecturas para quedarse en casa en inusitados tiempos de crisis sanitaria

La Fuente de la Vida (Crónica improbable)

Breve relato extraído del libro con el mismo nombre publicado por Intuición Grupo Editorial y escrito por Luis García Pérez

Luis García Pérez

25/03/2020

(Última actualización: 26/03/2020 15:01)

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La primavera inicial del tercer milenio no estrenaba alboradas de misterio ni estallidos solemnes de idílicas campanas. Un cierzo macilento soplaba sobre el rostro de los niños, sobre incipiente tul de los almendros, sobre las raquíticas espigas de los trigales. En la cúpula donde la noche vestía su negro antifaz, se vivía más pendiente de las noticias que llegaban de Tokio o Wall Street. Los sobresaltos hendían la fetidez del aire y un tenso escalofrío trepaba por la espina dorsal de las horas, mientras que los que tenían abono fijo para dormir en la boca del metro hacían alarde de su libertad. Era la hora propicia para los que se embarcaban en un viaje por un túnel sin retorno, sólo con billete de ida.

Los más madrugadores devoraban con avidez los titulares de los periódicos, siempre teñidos de sangre. El miedo era un raquítico jamelgo perdido por las calles, calles ocupadas por una muchedumbre ansiosa y expectante. "Galopante avance del sida en los últimos años, especialmente en África". "Mas de cuarenta millones de africanos se aferran a un lento éxodo hacia los países industrializados. Se cree que más del cuarenta por ciento perecerán en el intento"."Alarmante disminución de la capa de ozono en ambos hemisferios". Estos eran titulares frecuentes en la cabecera de los periódicos, en los teletipos de las agencias, en las televisiones del mundo entero.

Era tal la sequía que era frecuente ver esqueletos de animales diseminados por el campo. La pequeña pantalla nos servía a diario patéticas imágenes: países del llamado Tercer Mundo convertidos en vertederos radiactivos, basureros de residuos químicos con altos niveles de toxicidad, mientras sus habitantes acudían a tomar la sopa boba que les llegaba de los países ricos. Niños con manos sarmentosas, verdaderos esqueletos agonizantes, con los ojos infestados de moscas y el vientre hinchado, se hacinaban en miserables estancias sobre mugrientas colchonetas para reclinar su dolor.. Cada día se hablaba más del deterioro de nuestro planeta, de la progresiva desaparición de los bosques, ríos y zonas verdes, pero nadie movía un dedo para evitarlo, a no ser algunos grupos ecologistas a los que nadie prestaba atención.

Lentamente, como crecen los árboles, como se resquebrajan los viejos edificios, iban llegando a los países desarrollados los desheredados de la fortuna. Unos huían de los horrores de la guerra en sus respectivos países; otros huían del hambre y de la peste. Primero

fueron llegando en míseras pateras, fácilmente controlables por la policía. Finalmente llegaban en grandes oleadas, empujados por una naturaleza hostil y una atmósfera irrespirable propiciada por el uranio 225 y el plutonio. La muerte era un pálido jinete exterminador que, al son de sus trompetas requería a sus víctimas para un éxodo inevitable y precipitado, sin volver nunca atrás la mirada. Y llegaban a las puertas de los ricos como hambrientas alimañas, como lázaros evangélicos hurgando en medio del hedor de los contenedores para encontrar algo con que aplacar el hambre que arañaba sus entrañas. Era una muchedumbre que crecía progresivamente, como crecen los árboles, como van resquebrajándose los viejos edificios. Niños abrumados por el dolor, con tumoraciones en el rostro, pies y manos inflamadas por los sabañones del desamor; madres harapientas con pelambreras de roña y pechos fláccidos sin savia para amamantar a sus hijos; hombres de tez cetrina, con la resaca de la desesperanza en sus ojos y los dardos de la impotencia taladrándoles el pecho.

Se hacinaban al abrigo de los puentes que daban acceso a las grandes urbes, en los extrarradios de las ciudades, en los soportales de los pueblos, en los cercados de las aldeas, en las orillas de los ríos de aguas verdosas y malolientes. Parecían personajes arrancados de un cuadro goyesco en su época negra. Y la muchedumbre crecía y crecía cada día, cada hora, cada instante.

Los padres de la patria se encargaron de trazar las líneas divisorias entre las clases sociales: en primer lugar, los que empuñaban las riendas del poder y los aristócratas; a continuación los ciudadanos; después los súbditos y finalmente los parias de la inmigración. Estas fronteras eran tajantes, impermeables, brutales. Pero los escalones más bajos de esta pirámide social no se conformaban con su estatus y aspiraban a conseguir la categoría de hombres. Se estaba gestando una gran conmoción social, una revolución sin precedentes y sin salida posible. El gran alud humano rebasaba todas las previsiones de los gobiernos ricos. Por eso, en algunas ocasiones las Fuerzas de Seguridad aplastaron a sangre y fuego la rebelión de los marginados. A diario se producían grandes enfrentamientos entre Organizaciones defensoras de los Derechos Humanos y los radicales que llevaban hasta el último extremo la xenofobia y el racismo. La saturación de los centros hospitalarios, el pillaje y el caos eran una realidad cotidiana. Ni los grandes debates en los Foros Internacionales, ni los acuerdos que ponían en marcha los gobiernos eran capaces de contener la vorágine, la confusión, el permanente sobresalto. Tampoco podían contener aquella gran avalancha las murallas, alambradas y fosos construidos en las entradas de las ciudades y frente a los grandes almacenes, porque los desheredados del destino no tenían otra cosa que perder que su propia vida y ésta se la jugaban diariamente por la subsistencia.

Era imprescindible un nuevo orden social en el mundo. Había llegado la hora inexcusable de un giro total que se iba gestando como crecen los árboles, como se van resquebrajando los viejos edificios.

...........

Era una mañana de un domingo otoñal en la primera década del tercer milenio. Una densa niebla cegaba la gran urbe; era una niebla densa, hedionda, amarga, atosigante. La ciudad parecía un aquelarre de las Postrimerías. Los escaparates de los grandes almacenes aparecían asaltados por una muchedumbre incontrolable de gentes diversas. Exquisitos manjares, pieles, joyas, perfumes y toda clase de artículos rodaban por el suelo ante la impotencia de las Fuerzas del Orden que disparaba indiscriminadamente en medio de la más atroz confusión y de la niebla más espesa y sobrecogedora. Ni los toques de queda ni el chirrido estridente de las sirenas podía hacer nada en aquel ambiente de barbarie y de miedo.

A las doce en punto del mediodía, la niebla se desvaneció inesperada y repentinamente, al tiempo que una misteriosa melodía comenzó a expandirse por toda la ciudad. Era una música cautivadora, insólita, inefable. Podía oírse en todas las partes a la vez como un subyugador ensalmo que originó un silencio profundo como un bosque. Aquellos acordes tenían un poder insoslayable una fuerza que atraía a niños y ancianos, a adolescentes y adultos, a creyentes y no creyentes, a enfermos y lisiados, a todos los humanos sin excepción. Era una melodía que extasiaba el espíritu, que tenía un poder envolvente y embriagaba todos los sentidos. Nadie podía verse libre de aquellas notas excelsas, arrebatadoras, sublimes.

Cesó la melodía y la ciudad se sumió en un estremecedor y expectante silencio. Un peregrino, vestido con una túnica de estameña blanca, sus pies desnudos embutidos en gruesas sandalias, con un bordón de caoba en su diestra, avanzaba con paso lento y armonioso por las calles de la ciudad. Era un hombre joven de ojos verde esmeralda, mirada profunda, ancha frente, larga cabellera y poblada barba. Era de complexión atlética, amplios hombros y notable estatura. Tras de sí iba dejando un intenso aroma a menta y a romero, a orégano y membrillo. El peregrino se detuvo en el centro de un parque con árboles de tronco renegrido, alrededor de los cuales se amontonaban bolsas de basura, algunas de ellas desparramadas por el suelo. El peregrino se inclinó sobre el suelo, acarició la tierra reseca y agrietada con sus dedos fragantes como pétalos, excavó un leve hoyo y clavó en él su bordón. Súbitamente brotaron de cada una de las partículas de la tierra innumerables surtidores de agua clara, describiendo en el aire arcos de perfecta simetría que la luz del sol radiante descomponía en haces de colores sobre el sediento césped. Muy pronto se formaron juguetones riachuelos con burbujas que al romperse prorrumpían en vibrantes notas de alborozo, y volvían a componer la excelsa melodía.

Los espectadores quedaban deslumbrados por tan insólito acontecimiento y sus mentes prisioneras del prodigio que estaban contemplando. No había sido algo aislado, sino que se había percibido simultáneamente en toda la ciudad como una reverberación luminosa que se multiplicara indefinidamente.

Aquella misma tarde se reunió con carácter urgente la Corporación del Ayuntamiento. En medio de una gran multitud, el peregrino fue llevado por vario agentes hasta el Salón de Plenos, donde fue sometido, a puerta cerrada, a un exhaustivo interrogatorio:

-¿Cómo te llamas? ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Quiénes son tu familia? ¿Qué buscas en nuestra ciudad? ¿Llevas documentación? ¿Posees poderes mágicos? ¿Cuál es tu nacionalidad?

-(...)

-Dinos, al menos, quién eres, cuál es tu nombre

(...)

¿Por qué no nos respondes? ¿No entiendes nuestro idioma?

-(...)

¿Eres un extraterrestre?

-Yo soy la Fuente de la Vida.

-Acabáis de oírlo, habla nuestro idioma.

-¿Puedes hacer brotar el agua de la tierra? ¿Quién te ha dado ese poder?

-(...)

-Háblanos de ti. Estamos ansiosos por conocer tu identidad y qué misión te ha guiado hasta aquí.

-(...)

-Yo creo que se trata de un taumaturgo con poderes sobrenaturales.- Tal vez se trate de un androide capaz de trasmutarse a su antojo.- Pudiera tratarse de un vulgar narcotraficante que finge no entender nuestro idioma.- Yo lo vi rodeado de drogadictos, debería interrogarlo un juez.- ¿Pero no habéis visto lo que ha hecho con sólo sus manos y ese bastón?

Afuera, una gran muchedumbre pugnaba por pasar al salón, mientras se hacían comentarios de todo tipo:

-¡Cómo está! Es guapísimo. Parece el vocalista de un conjunto musical- comentaban las quinceañeras. ¡Qué hombre tan atractivo!- exclamaba la Presidenta de la Asociación de Amas de Casa.- ¿Estará casado?.- ¿Tendrá hijos? .- Lo que debe de tener son millones de fans por donde quiera que vaya.

Enseguida, las autoridades entraron en contacto con las altas jerarquías de la nación. Después de reunirse durante horas y estudiar la situación, decidieron convocar una cumbre de Jefes de Estado. El Salón de Plenos se convirtió en el centro de atención mundial y en él se congregaron periodistas llegados de todas partes del planeta que le formularon al peregrino innumerables preguntas en todos los idiomas.

La respuesta era siempre la misma:

-Yo soy la Fuente de la Vida.

Todos los partidos políticos querían adueñárselo, pues sería el boom que les llevaría a la victoria electoral.

- Si alguien tiene derecho a incluirlo entre los suyos, esos somos nosotros- argumentaba el Secretario General de los Ecologistas.- Eso tendrá que decidirlo él mismo.- Vino a nuestra ciudad y será para nosotros.

- - Dinos, ¿cuál es tu ideología? ¿Qué ideales persigues?

- Yo soy la Fuente de la Vida.

- Vous n´avez aucun droit sur lui. Il est francais, bien sur, ou peut etre, tu sois le grand citoyen du monde. Tu parles, quelle langue?

- (...)

La noche trascurrió en un ambiente de expectación e incertidumbre

Los gravísimos problemas cotidianos habían sido aparcados, y todo

el mundo quería presenciar los prodigios del peregrino. La ciudad era un inmenso hormiguero humano de todas razas y condiciones.

Al día siguiente, el horizonte descorrió su velo y un intenso resplandor en haces multicolores se derramó sobre la ciudad. Los corazones latían a un ritmo acelerado y el silencio se cortaba cuando el peregrino tomó su bordón y descendió lentamente por la escalinata del Ayuntamiento. Todas las miradas convergieron en su rostro nimbado por una luz irresistible, alrededor de la cual revoloteaba una bandada de jilgueros. Caminaba pausadamente y sus huellas quedaban grabadas sobre el asfalto. De pronto, se arrodilló, extendió sus brazos en cruz, besó el suelo y clavó su bordón en el mismo punto donde había depositado el ósculo. Un manantial de finísimas gotas, como sutil emanación, dibujó en el aire tibio del amanecer una enorme palmera orlada de esmeraldas y topacios, turquesas y almandinos, que al rebotar de nuevo sobre el asfalto desgranaban en el viento la inefable melodía. En el centro de la palmera retumbó una voz de plata que el eco propagaba por todas partes:

Yo soooooooy la fueeeeeeenteeeeee de la viiiiidaaaa.

...

Una mañana de primavera recogía en la primera página de los periódicos la gran noticia del boicot en las elecciones generales del día anterior. El porcentaje de participación no alcanzaba el uno por ciento del censo electoral. Los aspirantes a ocupar un escaño en el Parlamento acababan de recoger el más tremendo fracaso. Los ciudadanos se habían cansado de tanto mitin de oratoria hueca y falaz, de tantas promesas incumplidas. La política había caído en el mayor descrédito y muchos tendrían que sepultar su frac en el fondo del armario para siempre.

La sociedad estaba dando un giro de ciento ochenta grados. Ya nadie creía en las grandes Multinacionales ni en los banqueros que ofrecían una vida feliz a bajo interés. Nadie quería ya ser esclavo de la moda ni de la sociedad de consumo. La mujer se había negado a servir de reclamo en los grandes paneles luminosos, que se iban ya retirando, porque las familias ya no se dejaban seducir por cantos de sirena y preferían objetos más sencillos, naturales y de calidad contrastada.

Este fenómeno de transformación social era un proceso muy complejo, cuyas causas múltiples erabn difíciles de explicar. Se había ido gestando con el paso de los días, de las estaciones, de los años, como crecen los árboles, como se resquebrajan los grandes edificios. El hombre iba de hito en hito ganándole batallas a su antiguo destino de esfinge para llegar a ser seres libres.

Una de las mayores victorias la había conseguido el ser humano aquel día en que definitivamente supo decir NO a la guerra en todos sus niveles y modalidades, lo que supuso un gran golpe para los magnates de la industria armamentista, que tuvieron que fabricar telescopios para explorar estrellas en vez de los misiles y carruseles de fiesta en vez de carros de combate.

Parece ser que el antiguo Presidente del Gobierno se hizo jardinero y ganaba todos los concursos de rosas y de bonsais que se convocaban.

Parece ser que el antiguo Presidente del Banco de España se reunía todas las mañanas con los niños de un colegio y les cambiaba cromos de Walt Disney por fajos de billetes de cien euros.

Parece ser que un antiguo Director de la Guardia Civil vendió lo poco que le quedaba para comprar canicas y, vestido con un traje de rayas, jugaba en el patio con otros compañeros vestidos como él.

Parece ser - y esto no se ha podido confirmar ni desmentir- que todas las razas del planeta mezclaron su sangre y desde entonces todos y todas las terrícolas eran del mismo color.

Parece ser que cierto señor que aspiró durante muchos años a la Presidencia del Gobierno, se retiró de la política después de cumplir su deseo, para practicar la vida retirada como los antiguos eremitas y anacoretas.

Todas estas noticias están a expensas de ser confirmadas, naturalmente.