Cultura

Lecturas para quedarse en casa en inusitados tiempos de crisis sanitaria

La Confesión (Narraciones Manchegas)

Breve relato extraído del libro "Narraciones Manchegas” publicado por Intuición Grupo Editorial y escrito por Manuel Juliá

Manuel Juliá

25/03/2020

(Última actualización: 26/03/2020 15:01)

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Cuando al fin lo hice mío me olió a muerte. Recordé al instante que el primer día que lo conocí también me olió a muerte. Su piel desprendía un efluvio de anaquel musgoso que ya había olido antes en alguna librería de viejo. Incluso tenía la sensación de que había estado, hace mucho tiempo, en su entierro. Su rostro me sonaba a cadáver conocido. Tenía perfil de funeral, mentón puntiagudo, nariz estilizada, cuello largo, frente eterna, y al imaginármelo muerto, tendido en la alfombra, dí en pensar que tenía la muerte dos veces.

-Eso es difícil, que alguien tenga la muerte dos veces -el viejo la miró confundido. Luego alejó sus ojos, y como si estuviera ausente, revisó el montículo de carpetas que tenía enfrente de la mesa-.

Claro, dos veces, su propia muerte y la que yo le había entregado. Pensando en su rostro frío recordé un instante cómo era antes de la muerte, un vago hermoso, un pálido estilizado, con esos labios marmóreos y la piel de marfil. Era un blanco fúnebre pero bello. Tenía un deje lento, casi sudamericano, alargaba las eses y las sílabas iniciales de sus palabras, además de ir bajando el tono. También he de decir que era altísimo, delgado y sonriente, lo cual no desdecía del aspecto fúnebre al que antes aludía.

-Oiga, no me lo describa, no ve que tengo la mesa llena de fotografías -el viejo tiró en la mesa tres o cuatro fotografías que había levantado de un montículo con cierta desgana-.

Ya, por eso ahora quiero hablarle de su olor, porque era un olor diferente a todos los que había conocido hasta entonces. No voy a decirle a qué olía, porque no creo que haya nada en la naturaleza que tenga ese extraño perfume. Sólo voy a decirle lo que yo sentía al olerle. Era cómo si tuviera un espectro sentado a mi lado. Como si hubiera emergido algún vaho del laberinto que existe más allá de la muerte. Un olor que te dejaba aturdida. Yo lo sentía. Fíjese que digo sentía, y no olería, y que digo el olor y no su olor, porque lo sentía en las venas, un perfume grandioso, disosmia que del alma si el alma oliera, que ya sé que no porque es inmaterial. Sentía un odorato profundísimo, apabullante. Estoy segura de que si su espectro viajara a cientos de kilómetros por encima de mi cabeza, volvería a oler su fato. Todavía recuerdo el olor que despedía desnudo, porque aquí, entre nosotros, sólo si usted lo hubiera olido desnudo sabría de qué estoy hablando. Si su persona hubiera estado un segundo en este despacho seguro que la inercia de su catinga se habría quedado impresa para siempre. Pero ya no hablo más de su olor. En el hecho de la dificultad de su explicación está la esencia. Debo contarle los hechos.

-Albricias, vayamos al meollo -parecía imposible, por la dejadez de su rostro, que el viejo hubiera estado escuchando sus palabras-.

Mire, era un día de sol y de verano. Todavía estábamos en Puertollano pero ya oía el murmullo de los niños de la playa de Alicante, adonde íbamos a ir. ¿No oye usted a veces en el crepúsculo como un inexplicable ruido de recreo, de niños jugando en las plazas atestadas de automóviles? Yo sí, sobre todo en los momentos expectantes, cuando ya siento que no estoy mentalmente en el lugar que estoy físicamente. Me evado con poco. Soy perita en huidas mentales.

-No, por favor, evite mirarme en el diván de un sicólogo, vaya al grano por favor -el viejo bostezó sin recato y le hizo un movimiento con la mano, como pidiéndole presteza en el relato-.

Pues eso. Que era un día soleado, como esos días del verano que ya son verano, un día limpio y refrescante, a pesar del calor, y olvidábamos la rutina, comenzábamos la huida, nos íbamos a ir al fin, después de tantos meses esperando que llegara aquel día, aquella hora, yo con los billetes del tren en el bolsillo, con el listado de los utensilios veraniegos en mi mano, esperando que repasáramos esos últimos detalles de la partida en esos cinco minutos que aún nos quedaban antes de llamar el taxi, tu me llamas amor yo busco un taxi, no sé de qué recuerdo este endecasílabo.

-Es de un poeta de los llamados de la experiencia -dijo el viejo rápidamente-. Aunque tengo dudas de que eso sea un endecasílabo -finalizó con algo de rabia y luego miró al ventanal, como si siguiera ausente-.

Imaginese, las maletas encima de la cama. Yo, como una adolescente saltarina por los pasillos, de acá para alla, que si los calcetines, que si has echado los dentífricos y la loción capilar, que si este bañador te lo llevas o lo dejas, hombre, que siempre tengo yo que hacer las maletas además de ocuparme de los billetes, el alquiler del piso, los ajustes con el banco y así es desde que te conozco, de todo, yo ocupándome de todo. Figúrese el nerviosismo que me embargaba, con lo puntillosa que soy con el orden y lo cumplidora que soy con los horarios.

-Eso es cierto, dijo usted a las seis, y a las seis en punto vino -el viejo oteó la grabadora mientras decía la frase-.

Pero él estaba quieto, sentado en la cama, silencioso y agraz. Qué súbita frialdad. Estaba mirándose al espejo del armario, ajeno a mis berridos histéricos y felices, sin quitar los ojos del cristal, con una cara entre irascible y melancólica, una faz que yo desconocía. Luego, muy lentamente, se me quedó fijo, como una estatua blanca, concíbalo ahí, cerífico, tan blanco y tan fúnebre como era.

-Ya, ya sé que era un tipo cadavérico. Lo dijo al principio -el viejo manifestó un movimiento extraño, sorpresivo, que se apagó de repente-.

¡No me voy contigo!, así me espetó de sopetón, oiga. Márchate sola, me dijo con unos ojos desconocidos, como si yo fuese una extraña, qué estupidez, y en aquel momento previo a la partida.

-Por supuesto usted ni se imaginaba que saliera con ésas. ¿No pensó que estuviera de broma? -El viejo elevó las cejas hasta el techo rancio, y se regodeó sin límites en la perfecta cara de asombro que había conseguido en aquel instante-.

Sí, al principio pensé que aquella escena inesperada era simplemente una broma, aunque sus ojos pétreos desdecían mis pensamientos. Después, al pasar quince segundos de silencio sepulcral, hube de percibir con absoluta certeza que la evidencia significaba que no se vendría conmigo. Al instante, claro, una increíble discusión. Piense que un día su compañera, de repente, se pone el rostro de otra y lo mira como si fuera un desconocido. ¿Insoportable, verdad?. Por tanto le dije que me explicara aquella destemplanza imprevista, esa forma rotunda de despreciarme sin razones aparentes. ¿Quince días juntos serán para ti insoportables? ¿No puedes estar ya más conmigo? ¿Lo sabes desde siempre? ¿¡Lo sabes desde que te parió tu madre!? Luego llego el momento de los cómo.

-¿El qué? -el viejo puso cara de desconcierto, y al cabo no dejó que una áspera risa le estallara en los mofletes arrugados-.

Eso, el momento de los cómo. Cómo has podido hacerme esto. Cómo has podido tenerme engañada tanto tiempo. Cómo has podido ocultar tantos días tu desprecio. Cómo has podido odiarme con tu mente mientras me amabas con tu cuerpo.

-Por favor, no diga más cómo, ya está clara su perplejidad -el viejo dijo estas palabras con un sentido evidente de amonestación, pensó que si tuviera una tarjeta amarilla se la habría sacado frente a las gafas. Ciertamente, ella usaba gafas, aunque esto poco importa para la historia-.

Le dije que feliz en una ignorada hipocresía me había tenido engañada diez largos años, un incontable caudal de horas, horas que se diluían en su postura tosca y miserable. Mire, yo le hablaba hundida. Gritaba amargamente y él no me respondía, aunque con su mirada indiferente no cesaba de decir con arrolladora claridad que odiaba haber estado una tarde y otra tarde conmigo, una noche y otra noche entre las mantas conmigo, tantos instantes invernales arrullado en el calor de mi cuerpo, en el roce suavísimo de las sábanas frías de la siesta, refrescándose conmigo y con esos armatostes de aire acondicionado que yo había permitido instalar, para no escuchar más su frase preferida en el verano.

-Venga, la frase, sin más rodeos -el viejo se desamorró un instante-.

Bueno, no era una sola frase, eran varias pero con el mismo sentido. Es imposible dormir con este calor. Es imposible moverse con este calor. Es imposible hacer el amor con este calor. Es imposible leer con este calor, que las páginas se ponen pegajosas, como si también sudara la tinta. Así y así días y días y meses y meses, hasta que hastiada de tantos imposibles, y seriamente preocupada de que no pudiera leer con comodidad, dí mi visto bueno para que comprara los aparatos de aire acondicionado más caros del Pryca. Dos millones nos costaron esos cuatro chismes ostentosos que hacen un ruido infernal. En el silencio oía aquel run, run, como de pequeña cascada, y ese recuerdo me llevó a pensar que hablaba realmente en serio, porque de lo único que se responsabilizaba cuando viajábamos fuera de Puertollano era de apagar sus amados artilugios gélidos, y aquella tarde, ya a cinco escasos minutos de llamar al taxi, aún estaban rugiendo, run, run, run, run, brbrbrbrbr, y ese monótono ruido me decía que era tan cierto que él no vendría conmigo como que el helado oxígeno del apartamento se estrellaba en el cuerpo aturdido de los cristales.

-No me diga que el asunto fue por unos refrigeradores -el viejo la miró con un desprecio profundísimo-.

No, no, claro que no. Los refrigeradores eran simplemente una evidencia de lo cierto de su quietud. No sé si usted me está escuchando. Escuche por favor. Ah, cómo pude recordar tantas cosas en un minuto. Diez años de amor y convivencia ausentes de aquel cuerpo que estaba sentado en la cama. Aquel rostro que quería parecerme desconocido. Pensé que ya no moriría de viejo en mis manos, oliendo su miedo a perderme, eso fue lo primero que me vino a la cabeza desde aquella amarga certeza.

-Qué estupidez, mira que pensar eso en aquel momento. Ande, siga rauda, que se acaba la cinta -el viejo se rascó la sien con las dos manos y los cabellos blancos saltaron del tupé triangulándole el rostro-.

Estaba tan callado. No supe qué hacer, ni qué decir. Quería acariciar su pelambrera moruna, tirarme en sus brazos desterrando mi orgullo, pero una especie de fuerza desconocida hasta entonces para mí me mantenía aterida, como un bronce humano. No puedes seguir así, me dije, como una estatua a la que hacen de menos, que el tren de Alicante no espera. Por consiguiente llamé al taxi, y me fui a otra habitación, a esperarlo, a meditar por qué una angustia nueva se estaba apoderando de mi cuerpo, una angustia desconocida, a preguntarme por qué nunca nadie me había humillado de aquella manera, nunca, en mis treinta años relucientes. Me dije que no iría siquiera a despedirme de él. Pero a los veintidós segundos ya estaba asomando el narizón al umbral de su puerta. El seguía igual, quieto, sentado en la cama, ingrato y verdugo, apenas se apercibía de mi existencia. Sabía que yo había llamado al taxi, pues bien que grité al teléfono, y que sólo le quedaban unos minutos para dar marcha atrás en su decisión. Sabía que al irme a esperar a otra habitación, le estaba concediendo unos instantes con la absurda esperanza de que en unos segundos derrocara en su corazón el odio repentino e inexplicable, y que la amarulencia que nos envolvía estallara su ausencia. Que dejen de sonar los artilugios del aire acondicionado, me repetía una y otra vez, ese rufruf, brbrbr, runrun o como sea, eterno, eterno, bañando su rostro pétreo, de tanto encogimiento e indiferencia más marmóreo aún de lo que solía ser habitual.

-Nada de volver a los refrigeradores, eh. Vaya al grano, pardiez, que son las ocho -el viejo se miró el reloj con agilidad y hubiera deseado ponerlo enfrente de sus ojos y repetirle varias veces que el despacho se estaba quedando solitario y que ya el sol se perdía por el horizonte-.

Sonó el timbre. El taxista anunció con una entonación inolvidable que bajáramos ya, que estaba en doble fila, lo cual era evidente por el tumulto de pitidos que habían roto el silencio de los refrigeradores.

- ¡Eh!..-cortó el viejo secamente-.

Bien, bien, no se preocupé, no voy a hablar otra vez de ellos. Sigo. Pasé a su cuarto por última vez. El seguía igual, enfrentado al espejo del armario, evidentemente esperando que me fuera de una vez, pues cuando me quedé invadiendo su campo visual, con la espalda al espejo, dándole esa última oportunidad que siempre damos los débiles, apenas si se dignó a mirarme, o decirme un adiós de desesperanza, o darme al menos la oportunidad de que discutiéramos en el tránsito a la estación el porqué de aquel cambio tan repentino, aquella muerte súbita de lo que entre nosotros había sido una comunión casi perfecta, un ayuntamiento modélico alabado por todos en el barrio y puesto de ejemplo a los adolescentes. Pero, sin embargo, allí estaba él, impertérrito. ¡Qué ha pasado contigo!, le volví a decir con un profundísimo dolor en mis ojos. Podemos hablar en el taxi hasta la estación, al cabo cuesta igual, maldita sea, y me explicas de una vez qué ha pasado, que es como si hubieras nacido en un segundo de nuevo. Puse mis cabellos algo salvajes y le dije varias veces lo mismo. Por qué, por qué, por qué, por qué, dije exactamente cuatro veces por qué, luego, después de tres segundos de pausa, volví una quinta, una sexta y una séptima vez, y ahí hube de cortar porque se oyó la clarividencia del vozarrón del taxista entre un marasmo infernal de pitidos y jaleos bajo el semáforo, despertándonos de la trifulca de porqués, a mí, que a él fue de su inanición emocional.

-Tenga en cuenta que le prohíbo decir, a partir de ahora, otro porqué. Ya ha gastado todos los posibles -el viejo apretujó las cejas y dejó salir de sus ojos una furia roja que habría podido chamuscarla si lo hubiera deseado-.

Y entonces habló. Increíble pero cierto. Márchate ya, me dijo con algo de asco incomprensible, que van a venir los bomberos. No me quitaba los ojos de estos vaqueros que ahora llevo puestos, que aún guardan su mirada. Vas a perder el tren, estúpida, repitió. Lárgate ya, insistía, lárgate ya, que no quiero hablar contigo, no quiero verte más, no quiero explicarte por qué no quiero verte, no quiero justificarte por qué no quiero explicarte por qué no quiero verte, así de sencilla es la verdad, me dijo en grito atroz, y después aquello que fue un puñal de fuego en mi orgullo femenino, sólo quiero que sepas que siento un desprecio hacia ti, hacia lo tuyo, y no sé cómo he podido soportar la vida a tu lado, lárgate de una vez marujona.

-Bueno, ahora no se pare, que ya me voy enterando -el viejo puso algo de atención. Daba la sensación de que a partir de este momento comenzaba a interesarle la historia-. Por cierto -añadió antes de darle la palabra- lo de marujona me parece muy fuerte, pero tampoco crea que justifica nada, yo también lo digo de vez en cuando y míreme aquí, vivito y coleando.

Ya, pero me lo dijo con un desprecio rotundo, como si fuera una vagabunda piojosa, me lo dijo así, lar-ga-te-de-u-na-vez-ma-ru-jo-na, haciendo pausa en las sílabas. Porque lo repitió seis veces mientras el jaleo que abajo organizaba el taxista subía por la ventana hasta casi romper los cristales. Quizá fueron diez veces, o más, que a lo mejor se quedó solo con esa frase en su boquita de piñón fúnebre puertollanera, porque yo, a la décima vez que lo oí me fui por no oírlo más, pues me jodía profundamente esa perfección con la que decía ma-ru-jo-na, además, algo había que hacer con aquel taxista que me estaba esperando abajo con una especie de ataque de epilepsia. Así que bajé las escaleras como un espectro abandonado por el empíreo templo, bajé las desvencijadas escaleras oscuras de aquel tenebroso edificio que era su casa, donde había nacido el torturador. Quizá piense que tendría que haberme quedado con él y exigir una explicación.

-No, no lo pienso, yo no pienso nada, yo escucho para luego escribir -el viejo le agilizó la lengua con la mano-.

Escuche, escuche. Bueno, perdone que me calle un instante, sólo es para dejar salir una lágrima antigua. Ya está, mire la lágrima como una perla invisible en la mejilla. El caso es que no quería perder el dinero del billete de tren y la señal que habíamos entregado al propietario del apartamento, en total doscientas mil. Al menos que lo mío se disfrutara. ¿Lo comprende no? Pues me fui de aquella casa con los maletones al hombro, bajando los escalerones de su viejísimo apartamento situado en el centro del pueblo, en el edificio Tauro, al lado de la Fuente Agria.

-Digamos que ya está frente al taxista. Tampoco es cuestión de que me relate ahora cómo fue la bajada de cada uno de los escalones -el viejo se hurgó levemente la nariz y dejó escapar un lánguido hipo al decir la palabra escalones-.

Beba agua, señor.

-Nada, nada, siga -la conminó con el latigazo huesudo de sus manos expertas en machacar olivetis.

Qué decirle del taxista. Sólo que me fue sermoneando todo el camino como si yo fuera la presidenta de alguna asociación de enemigos del taxi. Ya se me han olvidado todos los improperios de aquel tipo del que ni siquiera recuerdo si era calvo o tupido, flaco o gordinflón, bello o de semblante estropajoso. Uno se pasa la vida olvidando taxistas.

-Digamos que ya no está en el taxi. ¿Por qué no me ahorra el viaje y nos plantamos ya en la playa de Alicante? -el viejo, al terminar su frase, vio que la noche ya se había vuelto profunda. Encendió la luz del flexo y repasó nuevamente la grabadora-.

Claro. Qué viaje hasta la playa, no se me quitaron las lagrimas de los ojos. Ya en el apartamento tardé tres días en llamarlo, hasta que lo hice una mañana en la cual la depresión se había apoderado de mi placidez. Explícamelo ya de una vez, le dije. Te he odiado desde siempre, me contestó con su voz desconocida. Me dijo que desde el primer día que me conoció le molestó mi cara. No lo entiendo, ya sé que no soy Laetitia Casta, pero tampoco es que sea para asustar al personal. Luego me dijo que le molestaban mis maneras de andar. Si, ya sé que no voy pasareleando por las aceras, que no muevo las pantorrillas en plan estarlete, pero tampoco es que sea una especie de Quasimodo femenino. Mire, cuando camino por el paseo por la calle Aduana o por el paseo de San Gregorio, ejido arriba ejido abajo, hasta terminar inevitablemente en la Ermita Virgen de Gracia, le juro que los hombres me miran. Tengo el culo respingón y las nalgas abundantes y sepa que eso gusta a los hombres. Claro, no a todos, según se ve. Luego me dijo que también comenzó a molestarle cómo mascaba los alimentos. Si, ya sé que no soy la Duquesa de Alba con los instrumentos de mesa, pero sepa que no emito sonidos guturales con el mastiqueo, o sonoras aspiraciones de viento, ubr, ubr, con la sopa. También me dijo que le molestaban mis ronquidos.

-Es que si ronca, la cosa es grave. Sepa que la iglesia permite separaciones por esa razón. Que por nadie pase -el viejo le puso cara de asco, pero un asco limpio, así como una angustia suave que acompañó con un leve chasquido de los bronquios-.

Ahí sí que no, yo no ronco, maldita sea, tú sí, le dije en plan airadísimo, y me contesto que los roncadores somos como los alcohólicos, o como los drogadictos, que jamás reconocemos nuestro problema. Me dijo que llevaba tres años aguantándose unos punzadísimos deseos de torturarme por la noche, cuando dormíamos, que mientras yo roncaba él soñaba con mi muerte. Luego pensó en ser algo delicado y cambió mi muerte por la separación repentina.

-Oiga, insisto, es que si ronca, ya sabe, es para ponerse en su lugar. Además, es evidente que no la mató, pues está usted aquí largando -el viejo no se quitó la cara de asco, y su propio rostro, en el fondo contradiciendo las excusas de ella, tenía también un aire de reprimenda-.

Ya le he dicho que no ronco. Puede comprobarlo cuando quiera.

-No, no, eso de ninguna manera. Vamos, siga con la historia -el viejo cambió su rictus de golpe. La posibilidad de pasar una noche con ella para comprobar si decía la verdad o la mentira le rescato un ingente temblor de piernas-.

Claro, continuo. Cuántas veces hablé con él en aquella quincena, a pesar de sus desprecios. ¿Doscientas, cuatrocientas, seiscientas? Quizá más. Estaba siempre con el móvil adosado a la oreja. Hasta que el ingrato se hartó de mis llamadas telefónicas y un día me dijo que no volviera a llamarlo, que en la portería tenía todas mis pertenencias, hasta las novelas de Saramago que habíamos leído juntos y que creía le gustaban. También me había dejado en la portería los discos budistas de George Harrison, y los artículos de Gabriel Albiac, recortados del diario El Mundo y cuidadosamente ordenados y fotocopiados en carpetones, esos artículos que releíamos cuando cometíamos la injusticia de estar demasiado satisfechos del mundo. Igualmente había expulsado de su vida mi colección de Gimsbert y de Wooswoor, y yo que creía que le gustaba lo beat.

- Eso se llama erradicación marital. Está claro que ese hombre no quería verle más el cogote. Pero estaba en su derecho, ¿no? -el viejo trajinaba el casete y le pidió parar hasta que diera la vuelta a la que creía era la tercera cinta. Hecho esto, lo puso en marcha y le indicó que siguiera. Estaba metido en la historia y apenas le importaba que tan sólo quedaran los dos en la oficina-.

Qué engañados vivimos con la gente que tenemos cerca. Si pudiéramos ver su interior por una mirilla invisible cuántas sorpresas nos llevaríamos.

- Venga, venga, no mezcle al resto de la gente con sus asuntos. Vaya vicio que tienen algunos en generalizar sus problemas -hizo un gesto con la mano algo despectivo, y ella miró para otro lado-.

Ya no me llames más, esa era su frase preferida, una que suena estéticamente horrorosa ya sé, pero fue ésa y no quiero cambiarla por otra más bella, más literaria, yanomellamesmás, así, a chorro. Pero qué se creía, ¿que podía eliminar el pasado con un leve chasquido de sus dedos? No. No podía. El pasado es el futuro, y por tanto a pesar de sus protestas volví con aquel numero tan conocido, el seiscuatrocuatrodosunocuatroveintiseis, yo estaba sentada en cualquier terraza del paseo marítimo de Alicante y el dichoso número no se me iba de la cabeza. Llámalo, llámalo, llámalo, me decía una voz profunda que no cesaba hasta que cogía el móvil y lo encendía, y lo llamaba a cualquier hora, desde cualquier lugar, en cualquier circunstancia, el móvil para arriba, el móvil para abajo, lo llamaba y lo llamaba dejándole mensajes en el contestador, palabras de última voluntad, piense que llegué a decirle más de quinientas veces que si no me respondía los tiburones del mediterráneo darían buena cuenta de mi carne.

-Supongo que soñaría con ver a los tiburones devorandolos, a usted y a su móvil por supuesto -río por dentro su agudeza, aunque por fuera mantuvo el gesto profesional de siempre, ese de indagador ajeno que ponía en todas las historias-.

Ya sé que no hay tiburones en el mediterráneo, pero entonces deseaba que los hubiera. Al final, el necróforo ya no respondía a mis mensajes de SOS. Así estuvo los tres últimos días, ausente y estilita, hasta que un día, no sé si serían las doce de la noche o las doce y cuarto de la noche, o las doce y media de la noche, perdone que sea tan puntillosa pero he de dejar constancia de mis dudas, al marcar su número una voz me dijo diga en extranjero.

-En extranjero es muy amplio. Quiere concretar, por favor -el viejo tomo una breve nota en la libreta mientras le pedía las aclaraciones-.

Era vikinga, perdón viking, no sea que se me enfade Borges. Hablaba muy mal el castellano. Dogjalá iá i pag deg iumna vig Ugmiterion. Así creo que sonó, no me habré comido ni una letra. El caso es que alguien invadía mi casa, una noruega o una sueca, o algo así, en todo caso del norte profundo, ya sabe que los bárbaros y las invasiones siempre vienen del norte, salvo cuando nosotros nos pasamos por la piedra a los flamencos, que todavía lo recuerdan, vaya usted a Bruselas a la Grande Place, y verá a compatriotas suyos en un pub colgados por el cuello. Es decir, que alguna normanda usurpaba mi espacio.

-¿Y qué esperaba, que no aprovechara el hombre? No crea que es tan fácil enganchar a una vikinga en Puertollano -el viejo dijo su frase sin mirarla a los ojos, tanteando el casete como si fuese un instrumento erótico-

Bueno, en un primer momento pensé que al menos no era una de esas cubanas que con el rollo de la lengua suave y el folletín político y la poesía vagamunda te levantan la pareja así que vayas al servicio. Pero las suecas, ay las suecas, también son para tener miedo de ellas, esos rubicundos corpachones y esos ojos azulísimos que parecen de mirar adolescente. Claro, la sueca ya estaba al tanto de todo, pues a la cuarta llamada silenciosa escuché una frase ciertamente malhadada para mis intereses, piegdette en un busquie, igtópida. ¿Quién es usted?, le pregunté con un temblor oscuro que se me agarraba al inalámbrico, quizá lo único sólido que me estaba manteniendo en pie, perdón sentada, que estaba en un bellísimo velador, Sangre y arena se llama, qué premonitorio. Pero la sueca no me contestó y al cabo de unos segundos comencé a oír ese amargo sonido que todavía tengo pegado a los oídos, aggggg, agggg, sí, sólo oía ese sonido, durante un minuto al menos, y yo callada, escuchando, escuchando ese idioma de placer hasta que pegué un grito que atrajo la atención de la gente que estaba en el velador, ¡quién eres!, ¡qué haces en mi casa!

-Pero bueno, ¿no me dijo que era su casa, que él había nacido en ella?. No entiendo que después de que la despidieran con formas tan poco elegantes usted siguiera considerando aquel piso como suyo -algo importante anotó el viejo en la libretita a tenor de la enjundia que puso en la tarea-.

Nadie contestó. Colgaron al tercer grito. Y luego, cuantos intentos hice de volver a comunicarme durante una hora resultaron baldíos, pues habían descolgado el teléfono. Yo seguí insistiendo, sentada en la terraza del velador Sangre y arena, móvil va, móvil viene, que parecía una obsesa de la telefonía sin cable, nerviosa, tomándome cubatas de ron Negrita por docenas, y no exagero, que seguro aquella noche pasaron de trece, mal número, eso y mi dolor no auguraba nada bueno al futuro. Hasta que a las dos de la madrugada, recuerdo que Alejandro Sanz cantaba entonces una triste balada por la megafonía, corazón roto, qué bella canción, alguien descolgó el teléfono, aunque nadie respondió al otro lado. Primero escuche un silencio de diecisiete segundos, luego una lenta melodía de Stravinsky, seguro que era Stravinsky, cosa que me extrañó porque él era un chopiniano insaciable, debe ser que a la vikinga le gustaran los ruidos, sin embargo, aquella música sonaba bellísima por los escuetísimos auriculares del móvil, luego, dos minutos y siete segundos después, entre el galimatías de la musiquilla comencé a escuchar leves gemidos lejanos, un ruido de muelles, siseos, rumor de besos, una voz rudísima de mujer que me dijo iggcucha igtópida, magrugjiona, simplemente eso, y yo me quedé al teléfono y después de otro silencio vino la vorágine, ahhh, amog, mág, mág fuegte, mág hondo, aggg, sigue, y luego su voz, la voz que tantas veces había escuchado cálida en mis trompas de Eustaquio susurrante entre las sábanas, la voz desmadejada que tantas veces había oído perderse en la bruma del placer, su voz, inexcusablemente su voz, entrecortada, recia a veces, suave otras, su voz perdida que me estaba llegando por el móvil y estallaba de placer.

- A ver si se equivocó usted y había llamado a algún número erótico. ¿Ha mirado después la factura de Telefonica? -el viejo enrojeció un poco consciente de la crudeza de la broma-.

No, no, era su voz. Estuve dos horas sintiendo aquella sinfonía erotómana y trágica, trágica para mí claro, que para ellos era un allegro danzante con gritos de placer. Imagine, dos horas con el móvil pegado en la oreja, el sudor me bajaba hasta el cuello de la camisa, vea el espectáculo en el velador, mujer 120 minutos con móvil en oreja, sin articular palabra, un maniquí sentado en un sillón de bambú con un teléfono en el oído, la gente mirándome, diciéndose unos a otros que ya no saben qué hacer para llamar la atención estos publicistas, y tanto, y tanto, que cuando a las cuatro de la mañana retiré el móvil de mi oreja hubo gritos de terror porque tenía la parte de la cara que había estado pegada al móvil flácida y arrugada, y parecía el fantasma de la ópera.

-¿No se ha fijado? Todavía la tiene un poco arrugada -el viejo se la estaba imaginando en el velador Sangre y arena moviéndose de rabia, enarcando las cejas, encogiendo los labios y escuchando tan amarga sinfonía de ayes. Patético, pensó por un momento-.

Y allí, frente a la gente, me veía sola, el primer verano sin él, mujer sola con móvil en velador podría titular usted esta confesión, aunque ya sé que ese asunto es de su incumbencia. Entonces di en pensar que nada era cierto, que estaba dentro de una pesadilla y me despertaría en el momento más inesperado bajo sus sábanas, a su lado, pegada a su cuerpo y no existiría en el piso ni rastro de una vikinga. Pero la pesadilla era cierta.

-Claro, entonces regresó usted, piense que ya se le acababan los quince días de vacaciones -rebuscó en el cajón alguna cinta virgen, pensando que quizá sus últimas palabras podrían no grabarse-.

No, no regresé de inmediato. Prolongué otros quince días mi estancia en Alicante. Deseaba olvidarlo. Después del asunto con la vikinga no volví a llamarlo. Deseaba olvidarlo pero no podía olvidarlo. Un día me daba cuenta de que en la camisa tenía pegados sus dedos, otro me llegaba su fúnebre olor de momia mezclado con la brisa arenosa, otro sonaban sus palabras como viniendo desde lejos del mar. El ya no me cogía el teléfono, y yo clamaba su nombre. Su olvidanza me rodeaba como una caricia imposible, sólo pensaba en sus manos relimpias y aceradas, en sus mejillas de blanca plastilina, en sus trajes, en los muebles del apartamento con su olor necrológico, en el orden ritual de la cocina que tanto detestaba. Sentía un odio destellante, mezcla de despecho y amor.

-Ya, pero dígame cuando se vino a Puertollano, y qué hizo -el viejo ya tenía ganas de que la historia llegase a su final-.

Cumplidos los quince días de la quincena complementaria avistaba el Monumento al Minero. Eran las dos de la madrugada. Llegué al edificio Tauro, abrí con las llaves que todavía conservaba todas las puertas necesarias hasta llegar a la suya. Entré en silencio en su casa. Me asomé a su habitación y observé que estaba durmiendo al lado de la vikinga, pues le juro que el ronquido de la rubia era propio de una bárbara. Después, silenciosamente, penetré en la cocina y mezclé el café con matarratas. Finalizado el asunto me volví hacia Alicante. Nadie me vio ni entrar ni salir. Allí me enteré de sus muertes leyendo las páginas de sucesos de la prensa. Sólo imaginé mientras leía el obituario el agggg profundo y amargo de la vikinga al sentir el café envenenado internándose en su estómago, y cómo la muerte se ponía por segunda vez en la cara del ingrato.

-Bien, creo que tengo suficiente material para escribir su novela. Ya sabe que son trescientas mil, alrededor de dieciocho mil euros. En todo caso, recuerde que adornaré la historia a mi parecer, según contrato firmado. En Novelas Calvillo seguimos a su disposición -el viejo recogió las cintas y las guardó en una carpeta de archivo que tenía su nombre en letras mayúsculas-.