Cultura

Lecturas para quedarse en casa en inusitados tiempos de crisis sanitaria

El viejo cantaor de flamenco: En memoria de José Maria Hernández "El niño de Azuaga"

Breve relato extráido del libro de relatos breves "No hay nata para fresas” publicado por Intuición Grupo Editorial en el año 2001 y escrito por Eduardo Egido que se puede adquirir en nuestra sede de Paseo de San Gregorio, 87, Entreplanta derecha y también a través del teléfono 926 41 26 53

Eduardo Egido

23/03/2020

(Última actualización: 23/03/2020 20:41)

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A través del cristal esmerilado de la puerta del despacho veía su silueta grande y encorvada apoyada en el bastón, que se inclinaba aún más para, tocar con los nudillos el vidrio solicitando permiso rara entrar. Yo gritaba el ¡adelante! aún a sabiendas de que entraría disculpándose por no haber escuchado la autorización.

- Es que tengo cada vez mas duro el oído.

Y a la expresión lastimera que componía para subrayar su desgracia, sucedía de inmediato una sonrisa grande y luminosa al tiempo que abría sus brazos (el derecho más arriba, rara abrazar por encima del hombro, el izquierdo al nivel de la cintura) para colgarse de mi como si de una banda honorífica se tratara.

Notaba su aliento de ajo y limón, ingredientes con los que cambatía los estragos de sus noventa años de vida.

- ¿Cómo estamos, José María?- le preguntaba.

- ¡Ay, mi amiguito!- me obsequiaba, zalamero, dejando sin respuesta mi protocolario saludo-. !Qué alegría de verte!- insistía sin dejar de sonreir y abrazarme .

Me visitaba con cierta frecuencia. En esta ocasión el motivo de ir a verme le proporcionaba, saltaba a la vista, una especial satisfacción.

- Te traigo un regalito- dijo, y se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta.

- ¿Para qué se molesta usted, José María?- protesté por no permanecer callado mientras él rebuscaba en su bolsillo con calculado afán de misterio. Finalmente, extrajo un estuche de plástico endurecido que al entregarme comprobé que se trataba de una cinta-casette. La carátula mostraba, a todo color, a un cantaor flamenco tocado con un sombrero negro, en la postura clásica de brazos semiextendidos hacia adelante con las palmas de las manos abiertas y vestido con una casaca granate con adornos negros en el pecho. Tras él, una bailaora lo miraba componiendo una pose de postal.

Cuando calculó que yo había tenido tiempo de examinar detenidamente el obsequio explicó:

- ¡Ahí esta; uno de los padres del flamenco!

Se refería al maestro de maestros Pepe Marchena y a su grabación titulada La rosa. Después averígüé que la cinta se habla editado en 1978, dieciseis años atrás, y agradecí aún más su cortesía. Sin duda, él habría disfrutado enormemente con aquella música y aquella voz, que escucharía a lo largo de todos esos años una y otra vez con sostenido deleite. Ahora, se privaba de ese placer para demostrarme su amistad y reconocimiento.

-Me pone usted en un aprieto, José María. No puedo aceptar el regalo. Quédese con la cinta porque es seguro que le tendrá un gran aprecio ¬y dejé la casette sobre la mesa, próxima a él. Entonces, la cogió y la puso en mi mano, que después estrechó con las dos suyas para imprimir mayor imperiosidad a su deseo de ofrecérmela. Aquél gesto me daba a en¬tender a la claras que no había más que hablar del asunto.

Era un jardín sonriente

era una tranquila fuente

era a su borde asomada

una rosa inmaculada

de un rosal

La voz de Pene Marchena canta por granaínas los versos de los hermanos Alvarez Quintero. A mí, estos versos me traían invariablemente a la memoria las tardes soleadas de la infancia en la escuela del Palomar. Cuando la primavera mostraba los montes del sur de Puertollano como una invitación para escapar a ellos y subir a la atalaya que se destacaba en la línea del horizonte. La lectura del poema de los hermanos andaluces ofrecía una imagen sugestiva, un paisaje bucólico inalcanzable contemplado desde el pupitre y la obligación de permanecer sentado entre las cuatro paredes de la escuela.

Así pues, no tuve más alternativa que aceptar el regalo de José María, el viejo cantaor flamenco, arte que había prodigado en sus buenos años. Cuando el peso de la edad y su cúmulo de adversidades hacían una tregua en su ánimo, aún le satisfacía tararear sus antiguos cantes. Se levantaba, en estas ocasiones, del sillón del despacho y se colgaba el bastón en el antebrazo para dejar las manos libres y permitirles expresar adecuadamente el sentimiento de las letras trágicas o alegres, solemnes o livianas.

-Pero hombre José María, no alborote usted- protestaba por mi parte, en broma.

-No te preocupes, que voy a cantar por lo bajini- y se lanzaba, a entonar los cantes alternando distintos palos que él, sabedor de mi incultura flamenca, tenía la deferencia de anunciar previamente. -Mira la soleá-, y desdués -Vamos con la taranta- o bien -Ahora, unos tanguillos-.

Así se metía dentro de sí mismo y conjuraba el paso del tiempo por unos minutos. Yo daba por seguro que en esos momentos José María ponía en marcha el hilo de los recuerdos, sus actuaciones de aficionado con el nombre artístico de El niño de Azuaga -su pueblo de nacimiento- revivía, las penosas jornadas en la mina, saboreaba de nuevo el vino de las juergas, se fajaba en la rivalidad con otros cantaores. Cuando desrués de recuperar el aliento trabajosamente, abría de nuevo los ojos, se apreciaba claramente que volvía de un tiempo remoto y de lugares ya casi perdidos en la frágil memoria del anciano.

Naturalmente, a mí no era al único que le cantaba por lo bajini. Lo sorprendí varias veces in fraganti en el paseo de san Gregorio, tomando del brazo a su interlocutor y brindándole la ocasión de conocer su arte, permaneciendo los dos de pie ante la mirada algo escéptica de Rafaelito, su hijo. Esta costumbre de José María no obedecía a una intención de pavonearse jactanciosamente de la calidad de su cante en cualquier improvisado escenario, ni hay que sacar la conclusión de que su conducta moviese al escándalo. Por el contrario, su actitud respondía más bien a un acendrado sentido de la amistad y a un deseo de regalar a sus amigos aquello que é1 tasaba de mayor valor.

Nuestro cantaor vivía austeramente, por no decir que tenía para consigo mismo la tacañería propia de las personas que han tenido que superar carencias y dificultades a lo largo de su vida. No aprobaba que el dine¬ro se pudiera utilizar en algo que no fuera estrictamente necesario. Lo que no era imprescindible, resultaba, a sus ojos, superfluo. Entre ambos extremos no había nada salvo el vacío. Su atuendo dejaba que desear y estaba compuesto por prendas dotadas de una dilatada longevidad, como su propietario. No obstante, mantenía aún detalles de coquetería como el pañuelo que le gustaba anudarse al cuello o el que dejaba colgar languidamente del bolsillo superior de la americana. Frecuentemente, incluso en verano, vestía con chaleco del que colgaba el reloj de leontina .

No era una cuestión de falta de dinero. Por algún comentario aislado referente a su situación económica, José María me había dejado entrever que mantenía una saneada situación bancaria. La cuestión se resumía en que, seguramente, encontraba escasos motivos que justificasen desprenderse de sus ahorros, que tan laboriosamente había reunido. Ni siquiera gastaba su dinero en aquello con lo que más íntimamente se identificaba en los ultimos años de su vida, el flamenco. Cuando se celebraba algún festival de cante en la ciudad, yo esperaba que José María apareciese por el despacho unos días antes de la fecha del acontecimiento. Y así sucedía. Después de los habituales cariñosos saludos, y tras hacerme algunos comentarios previos sobre diversos asuntos para enmascarar el verdadero motivo de la visita, en un momento determinado y como de pasada, caer la auténtica finalidad.

- He oído que va a haber un festival flamenco -y ponía la expresión de quien pregunta la hora por el simple hecho de decir algo, quitando importancia.

- Pues sí- le respondía yo, escatimando la información para obligarle a seguir preguntando.

- ¿Y quién viene?- ínquería sin perder el aire de indiferencia-. ¿O son de aquí los cantaores?

- ¿Cómo van a ser de aquí, José María? Es el festival del día del Minero y ya sabe usted que se contrata a las mejores figuras del cante. Y le detallaba el cartel: al cante, fulano, mengano y perengano. A la guitarra, éste y aquél. Y para rematar, el cuadro flamenco de esa bailaora que esta rompiendo moldes.

El, para no defraudarme, indefectiblemente asentia, -buen cartel, buen cartel-, aunque los nombres de los cantaores punteros de la actualidad no le dijeran gran cosa, una vez desaparecidos los ídolos de su juventud y madurez. Ello no era óbice para que quisiera asistir al festival.

- Yo iría, pero ya no puedo aguantar el tiempo de espera para entrar al local-, afirmaba exagerando sus flacas fuerzas.

-Vaya usted a las diez, media hora antes del comienzo del festival, que yo estaré pendiente para que pueda entrar y esperar dentro, sentado- me adelantaba, por mí parte, a su petición

Atacaba distraídamente, desorvitando su desamparo, con nuevas condiciones y dificultades.- Lo peor es volver a casa, al acabar aquello, con lo tarde que será- y daba la impresión de que desistía de satisfacer su deseo de asistir a la cita flamenca. -Además, como vendría Rafaelito, pues peor...

- Usted, cuando termine todo me busca que yo le acompaño en coche a su casa y asunto arreglado, ¿de acuerdo?- le ofrecia para disipar su indecisión, que no era tal, porque no cabía la menor duda de que bas¬tante antes de las diez de la noche comprobaría que José María y Rafaelito aguardaban a las puertas del local de la actuación a que les invita¬se a entrar y pudieran aguardar cómodamente instalados, en el patio de butacas.

Después, alguien de la peña flamenca local Fosforito se encargaba de encarecer al cantaor de turno que tuviese la amabilidad de dedicar un cante al viejo cantaor nonagenario. Así lo hacía, y el público, que conocía y estimaba a José María, prorrumpía en un prolongado aplauso para homenajear al destinatario de la dedicatoria; José María no se hacia de rogar: se ponía en pie al escuchar las palmas y se giraba a izquierda y derecha con los brazos levantados en un ángulo de noventa grados (y su inseparable bastan colgando de uno de ellos) para agradecer la amabilidad del cantaor y del público. En ese instante, El niño de Azuaga recuperaba merecidamente por su cordialidad y sencillez, el centro de atención.

Al terminar el festival, lo buscaba por el vestíbulo del teatro por si era preciso acompañarlo a casa. Nunca tuve que hacerlo, ni supe nunca cómo regresaba a su domicilio, si era acompañado por algún familiar o conocido o si cogían Rafaelito y él la cerita alante -como solía calificar el itinerario de sus frecuentes paseos- y deshacían el camino hasta la calle Goya.

Seguramente una de las fechas que quedó con más intensidad grabada en su memoria fue el dieciséis de abril de mil novecientos noventa y tres, el día que se le rindió un homenaje. Desde meses o quizá años antes, un grupo de personas comenzó a insinuar la posibilidad de organizar una velada flamenca nara tributarle testimonio de amistad y reconocimiento a su pasado artístico. No era raro que al hablar con personas vinculadas a los medíos de comunicación, con cantaores locales, con socios de la peña flamenca local, saliera el asunto a relucir. Aunque la salud de José María no sufría ningún quebranto grave de modo particular, no resultaba arriesgado sospechar que sus muchos años de edad podían pasar la factura final en cualquier momento. Así, siempre que alguien tocaba el tema del homenaje en una conversación lo remataba con la muletilla de que "este hombre el día menos pensado se nos va, que ya son muchos años a cuestas".

A pesar de esa perentoriedad, lo cierto es que nadie ponía fecha al acontecimiento, ni las propuestas organizativas iban más allá de ser vagas generalizaciones. Quizá es que nadie se senía con suficiente autoridad moral para erigirse en organizador de un acto tan delicado, com por otra parte, son todos los relacionados con el complicado mundo del flamenco. Por fortuna, se fueron encauzando los pasos paulatinamente y se materializaron las gestiones precisas rara llevar a cabo este propósito.

Desde el primer momento se produjo unanimidad acerca de que en la velada únicamente intervendrían artistas locales, bien lo fueran por na¬cimiento o por residencia. De este modo se quería evitar que alguien in¬terviniese en el festival por dinero, como era de esperar que sucedería si se llamaba a un cantaor profesional; por otro ládo, también se corría el peligro de que la inclusión de un cantaor ropular y famoso restara méritos a los demás particidantes en el cartel. Asimismo nadie se opuso a que el acceso a la sala fuese gratuito, porque no se trataba de un festival benéfico (José María, por fortuna, no tenía esa necesidad), aunque, naturalmente, habría que canalizar la entrada del público mediante la oportuna y elegante invitación.

Como suele suceder, el todo fue más simple que la suma de sus partes, y los diversos detalles del evento -expresión repetida hasta la saciedad y utilizada por lo común incorrectamente- fueron cayendo como fruta madura. Incluso fueron más fáciles de lo habitual los acuerdos con los intervinientes acerca de pormenores tales como el orden de las actua¬cíones, la duración de las mismas, el emparejamiento entre cantaores y guitarristas, los palos que interpretaría cada uno -se trataba de ofrecer un amplío abanico de cantes-, y otras circunstancias que no siempre son sencillas de llevar a buen puerto. A buen seguro, todos dejaron de lado esos pelillos que dejan de incordiar cuando van a la mar, y alisaron los pliegues de sus fisonomías para hurtar escondrijos a las malas pulgas. Por José María ofrecieron todos, sin excepción su cara más amable y su colaboración más desinteresada y sincera.

La respuesta de la afición disipo algún mal presagio que había enturbiado el excelente ánimo con que se acometieron los preparativos. Más de quinientas personas colmaron el aforo de la sala, más de mil manos que prorrumpieron en un ardoroso aplauso la primera vez que el presentador del acto mencionó el nombre del homenajeado. No hay mejor augurio para un espectáculo público que un auditorio entregado desde el primer momento y, justamente, esta era la predisposición del millar de oídos que se disponía a saborear cante del bueno en aquella noche memorable.

José María, sentado en la primera fila del patio de butacas y flanqueado por autoridades municipales, familires y personas relacionadas con el mundo flamenco, al escuchar los aplausos que le tributaban se ponía en pie, como en él era costumbre, y saludaba a diestro y siniestro a semejanza de un torero triunfador. La emoción traicionaba su habitual semblante sereno y un imperceptible temblor no dejaba quieta su barbilla. A su lado, serio e imperturbable, permanecía Rafaelito, bastante ajeno a semejante ajetreo.

Se fueron sucediendo las intervenciones de los cantaores locales que, nobleza obliga, dedicaban todos un cante al maestro, al amigo, al homenajeado, provocando el efecto de que las lágrimas pugnaran por salir de su cuenca y que José María girase los ojos a derecha e izquierda para ablentar la humedad rebosante. No obstante, aún esta-ba por llegar el momento cumbre: cuando el presentador requirió la presencia de El niño de Azuaga en el escenario para recibir los numerosos presentes que desde distintas entidades le hablan destinado. Abrazos, abrazos y más abrazos se sucedieron sin interrupción, pocas palabras y mucho afecto sobre las tablas. Si en las bodas falta algo si los invitados no corean a voz en grito para que se besen los novios y en ocasiones los padrinos, aquí, la circunstancia exigía que el público reclamara al agasajado que echase un cantecito. José María acalló con los gestos de sus manos al respetable, el sempiterno bastón bamboleante por los enérgicos movimientos, y se dirigió a los presentes con voz entrecortado.

- Gracias, amigos, muchas gracias. Yo no sé cómo agradecer este homenaje que otros merecen más que yo. Me gustaría poder abrazaros a todos... a las autoridades que han realzado con su presencía este acto, al presentador, a los artistas que han pasado por el escenario y a los que pasarán después, a los organizadores, a todos vosotros, amigos, que me habeis acompañado esta noche. A mi familia, que tanto se preocupa por mí. Gracias a todos. Por muchos años que viva, que ya serán pocos, no olvidaré nunca el cariño que me habeis demostrado. Hasta siempre... -Volvió a levantar los brazos para unir las palmas de las manos por encima de su cabeza y estrechar así, simbólicamente, las de todos-. Y ahora -dijo- vamos a ver cómo sale ese cante que me pedís -y se lanzó por fandangos.

Ni perrillo ni escopeta

para cazar una liebre

ni perrillo ni escopeta

se le canta un fandanguillo

y la liebre queda muerta

lo mismo que un pajarillo

Unos días más tarde de celebrarse el festival, vino a verme. Esperaba encontrarlo con su alegría de siemdre. Me levanté del sillón para felicitarlo por el éxito del acontecimiento y me sorprendió la gravedad de su expresión. Tomó asiento.

- ¿Qué pasa, José María?, ¿Le preocupa algo?- me interesé.

- Estoy triste-. Su voz era lastimera. Las sombras que nublaban su pensamiento le impedían seguir hablando. Me resultaba insoporta¬ble verle en ese estado.

- Pero, ¿qué ocurre?, amigo. Tendría que estar contento por lo bien pue salió el homenaje, por el aprecio que le mostró tanta gente.

- Y lo estoy, pero también estos días estoy pensando mucho en Rafaelito. En qué va a ser de é1 cuando yo falte.

Me vino la imagen de su hijo Rafael, adulto con la inocencia de ni¬ño, sentado junto a José María en la velada flamenca. Mantenía su expresión de siempre; no le recuerdo otro semblante que no fuera el de una serenidad estatuaria con todos los músculos del rostro distendidos, sin un pliegue en la piel, con la mirada profunda y algo inexpresivo. Por lo general, siempre caminaban juntos el padre y el hijo, un poco separados el uno del otro, sin mantener más contacto que una invisible atadura que les ahuyentaba a los dos la opresión de la soledad. Era frecuente verlos sentados en los bancos de hierro del paseo de San Gregorio, compartiendo el espacio con otras personas de edad, con los que el veterano cantaor formaba tertulia mientras Rafaelito permanecía en completo silencio durante todo el tíempo, hasta que, de súbito, se ponía en pie y ordenaba mansamente a su padre: "vámonos".

Curiosamente, ni en una sola de las repetidas visitas que me había hecho José María en el despacho vino acompañado por Rafaelito. Ni nunca consideró necesario darme explicaciones sobre esta circunstancia ni, lógicamente, yo se las pedí. Es probable que el anciano -que por lo común recurría a mí para solventar pequeños problemas domésticos o burocraticos no quisiera preocupar a su hielo con estas inconveniencias. Sin embargo, en estas ocasiones, tampoco se desprendía del todo de su hijo puesto que cada dos por tres se recordaba a sí mismo que tenía que marcharse porque había dejado solo en casa a Rafael.

- Vamos, hombre, aún queda mucho para que usted falte. Seguro que le rendirán otro homenaje cuando cumpla cien años -dije para intentar sacarle de su ensimismamiento.

- Rafaelito es muy bueno. Aunque tiene sus manías. Cuando se empeña en algo, hay que dejarle que se salga con la suya -meditaba José María, cabizbajo, moviendo distraídamente el bastan entre sus manos-. A mí no me cuesta trabajo seguir su gusto pero para otros puede resultar incómodo hasta el punto de obligarle a torcer su voluntad, como ya ha ocurrido en ocasiones. Y eso, le hace sufrir y aislarse todavía más.

- ¡Venga hombre, levante ese ánimo! Estoy convencido de que Rafael sabe amoldarse a cualquier situación. Además, muchas veces el tiempo por sí solo soluciona los problemas. No se preocupe ahora por algo que aún está lejano -insistía, yo sin demasiada convicción, porque admitía como natural que un hombre de ochenta y nueve años, viudo, con los demás hijos casados, expresase su desasosiego por el futuro del único hijo nue permanecía a su cargo, una persona inmadura que habla rebasado cumplidamente la cincuentena y que necesitaba de la ayuda de los demás.

Aunque la preocupación por el futuro de su hijo Rafael no habría de abandonarle jamás, volvió a encerrar esa nube negra dentro de sí, en un territorio que casi no compartía con nadie, de modo que la siguiente vez que me lo encontré en el paseo de San Gregorio había recobrado su expresión más jovial. Me acompañaban mis hijos, de corta edad, a los que prodigó varias caricias auténticamente dotadas de cariño. Rápidamente se llevó las manos al bolsillo -del mismo modo que había hecho conmigo en más de una ocasión- y extrajo unos caramelos que ofreció a los niños y que éstos enseguida aceptaron. La longevidad, sin duda, había puesto de manifiesto a José Miaría que una manera sencilla pero eficaz de ganarse la voluntad de las nersonas era ofrecerles pequeños obsequios, no únicamente con el objetivo de conseguir a cambio favores y prebendas sino con el propósito más noble de obtener su amistad. Esta generosidad lo distinguió durante todos los años en que me honré con su trato.

Por lo general, se repetía la particularidad de que los objetos que me ofrecía estaban usados, como en el caso de la cinta casette de Marchena; me viene a la memoria ahora otro regalo que también participaba de esa cindición de veteranía, un llaverocompuesto por un utensilio multiuso: disponía de un abridor de chapas de botellas, un sacacorchos, una navajita y quizá algún útil más. La inscripción que en el pasado había estado grabada en el mango negro del abridor estaba borrada por la presumible frecuente manipulación del artefacto, conservando solamente alguna letra suelta, y también desgastada como relíquia.

Oponerse a acentar estos presentes se demostraba baldío. José María esbozaba entonces, en los breves momentos en que yo fingía molestarme porque repitiera indefectiblemente sus obsequios, su más lograda expresión de desconcierto mezclado con desamparo y disparaba certeramente a la línea de flotación.

- ¿Es que no te gusta? - se lamentaba.

- No es eso, José María, lo que quiero decir es que no es necesario que cada vez que venga a hablar conmigo tenga que traer un regalo- le arguía desganadamente.

- Yo quiero que este llavero lo tengas tú. Ya verás como te viene bien- remataba con decisión, y pasaba a exponerme el objeto de su visita

Su quejumbrosa expresividad le hacia parecer aún más desvalido de lo que representaba su austera indumentaria y la solitaria compañía de su hijo Rafael. Fortalecía esta impresión su marcada cojera que le obligaba a caminar como en un movimiento de vaivén, que, no obstante, no denotaba inseguridad. Y aunque utilizaba el recurso del bastón, creo más bien que su utilidad salía a relucir cuando se apóyaba en el mientras permanecía parado y en pié. Durante la marcha, el bastón parecía oscilar ocioso o en todo caso, se convertía en un aditamento más del atavío de su dueño.

Su sobriedad en el vestir era producto del exagerado sentido del ahorro, al que hemos aludido, sobriedad que tambien aplicaba a su alimentación, que por la descripción que alguna vez me hizo, podía ser mejorada manifiestamente. Si le sugería la posibilidad de que en lugar de comer en su casa, donde el mismo preparaba la mesa basada en charcutería de consumo inmediato, fuera a comer con Rafael a un restaurante para que la variedad de los productos y su adecuada prenaración garantizasen una alimentación más completa y ajustada a sus necesidades, José María contestaba que prefería comer en casa porque le gustaba cocinar, circunstancia que se sospechaba más ficticia que real.

Para evitar cualquier malentendido que pudiera provocar su aspecto físico José María deslizaba subrepticiamente en nuestras conversaciones, cuando la cuestión venía a cuento, su buen trato con el director de la Caja de Ahorros que custodiaba sus reservas económicas. En absoluto obedecía esta confidencia a un alarde de presunción sino con toda probabilidad a un sentimiento más apreciable evitar que pudiera nacer en mí la idea de que el anciano precisaba ayuda para mejorar su condición. El asunto podía plantearse en estos términos por parte de mi apreciado visitante: yo te obsequio con nequeños regalos porque valoro la amistad que nos une pero me resultaría lamentable que como respuesta me ofrecieras una ayuda material que realmente no necesito.

El aprecio que con el paso de los años le fuí tomando al anciano cantaor hacía atractivos incluso los rasgos de su persona que en principio, y desde una postura objetiva, pudieran parecer menos favorables. Llegué a considerar cada uno de esos rasgos como una identidad propia, ajena al conjunto al que pertenecían. Así, su mencionada cojera -que yo suponía una reliquia que la avanzada edad habia ido modelando de forma casi imperceptible- lejos de mostrarse como un defecto físico se me representaba como una condecoración que el duro trabajo en la mina había impuesto a su propietario, y realmente era este término -propietario- ¬el que mejor cuadraba a esta circunstancia porque habla que considerarla como una propiedad estimable y no como un defecto que menoscabase su valía.

Similar consideración se podía aplicar a su escasamente atendida vestimenta, a su rostro cuarteado por profundas arrugas, a sus manos recorridas por nudosas venas casi azules... pero especialmente, la peculiaridad que con peor insistencia provocaba que mi vista se fijara en ella y que me conmoviera un sentimiento de entrañable simpatía hacia el valetudinario amigo era su mirada entristecida por las voladuras de las cataratas.

Sus ojos apenas se distinguían detrás de la tela grisácea que taponaba toda la cabidad. Los médicos con los que había consultado alguna solución para el problema le habían desaconsejado una operación quirúgica debido a su avanzada edad. Él atemperaba las dificultades de visión cuando caminaba por la calle levantando la cara hacia el cielo para recoger toda la luz posible y reflejarla después en los objetos, a fin de iluminarlos y reconocer más fácilmente sus contornos borrosos. Su mirada vidriosa componía en el interlocutor una sensación táctil, como si el anciano recorriera suavemente con los dedos invisibles del cristalino las aristas de las personas para permitir la identificación. Era, por lo tanto, la suya lo opuesto a una mirada penetrante -expresión que provoca en el destinatario de tan agudo impacto una percención dolorosa- que podría ser calificada, utilizando un término terapeútico, como emoliente, porque cualquiera suavizaba su actitud de trato cuando José María le obsequiaba con una mirada semejante.

Con todos estos aditamentos propicios, a los que naturalmente había que añadir la influencia positiva que los más ancianos transmiten a los que los rodean, no era raro que de vez en cuando y sin ningún motivo que lo justificase, me sorprendiera a mi mismo pensando en José María. En tales ocasiones el motivo del recuerdo solía ser algo doméstico o cotidíano, como por ejemplo pensar si él y su Rafaelito habrían salido a pasear ese día o si algún achaque en particular los habría retenido en su domícilio, habida cuenta que no lo veía desde unas semanas atrás. Llegaba a alarmarme sí en la proximidad de alguna velada flamenca no venia a visítarme para que le informara sobre los participantes, la hora de comienzo y otras peculiaridades. Afortunadamente, tres o cuatro días antes de la fecha del acto se recortaba su conocida silueta en el cristal translúcido de la puerta del despacho y yo volvía a agradecer que ciertas cosas de la vida ocurrieran con tanta puntualidad.

Ya avanzada la última primavera volví a caer en la cuenta de que hacia meses que no me había encontrado con él y con su hijo por el paseo de San Gregorio. En los meses de invierno cada vez espaciaba más sus salidas a la calle por temor a un resfriado que su avanzada edad podía transformar en un contratiempo delicado y apenas se atrevía a cruzar la calle para matar el tiempo en el hogar del jubilado que una Caja de Ahorros tenia enfrente de su domicilio. Sin embargo, con el periodo en que la climatología se iba tornando benigna, José María regresaba a sus habituales paseos por los jardines aledaños a la Fuente Agria, escoltado por la inseparable presencia de Rafaelito.

Tras la primavera, tampoco las primeras semanas de verano trajeron el esperado encuentro. Una aprensiva y creciente desazon me impedía indagar acerca del paradero del estimado anciano, preguntando a las personas que tenían un trato más frecuente con él. Ni nadie de los que conocían nuestra buena relación me daba noticias sobre el particular. Atizaba mis malos presagios el hecho de que tampoco Rafaelito, que en ocasiones salía solo cuando su padre estaba aquejado de alguna dolencia que le retenía en su domicilio contra su deseo, se dejaba ver por el paseo. A mediados de julío tuve noticia de José María.

Hojeando un periódico de ámbito comarcal para distraer el enervante calor de las horas de la siesta, fijé la atencidn en una columna de las páginas de interior en la que se recogían diversos comunicados de poca importancia. Cuatro o cinco notas, en definitiva, que se hacían eco de sucesos acaecidos en los últimos meses,que rescataban del olvido por si resultaban de interés para algún lector curioso. No eran, por tano informaciones dignas¬ de resalte y, menos aún, de primera plana. En tercer o cuarto lugar, contabilizado de arriba a abajo, uno de los sueltos sacudió de golpe el sopor en que me encontraba sumído. Venía a decir, aproximadamente y con un laconismo que excluía mayores explicaciones, que en las pasadas ferias de mayo se había producido el fallecimiento del cantaor flamenco conocido como El niño de Azuaga a la edad de noventa y cinco años. Dicho de otro modo, José María había muerto hacia más de dos meses y yo había ignorado la noticia hasta ese momento. Sentí que el remordimiento me crecía trepando por el interior hasta ponerme un nudo en la garganta. Al tiempo, me parecía injusto que José María llevase dos meses muerto no hubiera merecido otro reconocimiento que unas pocas líneas perdidas en un periódico de ámbito comarcal.

Semanas más tarde otro veterano cantaor flamenco de idéntico nombre, me confirmó la noticia. Había asistido al entierro y se lamentaba de las pocas personas que acompañaron al entrañable anciano en su último recorrido. Seguimos hablando de otras cosas como si los dos quisiéramos mantener al margen la desaparición del amigo común, como si ambos temiéramos reconocer que nos afectaba un sentimiento de culpa por no haber permanecido mas atentos a los días finales de la dilatada existencia de José María.

Y poco después, cuando el mes de agosto hacía honor al refrán que le adjudica los primeros frescos del verano, me crucé frente al mercado de abastos con Rafaelito. Con su acostumbrada seriedad respondió a mi saludo y los dos continuamos nuestro camino como si no hubiera motivo para actuar de otro modo.