Cultura

Lecturas para quedarse en casa en inusitados tiempos de crisis sanitaria

Recuerdos (Galería de personajes)

Primer capítulo del libro "Galería de personajes” publicado por Intuición Grupo Editorial en el año 2001 y escrito por Esteban Rodríguez que se puede adquirir en nuestra sede de Paseo de San Gregorio, 87, Entreplanta derecha y también a través del teléfono 926 41 26 53

Esteban Rodríguez

22/03/2020

(Última actualización: 22/03/2020 20:58)

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Las imágenes se confunden en un tropel de recuerdos en donde se mezclan vivencias y conversaciones oídas a lo largo de los años, conversaciones y comentarios que hacen los adultos creyéndose solos, o sabiéndose acompañados por niños que oyen sin escuchar y si escuchan no entienden, según piensan ellos, los adultos, tan alejados ya de su infancia que pareciera nunca la vivieron.

De ese archivo visual, o de comentarios, surge la imagen de mi padre, del padre que yo recuerdo y hoy se me hace presente, en una edad que él no llegó a alcanzar, pues murió joven, aunque cargado de vida y penalidades.

Destinado desde el principio, por el caprichoso carrusel de la vida, a una existencia de estrecheces y trabajos, aparece para mí unido a la yunta que tiraba del arado, y de él mismo, en esas mañanas de invierno seco y terrible, helador, en que la reja no era capaz de clavar en una tierra apelmazada y compacta. Ya eran sus últimos años, pues estaba marcado por la muerte tenazmente invocada con sus excesos, mala alimentación y mucho trabajo. Eran los tiempos en los que se clavaba la esteva para no sentir el otro dolor más interno, e intenso, de su estómago perforado por la úlcera. Pero ni siquiera en esos días dejaba la escopeta en el cortijo, sino que la llevaba junto a él, colgada en los arreos de labranza, pues no podía permitirse desaprovechar la ocasión que pudiera brindarle una perdiz o liebre que saliera a su paso. Era la única carne que llegaría al puchero, pues el resto estaba cara e inalcanzable.

Le gustaba llevarme junto a él en los días menos extremosos para que le diese compañía o, tal vez, para que alguien estuviese cerca si le ocurría lo que siempre temió, un derrumbamiento de sí mismo mientras tiraba de su cuerpo, y de su alma, agarrado al arado que arrastraba la yunta.

Siempre me dijeron que había sido un gran trabajador, pero juerguista en exceso, y esto le llevó a la tumba antes de tiempo, en plena madurez, si no se hubiera explotado a sí mismo y envejecido de forma prematura. Animación y juerga, desde el principio, desde que empezó a despuntar como mozalbete que intenta afeitarse y sólo consigue hacerse rasguños que le lastiman la cara. Varias novias al mismo tiempo, incluso cuando llegó la hora de ir a pedir la mano de la futura mujer y madre de sus hijos, nosotros, que seríamos la consecuencia de esa noche en que su padre, ya en la calle, hubo de preguntarle: "Entonces, ¿a dónde vamos?", y él, como si le ofendiesen las dudas surgidas en el último momento, respondía: "A la de la Catalina, ¿dónde quiere usted que vayamos, padre?". Y así es como se comportaría el resto de su vida, trabajando más que podía y durmiendo menos de lo que habría sido deseable, pues incluso cuando vivimos en el cortijo, a cinco kilómetros del pueblo, había días en los que se acercaba hasta el bar, o a la fiesta, y terminaba dando tumbos por las cunetas en el camino de vuelta. Algunas veces me llevó con él, no se si incitado por mi madre, para que no fuese solo, por si le pasaba algo, o, tal vez, para que se viese obligado, aunque él nunca lo entendió así, a volver más pronto. Algún día hubo de acompañarle su hermano hasta las proximidades del cortijo, pues no se atrevía a dejarle solo, conmigo, en ese estado de semiembriaguez e inconsciencia. Nunca recuerdo a mi madre quejarse de ese hombre que siempre la amó a su manera, ni en los tiempos más crudos que habrían de llegar después de su muerte.

Fueron pasando los años a la vez que nacían los hijos y se iban extinguiendo las fuerzas. No fue posible seguir por más tiempo en aquella casa, con un trabajo diario, y tan duro. Puesto que se aproximaba la recolección de la aceituna y Salobral de Calatrava tenía fama de necesitar a todas las personas disponibles, allí nos dirigimos toda la familia para poder echar unos jornales que permitiesen terminar el invierno con las menores estrecheces posibles, si es que eso era pensable. Duró poco la esperanza, pues con los primeros fríos arreciaron los dolores y se precipitó el desenlace. Atrás quedaba la peregrinación a diversos médicos que no aportaban remedio a un deterioro orgánico causado por la carencia de alimento y cuidados, y el exceso de trabajo. Aportaron, sí, una idea luminosa: "Cambie usted de trabajo", a lo que él siempre respondía: "Sí, a algo así como al suyo, _no te jode!".

Una viuda y tres huérfanos de corta edad quedaban en el torrente de la vida. Yo era el mayor. Poco aguantamos en el pueblo extraño, aunque la enfermedad, nuevamente, aceleró la toma de decisiones. La más pequeña cayó mala y mi madre quiso buscar refugio entre los suyos. No valió de mucho, pues murió a los pocos días y se cernió la acusación de haber propagado el sarampión en el pueblo.

No había años para calibrar las consecuencias de la muerte y, como animales de carga, fuimos capaces de ir arrostrando todo lo que la vida fue echando sobre nosotros. De aquellos años sólo conservo el recuerdo de las preguntas, o de ese ir dejando pasar los días, todos iguales y distintos así mismos. ¡Qué diferentes a los de hoy!

De aquellas imágenes se perdieron los tonos y la intensidad del color, y algunas perduraron gracias a la foto que siempre guardó mi madre colgada en alguna de las paredes de la casa. Esa fotografía enmarcada en madera con pintura vieja y cristal de la época, defectuoso, que dejaba ver a su través un militar apuesto, aunque no pudiese disimular el fraude que suponía su pose. Un mozo en plenitud, y con el cutis casi cuidado, que más pareciese un profesional que un pobre muchacho liberado, momentáneamente, de sus penurias, quehaceres y sueños grises. Con sable, espuela calzada y traje impecable, en un alarde de imaginación, extrañeza y disimulo, del personaje y del fotógrafo.

Más de una vez, mirándolo, pude imaginar lo que fue, o podría haber sido, si la vida le hubiese tratado de otra forma, si no hubiese existido la cadena del trabajo excesivo, la juerga más allá de lo conveniente, y tantas otras circunstancias que hicieron abortar mil proyectos vitales o inexistentes... Pero eran otros tiempos, incluso más difíciles que los míos, no los de ahora, tan llenos de todo, aunque se presenten huérfanos de calor y proximidad humana, no, no son estos tiempos a los que me refiero, sino a aquellos otros del principio, parecidos a los suyos, aunque distintos.

Pobre hombre al fin y al cabo, pobre en su miseria, en su falta de fuerzas y de medios, en su presente y pasado que lastraron su futuro hasta hacerlo inexistente. Como el nuestro.

Cuesta pensar que las penurias, la tosquedad de la vida, va creando un cayo que, la mayoría de las veces, se hace difícil romper con el paso de los días.

Cuesta aceptar que la persona vaya adquiriendo una capa protectora que la insensibiliza para las cosas más próximas, aunque, tal vez, sea la única forma que tiene para defenderse de las agresiones que vienen del exterior.

Sólo se me ocurre pensar esto como descargo a la crueldad, o la inconsciencia, en el mejor de los casos, que hicieron posible el enviar a un niño, en plena noche, a través del campo, a través del monte, con un recado que no era urgente.

Hay lagunas en el recuerdo de aquellos años, pero los destellos de los hechos significativos quedaron marcados de forma indeleble, con la sangre brotando en cada poro.

Estaba trabajando en el cortijo, como zagal, al cuidado de unas cabras que se pasaban todo el día, y parte de la noche, en el monte. Allí asumí mis primeros miedos, mis añoranzas, aunque entonces no supiera qué era eso, ni que se llamaban así. Un ambiente familiar y arisco al mismo tiempo, en donde la vida se va viviendo según llega, sin mayores planteamientos, pues no hay un mañana claro, un futuro seguro ante el que haya que pararse para considerar y decidir. Por eso la naturalidad es el principio que, tácitamente, marca el ritmo de cada día.

Sólo así puedo explicarme algunos de los comportamientos de los adultos con los que compartía vida, vivienda y trabajos. Sólo ahí encaja la razón de éste recuerdo.

No sé cuantos años podría tener yo en ese momento, pero no mucho más de nueve. Estaba viviendo, como decía, en el cortijo en el que me había dejado mi madre cuando me llevó a trabajar y ella se vino aprovechando que yo estaba despistado, aunque me di cuenta e intenté seguirla, sin éxito.

Un día, entrada ya la noche, se murió uno de los familiares. Creo que un tío mío, hermano de mi abuelo. Era mayor y la muerte no tuvo nada de sorpresa, pues ya llevaba tiempo en ese proceso de gastar las últimas reservas en aferrarse a una vida que se escapaba entre los dedos de la mano, y llegó al último respiro coincidiendo con los últimos destellos de una tarde de otoño. No era nada urgente. A pesar de ello, me enviaron a dar la noticia a otro cortijo, en donde vivía un familiar nuestro y, por tanto, del muerto. Estaba a algo más de una legua, una legua que la noche hizo interminable.

Cantar, silbar, ir despacio o deprisa, mirar de reojo, hacia atrás o hacia delante, hacerme invisible o absolutamente impresionante, todos esos intentos los ensayé a lo largo del camino, y todos con el mismo éxito, pues no conseguía que el ritmo de mi respiración fuese algo más que un entrecortado suspiro. Pero llegué, al fin me encontré ante unas enormes portadas que cerraban un siniestro cortijo, tan destartalado como el nuestro.

Una vez allí, delante de ese nuevo impedimento, ¿qué hacer para terminar con el suplicio? Todas las soluciones eran malas. Todas encerraban sus riesgos.

Aguardar que amaneciese acurrucado en el hueco de un paerazo, era lo más discreto, lo que menos rompería el hechizo de la noche, lo que me permitiría pasar desapercibido ante los mil y un fantasmas que me acompañaban, asediándome, a lo largo del camino. Pero eso no era posible, pues me enfrentaría a una nueva paliza cuando se enterase el que me envió a dar el aviso.

Era necesario llamar, hacer patente mi presencia a esas horas tan descabelladas, y llevando una noticia esperada y esperable, pero en absoluto urgente. Dar voces me imponía a mí mismo hasta el extremo de no salirme la voz más allá de mi propia garganta. Dar golpes en la puerta, rompiendo el silencio de la noche, me aterraba, pero era la decisión más eficaz y viable. Busqué, entre las sombras, una piedra grande y manejable con la ayuda de las dos manos y, con ella, empecé a golpear la portada de la casa. Los golpes debieron adquirir un ritmo y contundencia tan desesperado y desesperante que despertaron a todos los habitantes del cortijo, incluidos los perros, que formaron un tremendo escándalo y llevaron hasta el paroxismo mi miedo y congoja del momento.

Cuando, desde dentro, me llegaron las primeras voces y preguntas sobre la razón de tanto alboroto, no sabía si responder para terminar de una vez con aquel suplicio, o echar a correr por el mismo camino que había traído. Al final fue una voz, casi llanto, lo que brotó de mi garganta para dar las primeras razones de mi presencia, a esas horas, y yo solo.

Por fin me abrieron y en los brazos de mi tío me derrumbé como un pelele al que han quitado el esqueleto que le sostenía erguido a pesar de su endeble contextura. Entre suspiros e hipos conseguí decir a qué venía y por qué estaba allí a tales horas.

Un abrazo, un ¡dios mío!, un ¡qué valor mandar a estas horas a la criatura!..., me abrieron una cama recalentada por otros cuerpos que yo agradecí, quedándome profundamente dormido. Ya será mañana de día, fueron las últimas palabras que escuché.

Así fue, y con las primeras luces, que no estaban muy lejanas de las horas en las que yo llegué, se iniciaron los preparativos del almuerzo para emprender las tareas del nuevo día, una de ellas, preparar el entierro del difunto, acercándose a donde estaba el muerto.

Supongo que habría cruce de reproches por la tardanza en acudir y por el desatino de haber mandado a un crío, a media noche, por esos montes, pero nada de ello me llegó, ni lo comenté con nadie hasta estos momentos en los que, no sé por qué, estoy desempolvando tantas penas y recuerdos muertos. Tal vez me estoy volviendo muy viejo y adquieren vida los sentimientos y deseos guardados tanto tiempo, como el de tener una casa.

Siempre pesó sobre mí el no haber tenido una casa propia en donde vivir. Mi infancia transcurrió en cortijos y casas alquiladas, de vecindad. Incluso la de mi madre, en la que casi nunca vivimos, eran unas piezas escasas y oscuras dentro de un patio de vecinos. Así seguí cuando nos casamos. Eran años de escasez y estrecheces y tuvimos que alquilar una habitación en donde pusimos la cama, como se decía entonces. Después, al nacer el crío, nos dejaron otra pieza que estaba junto al dormitorio y tenía chimenea, lo que nos permitió echar lumbre y tener algo parecido a un hogar. Pero duró poco, pues un hijo de los dueños iba a casarse y necesitaban esas piezas. Vuelta a buscar, a no encontrar, en esos años en que el pueblo estaba lleno, hasta que empezó la emigración, el buscar nuevos horizontes, nuevos lugares en donde la vida, sin ser fácil, fuese menos dañina. Conseguimos alquilar una nueva casa, también con vecinos, pero espaciosa y con cierta independencia. Luego, incluso nos quedaríamos solos, pues los otros se marcharon. Aunque malos, fueron los años en que intentamos salir de la penuria, sin mucho éxito, pero con ganas de seguir y abrir nuevos caminos.

Ahí fue cuando decidimos hacernos con una casa propia y vimos las distintas posibilidades que teníamos: comprar una y acondicionarla, o construir una nueva en las afueras del pueblo. Al final, como los abuelos de mi mujer tenían una era que ya no se utilizaba, decidimos comprársela y edificar en ella.

No teníamos dinero y no era posible meterse en muchos gastos, por lo que desde el primer momento vi claro que la casa tendría que salir de nuestras costillas, con esfuerzo añadido al que ya hacíamos. En los días libres, en la horas robadas al descanso, empecé a abrir las zanjas para los cimientos de lo que sería la muralla de la cerca. Era un solar grande y parecía que nunca iba a terminar, pero conseguí cerrar el final con el comienzo y busqué un hombre que me ayudaría a sacar la piedra necesaria para los cimientos. Si duro fue abrir las zanjas, arrancarle a la tierra las piedras era un esfuerzo de titanes, pero así era Luis, un silencioso hombretón entregado a su trabajo que imprimía al barrón, a las cuñas y al mazo, vida propia. Allí me dejé yo dos costillas rotas intentando imitarle. Pero al final lo conseguimos y reunimos las piedras necesarias.

Buscar albañiles, conseguir que nos diesen en el almacén, sin dinero, el material necesario, y empezar la tarea, fueron los últimos pasos.

Un corral grande, cuadras, cocina y un local para, más adelante, hacer las habitaciones, era el plan trazado. Luego, la propia vida es la que se fue encargando de marcar los ritmos.

Lo pasé mal en aquellos años, sobre todo al principio, al abrir las zanjas, a pesar de la ilusión que tenía y con la que me entregaba a la tarea que me había impuesto a mí mismo. El solar estaba enfrente del Casino, al que iban todos los "señoritos" del pueblo. También los demás, pero... Yo, que no tenía suficientes horas en el día para trabajar, las que podía dedicar al descanso también las metía en el tiempo de trabajo y me las pasaba haciendo las zanjas, acarreando piedras o tierra, trayendo agua para mojar la tierra de las tapias... Más de un comentario jocoso tuve que oír a mis espaldas y, por prudencia, me los tragaba, aunque buenas ganas me quedaban de contestar. Los que más me dolían eran los que venían de mis iguales, incluso familiares, que siempre aspiraron a poco y les jodía que otros pudiesen pensar lo contrario. A más de uno les he devuelto el eco de sus palabras con el paso de los años, pero entonces no tenía sino que callarme.

Poco a poco fue tomando forma lo que hasta ese momento sólo estaba en la cabeza de mi mujer y en la mía, y se fueron concretando los sueños. Nos fuimos a vivir a la casa nueva tan pronto tuvo lo imprescindible, y continuamos haciendo las reformas y ampliaciones necesarias a lo largo de los años, algunas fueron surgiendo ante el nuevo rumbo que iba tomando nuestra vida, como cuando empezamos con la cría de cerdos y hubo que hacer más cuadras y adaptar las que ya había, o cuando pusimos la tienda, que fue necesario abrir una puerta más a la calle y acondicionar una de las habitaciones, o cuando fueron creciendo los críos y necesitamos un dormitorio más, o cuando el almacén de piensos y abonos, que fue necesario cambiar las portadas para poner otras más grandes... Una continua reforma hasta que nos vinimos a Madrid, y aun ahora, ya medio vacía, continúan siendo necesarios los cambios.

La casa ha sido la historia de mi vida en los años de plenitud. Allí crecieron los hijos, murió mi madre, realizamos los proyectos más ambiciosos e ilusionados y empecé a notar los primeros zarpazos de la vida, cuando empieza a pasar facturas en carne propia o en la de los seres más queridos. Cuando con el nido ya acondicionado empiezan los polluelos a querer construir el suyo propio, ajeno a este nuestro, empujados, a veces, por nosotros mismos, sin pensar en esas consecuencias al animarlos a volar por ellos mismos. Y en ese vuelo nos trajeron aquí, a donde ahora estamos.

A ella volveré, aunque nunca nos fuimos del todo, pues íbamos en las vacaciones, y de San Isidro a los Santos cuando ya nos jubilamos. Pero quiero volver a ella para estarme, sin que me sienta mal en Madrid, pero quiero volver. Quiero encontrar las raíces, retornar al pulso de la tierra, a ese ritmo que es más mío que el de este asfalto.

Y quiero que me entierren en el pueblo, junto a los míos, en la misma tierra que yo arranqué para construir mi casa. Sé que son locuras de viejo, chocheces en los últimos años, pero creo que es bueno que así sea y me produce paz el así pensarlo.

Volver a casa, a la tierra, es cerrar el ciclo en el punto donde empezó. Yo pertenezco a los tiempos de ritmos agrícolas, aunque los sufrí hasta el extremo de tener que dejarlos. Quiero volver a ella cuando empiece el camino que no tiene retorno.

Mi última casa.