Cultura

Lecturas para quedarse en casa en inusitados tiempos de crisis sanitaria

Un lector ejecutado

Primer capítulo del libro "Un lector ejecutado” publicado por Intuición Grupo Editorial en el año 2000 y escrito por Manuel Valero que se puede adquirir en nuestra sede de Paseo de San Gregorio, 87, Entreplanta derecha y también a través del teléfono 926 41 26 53

Manuel Valero

21/03/2020

(Última actualización: 21/03/2020 21:32)

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Julián Corbalán se concentró en la calva del taxista, en una verruga morada que tenía en la coronilla. Fumaba. El taxista transportaba a Corbalán con fangosa rutina. Era la hora de comer. Lo único que parecía interesarle era acabar la carrera cuanto antes y el estofado que seguramente le había preparado su mujer. Había abierto la boca tres o cuatro veces por lo que Corbalán dedujo que la cabeza sin pelo que conducía el coche pertenecía a uno de esos energúmenos que se desploma sin miramientos ante un plato caliente y luego, si hay tiempo, hace lo propio sobre su mujer.

Entornó los ojos y volvió a fijarlos en la verruga de aquella enorme sandía. La excrecencia, como una diminuta grosella morada, se fue haciendo cada vez más grande. Giraba en su imaginación, al principio con suavidad, después aceleradamente, hasta que sus pensamientos lo transportaron a Karnak. Allí fue donde conoció al profesor Edmundo Toharia, refrescándose a la sombra de las columnas de la Gran Sala hipóstila del templo de Ammón. Bebía un vaso de agua fresca que le había comprado a un aguador egipcio y se abanicaba, entre resoplidos, con el sombrero. Corbalán intentaba cotejar con la ayuda de su folleto turístico las características de la magna construcción, mientras evitaba que las gafas de sol que las llevaba encajadas en la frente se le deslizaran hasta su posición normal con cómicos gestos y muecas. Al mismo tiempo peleaba con un ejemplar del Al Am que se le adhería al sobaco impregnado de sudor y colocarse a un lado la máquina fotográfica que le golpeaba el estómago. Finalmente, las gafas se le escurrieron rostro abajo, quedaron un segundo respingadas en la punta de nariz antes de aterrizar sobre aquel suelo santo.

El profesor Toharia las recogió. "Tantos artilugios para conocer el mundo y al final no nos dejan verlo. Tenga", le dijo devolviéndole los binoculares ahumados.

Edmundo Toharia era un hombre de complexión atlética, alto y acerado. Algunas hebras rubias destacaban como trazos nerviosos sobre su cuero cabelludo de color castaño claro. Tenía un aire tópicamente atractivo. El profesor era doctor en Arte y lo que se dice un reconocido experto en el mundo antiguo. Sus pequeños ojos oscuros se movían al abrigo de dos cejas pobladísimas y su dentadura, perfecta, geométrica, contrastaba por su blancura con su general bronceado, un dorado producto de largas caminatas por los barrios tórridos del mundo. Nada que ver con el color burgués del sofrito playero.

- Gracias -contestó Corbalán un tanto azorado-. Nunca salgo con tantos bártulos pero es la primera vez que vengo a Egipto y, ya sabe, es obligado documentarse y fotografiarlo todo. Soy abogado y tengo la manía de comprar los periódicos de los lugares que visito. Aunque, si le soy sincero, no tengo ni idea de árabe.

Corbalán se deshizo en explicaciones ante el profesor que lo miraba con amable conmiseración.

- Me llamo Edmundo Toharia. Soy profesor de Arte. ¿Le gusta a usted el Arte?

- Digamos que me fascina viajar, mucho más de lo que realmente puedo hacerlo. Uno no anda muy boyante que digamos. El Arte me recuerda libros de texto y estampas, muchas estampas, algunas pésimamente impresas. Suspendí la asignatura tres veces y desde que viajo he comprendido que la mejor manera de conocer otras culturas es venir a visitarlas. Yo no entiendo el Arte como usted. Perdón, señor Toharia, me llamo Julián Corbalán.

- Encantado, muchacho - el profesor hizo una breve reverencia y luego preguntó: ¿Y cómo crees que entiendo yo el Arte?

- Usted es profesor.

- Digamos que sí y no y, desde luego, no como usted se imagina. Hace años que no piso las aulas, me dedico a la investigación y ando tras el rastro de un plano -dijo con cierto aire confidencial.

- ¿Un plano? - le respondió Corbalán picado por la curiosidad.

- Sí. se trata de un croquis antiquísimo que contiene el lugar exacto del enterramiento de Tibi Tuhopep...

- ¿Tibi... qué? - Corbalán se volvió encajar las gafas sobre la frente. Miraba al profesor con amabilidad pero con desconfianza.

- Tibi Tuhopep, sobrino del rey Nebre, segundo monarca de la II Dinastía. Reinó hacia el 2800 antes de Cristo, aproximadamente. Los eruditos han abandonado su búsqueda y para aliviar su fracaso argumentan fútiles teorías en contra de su existencia. Y sin embargo, en algún lugar de Egipto reposa la momia de Tibi rodeada de tesoros de incalculable valor. Pero te estoy aburriendo, joven...

El profesor cogió del brazo a su inesperado amigo y lo invitó a pasear bajo los árboles de piedra del templo de Ammón. Corbalán tuvo la certeza de haber entablado conocimiento con un personaje fascinante. Y el profesor Toharia era, en realidad, un hombre poco común, cuyo tiempo no tuviera nada que ver con el del resto de los mortales.

- ¿Conoce usted este país? - dijo el abogado rompiendo un silencio que apenas había durado unos segundos.

- Ah, Egipto, un legendario país todavía ignoto... ¿Dónde se hospeda? -le preguntó el profesor con un suspiro de irredenta plenitud pero sin ganas de improvisar una lección de Historia.

- Tengo una habitación en el hotel Aoum, en El Cairo.

- ¡Esto debe ser cosa de Ammón porque yo también estoy instalado allí! ¿Y no me diga que su vuelo de regreso a Madrid sale a las 16,30.

- ¡En punto!- casi gritó el joven abogado mirando al profesor sin salir de su asombro.

Julián deslizó entonces la mirada por aquel escenario de piedra, por aquel hogar de un dios remoto. Le pareció oír que las columnas le susurraban que su camino y el de Edmundo no habían convergido por azar.

A bordo del avión Corbalán solicitó a un pasajero cambiar su sitio en el avión. Cuando se hubo acomodado al lado del profesor le dijo:

- En Karnak me habló de un croquis. Presiento que se muere de ganas de tenerlo entre sus manos.

- Así es Julián -lo llamó por su nombre de pila.

El profesor Edmundo Toharia se estiró cuán largo era y como mejor se puede hacer en el reducido espacio de un avión. Luego añadió:

- Te voy a contar la historia de ese maravilloso documento, el cual, si todo discurre como está calculado estará en mi poder dentro de 48 horas.

- Oiga, señor Toharia, ¿por qué me lo cuenta a mí? Hace apenas unas horas que nos conocemos.

- ¿No escuchó el susurro de las columnas? Pues ahora escuche.

"En el año 2798 antes de Cristo, la Segunda Dinastía, apenas iniciada tenía su cabeza visible en el rey Nebre. El sobrino de éste, Tibi Tuhopep, tenía un carácter fuerte e independiente y nunca desestimó la idea de suceder en el trono a su tío, empresa a la que no había sido llamado ni por los dioses ni por la sangre. Alentó y urdió planes para derrocar a su pariente. Pero fue descubierto y todos sus seguidores fueron pasados por las armas. Por uno de esos inexplicables gestos de magnanimidad que sólo se permiten los poderosos para con los traidores, el rey Nebre detuvo su ira a la hora de dirigirla contra su sobrino. Y así, en lugar de mandarlo ejecutar, lo desterró de por vida de Memphis y lo extrañó a un oasis del predesierto de Libia, a un lugar llamado Dakkel.

Tibi Tuhopep se despidió para siempre de su familia y partió el desierto acompañado de veinte concubinas, doscientos servidores y cuatrocientos obreros al mando de dieciséis arquitectos con el objeto de construir su tumba, un hogar donde vivir plácidamente la otra vida mortal. Casi mil camellos transportaron las riquezas de Tibi. Sí, ciertamente, el sobrino del rey Nebre no se lanceó el corazón ante la insoportable tragedia de no inscribir su nombre en la historia de Egipto. Pero para aliviar tan injusto oprobio del destino se aprestó a vivir el resto de sus días desterrado, sí, pero en la mayor de las opulencias, dedicado a los placeres de este mundo, alejado de las intrigas políticas y la ajetreada animación de la Corte. Vivió como un proscrito, pero como un proscrito sobrino del faraón y, por lo tanto, como un renegado de origen divino. Para la servidumbre, Tibi siguió siendo el rey Tibi Tuhopep I -así se hizo llamar-, el primer, único y último monarca de Dakkel".

El profesor Toharia hablaba sin parar como si el único auditorio que lo escuchase fuese él mismo. Corbalán atendía sin pestañear.

"Cuarenta años invirtieron los obreros y los hijos de los obreros y los hijos de los hijos de los obreros en construir una mastaba, no demasiado grande, quiero decir, no del gigantismo imperial de las pirámides, pero sí lo suficientemente espaciosa como para albergar cómodamente al rey de Dakkel y a todos cuantos habían trabajado en su construcción como era la costumbre, ya que éstos podían conocer los secretos y la distribución de corredores, pasillos, auténticos y falsos, puertas y salas de la tumba e irrumpir en la sagrada paz de los muertos y lo que es más importante, acceder al valiosísimo ajuar de tan regio fiambre.

Cuando el rey Tibi de Dakkel falleció fue introducido en la sala mortuoria con toda su gente, en medio de un fasto propio del más notable de los faraones. El arquitecto más viejo, el único superviviente originario que acompañó a Tibi en su destierro, dio la orden de cerrar la puerta exterior, una enorme losa que al deslizarse herméticamente entre dos guías de piedra, de la misma manera que se incrustan los cajones de una mesa de oficina, ponía en funcionamiento un complicado mecanismo de poleas y palancas que lacraba para siempre la pétrea cripta. El arquitecto fue ejecutado allí mismo y al morir se llevó con él todos los secretos de la tumba de Tibi Tuhopep."

Llegado a este punto el profesor se incorporó de su asiento y procuró acomodarse mejor. Miró a Julián Corbalán que seguía el relato con una expresión de irreprimible fascinación.

-¡Todo lo que dice es maravilloso! -exclamó- ¿Cómo ha sabido usted la historia de ese hombre?

- Tiempo, querido amigo, mucho tiempo, horas enteras cotejando documentos en los mejores archivos de egiptología del mundo, El Cairo, Londres, París, husmeando en las universidades más prestigiosas, días y noches descifrando fragmentos de escritura ideográficas y jeroglíficos que pudieran arrojar algo de luz, una pista, un signo, algo que pudiera alumbrar el camino correcto. He pasado semanas pegado al microscopio destripando el universo interior de montañas de rollos de papiros. Créeme, Julián, la Historia de Egipto la conozco mejor que mi propia vida...

- ¿Pero qué interés tiene ese Tibi, o como quiera que se llame. Si yo fuera usted...

- Convendría que empezaras a tutearme porque vamos a ser muy amigos - el profesor Toharia le miró de soslayo esbozando una sonrisa de chiquillo travieso.

- Bueno, pues, si yo fuera tú y tuviera la certeza, la absoluta certeza, de que la tumba existe con un montón de joyas por todas partes, conseguiría el croquis, contrataría a un puñado de moros, entraría en el lecho de muerte de esa momia y la dejaría sin blanca. Hasta el sudario...

Edmundo pidió a la azafata una naranjada. Se incomodó por el insolente materialismo de Corbalán y le dijo:

- Ese deseo, mi querido amigo, lo comparte otra gente - remarcó la palabra otra-. Aunque dudo que tus intenciones y las de Torquemada sean las mismas.

- ¿Quieres decir que no eres el único que sigue el rastro de ese fiambre egipcio?

- Así es.

- ¿Ese, ese... Torquemada?

- Efectivamente.

- ¿Y cómo demonios sabe ese tipo lo del croquis, la tumba y los tesoros?

- Digamos que no lo sabe, pero que conoce que yo voy en busca de algo que debe ser muy valioso. Sólo tiene que seguir mis pasos...

Corbalán echó una mirada de desconfianza al resto de los pasajeros pero no vio ninguna cara sospechosa, al menos en su exploración visual no se topó con ningún tipo con cara de gorila, nariz rota y boca torcida. Después se giró hacia el profesor. Éste le dio unos golpecitos en la rodilla...

- Tranquilo, muchacho. Aquí estamos a salvo, olería a los secuaces de Torquemada así se ocultaran en un montón de huevos podridos. Además aún no estoy seguro de que sepan de qué se trata, pero lo más probable es que tengan la mosca detrás de la oreja.

- ¿Y qué pasó después? -preguntó Corbalán olvidando momentáneamente al bribón de Torquemada y su banda, retomando el hilo de la historia que había iniciado el profesor.

- ¿Dónde nos quedamos? - se preguntó en voz alta entornando los ojos- ¡Ah, sí! El arquitecto viejo fue lanceado hasta morir para acallar con él cuanto se supiera del hogar postrero de Tibi. Pero...

- ¿Pero qué? Por el amor de Dios, Edmundo, no te detengas.

- Había alguien que se conocía cada palmo, cada rincón, cada milímetro de las tripas de la mastaba. Un soldado.

El joven abogado lanzó un silbido de estupor. Llamó al timbre situado sobre su cabeza bajo la repisa del equipaje. Pidió un gin tonic a la azafata, encendió un cigarrillo y se abandonó al estrecho abrazo del asiento.

- Sigue, profesor, escucho.

"Uno de los soldados que vigilaban la construcción llamado Nabahip, tuvo la brillante idea de embaucar a un abyecto vigilante de los obreros cuyo cometido era el de acariciarles el rosario de vértebras esculpidas en las espaldas por la mano feroz del trabajo forzado y la pésima alimentación. Y lo debería hacer con ganas, el maldito perro. No hay nada más abominable que un vigilante de obreros. El sujeto en cuestión tenía ligeros conocimientos de dibujo y con precisión matemática, clandestinamente, fue describiendo la red de corredores, pasillos y pozos ciegos, que unas veces de manera sinuosa, otras recta como la estela de un barco en el mar, construían un dédalo inexpugnable hasta acceder a la sala mortuoria. El soldado Nabahip hizo a su compinche la promesa de facilitarle la fuga a cambio del croquis. Dos lunas antes del óbito de Tibi, el soldado hizo creer al vigilante de esclavos que todo estaba previsto para la evasión y cuando el ingenuo latiguero abandonó su tienda para adentrarse en la inmensidad del desierto, el propio Nabahip dio la voz de alarma y fue muerto allí mismo. La guardia le sacó los ojos de las cuencas, le cortaron los pies a la altura de las pantorrillas y su cadáver fue expuesto colgado cabeza abajo para que sirviera de escarmiento. El soldado, apretaba contra su pecho el croquis que le había facilitado el infortunado esclavo sin un ápice de remordimiento. Entonces esperó a licenciarse. Ser instaló en Memphis y allí esperó diez años con el propósito de regresar a Dakkel y desvalijar a su rey".

- Es curioso -interrumpió Corbalán-, a mí también me gusta el dibujo.

- Pues ya ves, amigo mío, hay dotes que no suelen ser rentables al menos para quien la posee - apostilló el profesor.

- ¿Y qué pasó después?

- El soldadete de marras se asoció en Memphis con un mercader fenicio quien cegado por la codicia y deslumbrado ante la precisión y belleza del croquis no dudó en financiar la empresa: correría con los gastos del viaje de regreso a Dakkel, pagaría la caravana a cambio de la mitad de las riquezas.

- Entre pillos anda el juego - suspiró Corbalán por encima del borde de su copa.

- La prostitución no es el oficio más antiguo del mundo -razonó Edmundo Toharia, en un espontáneo arrebato de filósofo casero- Y concluyó: El deseo de poseer cuanto más mejor y con el menor esfuerzo posible nació el mismo día en que nuestros ancestros pudieron erguirse y caminar sobre las extremidades inferiores. El ejemplo de la charca. Cuando un grupo de monos se hace con el control de la charca aniquila sistemáticamente al grupo competidor. Luego todos y cada uno de los monos quiere proclamarse en dueño y señor del estanque. La prostitución no existía entonces. La urgencia del sexo, era atendida sin miramientos. Además, no había dinero para pagar los favores de la carne...

- ¿Te ocurre muy a menudo, Edmundo?

- ¿Qué cosa?- Toharia le devolvió la pregunta.

- De repente te has puesto a divagar, te ha dado un pronto aristotélico.

- Lo soy, joven y superficial abogado, pero volvamos a lo nuestro porque a este trasto le queda poco tiempo para volver a su natural elemento.

- ¡Magnífico! - espetó Corbalán mirando por la reducida ventanilla del avión.

"Así las cosas, el soldadito y su compadre fenicio emprendieron viaje a Dakkel pertrechados con todos los utensilios necesarios para salvar cualquier dificultad. El croquis les serviría de lucerna en las oscuridades mortuorias, el croquis convertiría en una gigantesca campana de cristal aquel macizo pétreo: el dibujo era la llave que conducía a las puertas falsas pero también a la única verdadera. Y lo que es más mostraba trucos de palanca desconocidos por los mortales para mover la piedra sin que tuvieran que dejarse los huesos en el empeño.

Pero a mitad de camino fueron atacados por una horda de salteadores cerca de un pequeño oasis hoy desaparecido. Los forajidos pasaron a cuchillo a todos los integrantes de la caravana, soldado y fenicio incluidos, y después arrojaron sus cadáveres a un pozo seco que había en el lugar y lo anegaron de arena. Su botín era la caravana. Desconocían la existencia del tesoro que el soldado llevaba guardado en su pecho. Y así pasaron muchos años, siglos, hasta que la casualidad devolvió a la orilla de la realidad lo que de otro modo se hubiera perdido para siempre.

- ¿Quién entiende el caprichoso dedo de la fortuna?- musitó el joven abogado.

"Sucedió entonces -prosiguió el profesor con locuacidad de cuentacuentos- que un comerciante veneciano hacía la ruta de Trípoli. Corría el año 1552 creo recordar. El hombre se llamaba Giovanni Capello y procedía de una de las familias más adineradas de la cuidad de los canales. Aún hoy existen Capellos descendientes directos de aquél. Como el camino era largo y muy duro solían detenerse a descansar en cuanto en el horizonte se adivinaba un puñado de palmeras y, por supuesto, agua, aunque la comitiva de Capello iba muy bien aprovisionada para acabar con éxito la travesía. Una docena de caballos árabes y otros tantos camellos cargaban con hombres y enseres. Y un perro, un purísimo dogo que por azar se convirtió en el redescubridor del famoso croquis.

Un día mientras la expedición se hallaba dormitando al abrigo de un sol infernal, el chucho dio muestras de un extraño nerviosismo. Daba vueltas sin cesar sobre sí mismo, se tumbaba en la arena horadando las dunas con el hocico, de repente se erguía y se quedaba estático como una esfinge, ladraba y gemía constantemente. Capello, extrañado por el comportamiento del animal, fue hacia él para tratar de calmarlo pero mientras lo acariciaba tuvo una premonición: el perro barruntaba algo. Y así fue. Le dio una palmada y lo dejó ir. A unos pocos metros de donde acamparon se encontraba el pozo ciego a donde fueron a dar con sus huesos el desertor y su fenicio. Cavaron y al hacerlo encontraron los esqueletos. Uno de ellos apareció con una especie de documento raído pero inteligible enredado entre los huesos del esternón. ¡Era el croquis!

- Resumiendo - cortó Corbalán con más afán de reproducirse la historia, sintetizándola para desenredarse que con ánimo de sorprender a Toharia con su retentiva-. Hay un paria que se alía con el recluta de un regio proscrito llamado Tibi Tuhopep. El paria dibuja los secretos de la mastaba, es engañado por el recluta y éste a su vez muerto en una emboscada cuando regresaba a Dakkel a desplumar a la momia de un faraón frustrado. Su cuerpo es arrojado a un pozo cerca de un puñado de palmeras y descubierto en mil quinientos y pico por un señor del comercio veneciano que pasaba casualmente por ahí. Estamos en el siglo XX. ¿Cómo se enhebra el hilo del Renacimiento en la aguja de la actualidad?

- Pues resumiendo -bromeó el profesor Toharia-. Giovanni Capello es un rico veneciano, está podrido de dinero pero su espíritu es elevado. Lejos de dejarse llevar por la vulgaridad de la fortuna (mucho más odiosa que la de la penuria) tiene una franca, entusiasta y sincera inclinación por el arte. Cree, más aún, está convencido de que el papiro es un documento histórico de incalculable valor. No sospecha que las líneas, símbolos y signos que contiene son obra de la más abyecta avaricia. Su primera intención es donarlo a los estudiosos de la cuidad pero recapacita y decide convertirlo en una especie de testigo familiar que pasa de generación en generación. Aquel documento iba a ser un mensaje lanzado al océano del tiempo hasta el último de sus descendientes. Así la estirpe quedaría ligada con el pespunte mágico de una reliquia egipcia. De modo que, sencillamente lo guarda en una urna de cristal y al morir lo ofrece en heredad a su hijo mayor (tuvo seis) con el solemne juramento de que jamás ni ante cualquier circunstancia se desprenderían de él. Así fue cómo el croquis navegó por los siglos de los siglos y sin amén, que eso sería mucho decir, hasta que aparece en escena un tal Claudio Capello, crápula, desheredado, fascista recalcitrante y supersticioso. Año 1945, poco antes de la caída del duce...

- Y termina la Segunda Guerra Mundial- terció el abogado recobrando del registro de la memoria una de las pocas fechas que había retenido a salvo del olvido desde su época de estudiante.

- Et Voilá, amigo Corbalán, eres una computadora infalible.

- Mi estructura cerebral es binaria, Edmundo, tanto, que sólo recuerdo esa fecha y el año del descubrimiento de América. Dos fechas, ¿comprendes? Dos, bi...

- Atiende ahora, muchacho -Edmundo no le rió la ocurrencia-. El señor Mussolini, el mismísimo Benito que de bendito tenía más bien poco, el duce de Italia, el apóstata del socialismo, el creador del fascismo y el papá del aquí están mis huevos, arroja una biografía interesante como todos los fanáticos que ha fertilizado la cadena biológica de los seres humanos. No voy a contarte la vida de este hombre agresivo, fanfarrón, lleno de aristas y sin embargo, todo hay que decirlo, con una finísima veta de humanidad heredada de su madre. Mussolini, después de estudiar en los Salesianos...

- ¡En los Salesianos! ¡Pero si allí estudié yo!- Corbalán agarró fuertemente los reposabrazos de la butaca y casi se pone en pie. - Demonios, Julián, ¿estudiaste en Faenza?

- No, hombre, no, en los Salesianos de Puertollano, mi pueblo natal - respondió suavemente regresando lentamente a su posición natural.

- Buen pueblo, joven, un agüita diurética, una Iglesia asolada por los gabachos, mucho carbón, más gasolina y un balneario que fue para mayor gloria de Narváez. Alguien tendría que escribir un día la historia de ese establecimiento.

- Lo hay. Gascón Bueno y un periodista que ha escrito una novela sobre el balneario y recuperado la memoria de Carlos Mestre, su fundador. ¿Usted ha estado allí alguna vez?

- Tengo noticias. Pero no me distraigas, mancebo, te decía que después de estar con los curas salesianos en Faenza, donde nació, el dictador, ingresó en la escuela normal de Forlimpopoli. Quería ser maestro, el divo de las masas. Pues bien, de la escuela de Forlimpopoli fue expulsado por agredir a un compañero. ¿Adivinas a quién?

- ¡A Claudio Capello! -vociferó Corbalán sin vacilar, inyectado de euforia.

-... quien en lugar de pagarle con la misma moneda queda fascinado por la personalidad de su agresor. Tanto, que será compañero de viaje del futuro duce. Y ya sabes, con muy pocos seguidores al principio y con toda Italia después se convierte en el terror de la bota que años después le pegaría una patada en el culo a Europa diabólicamente calzada por el germano. Capello siempre estuvo muy cerca de Mussolini. Cofundó a la sombra del primer camisa negra, los fasci italiani di combattimento, el 23 de marzo de 1919. Dos años después obtuvo el acta de diputado por Milán e influyó directamente en la creación del imperio italiano y del eje Roma-Berlín. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, Capello aconseja a Mussolini actuar con prudencia y esperar el desarrollo de los acontecimientos. Derrotada Francia y atemorizada Gran Bretaña, Mussolini anuncia la entrada en la guerra en junio de 1940, ante miles de seguidores poseídos que abarrotaban Piazza Navona.

- Una lección de Historia gratis, sí señor.

- Cuando nuestro Claudio Capello ve el panorama decide desaparecer discretamente. Aguarda las evoluciones de la contienda pero el fracaso de los camisas negras en Africa y en Grecia lo llevan a tomar la decisión más inteligente: Huir de Italia donde era sobradamente conocido como amigo y colaborador de Mussolini. Capello tuvo más suerte que el tirano, logró escapar a Suiza, no sin antes recoger de su casa de Milán sus pertenencias personales que amontonó en una maleta y el famoso croquis de los Capello. La urna no le servía para nada, de modo que la hizo añicos.

- Una acción muy propia de un fascista, realmente...

- En la cuidad de Como, nuestro hombre se instala en una casa de pensión. Como ves -apuntó el profesor- el rancio abolengo de los Capello arrumbado en una triste y anónima casa de huéspedes.

- ¿Claudio Capello era el último de la saga? - Julián Corbalán quería saber.

- No. Tenía un hermano menor, Alberto, un prominente ingeniero afincado en París. Eran como la noche y el día. Alberto colaboró con la resistencia francesa amargándole la ocupación al invasor con continuos sabotajes. Se hizo un maestro de la guerrilla urbana porque era un defensor apasionado de los ideales democráticos. Alberto Capello era descendiente de aquel lejano Giovanni que ya conoces pero había descendido en la escala social. Alberto era un acomodado burgués, tolerante y edulcorado. Muchas de sus propiedades le fueron confiscadas por los nacionalistas italianos que lucharon por la unificación. Alberto se casó con una modesta parisina de la que tuvo cinco hijos. El menor de ellos, Roberto, es el elegido por el destino para pasarme a mí el testigo de los Capello, el croquis de la tumba de Tibi...

- Un momento, profesor, aguarde, no lo entiendo. Si el plano lo tenía ese Claudio, ¿cómo pasó a manos de Alberto? ¿El Capello fascista no tuvo hijos? -Corbalán aturdió al investigador con un aluvión de preguntas.

- Tranquilo, chico, todo a su debido tiempo, ya queda poco para que concluya la fascinante aventura de ese pedazo de vegetal.

Y prosiguió:

- Claudio, ya te lo he dicho, escapó a Como donde malvivió durante varios años. Harto de parecer un vagabundo indecente, de vivir como un animal acechado, sin la soberbia clueca de sus antepasados, sin una moneda en el bolsillo y a punto de conocer el hambre por primera vez en su vida, decidió desembarazarse del papiro. Así que arriesgando su libertad e incluso su vida, viajó de polizón en un tren que lo llevó hasta Ginebra donde vivía un conocido anticuario. Por supuesto, Capello desconocía el significado del croquis, confiaba sólo en su valor estrictamente arqueológico y "antiguo".

Claudio Capello vendió el plano a un tal Zimmer por 15.000 dólares de 1956. Una cifra muy elevada que no se paga alegremente.- Toharia se quedó mudo, reflexivo- A menos que lo que se compra valga muchas veces, muchas veces, esa cantidad.

La azafata anunció la llegada a Madrid del vuelo 545 procedente de El Cairo. Edmundo Toharia había intentado sintetizar al máximo la historia del dichoso dibujo egipcio, había querido comprimir en dos horas un buen saco de siglos. De modo que optó por concluir su relato en la cafetería del aeropuerto. El bar era un crisol de razas. El ojo de Corbalán encuadraba a un grupo de japoneses que charlaban como cotorras, o bien a un místico hindú vestido a la europea. Vio a dos judíos entrar por la puerta y ceder el paso a tres kuwaitíes enfundados en sábanas blancas en fuerte contraste con sus gafas de sol en cuyas monturas, negrísimas, reverberaba una constelación de lentejuelas. Uno de ellos sonrió, y al hacerlo cegó al mundo circundante con el fogonazo de su colmillo de oro.

- Estamos en Ginebra -dijo el abogado girando el dedo índice en sentido contrario al de las manecillas del reloj.

- Sí. En principio, Zimmer, astuto y experto en antiguallas, tasó el croquis por su valor histórico, lo cual quiere decir que el documento por sí mismo cuesta una fortuna. Pero deja volar su imaginación y consulta a un colega de Hamburgo. Puede que se trate de algo más que de un simple abalorio arqueológico o de algo más importante. A lo mejor, los garabatos del papiro indican la situación exacta de los restos de algún ricachón adorador de Ibis. Es sólo cuestión de acudir el lugar indicado en el croquis, donde se supone estuvo Dakkel, remover y esperar a ver qué sale de las profundidades arenosas.

- ¿Y qué pasó?

- El colega de Hamburgo y Zimmer se citan en Berna, le dice que nunca antes ha visto nada parecido. No se trata de una obra hecha y pensada para dejar constancia del paso de los vecinos del Nilo por este mundo. Los trazos adivinan que habían sido realizados por alguien ajeno "a los círculos artísticos de la Corte". Evidentemente el papiro es una joya pero podría ser que esa joya no fuera más que la llave de acceso a una montaña de joyas. Pasan los años y Zimmer abandona la idea de un tesoro escondido. Prefiere el papel antiquísimo que también es sinónimo de mucho dinero.

- El último Capello, Roberto Capello, dices, te va a pasar el fantástico testigo. Pues date prisa si quieres que lo escuche. Mi AVE sale dentro de una hora, de modo que acelera y dime cómo demonios llegó ese pedazo de trozo de cuero vegetal hasta la persona que te lo va dar a ti tan generosamente.

Edmundo Toharia posó sobre el plato, con mucho cuidado, la taza del café. En el plato dibujó un círculo ocre. Saboreó un buen sorbo al tiempo que con un movimiento rítmico de la mano apaciguó la impaciencia de su amigo.

- Claudio Capello abandonó su vida licenciosa merced a la bonita suma que obtuvo por el tesorito familiar. Al fin y al cabo era un Capello y a todo buen Capello le resulta insoportable acarrear con el muerto de rompedor de tradiciones. Así que atacado por los remordimientos contacta por carta con su hermano y le escribe:

" Querido Alberto:

He vendido la antigüedad de nuestros antepasados a un anticuario de Ginebra llamado Zimmer. Tiene una tienda en la parte vieja de la ciudad, en Eaux Vives, en una callejuela que da a la catedral de San Pedro. Mátame, ódiame, maldíceme si quieres. Lo merezco. Mi errabunda vida me obligó a hacerlo. Te pido que nos veamos. En Ginebra, bajo la estatua de Rousseau, en la isla del mismo nombre, entre los dos primeros puentes del Ródano...

Tu hermano Claudio".

- Y allá que va Alberto... - interrumpió aceleradamente Corbalán.

- ... Y allá que va Alberto -prosiguió el profesor-... enloquecido por la furia, oprimido por una intensa sensación de orfandad. El papiro -qué cosas tienen estos aristócratas- era el nexo de unión de toda la saga. Ahora sin él se siente desatado, desarraigado como si careciera de pasado...

- A veces es bueno carecer de pasado - Julián suspiró con tristeza.

- ... Como un globo de gas que se siente libre aún atado a la cuerda sujeta a la mano inocente de un niño. Pero cuando el niño lo suelta y lo libera de verdad, la amplitud del cielo lo espanta. ¡Imagínate el encuentro entre los dos hermanos! Me ahorro los detalles. Insultos, reproches, sollozos, silencio... En fin que ambos se dirigen después a la tienda de Zimmer. Claudio se queda en la puerta para no ser reconocido por el anticuario y eludir las sospechas que pudiera despertar el deseo de recobrar la pieza. Con la recuperación del croquis, Alberto se queda con lo puesto. Una finca de su propiedad en la Toscana voló como un pajarillo hacia el nido de Zimmer. Además tienen que desembolsar 8.000 dólares. Y de este modo, mi queridísimo y joven turista, el dibujo milenario de un pobre paria, llegó hasta las manos de Alberto. La tradición, pues, continúa. Claro que los tiempos han cambiado y un intruso tal que yo mismo, va a gozar de una excepcional ocasión de poseerlo. Con permiso de Roberto Capello, por supuesto.

- ¿Qué ocurrió con el fascista?

- Lo asesinaron en una timba clandestina.

- Y Roberto, el hijo de Alberto se instaló en Madrid, supongo.

- Así es. Es un joven muy educado y amable. Tuve la suerte de tenerlo como alumno. Y como el chico era muy listo y bastante moderno prefirió echar tierra por medio y desembarazarse de una vez de viejas tradiciones estúpidas. Hoy corren otros tiempos. Un día a la salida de clase me habló de un raro documento egipcio, legado de familia, que podría interesarme. Suerte la mía. Yo andaba ya investigando la historia de Tibi Tuhopep, así que fue como un relámpago en la oscuridad, una premonición. Me encontraste en Egipto oteando el terreno. Me estremezco al pensar en la tersura de ese pedazo de vegetal, curtido por los siglos...

- Bien, señor Toharia -terció Corbalán ironizando al retomar el trato cortés-, espero que tenga usted suerte y encuentre lo que busca...

- Eres un tipo simpático y me inspiras confianza. Te invito a que a que emprendas conmigo la aventura, te ofrezco la posibilidad de que me acompañes en el más prodigioso de los viajes, un viaje a través del tiempo, te cito a desandar conmigo el camino de los siglos cuya parada final es la tumba de Tibi Tuhopep, sobrino del rey Nebre, segundo monarca de la II Dinastía.

- Acepto la propuesta -contestó el abogado haciendo una exagerada reverencia al uso español de los felipes - Ahí va mi dirección y mi teléfono.

Antes de despedirse, abogado e investigador se estrecharon fuertemente las manos.

- Ten cuidado con Torquemada. Ahora tú también estás incluido en la nómina de los buscadores de tesoros.

Cuando Julián Corbalán, un abogado sin demasiada suerte en una ciudad de provincias, cogió su taxi para regresar a Puertollano le fue imposible discernir en qué medida Edmundo Toharia había sido riguroso con la historia y cuánto había de leyenda en todo lo que le había contado. Tal vez buena parte de tan fantástico relato no fuera más que producto de su imaginación. En cualquier caso, el investigador era una de esas personas que uno no tiene la suerte de conocer todos los días.