Cultura

Lecturas para quedarse en casa en inusitados tiempos de crisis sanitaria

El río del tiempo (Narraciones Manchegas)

Un relato breve extraído del libro "Narraciones Manchegas” publicado por Intuición Grupo Editorial en el año 2000 y escrito por Manuel Juliá que se puede adquirir en nuestra sede de Paseo de San Gregorio, 87, Entreplanta derecha y también a través del teléfono 926 41 26 53

Manuel Juliá Dorado

21/03/2020

(Última actualización: 21/03/2020 21:32)

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Parece una campana pintada de negro -dijo Pelayo a Juancho, susurrando, y éste corrió la voz a los otros, a Neme, a Larra, a Monescillo, a todos menos a Pilila, que siempre era el último en acceder a los cuchicheos pues solía tener eternamente el miembro enhiesto amarrado por su mano izquierda, dentro del pantalón, y nunca deseaba ser molestado ni interrumpido en su tarea salvo catástrofe irreparable-.

Lo de la campana negra era porque mientras don Amadeo iba enumerando sus latines y metafísicas, en un instante, coincidiendo con el mayor énfasis en la exposición, los faldones se le balancearon lentamente, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, y entonces el cortinón negruzco y sotanal parecía una campana negra tañendo, imagen en la que abundaba su voz melodiosa de badajo aflautado y dominical, con su entonación de profesor de canto que siempre alargaba los verbos en su sílaba acentuada:

-La luz que preeende nuestras meeentes, que toooma nuestras miraaadas, la luz que avariciooosa nos envueeelve...

Ciertamente, parecía una campana, y como era su sotana un negro camisón volado, pues le recordaba a Pelayo las campanas tañendo en noviembre, en el fúnebre día de los muertos, aquel en que todos los sonidos parecían de iglesia triste y silenciosa y hasta las rosas y los claveles que se veían en los ojos claros de Nemesito apenas tenían color.

Nemesito siempre se ponía triste el uno de noviembre, y nadie sabía por qué, ya que toda su familia permanecía interminable en este mundo. Ese día dejaba de ser el revoltoso oficial de la clase. También se ponía triste el primer día de clase y realizaba una extraña conjunción entre ese día y el de muertos con los vaivenes de la sotana de don Amadeo.

-Si no fuera el primer día Neme le habría dado ya un canutazo a don Amadeo en la calva, a pesar del riesgo universal que tiene tocarle las narices al cura -le dijo Pelayo a Juancho, susurrando, y lógicamente Juancho a Neme, y Neme a Monescillo, y Monescillo no decía nada a Pilila porque éste estaba así como en un éxtasis difícil de definir, y ya sabían todos que cuando Pilila realizaba su tarea, pobre del que le molestara.

Luego se pasaban unos a otros los perdigones de eucaliptos, y ya era suerte la de don Amadeo, librarse de aquella artillería que comandaba Neme porque aquel era el primer día de clase y el capitán Nemesito ese día le entraba una angustia existencial. Si hubiera sido otro día habría permitido la blancura de aquella calvorota.

Don Amadeo parecía disfrutar con su brillo argénteo y oscuro, como si todo el sol que le daba de pleno en la figurilla fuera realmente propio, hasta como si intuyera que ellos sentían que les quitaba algo, que esa era la luz de ellos, la luz de su verano ya inexistente en el río Ojailén. Y se sentía feliz el curita como ladrón de la luz, sobre todo, porque robar la luz seguro que no era pecado, y menos a aquellos zambos que querían su luz y su verano para ellos solos.

La luz robada de don Amadeo, meciendose en los faldones mientras recitaba aquello de la luz, seguro que era la del paraíso. Aún olía a piedras ardiendo en los eriales, a sombras bituminosas, a montañas de restos de carbón, a melias erguidas y a eucaliptos gigantescos, a yedra asomada por las alambradas de los caminos al río vigilados por olmos redondos y perfectos que contrastaban con los yerbajos amarillos y viejos de la cuneta de la carretera de Mestanza. También les recordaba las sirenas del mediodía que daban la vez a los turnos que entraban y salían de las minas, sonidos que asustaban a los pocos animales que se hubieran atrevido a acercarse por aquella llanura negra estercolero. Don Amadeo, con esa sotana tan cóncava, la más cóncava del colegio, había apresado el sol del verano de unos cuantos osados alumnos y pronto lo escondería bajo sus enaguas, en los bolsillos de su pantalón badajo y entonces todo sería más gris, triste, lleno de frases de una luz inapresable.

Don Amadeo, desde su espalda negra y brillante, parecía levitar escribiendo en la pizarra. Ante sus rostros compungidos por el asalto descarnado a su pereza, el cura escribía aquello de la luz que preeende, y sólo descansaba el manuscrito blanco de la tiza cuando se limpiaba el sudor del cuello y el rostro: aparecía un pañuelo doblado en la otra mano una vez desplegados los negros faldones como mantas al viento.

-Don Amadeo quiere acabar con nosotros. Ni que estuviéramos ya a mitad de curso -dijo Pelayo a Neme, lógicamente cuchicheando-.

El primer día de clase era el más obvio para no prestar atención, charlar tan sólo de nada, la liga, los últimos resultados del mocho, técnicas de perfeccionamiento en la pídola, contar los castilletes de la llanura o ver a los mineros en las bicis acercarse lentamente a los pozos.

Pero don Amadeo había comenzado la clase en plan turbo, sin el más mínimo respeto a la lógica desidia de los inicios de septiembre. Ni que sólo fueran a tener una semana de suplicio metafísico y latinesco en toda la extensión del curso. Aún no se habían sentado en los pupitres y el cura ya estaba con la tiza rasgando la pizarra, escribe que te escribe, y ni siquiera reparaba en cómo chirriaba en el oído enfrentada a la placidez silenciosa de los patios, ese ruido molesto de la tiza, parecido al que hacen las zapatillas de deporte en el parquet del gimnasio. El turbocura sólo descansaba para limpiar sus gafas de culo de botella, con el pañuelo doblado, previa oxigenación de los negros faldones que dejaban una ligera brisa en la árida mañana, como cuando se limpiaba el sudor de la frente. La ventisca de la sotana olía a sacristía, a vino de consagrar, a incienso y a futuro triste, más que nunca, porque era el primer día de clase.

Normalmente, el día de la inauguración no había metafísicas ni latines. Ese día era el prólogo, la recepción, las misas, el conocimiento de los nuevos profesores, casi siempre sacerdotes perdidos que miraban a los alumnos con el miedo de la ignorancia, preguntándose cómo sería aquel ejército de esqueléticos hijos de mineros, seguro que una tropa indomable. Ellos, a su vez, los miraban como a corderos de temporada prestos al sacrificio de sus burlas, aunque sólo hasta que fueran conscientes de su fortaleza, de su jerarquía.

La mañana había sido como todas las mañanas del primer día. Primero la misa, con rosario. Luego otra misa, sin rosario, y cuando las orlas del mediodía aún no estaban en los tejados, otra misa, esta vez regada con un excelente incienso, seguro que de la mejor cosecha vaticana de inciensos, homenaje a la presencia del Prefecto Provincial de la orden. Sin embargo, en la tarde hubo clase, y allí estaban, oteando las metafísicas y latines de don Amadeo sin apenas haber descansado de tanta misa. En los cursos anteriores, el primer día no había clase, pero aquel año, nadie sabía por qué, habían caído sesteramente en las garras de don Amadeo sin que hubieran disfrutado del ocio, hacer los equipos de futbol y baloncesto y salir a la calle para irse a casa antes de hora.

- A las cinco en el río, Neme -le había dicho Juancho por la mañana al chaval, en la primera misa, y ahora el río era un recuerdo imposible-.

Lo posible era que allí estaba don Amadeo. Dale que te pego a la luz que prende nuestras almas, como si hubieran de aprenderlo todo en un día, como si el Papa o San Juan Bosco le hubieran impuesto la obligación de batir el récord de páginas del libro estudiadas en una tarde.

Vease al de la campana pegando puntadas en la pizarra, salmódico y feliz con su canturreo metafísico, embaucador de veranos que no se querían olvidar. Y además, don Amadeo no era un novicio fácil de embaucar con las habituales tretas, que tengo ganas de ir al servicio, que me duele la cabeza, que me ha llamado don Ángel para ayudarle a ordenar la sacristía, a precintar las hostias y a embellecer el tul oscuro de los bancales de la iglesia. No, aquel que áquel que escribía latines y metafísicas como un poseso era el mismísimo don Amadeo en cuerpo y alma, el hacedor de las normas disciplinarias del colegio, al que se le ponía el estómago en la garganta y echaba espumas por la boca si veía que alguien perturbaba la fila, Monescillo, o dejas de moverte o barres veinte veces los patios, y luego cuando acabes otras veinte si es preciso, vas a estar todo el curso barriendo los patios y se te va a poner la cara de escoba, y tú Valladares, o te callas o limpias los cristales con la lengua.

Real y verdaderamente aquél era don Amadeo, el causante de que el porcentaje de cabezas achichonadas creciera espectacularmente así que el curso avanzaba, y eso que su pequeña campanilla dorada de bronce gastado no daba a basto para producir ese sonido seco del golpeo en la cabeza de sus bordes, clok cuando daba con la punta del mango en un golpe técnico, o clik cuando golpeaba con las aristas, o cluk si plantaba toda la base de la campanita en la cabeza, consiguiendo que el badajo se clavara y picara como una guindilla. Cualquiera se aventuraba en algo que no fueran los asumidos, escuetos, minimizados cuchicheos que permitía de espaldas, siempre que no desembocaran en expandida algarabía que odiaba como un minero el grisú.

Siempre había algunos imprudentes, o de entendederas sesteantes, que aprovechando su espalda se aventuraban en un leve entrecerrar de ojos. Ponían la mano aviserada para esconder el delito y dejaban vagar la mente, aunque sin alejarse demasiado, pues sabían que el cura, poseedor de un instinto policiaco inigualable, digno de Sherlok Holmes, en el corazón de la más placentera dejadez requería la asistencia de los dormidos:

-A ver, los sonámbulos, a despertar, que es de día.

¿Y como sabía don Amadeo, si estaba de espaldas, que un alto porcentaje de sus alumnos dormitaban? Muy sencillo, porque cuando disminuían los murmullos, su preclara mente deducía que aquellos alocados salvajes dormitaban. Los dejaba un instante en sus predios de humo, y así que entraba el sueño en sus cuencas los despertaba y esa frase era siempre el inicio del los asuntos corales. Había llegado la hora del recitado, el momento de saborear el más envidiado de sus éxitos. Solicitaba la entrega a la causa que de él nacía y se hacía extensiva sin explicaciones. Daba igual el porqué. Lo importante es que se oyera el canto por los desnudos soportales, que vagara como un eco por la grisura de los patios esconchados y llegara el sonido hasta el oscuro mármol de la iglesia que recogía los coros oficiales batallando con el órgano de don Ángel, el cual así que oía la primera cantata desde lejos, dejaba de tocar y se quedaba extasiado.

Don Amadeo amaba la dicción coral en cualquier circunstancia de la vida. Ya fueran el rosario matinal, las enseñas misales o las diversas disposiciones de su dictar disciplinario, siempre demandaba respuestas melódicas, y no podía resistir esa tendencia de su mano izquierda a dirigir, a ir conduciendo suavemente las vocecillas armoniosas. Cuando preguntaba algo en la clase, si observaba que algún alumno pretendía responder en solitario, lo silenciaba, mostraba la palma de su mano izquierda, pedía silencio con un chisss casi maternal, y daba gusto verle con aquellas gafotas redondas culo de botella levantando la otra mano hasta diseñar una linea recta entre el pulgar y sus ojos, como si fuese a producir un saludo, Ave Caesar morituris te salutan, y en un tempo lentísimo y cadente iba dirigiendo y corrigiendo la respuesta que ya era colectiva. Elevaba y bajaba su brazo según pretendía que fueran las palabras. Y ellos cantaban dejando laxa la lengua, dejándose llevar por la mano de don Amadeo, como si oraran imperceptiblemente, escondiendo su identidad en la comuna oral, contentos de ser solamente un pequeñísimo ruido de aquel murmullo acompasado. Cualquier observador objetivo, fácilmente descubriría, por supuesto, que su entrega no era como si salmodiaran la alineación de aquel Real Madrid que ganó las copas de los cincuenta, Gento, Diestéfano, Puskas, pero los vería redondos y felices recitando los huesos del cuerpo humano, o los reyes Godos, o la lista de días que aún restaban de aquel nuevo curso, los días de latines que quedaban para volver a los suaves y frescos estanques del río, del río Ojailén, que mientras tanto estaría aburrido en Los Muros, con los peces tristes y adormilados, echándoles de menos, sin que las bombas de Pilila elevaran el agua hasta la higuera, récord imbatible de aquel verano, o Juancho buceara hasta un minuto y medio sin salir del agua, récord igualmente imbatible.

-Pilila tiene otro récord imbatible -dijo Larra un día mientras se secaban en el cemento, tumbados con el sol de lleno en los ojos, secándoles rápido y dejándoles la piel pegajosa y llena de barro-.

-¿Otro récord? ¿Qué récord? -le preguntó Monescillo con su plantación de espinillas ardiendo-.

-Lleva catorce años empalmado, mírale la bragueta, está como siempre -le respondió Larra, volviendo sus ojos a Pilila-.

Y una carcajada colectiva acompañó a la observación y luego todos miraron el increíble e inmenso bulto de Pilila, sin dejar de preguntarse cómo era posible que pudiera guarecerse en el bañador, y eso que la prenda era de su padre.

-Joder, al Larra le voy a dar una hostia que lo voy a mandar a Bilbao -se ladeaba Pilila, escondiendo el portento, dándoles la espalda, reiniciando sin observadores indiscretos la tarea manual en la que era tan experto-.

-Peor sería un trabucazo que una hostia, garrote tiene -intercedió Neme antes de que las cosas fueran a mayores-.

Luego todos se adormilaban sintiendo el cemento de Los Muros como una sauna salvaje.

Pero no, no estaban en Los Muros, sino en manos de don Amadeo, musitando metafísicas y latines, con los rostros húmedos de sudor por tanta luz que el cura les robaba y tenían la lengua amarga y seca, la lengua apelmazada y pétrea, sabiendo todavía al musgo perdido en las riberas del Ojailén, sintiendo que la inicial resistencia ya estaba vencida y don Amadeo les había robado el sol de su verano, esclavos ya de sus cantos, tendidos en la sonoridad de lo oscuro, pensando en el río que se estaba acabando.

Los latines y metafísicas vagabundeaban felices y precoces por todo el colegio. Así, como siempre, y por tanto todo el mundo sabía que don Amadeo disfrutaba en aquellos momentos de su gloria displicente y pedagógica, que luego, en la comida, en las habitaciones profundas del colegio, predio sacerdotal y novicio, sería presentado como modélico a los aspirantes espigados, con su sotana mal puesta, o demasiado larga o demasiado corta. El contaría cómo había conseguido que aquellos hijos de mineros embrutecidos y ateos, adoradores de tascas inmundas y timbas interminables, tuvieran ciertas ínfulas de éxtasis cantor. Era increíble, pero cierto, y además no con las canciones pastoriles de don Ángel, sino con las odiadas metafísicas y latines de don Amadeo. Todos admirarían que hubiera conseguido que aquellos ganapanes, que olían siempre a río sucio, a carbón mojado, a carbura húmeda, manifestaran unos gramitos de éxtasis, seguro que avanzadilla de las canciones marineras, terreno abonado para cuando don Ángel les instruyera en el fervor mariano y así conseguir idéntica entonación ante los misterios de la virginidad conceptiva de la madre de Dios o los rosarios variopintos.

-Ciertamente es un éxtasis leve -diría don Amadeo a la noviciada-, algo plúmbeo quizá, vocalizado como rosario de madrugada, pero al cabo éxtasis, entonación subyugada, ausencia de resistencia grupal.

Luego don Amadeo relataba cómo había conseguido aquellos resultados. Qué inigualable era su capacidad represora y martirizante, sibilina y aguda como una aguja, misteriosa para el receptor y hasta nostálgica una vez que el destinatario dejaba de sentir el hierro de su campanilla, seguramente, en esto dijo seguramente don Amadeo. Les desvelaba ser más experto en la tortura sicológica que en la física, ya que consideraba la segunda producto de una total ausencia de imaginación, y la imaginación creativa es lo más importante para ser un buen torturador sicológico. También les decía que años y años de insistencia con sus sistemas de dominación síquica, conseguían que el alumno que ingresara con ocho años, a los diez estuviera perfectamente domeñado.

-¿Cuál es su instrumento básico para la tortura síquica? -le preguntaba don Jesús Galeano, uno de los novicios más atentos.

-El Latín -respondía presto don Amadeo-. Si se consigue introducir el latín en la estirpe bárbara de sus mentes; si se introducen las declinaciones en sus sueños ya está hecho, nuestros son, y de la Santa Madre Iglesia.

Su victoria era digna de reflejarse en anales pedagógicos. Le decía a los novicios, iracundo, casi traspuesto, ante la envidia de los demás curas que asistían envidiosos al relato, que había conseguido que aquellos patanes al menos murmuraran con un mínimo de respeto el latín, y de ahí, quien sabe, aún no era tarde para que también pusieran éxtasis, o énfasis, o entrega, en la salmodia de los hijos de Jacob, o de los ríos de la península, sólo era cuestión de que don Tiburcio, el profesor de geografía, allí presente, el cual escuchaba por centésima vez el discurso con su rostro apelmazado, con su perfil caído, mirando a don Amadeo y a las servilletas a la vez, mostrando sin pudor su cuello inexistente y esas orejas circulares y gigantescas que apenas cabían por la puerta de la clase y obligaban al curita a entrar ladeado, comenzara a aprovecharse cuanto antes de la remodelación amadesca de los alumnos. Igual que don Casimiro, el de Historia, o don Licinio, el de gramática, todos, todos, sólo era cuestión de que llevaran a la práctica ya sus teorías de sadismo campanero y coral metafísica.

Días después, en serena y coloquial plática con don Jesús, acólito fiel el novicio, don Amadeo le repetía la perorata, incidiendo en la disciplina relajada que ofrecía la curia, pero llamando a los compadres por los motes que les habían puesto los alumnos. A saber, don Tiburcio, El rata, era algo remiso a su magisterio, y por eso los de su clase, más allá del Ojailén, no conocían otro río de España.

-Esos salvajes te faltan al respeto si no andas listo, serio y suficientemente represivo -le decía a don Jesús en dual contubernio-.

Después la tomaba con don Jovita, el director, apelado El pirindolo merced a sus canillas cañaverales o canutas, que eran como dos palos de billar bajo una panza ancha y curvadísima que le abombaba la sotana. Don Jovita tenía la costumbre de levantar una pierna cuando estaba quieto para esconderla debajo de las faldas, y entonces parecía un trompo, porque además la cúspide de la cabeza parecía nacer de sus hombros. Y también debería aprender de él don Alfredo, El angustias, así llamado porque su cara era digna y sin igual representante del calificativo. Y El guarrete, y El singorgo, y El pedorro, y El pajas, éste último hace tiempo carne de expulsión porque fue descubierto masturbándose por Josito Ríos en el retrete debido a que las puertas no cerraban ni por arriba ni por abajo, y el nene asomó su semblante moruno por la parte de abajo descubriendo al infractor en plena faena. Josito, el predilecto de don Ángel, el maestro cantor, fue como una bala a contarle al operístico cura su descubrimiento, y alla que se fue don ángel con el coro de alumnos puesto, cruzando raudo los patios, sin hacer el menor ruido, pues quería descubrir al curita en la autoría de la vileza carnal y apenas percibió que le seguía la compaña cantora. Todos llegaron al retrete y rodearon en silencio el antro de lujuria. Don Ángel se asomó por arriba de la puerta incompleta y el coro por debajo, ocupando el hueco que acababa en el suelo, y nada, ahí que vieron todos don Nazario, así se llamaba El pajas antes del incidente, autocontentándose, mostrandoles a ciencia cierta qué era el éxtasis individual.

-¡Qué guarrada!¡Qué asquerosidad! -dijera don Ángel asomando su cara oronda, roja, sus ojillos de normando.

El otro miró arriba al sentir el vozarrón y creyó que don Angel era el mismo diablo. Luego miró abajo al sentir las risas múltiples, y vio a los niños cantores del colegio con los ojos clavados en su miembro y en su mano izquierda, que por supuesto ya estaba extática. Luego ya no los vio y oyó lejanas voces por los patios del colegio extendiéndose por los más ocultos recovecos de los soportales, por los despachos de los curas, por la residencia, por los tejados de los barrios circundantes:

-¡Don Nazario se la esta tocando! ¡Don Nazario se estaba haciendo una paja!

Y allí seguía don Ángel mirando al pobre Nazario como si fuese el mismo Lucifer con los pantalones bajados y la sotana anudada a la cintura. Y al pobre Nazario le dieron ganas de no haber nacido nunca en esta tierra. Para una vez que se tocaba el miembro, qué infortunio, los cantores y don Angel de testigos. En los días siguientes El pajas no salió de su habitación. No quedó lugar en el pueblo en el que su nombre no fuera vilmente vilipendiado, masacrado a improperios, insultado, machacado a salivazos y en imagen ausente lleno de puñadas y hostias tanto de musculosos mineros como de las mujeres más finas y delicadas. De los cuarenta mil habitantes del pueblo sólo El Pilila salió en su defensa.

Real y verdaderamente, don Amadeo era poco respetuoso con el claustro de compadres. Pensaba que nadie en el mundo era capaz de ordenar lo desordenado como él, sobre todo, porque era consciente del trabajo de titan que implicaban sus éxitos con los alumnos. El orden que reinaba aquella primera tarde que iniciaba el curso, frente a aquellos mocosos hijos de mineros, no había sido conseguido así como así, por ciencia infusa, milagrosamente, sino a base de paciencia y habilidad, de análisis campanillero y persistencia en creer en sí mismo como ordenador de lo desordenado, que esa era su íntima naturaleza y seguro que habría ordenado si hubiese lugar, el mismísimo ejército de Pancho Villa.

-Cada cosa en sitio, y un sitio para cada cosa -solía repetir abusando de la originalidad de su verbo-.

Ciertamente, el proceso para conseguir que aquellos pobres incultos enarcaran las cejas al declinar el latín, y que pusieran rostros de santo orando metafísicas, era casi una obra de arte, un recetario que alguien debía escribir para que se estableciera como norma en todos los colegios de la Orden.

- ¡Qué grande eres Amadeo!-le decía el novicio don Jesús Galeano, el profesor de francés, que con su método ya había conseguido que sus alumnos conjugaran en hilera oral los tiempos presentes de los verbos Etre y Avoir-.

-El primer día que cayeron en mis manos -decía don Amadeo feliz por la atención desmesurada y silenciosa de su colega-, eran unos abrojos, unos campos abruptos, eriales de inteligencia, una manada de animales salvajes. Los primeros días del curso se perdían en organizarse, en introducir en sus cabezas las más mínimas y elementales normas de convivencia. Y eso ya no ocurre con mi método instructivo campanil, me recitan el latín, las metafísicas y hasta las canciones que se le atascan a don Ángel ante el piano.

Aquel éxtasis, aquella mística teología, como lo llamaba don Amadeo significaba su elevación a los altares de la eficacia. Y no sólo en el colegio, sino que toda la curia local sostenía que cómo era posible que aquellos ganapanes, expertos en dinamitar, como buenos hijos de mineros, las misas y bendiciones, zangolotinos que corrían como gamos para ser los primeros en llegar al único futbolín que existía en el colegio, y habrían matado si algún incauto se acercara a robarles el balón en el recreo, bajo la batuta de don Amadeo, vocalizaran a Horacio con éxtasis, como unos monjes a los que un malvado genio les implantara una voz de pito, impropia.

Así que aquella mañana, teniendo en cuenta las circunstancias, ellos sólo se permitían susurrar los recuerdos, y dolerse de que don Amadeo les había tocado el primer día de colegio. Sentían el sol del río Ojailén robado por la sotana del cura, resplandeciendo ajeno en la tela negra de la tarde. Maldito el sol que apenas posaba sus manos en sus cráneos lisos, que se iba del río Ojailén hacia la terrenal posesión de don Amadeo, quedándose absorto en su sotana de cuervo displicente, acostándose traidor en sus faldas negras, atrayendo moscas osadas y turbias, mariposas gordas y oscuras que se dormían al quedarse en la sotana. Ese sol que también brillaba en su cuerpo descubierto, en aquella coronilla abstracta lubricada como un territorio de rastrojos ditirámbicos.

Se susurraban que otra vez tenían enfrente la archisabida calva de don Amadeo, la que pintaba un sinfín de latines, allí, en la primera clase del primer día de curso sin el río, en las mazmorras persistentes del latín. Desde la clase veían las eras enfrentadas a los negros predios de las minas, eras que luego se iban a dormir, como todo el paisaje abrupto, en los vergeles del río. Veían la torreta reinante de la mina abandonada, como una diosa negra, Perséfone asomando el periscopio desde lo profundo del infierno, guardando en su vientre las almas añejas y silenciosas de los desgraciados. Recordaban de la mañana los ya viejos murmullos atemperados por don Ángel, con su rostro rojo y animal, de normando, con su mirada pequeña y felina, y su proceder siempre estrambótico para calmar, y ordenar, y ajustar, y controlar con premura las algarabías de la masa colegial: el primero que levante la voz lo hundo en los sótanos de un mazazo, Monescillo, mal brebaje, deja de reír o te hago tragar la risa y ya no te vas a reír más en tu vida, que además se te pone cara de tonto.

Quién se movería en aquel primer día de la nueva existencia. Miraban sus zapatos limpios, sus pantalones alisados, las camisas blanquísimas que aún olían al hierro húmedo y caliente de las planchas, a agua con sabor de manos de madre. Era el primer día en las mazmorras invencibles de don Amadeo, y cuando llegaron a la clase vieron que las persianas estaban completamente abiertas, a pesar del calor, porque decía don Amadeo que el latín y las metafísicas los necesitaban despiertos, atentos profundamente y sin que las miradas se escaquearan por los recovecos de las sombras de las persianas:

-Sólo ocupense de seguirme. Síganme a mí, a la tiza, o a mi mano, me miran siempre, no se duerman.

Luego la campana volante habló de la luz, de su luz, esa que no era la del verano perdiéndose en el río, ya se lo había dicho Pelayo a Juancho, y después a Monescillo, y éste a Neme quien también quiso decírselo a Pilila, pero el obturado le hizo desistir con una mirada de asesino.

Don Amadeo habló de su luz. Se puso erguido en la tarima y después de secarse profusamente el sudor de la frente, les leyó de un libro con las pastas arrasadas por dedos innumerables:

-La luz que preeende nuestras mentes, que toma nuestras miraaadas, que avariciooosa nos envuelve.....

Pero no les subyugó la retahíla, la salmodia cantora, y sólo pensaban en que la luz de aquella sotana era la del verano escondido en el río silencioso, luz ahogándose en el río del tiempo, desapareciendo por el destellante rumor de lo real.

-Parece un campanón pintado de negro -dijo débilmente Pelayo a Juancho, y éste corrió la voz a los otros, a Neme, a Larra, a Monescillo, a todos menos a Pilila, que como era evidente, la tarea profusa y eterna que le ocupaba no le dejaba atender a los cuchicheos. La cola enhiesta amarrada por su mano izquierda dentro del pantalón era su única compañía. Pilila no deseaba nunca ser molestado ni interrumpido salvo catástrofe irreparable.