Cultura

Lecturas para quedarse en casa en inusitados tiempos de crisis sanitaria

Morirse al Sol (con vídeo)

Primer capítulo del libro Morirse al Sol escrito por Isabel J. Romero, una obra que incluye 35 relatos hilvanados por un narrador y que ha sido premiada en el networking celebrado en Gijón

Isabel J. Romero

19/03/2020

(Última actualización: 19/03/2020 20:52)

Imprimir

A todos los viejos les daba por morirse de noche. A la muerte no le gustaba la luz del sol. Luego había que velarlos, llorar y clamar «Ay, qué dolor, qué pena tan grande». Cuando alguno moría, a los niños nos mandaban a casa, y los primos nos acostábamos todos juntos en la cama de los padres. Teníamos miedo de que el muerto nos agarrara los pies; por eso rezábamos «ruega por nosotros», los dientes castañeteando, y enseguida se escuchaba «el amén» al abrigo de las mantas. La cabeza tapada con la colcha, abrazados, si escuchábamos algún ruido, pegábamos una encogida de las buenas. La noche se eternizaba entre bromas pesadas, asustándonos unos a otros, contando cuentos de aparecidos y de asauras. Era como encontrarse en el infierno, pero sin fuego.

Solo los viejos elegían morirse de noche; los más jóvenes o los niños se iban al amanecer. Así había sucedido desde siempre. Pero la tía Cecilia, chocha y vieja, fue a morirse en pleno día. Tocaban el ángelus de las doce cuando se oyeron los llantos por la pérdida, y los vecinos andaban pesarosos. La gente comentaba que subiría a los altares porque no tenía nada suyo y era la primera que se ofrecía para pinchar los chorizos y amasar la morcilla. Al tratarse de una santa, a los muchachos nos dejaron en el velatorio. «Ves, Juanillo, como ser bueno al final tiene su recompensa...». Yo no quitaba ojo a la tía, sujetas las quijás con el pañuelo alrededor de la cabeza, juntas las manos sobre el pecho, y me daban escalofríos. Salía y entraba de la habitación todo el tiempo. «Juanillo, haz el favor de sentarte de una vez y rezar». Con los pies cruzados, me acomodé al lado de mi madre, y allí permanecí un buen rato, sumiso. Pero, de repente, como si me hubiesen pinchado, me levanté. «¿Es que no puedes estar quieto ni un momento?». No podía hablar, pero lo había visto, vaya que sí. Señalé con el dedo hacia ese ojo que me miraba, varias veces lo señalé sin que nadie me tomara en cuenta, y menos siendo un niño. Luego... el pie, la cadera, el brazo, hasta que se plantó de costado. «¡Viva, la tía está viva!», grité al fin. «Tranquilo, hijo, los santos nunca mueren, suben al cielo directamente», respondió una mujer de ojos y velo negros sin darle mayor importancia a que se hubiese movido. Pero a mí no me cabía la ropa en el cuerpo, ni tampoco intentaba moverme de allí. Al poco, la mujer de ojos negros comenzó a rezar el rosario; arrastraba las cuentas, nerviosa, y las demás respondían a trompicones. Mientras, la tía ensayaba torpes movimientos con tal de regresar a la vida. Y cual no fue mi sorpresa al comprobar que me estaba guiñando un ojo. Luego con el dedo índice en los labios me insinuó que guardara silencio. Y poco a poco, al ver sus labios desplegarse y la lágrima escurriéndose de su ojo abierto, me dio por reír con disimulo. Con la mano me hizo ademán de que me acercara. Ya sin temor, me aproximé como quien no quiere la cosa y al oído me susurró unas palabras. «Juanillo, ven pacá, no vayas a interrumpir el descanso eterno», me regañó mi madre. Y vaya perra que habían cogido los allí presentes empeñados en que la tía, aunque santa, estaba muerta del todo. Yo me tronchaba por lo bajo pensando en lo que se les venía encima. Golpeteando el suelo con el pie, esperaba impaciente... «Niño, estate quieto de una vez, o te marchas a casa».

Yo no me marché, pero cuando la tía dio las «buenastardes» incorporándose como si nada, los allí presentes pusieron pies en polvorosa y me quedé solo —bueno, con la tía—, ni siquiera mi madre me echó en falta. Lo primero que hice fue desbaratar el nudo del pañuelo, que mantenía la boca cerrada, y quitarle el sayo de la mortaja. Luego le traje su ropa y la ayudé a vestirse. En muchos días, nadie se atrevió a visitarla, así que me tocó a mí, bajo cuerda, ayudarla a integrarse de nuevo en el mundo viviente. «Vete con cuidado, Juanillo. Las personas no son lo que aparentan», se limitaba mi madre a aconsejarme, segura de que le hacía los mandaos a la resucitá, pero incapaz de impedirme que ejerciera la caridad cristiana.

Continuaron muriéndose más viejos, emperrados en irse de noche. Sin embargo, la tía Cecilia, cuando le llegó la hora de verdad, volvió a morirse a pleno sol, pero esta vez sin el atributo de santa. Tres días con tres noches se veló su cadáver por si acaso volvía a las andadas. Quitado el peligro, ya en la sepultura, se quedaría por bruja. Pero yo, que conocía su secreto, rezaba por ella y, durante los velatorios de los viejos, dormía a pierna suelta y en mi cama, bajo la protección de la tía Cecilia, seguro de que ningún muerto se atrevería a agarrarme los pies.