Cultura

Lecturas para quedarse en casa en inusitados tiempos de crisis sanitaria

Chone en inglés es Bobby Charlton y Faro Demencial de la Mancha (Comando Asdrúbal)

Dos capítulos de “Comando Asdrúbal", escrito por Francisco Correal y publicado por Intuición Grupo Editorial en el año 1999

Un libro que se puede adquirir en nuestra sede de Paseo de San Gregorio, 87, Entreplanta derecha y también a través del teléfono 926 41 26 53

Francisco Correal

19/03/2020

(Última actualización: 19/03/2020 20:51)

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La primera consigna del Comando Asdrúbal era mantener los movimientos en el más estricto de los secretos. No había que dejar huellas ni dar trabajo a los lenguaraces y chivatos de turno. Mi padre siempre destacó por su estilo en los saltos desde el trampolín. Se podía establecer una especie de lucha de clases subacuática del sistema empresarial. Los obreros saltaban; los empleados nadaban; los Ingenieros buceaban. Mi padre, con ese pedigrí de Fosbury de las Aguas, decidió hacer el tirabuzón de su vida, un triple salto mortal. Con la familia en la panadería de sus suegros, él vivía una suerte de soltería fáctica, el mejor estado civil para el buen revolucionario. Tuvo muy claro desde el principio que tendría que construirse una doble vida. Que la gente lo tomara por todo lo contrario de aquello a que lo había llamado la historia. Iría a misa todos los domingos y fiestas de guardar; se compraría todos los discos de zarzuela y simularía una entrega sin condiciones a las canciones de María Dolores Pradera. Este simulacro le salió a las mil maravillas, pues siempre mi madre consideró a la cantante como la segunda novia de mi padre, su leal e invisible competidora. También sería muy eficaz hacerse del Real Madrid, aprenderse toda su gloria continental, convertirse en acólito en la distancia de don Santiago Bernabéu, veranear en Santa Pola y tener siempre preparado el disco del Real Madrid. Las mocitas madrileñas, caminando a Chamartín, tan alegres y risueñas... Esto tampoco le salió mal a mi padre, porque el fútbol le importaba un pimiento. De nada le serviría esa pose si no le juraba aversión eterna al Barcelona y a todo lo que este equipo representaba. Su primo Paco, farmacéutico de oficio, con farmacia en la madrileña plaza de Castilla, se parecía mucho a mi padre: el mismo bigotillo de la época, la misma incipiente calvicie, las mismas hechuras atléticas. No sé cómo lo convenció; el caso es que su primo le mandó varios álbumes con fotos, recortes de prensa y diplomas que ponderaban su excelente trayectoria en las pruebas de atletismo convocadas por el Frente de Juventudes. Mi padre se apropió de aquel currículum de atlante del falangismo, de ese palmarés de su primo que de no haber sido por la farmacia le habría servido para colocarse como gobernador civil de Guadalajara o jefe local del movimiento en Tamarite de Litera. Mi padre se aprendió de memoria las pruebas, las ciudades, las fechas. Un día su primo le preguntó por esas carpetas de la gloria y no sé qué excusa baladí le dio para decirle que las había extraviado en una mudanza o en un siniestro casero. Sus hijos crecerían y él tendría que inculcarles ese espíritu totalmente antagónico al del Comando Asdrúbal, el nombre de guerra que finalmente adoptó este cuarteto de Alejandría formado por Oña, Carrañaco, Correal y Puro. Lo pude comprobar cuando me fui a estudiar Periodismo a Madrid en septiembre de 1974. A Franco le faltaba un año de vida y yo llegaba a un hervidero político donde todo era rojo: los cantautores, los ligues, las películas, los intelectuales, los curas, los colegios mayores, las paradas de metro, las carreras delante de los grises, los restaurantes económicos con manzanas rancias asomándose por las cortinillas, los primeros cigarrillos, las patatas bravas, los cuernos de cabra. Cuando volvía en Navidades o en cualquier paréntesis vacacional a mi casa, en mi padre tenía un frontón más franquista que Franco. Trataba de convencerme de que todo eso tan excitante que yo estaba descubriendo con mis ojos de pueblerino era la reencarnación de Satán. Había conseguido su objetivo: convencerme de que mi padre era más de derechas que Vizcaíno Casas, el único escritor por cierto al que respetaba de todos los que yo le hablaba de mis visitas a los cenáculos literarios de ese Madrid electrizante, desbordante, desnudante, mucho más finisecular que el Madrid que ahora se asoma al final de siglo. Si mi padre me parecía de derechas, sus amigos Oña, Carrañaco y Puro eran la quintaesencia de la patria, el depósito espiritual de la estirpe, el salón tridimensional del requeté. Me sentía acorralado cuando les hablaba de las películas de Antonioni, de los libros de Athusser, de las estatuas de Giacometti. Todos rojos. El Comando Asdrúbal, clave cuasi masónica y carbonaria que yo desconocía, era junto a los romanos de Abundio el pozo sagrado de las señas de identidad de este pueblo de las dos mentiras, ni puerto ni llano, de esta villa cuya cotidianeidad se resumía en tres vocales: I (Ingenieros), E (Empleados), O(Obreros). El Comando Asdrúbal empezó a emplearse a fondo para imponer un universo de consonantes a esta estratificación social que nada le tenía que envidiar a las castas de la India o al enjambre romano de patricios y plebeyos. Como los novios, como los miembros de la banda de música, como los cazadores furtivos, sus primeras citas las hacían en la Fuente Agria. Cada uno de los cuatro con su ristra de botellas sentados en ese anfiteatro. Correal, qué te gustan los cítricos, le decía Carrañaco a mi padre entre bromas del comando. No sales del doctor Limón y del doctor Naranjo, en alusión al inventor de esta bendita agua ferruginosa y a mi abuelo Andrés Naranjo, el panadero, oficio cuya seriedad profesional, importancia histórica y significado social conlleva el doctorado sin tener que pedir perdón a nadie ni documentos a ningún leguleyo. Limón y Naranjo. Ya tenían dos consonantes, LN, para acabar con ese imperio de las vocales. Estaban los cuatro en la Fuente Agria hablando de fútbol para disimular cuando se sumó a la tertulia Chone, futbolista local de escasa y rubia cabellera que en inglés se pronunciaba Bobby Charlton. Los invitó el domingo siguiente a ver el Calvo Sotelo-San Andrés. Era el capitán del equipo y aquello iba a misa si no se oponía don José Luis, el cura del Poblado al que todos conocían como el Besugo. Sería por la multiplicación de los panes y los peces, pensaban los de la División Roja disfrazada de Azul.

Los hijos de mi padre íbamos creciendo. Ya había nacido Quique, al que todos los días yo llevaba a la guardería recibiendo a cambio una ración de churros. Yo estaba en Tercero de Bachiller, compañero de pupitre de Tomás Flox Fernández, la réplica manchega de Farraluque, personaje de la novela del cubano José Lezama Lima Paradiso. En clase, teníamos según la jerga de uno de los profesores un enano nacionalista y un enano comunista. Y un sabio apellidado Valverde que vivía en una casa misteriosa. Tan misteriosa como él. Compartía pupitre con Guendolino, que se quedó para los restos con este guiñapo de palabra extraído de una canción de Julio Iglesias. Yo era de los pocos que todavía llevaba pantalones cortos y todo me lo aprendía de memoria. Qué horror. Todo, menos las matemáticas de doña Carmen Gloria. Carmen gloriosa. Mi padre y sus amigos, mientras tanto, seguían haciendo la revolución sin mí. Y haciéndose pasar por la punta de lanza del fascio.

Faro Demencial de la Mancha

En esa época, finales de los sesenta, yo no tenía ni idea de esas actividades de mi padre. De su doble vida. En esa época, finales de los sesenta, comienzos de los setenta, yo no tenía ni idea de nada. En 1971 el Madrid perdía en el partido de desempate la final de la Recopa con el Chelsea. Todavía estoy viendo por la cerradura de la memoria a Pirri jugando ese partido con un brazo en cabestrillo. Esa derrota impidió que sonara el disco que mi padre ya tenía listo en el picú. A él le daban igual el fútbol y el Madrid, pero debió pensar que si a pesar de la derrota ponía el disco nosotros podíamos empezar a sospechar algo raro. Alguien me contó muchos años después que el OCCP se vio rodeado de una aureola de misterio y de locura. Una locura asumida por los propios integrantes del comando Asdrúbal, que en un arrebato de sinceridad y de honestidad intelectual firmaron uno de sus manifiestos como el Faro Demencial de la Mancha. Mis amigos y yo íbamos a lo nuestro: la pídola, el bote-bote, las revoloteras, el topado, las películas de Old Sateram y Winnetou y las historias de Cara Amarilla que las noches de verano nos contaba Domingo Muela, uno de los hermanos de mi amigo Fernando. Metidos en esa fiebre de la clandestinidad, les excitaba sobremanera jugar al escondite con las palabras, condensar un nombre en unas iniciales, hurgar en las posibles combinaciones de la alquimia del verbo. El OCCP estaba hecho para ellos. No había en el mundo otro cuarteto tan digno de esas cuatro iniciales que deberían significar lo que significaban y mucho más. En estos toboganes de la semiótica, jugaban al Eco adelantándose a Umberto. El OCCP no sólo era esa cuadratura del círculo compuesta por Oña, Carrañaco, Correal y Puro. Probando múltiples aleaciones nominales, se descubrieron a sí mismos miembros de la flamante Orden de Comunistas Calatravos de Puertollano. En un manual de marxismo caduco cuyos planteamientos eran más próximos a la cartilla del Parvulito que al Manifiesto Comunista encontraron la correspondencia exacta entre las clases sociales y la estratificación gremial del pueblo. Los Obreros eran los obreros: para qué darle más vueltas. El proletariado militante, título que le sonaba a mi padre a un libro del anarquista Anselmo Lorenzo. Los Empleados jugarían ese papel revolucionario que Carlos Marx reservaba a la burguesía como mamporrera de los intereses del proletariado. Esa burguesía que se haría el harakiri en la piscina de Ingenieros. Estos, los Ingenieros, simbolizaban en este trinomio la aristocracia caduca, un haz de terratenientes, latifundistas, una nobleza venida a menos sin blasones ni estirpes. No había condes ni condesas en esta aristocracia ni puñetera falta que hacía. Menos condes y más condones, escribió por aquel entonces frente al Pilancón de los Burros alguien que debió venir eufórico del mayo francés. Lo que estaba claro es que la historia les tenía reservado a estos aristócratas descafeinados un sitio de privilegio en la planta de desguace sociológico, en el muladar de los excedentes excedentísimos. El OCCP, con su labor de zapa, sería a la vez Voltaire y Mendizábal, Bakunin y Jesucristo, Robin Hood y el capitán Trueno. Y, por supuesto, don Quijote de la Mancha y todos sus libros de caballería, aunque mi padre por estar al día se atiborraba con la lectura de manuales de contabilidad. Se comprometieron a leer cada día en grupo un fragmento del Quijote que alimentara la llama revolucionaria y el anhelo de desfacer entuertos. Se turnaban cada fin de semana para proponer al resto del comando un comentario de texto sobre párrafos concretos del libro de Cervantes. Pude saber que a mi padre le tocó dirigir la ponencia de la bacía de barbero que Alonso Quijano tomó por yelmo de Mambrino. No recuerdo que le comentara nada de esto al barbero que una vez al mes llegaba con sus utensilios a casa para pelarnos a todos los varones. Puro siempre estaba con la misma historia: no había un factor de resonancia más eficaz que el Calvo Sotelo. Puro, a diferencia de mi padre, gozaba y sufría con los éxitos y tropiezos del equipo. Era muy amigo de Ochomil, del tío de la Pipa y de Chone, ese futbolista fino y libertario que también creía en la desaparición de las clases sociales. Por lo menos, de algunas. Chone había participado tangencialmente en alguno de los conciliábulos de la Fuente Agria o en esas sesiones que el OCCP celebraba de forma espontánea cuando salían de misa y se distanciaban prudencialmente del grupo homogéneo que formaban sus respectivas esposas. Chone era de confianza. En esa época yo me ganaba unas pesetillas recogiendo con una parihuela las almohadillas que la gente tiraba a la alfombra del campo después de cada partido. El encargado de esta tarea era el padre de Fernando Muela, que también llevaba el bar del campo. No sé cómo, quizá evocando la amistad existente entre los hijos de ambos, pero mi padre un día se ofreció voluntario para echarle una mano a Muela en la venta de las almohadillas. Le quedaban un par de horas de sonrojo, pero la Causa era la Causa. Con sumo cuidado, en todas las almohadillas que él distribuía había colocado una octavilla con una serie de reivindicaciones del OCCP: socialización de los medios de producción, transporte gratis para los pensionistas, libros de texto gratis para las familias impecuness, anexión pacífica de Almodóvar del Campo y Argamasilla de Calatrava, bonos en Simago para las familias numerosas. La palabra gratis se repetía en varias ocasiones. Lo más llamativo era la proclamación del Obrerismo en la Residencia y en la Piscina de Ingenieros y la degradación de los Ingenieros a la condición de Obreros en potencia, es decir, usuarios de la Residencia y la Piscina de Obreros. A la burguesía, es decir, los Empleados, ni tocarla. No habían venido, decía mi padre parafraseando la bronca de Marx a Proudhome, a contemplar el mundo sino a transformarlo. Para que las almohadillas cumplieran su función propagandística, era necesario provocar un escándalo arbitral. Ahí entraba Chone, compañero de viaje del Faro Demencial de la Mancha. Chone era en el Calvo Sotelo el cerebro, el intelectual, el Empleado, la burguesía que recibía los balones de los defensas (los Obreros) y los enviaba a los delanteros (los Ingenieros). Era preciso encontrar un cómplice que lo hiciera por amistad con Chone, no necesariamente por conocimiento de las reglas de este juego furtivo. Habló con Portilla, pero se topó con un muro. Portilla había sido suplente de Gaínza en el Athletic de Bilbao. Cuando creía que lo iba a fichar el Real Madrid, recaló en el Betis y de este equipo llegó al Calvo Sotelo. Nunca superó la añoranza del tiempo en que fue pasante del gamo de Dublín y se convirtió en cervatillo del Ochomil. Se dejaba mecer en la sonoridad de un quinteto soñado: Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Portilla. Demasiado sentimental, pensó Chone. Marín era más práctico. Ahora trabaja de taxista en Sevilla, pero no me cuesta ningún trabajo imaginármelo luciendo el brazalete de capitán, liderando al equipo cada vez que salía por esa puerta corredera cuyo sonido metálico y hermético tengo grabado en la memoria de una forma tan nítida como el impacto de los tacos de los futbolistas en el parqué de ese pasillo de quita y pon. Aquello sí que era idolatría. Júpiter y Zeus eran una broma a su lado. A Marín no tuvo que darle muchas explicaciones. El capitán, esgrimiendo capitanía, embarcó en la historia a Posada, compañero de Portilla en la delantera y en los negocios. El domingo venía el San Andrés. Su jugador más conocido era Yanko Daucik, hijo del conocido entrenador. Independientemente de cuál fuera el resultado, Chone, Marín y Posada estudiaron la estrategia. Chone simularía una dura entrada de un contrario y haría el justo teatro para conmover al respetable. Marín, ya sin simulacros, respondería a esa patada ficticia con una patada real a un adversario merecedora de advertencia, sanción o rapapolvo arbitral. Ese sería el momento en que el gallego Posada, adelantándose muchos años a la película de Pedro Almodóvar, le contaría al colegiado todo sobre su madre. El árbitro no se quedaría de brazos cruzados. Con la poética de Chone, la narrativa de Marín y el ensayo de Posada sólo faltaba la intervención de ese actor coral que es el público. La sucesión de los hechos tenía la suficiente carga helenística de emotividad (dolores, culpas, castigos) como para sacar de su sopor dominical al llamado Tercer Estado por quienes estudiaron la Revolución Francesa. Tomarían la Bastilla a base de almohadillas. Al árbitro se le escaparía el partido de las manos, habría invasión del campo, desalojo policial y en ese momento florecerían sobre el césped de Empetrol las octavillas de esta novena revolucionaria emprendida por el Séptimo de Caballería. Jinetes de Rocinante y del pollino de Sancho. Las cosas sucedieron más o menos como lo habían previsto. Lo malo es que el noventa y nueve por ciento de los lectores de las octavillas fueron policías, si exceptuamos al masajista del San Andrés y una que leí yo mientras echaba la mercancía en la parihuela. A mí me sonaba a chino. Serían maoístas. Otra consecuencia inesperada es que al padre de Muela le retiraron la concesión de las almohadillas. Pero nadie sabía quién diablos estaba detrás del OCCP. A Marín le cayeron dos partidos y a Posada cuatro. Chone salió como pudo del apuro. Cosas que pasan.