Opinión

Artículo de Opinión de Manuel Valero

Camilo Sesto, algo de nosotros

Manuel Valero

10/09/2019

(Última actualización: 10/09/2019 20:29)

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Era la época de los inicios de los 70 cuando los jóvenes nos repartíamos entre las discotecas Positzen, Anabel, salón Goya, la cafetería Pop, el Life pub y los locales que se iban abriendo hasta la apertura de la sala de fiestas Impala, verdadero templo setentón, cima social de la música disco y centro neurálgico de la masa lúdica hasta bien entrado los 80. Los 80 fueron otra historia porque fue la época de la revolución socialdemócrata de la música que irrumpió con fuerza con los nuevos aires de libertad –y un poco libertarios-y alumbró grupos míticos de la música popular española. Pero los 80 fueron también el inicio de la decadencia de uno de los iconos más profundamente arraigados con la estética, la moda y los gustos de la década de los 70, cuando aún vivía Franco, la televisión era en blanco y negro y paradójicamente los concursos musicales tenían una pátina de honestidad bastante más gruesa que el gigantesco fiasco de la televisión actual, una mentira tan descomunal que vende como espontáneo lo que está guionizado, tasado, y pagado.

En aquella tele de imagen temblona fue la primera vez que ví y escuché a Camilo Sesto cantando la célebre nana de Brahms. En casa de mi tía que era quien tenía la televisión enseguida comentamos dos cosas: el parecido que tenía con Junior y la portentosa voz, tan llena de matices con aquel timbre espectacular. La segunda vez que escuché a Camilo Sesto fue en Radio Popular de Puertollano cantando el desgarrador Algo de mi. Recuerdo que por entonces yo trabajaba en la empresa de montajes Ibemo –la Ibérica- y como era domingo mientras disfrutaba de las horas dulces de la cama escuché aquel portento de voz que cantaba letras de amor no demasiado ortodoxas a lo que estábamos acostumbrados a escuchar. Eran letras que en ocasiones rozaban la pura poseía.

Mi voz se quiebra

cuando te llamo

Y tu nombre

se vuelve hiedra

que me abraza

y entre sus ramas

ella esconde mi tristeza

Hasta mi madre ocupada en las tareas de la casa me comentó lo bien que cantaba ese muchacho. Uno que tenía la suerte de tener amigos que estaban al día de las novedades internacionales de la música nunca ocultó que las canciones de Camilo Sesto, casi todas, eran especiales, personales, auténticas y verdaderos tratados sentimentales cantadas con una voz peculiar. Sí... Hasta que llegaron los años de Madrid y la segunda mitad de los 70 uno abrazó la canción protesta, la canción de autor, los grupos exiliados de Latinoamérica, y cantantes anglosajones con más concomitancia con los protestones nuestros como Cohen, Brassen y así.

Y sin embargo el otro día cuando me enteré de la muerte de Camilo me vino a la cabeza el Camilo guapo que cantaba mientras nosotros nos acercábamos a la chica de nuestros sueños adolescentes, al que amábamos en silencio y odiábamos a voz en cuello delante de la pandilla porque los cantantes guapos eran todos maricas.

Le ha pasado a Camilo lo mismo que a grupos como Abba que eran considerados por los gafapastas de mi época como grupos comerciales, horteras, de quita y pon al lado de Beach Boys, Rolling, Dylan, Crosby, Still, Nasch, Morrisson, Trafic, o de los patrios Agua Viva, Nuestro Pequeño Mundo, Aute, Guerrero, Pastor o Victor Manuel cuando se hizo comunista. Serrat siempre fue de otra dimensión porque casaba con el ideario progre de la época y con la clase media burguesa a lo Penélope, o Qué va a ser de ti. Serrat era más poeta de los cantautores cultos, incluso musicó a dos de los grandes como Machado y Hernández. Camilo era el más poeta de los baladistas del amor al uso y firmó canciones con letras que expresionismo puro, amores de muerte y tal, aunque en este caso corresponda su autoría a Lucía Bosé.

En el aire

muchos abanicos negros

me anunciaron tu llegada

Yo voy por las calles con tu nombre

cerrado en mi puño…

Pero pasaron los años y a la vez que un Camilo Sesto de piel natural dejaba paso al Camilo Sesto de piel de cartón, su música fue reposando mansamente en el olvido. Tal vez la canción Vivir así es morir de amor (nótese la contradicción existencial) sobrevoló como una baliza por las rutas de los karaokes. Tal vez porque esa canción es una extraña mezcla de tragedia, la del contrariado, y la alegría y el ritmo que se canta.

Camilo Sesto ha muerto y de alguna manera como el Jesús que interpretó, ha resucitado en el manojo de impresionantes melodías que compuso y que anidan en el corazón de generaciones. Al tiempo no se le gana. Solo hay dos salidas frente al eterno fluir de las horas: hacernos su aliado o no hacerle ni puto caso. Pero tratar de disimular sus estragos sobre nuestra piel y nuestro rostro, suele traer terribles consecuencias, como que se descoloque la mente como las cuerdas de un muñeco de guiñol.

Claro que antes que eso hubo un Camilo Sesto personal, divo, multitudinario, superventas, compositor, inolvidable, que es el que de verdad nos interesa, y al que recordamos como algo de nosotros porque algo de nosotros, de nuestro pasado sentimental ha muerto con él...

Manuel Valero