Puertollano

Un artículo publicado en el extra de las Fiestas de Septiembre 2019 de La Comarca de Puertollano

Un día de placer

Eduardo Egido Sánchez

09/09/2019

(Última actualización: 09/09/2019 19:52)

Imprimir

Cuando llegaban las fiestas del pueblo mi madre me preparaba el hatillo y allá que me mandaba con la abuela. No es que mi abuela viajara conmigo, ella ya estaba allí porque vivía en el pueblo. Y, previsora además de estratega, adoptaba las medidas oportunas para hacerme grata la estancia. Puede ser que me resistiese a ir. La cuestión es que cuando la viajera llegó a la plaza y apenas había puesto el pie en el suelo, apareció un hombre de rostro bondadoso que me preguntó si era el nieto de la Francisca. Pues yo soy José María, me dijo, el mismo a quien le pedías que te dejara subir al carro. Mira dónde lo tengo. Venga, sube, que te voy a llevar a casa de tu abuela. Me sentí importante de verdad y tuve la impresión de que todo el mundo me miraba.

Mi abuela vivía en un caserón del que recuerdo especialmente que reunía todos los ruidos imaginables. No eran ruidos cualquiera, no, eran ruidos ¡nocturnos! La primera noche era la peor, sonaban por todos lados y yo trataba de averiguar la procedencia: ese viene de la cámara, ese del jaraíz, ese de la bodega, y así sin poder pegar ojo. Imaginaba que los trastos del caserón se desperezaban uno tras otro. El único ruido que identificaba, sin posibilidad de error, era el ronquido de mi abuela. ¡Y luego dice que no duerme por la noche, pues hoy se está desquitando! Quizá fuese que aquellos ruidos inquietantes saludaban mi llegada, porque las noches siguientes se apaciguaban. Quizá fuera que terminaba acostumbrándome a ellos. Lo mejor era que por las mañanas solían despertarme el sol y las campanas de la iglesia. Ambos difundían un intenso sentimiento de alegría. Luz y repiques se adueñaban del cuarto. La noche había quedado atrás y el día llegaba cargado de promesas.

Lo de las promesas es un decir, lo cierto es que los días transcurrían un tanto anodinos. No tenía amigos en el pueblo y la única distracción consistía en visitar a mis tíos (que regentaban respectivamente una carpintería, una tienda de mercancías varias, un bar y un establecimiento de ultramarinos) por si caía alguna moneda, y acompañar a mi abuela a los actos religiosos de la Patrona, procesión incluida. Las primeras jornadas de septiembre mantenían el buen tiempo de verano y solía sentarme en la puerta de la calle a ver si las horas decidían pasar un poquito más deprisa.

En esta ocupación me encontraba la mañana en que un chico de mi edad llegó montado en bicicleta y se detuvo en la acera de enfrente. Se sentó en el bordillo y allí quedó, indeciso. Ambos cruzábamos miradas de reojo en espera de acontecimientos. Finalmente, se acercó para ofrecerme, como la cosa más natural del mundo, dar una vuelta en su bicicleta. Una bici no era la cosa más natural del mundo, era la cosa más deseada del mundo. Tener una bici en aquellos años estaba al alcance de pocos, y más una bici como aquella, de niño. Le dije que no montaba muy bien pero el chico respondió que no me preocupase, que iría tras de mí para impedir que cayese. Y así fue como me vi por la calle Mayor al manillar de una bici de niño nueva. Una bici de niño nueva movida por mi pedaleo, calle arriba, calle abajo. Y aquel chico desconocido corriendo tras de nosotros para impedir que perdiéramos el equilibrio.

Un buen rato más tarde le aseguré que era suficiente. No creo que acertara a darle las gracias, porque entonces los niños desconocíamos esas normas y si las conocíamos nos avergonzaba ponerlas en práctica. Pero yo notaba algo en mí que no acertaba a descifrar ante el comportamiento del chico. Supuse que se marcharía como había llegado, de improviso. Sin embargo, me propuso a continuación, como la cosa más natural del mundo, acompañarlo a su casa para bañarme en la piscina. Lo miré con incredulidad pero enseguida caí en la cuenta de que si tenía bici y la prestaba, bien podía tener piscina y ofrecerla. No obstante, le pregunté si sus padres lo permitirían y me tranquilizó afirmando que sus padres lo animaban a buscar amigos. La casa estaba en las afueras y me recordaba las que había visto en alguna película.

La piscina estaba rodeada de hierba bien cortada y con hamacas diseminadas acá y allá. A diferencia de las albercas, disponía de dos escalerillas y no se apreciaba verdín en el fondo del agua. Mi experiencia en lo que a chapuzones se refería se limitaba a esporádicos baños en albercas y a un par de excursiones a la estación de Brazatortas-Alcudia para chapotear en aguas del río Tablillas. Por lo tanto, acceder a una piscina era un objeto de deseo en sintonía con el de la bici. Los padres del chico me saludaron como si esperasen mi llegada, como si me conocieran de otras ocasiones. Ello hizo que se atenuara mi resquemor de intruso. Paulatinamente me dejé contagiar por el entusiasmo del chico y poco después ya saltaba desde el borde de la piscina haciendo la “bomba” como él denominaba aquel salto que consistía en salpicar toda el agua posible. Mientras tanto, ya nos habíamos presentado y nos llamábamos a gritos por nuestros nombres. Creo imposible que se me olvide el suyo, Joaquín. Sentir el frescor de aquel agua limpia, que permitía ver el cuerpo sumergido y los minúsculos baldosines azules del fondo resultaba una experiencia novedosa y gratificante. Su madre nos ofreció sendas toallas, de un tamaño desconocido para mí. Las colocamos sobre las hamacas y nos tumbamos al sol. Mi ya amigo aseguraba que así ligaríamos bronce.

Ya en casa de mi abuela, comí con apetito voraz y no fue necesario que ella me obligara a echarme la siesta. Caí rendido a causa de la intensa jornada porque pedalear y agitar brazos y piernas en el agua me resultaban ejercicios desacostumbrados. Fue preciso que mi abuela me despertara, informándome de que el sol ya estaba bajo, expresión habitual suya para anunciar el atardecer. Me ofreció la consabida merienda de dos onzas de chocolate con pan. Dando cuenta de ella me encontraba cuando llamaron a la puerta. Fue un ligero toque de llamador, como si temieran importunar. Era Quinín, repeinado y vestido de modo que me pareció elegante. Sus padres y él irían esa noche al cine y me invitaban a acompañarlos. Pensé de inmediato en las tres pesetas que costaba la entrada y calculé que mis modestos ahorros de las dádivas de mis tíos no alcanzaban esa cantidad. Le preguntaré a mi abuela, acerté a mascullar. Por el dinero no te preocupes, dijo atajando mi vacilación, te invitan mis padres.

El cine de verano era un corralón con las paredes cubiertas de pericones que perfumaban el ambiente. La palabra cine, en los primeros años de mi infancia, alcanzaba similar magnitud en mi escala de deseos que bici y piscina, un podio indiscutido e insuperable. La película que vimos narraba las peripecias de caballistas mexicanos que además de rivalizar con canciones y cabalgadas lo hacían también con pistolones que cargaban al cinto, y que cada dos por tres entonaban una ranchera o vaciaban el cargador en algún desalmado que amedrentaba a los chamacos pobres. Recuerdo que el protagonista cantaba a su pretendiente, llamada Eufemia y que la madre de mi amigo sonreía y movía los labios cada vez que él repetía el estribillo. Aquella escena trivial se grabó en mi memoria, quizá porque la madre de Quinín me pareció muy guapa y reía siempre. Cuánto me hubiera gustado ser aquel actor de sombrero descomunal para poder agasajarla con aquel estribillo: “Eufeeeemiaaa”.

Supongo que tampoco les daría las gracias cuando nos despedimos. Me acosté procurando no despertar a mi abuela, que roncaba plácidamente. Cerré los ojos y el torbellino de imágenes de la jornada me desveló. Era como otra película, más larga que la que acababa de ver y más conmovedora. Veía a un sonriente Quinín que me ofrecía su bici, su piscina y su sesión de cine porque sí, sin pedir nada a cambio. Sentí que las lágrimas resbalaban por mi cara.

Eduardo Egido Sánchez