Puertollano

Un artículo publicado en el extra de las Fiestas de Septiembre 2019 de La Comarca de Puertollano

Un culto maldito: Santa Ana, antigua patrona de Puertollano, su ermita y el castillo

Santa Ana fue la patrona del Puertollano medieval. Su ermita estaba en la falda del cerro de santa Ana, de quien toma el nombre, y flanqueaba el paso natural al valle del Ojailén, camino de Alcudia

Miguel F. Gómez/ José D. Delgado

08/09/2019

(Última actualización: 09/09/2019 08:54)

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Dos de los más refutados historiadores de Puertollano, Miguel Fernando Gómez Vozmediano y José Domingo Delgado Bedmar, han escrito en nuestro periódico el resultado de sus investigaciones sobre Santa Ana, su ermita en Puertollano, el castillo que habría en sus inmediaciones y la imagen de la santa desaparecida que durante siglos tuvo la devoción de los puertollanenses.

A este respecto, Gómez Vozmediano escribía lo siguiente en La Comarca:

“El culto a Santa Ana en Puertollano tiene una tradición medieval porque ya en el siglo XIII, Alfonso X el Sabio promovió su culto en la Corona de Castilla y, no olvidemos, que las primeras noticias documentales de Puerto Plano datan de esas fechas. Por su parte, el Papa Sixto IV introdujo su fiesta en el calendario romano (1480) y Alejandro VI concedió indulgencias a quien rezase ante la imagen de la santa (1494).

Santa Ana fue por tanto la patrona del Puertollano medieval. Su ermita estaba en la falda del cerro de santa Ana, de quien toma el nombre, y flanqueaba el paso natural al valle del Ojailén, camino de Alcudia. Sin embargo, a fines del siglo XV, con motivo del enésimo rebrote de peste negra que azota nuestra comarca, los antiguos puertollaneros votaron a mano alzada en cabildo abierto celebrar también la fiesta de Nuestra Señora de Gracia, para reclamar su protección ante la epidemia. Este nuevo culto fue en auge, hasta que la llegada masiva de reliquias de manos de un capellán de Felipe II a su ermita terminó por consolidar una devoción en alza.

A inicios del siglo XVI, parece que la codicia de un santero que vendía el aceite milagroso que brotaba del famoso enebro, a cuya sombra estaba la ermita, mató la gallina de los huevos de oro. El vecindario estalló en cólera por los tejemanejes del ambicioso ermitaño y destrozó el enebro, cuyas astillas se veneraron en las casas de los puertollaneros como si de reliquias auténticas (como si hubiese alguna) se tratase.

De todos modos, hacía 1520, cuando los freiles calatravos recalan por nuestra localidad ordenan a las autoridades que se hiciese una chimenea al final de la nave de la ermita de santa Ana, para evitar que se incendiase el templo, así como que se recompusiesen los poyos con cal y arena para que se sentasen los devotos, que adecentasen la capilla de más devoción del pueblo y se pintase en su altar un retablo con la historia de la madre de la Virgen, obligándoles también a renovar la vetusta estatua de la patrona que presidía dicha capilla y era la titular de este templo rural.

Durante el siglo XVI el culto a santa Ana, y su cofradía, comienzan nítidamente a menguar a favor de la Virgen de Gracia. No obstante, todavía se celebraba culto en su santuario con motivo de las fiestas más sonadas: San Ildefonso (patrón de toda la archidiócesis de Toledo, hoy conmemorado con el popular Día del Chorizo), el Domingo de Ramos (inicio de la Semana Santa), el Domingo de Cuasimodo (primer domingo después de Pascua de Resurrección), el día de Santiago el Mayor conocido aquí con el sobrenombre de Matamoros (patrón de España, 25 de julio), la onomástica de santa Ana (26 de julio) y el día de Santa Lucía (13 de diciembre, patrona de los oficios textiles, a cuya profesión se dedicaba la mayor parte de los puertollaneros de la época).

Es curioso comprobar como, al celebrarse santa Ana a fines de julio, las cosechas de cereales ya se habían recogido y los devotos eran particularmente generosos con esta devoción vinculada a la fertilidad agrícola, prodigándose las limosnas y mandas piadosas, que revertían a su santuario y, sobre todo, de sus administradores. Tradicionalmente, la familia puertollanera de los Recuero se encargaba del ornato y adecentamiento de la ermita y sus imágenes. Sin embargo, entre los siglos XVIII al XIX, el ayuntamiento tomó el relevo y asumió el poder para nombrar un mayordomo (tesorero) que gestionase sus donativos y arrendase las tierras y viñedos que pertenecían a la santa, cuyo dinero se invertía teóricamente en reparos del edificio, compra de objetos litúrgicos y adquisición de aceite para alimentar las lámparas que lucían de día y de noche en el santuario, etc.

Pues bien, el Concilio de Trento (1545-1563), el más importante de la Iglesia Católica durante la modernidad, puso en entredicho el culto a santa Ana y, sobre todo, desautorizó a quienes sostenían su triple matrimonio y su raudal de hijos ilustres, prohibiendo las imágenes de dudosa ortodoxia que representaban a una madrona (santa Ana) que tenía en sus rodillas a la Virgen María, quien a su vez llevaba al Niño Jesús en sus brazos. Finalmente, suprimidas las referencias no contenidas en la Biblia, en 1584 su fiesta quedó fijada para toda la Cristiandad.

Ya era demasiado tarde. En Puertollano, su culto ya estaba en declive, de modo que, a fines del siglo XVI o inicios de la siguiente centuria, la Virgen de Gracia ya había desbancado a la antigua patrona. No obstante, mediado el siglo XVIII, todavía se mantiene una devoción residual a santa Ana en la ermita de su cerro. Por esas fechas, el concejo pagaba una limosna al párroco de la Asunción por la misa cantada que oficiaba en dicho santuario, y su asistencia al oficio de vísperas y procesión, portando las imágenes de santa Ana y san Joaquín a su ermita para luego devolverlas a la parroquia; también se tiraba pólvora en la fiesta de la antigua patrona; además, los ediles contribuían costeando el desayuno del sacerdote y los fieles que acudían en procesión y se sufragaba una libra de cera que se empleaba en velas para alumbrar la ermita el día de la santa.

Durante el siglo XIX esta ermita, hacía tiempo semiabandonada, sin culto y sin sus imágenes titulares, se dejó hundir, de modo que hoy apenas queda otro recuerdo que su nombre fosilizado en el cerro, del cual ya no mana aceite santo de enebro sino el agua agria que simboliza nuestra ciudad” concluye Gómez Vozmediano.

La ermita, la imagen desaparecida y el castillo

Por otra parte, el historiador José Domingo Delgado Bedmar publicaba un interesante artículo donde desvelaba las principales características de esta ermita basándose en la “visita” que los comisionados por la Orden de Calatrava giraron a Puertollano el 31 de diciembre de 1719 y en cuyo informe recoge datos a nuestro modo de ver interesantísimos: “la puerta principal (...) está al mediodía y es de arco de ladrillo (...) y enfrente de dicha puerta ay otra que mira a la umbría (...). La dicha ermita se compone de tres naves, que la primera tiene quatro arcos y se entra en la segunda en do esta una capilla enbovedada y en ella un retablo pequeño de quatro colunas doradas y en el medio del la gloriosa Santa Maria con un niño en los brazos (...) y a los lados San Joachin y Santa Ana, y en el altar San Ilefonso y Nuestra Señora de la Paz (...), y al lado de el hevanxelio se alla en la segunda nave un arco enbutido en la pared y en el un quadro de San Lazaro con su altar (...) y en la primera nave que esta como se entra y al lado de la hepístola se allo otro altar y en él el entierro de Christo con las tres Marias, pequeño; una imaxen de Nuestra Señora de la Encarnazion de bulto (...) y en dicha nave de en medio, enfrente de el altar de Nuestra Señora se alla un Cristo pintado en la parez con un belo delante y diferentes quadros pequeños para adornar dicha capilla mayor”. Además de todo esto, prosigue Delgado Bedmar, la ermita tenía una casa para el santero, estando el conjunto cercado con un murete “de piedra y barro”, mientras que en las cercanías se podía encontrar un “huerto zercado de canto seco y noria, y tiene diferentes pinos y olivos”.

Pero en este artículo de Delgado Bedmar se dan muchas más “pistas” sobre la ermita, el humilladero y el castillo que podría haber existido en sus inmediaciones y la desparecida imagen de santa Ana, por lo que a continuación les ofrecemos textualmente esta interesante información:

“También se decía en las Relaciones que junto a la ermita había un humilladero construido sobre la cueva en la que había aparecido la imagen de la santa, algo que se inscribe claramente en la tradición de muchas ermitas de origen bajomedieval, que se edificaron a partir del presunto descubrimiento de una antigua imagen enterrada, como ocurrió, por poner un ejemplo, con la primitiva escultura de la Virgen de los Baños, patrona de Fuencaliente. En otras ocasiones, y como es bien sabido, será determinante para la construcción de una iglesia o ermita la aparición milagrosa de la Virgen o de un santo, que en la gran mayoría de los casos se muestran a pastores, labradores o niños, como ocurrió con la Virgen del Prado en Ciudad Real, la de la Carrasca en Villahermosa o la de la Cabeza en las cercanías de Andújar; pudiendo encontrarse otros ejemplos de este tipo en fechas mucho más cercanas a nosotros en otras ocasiones que obtuvieron una enorme repercusión a nivel internacional, como en los conocidos casos de Lourdes o Fátima. Sea como fuere, hay que lamentar el hecho de que no haya llegado hasta nosotros esta antigua imagen de Santa Ana de su ermita de Puertollano, porque esto nos ha impedido saber a qué siglo correspondería o en qué estilo estaría realizada.

Por último, volvemos a insistir en un dato en el que creemos que no se ha investigado (o al menos publicado) lo suficiente hasta el momento: se nos dice que también en las inmediaciones de la ermita de Santa Ana había “edificios antiguos” que indicaban la existencia de un antiguo castillo. No deberíamos olvidar que, un siglo después, en las postrimerías del siglo XVII, el doctor Don Alfonso Limón Montero, en su conocido libro sobre las aguas medicinales de España, aseguraba la presencia –ojo al dato- no de uno, sino de dos castillos, pues decía que Puertollano : “ha sido lugar fuerte por tener ruynas de dos castillos, y uno dentro del mismo Pueblo y otro bien cercano a el, en una de las sierras que forman el puerto a la parte de Oriente”.

Y aquí debemos enlazar ya con lo que se responde a las “Relaciones de Lorenzana”, porque en la pregunta quinta de su interrogatorio se pedía lo siguiente a los que contestaban: “Expresarán los nombres de las Sierras: dónde empiezan á subir, dónde á baxar, con un juicio razonable del tiempo para pasarlas, ó de su magnitud; declarando los nombres de sus Puertos, y en dónde se ligan, y pierden, ó conservan sus nombres estas cordilleras con otras”.

La contestación, sin embargo, será aprovechada para introducir otro tipo de datos bien diferentes: “El puerto de la situacion de esta villa hace collado a dichas dos sierras y mirando de norte a mediodia tiene en su elevación a la vista una hermita de señor San Sebastián, y a la mano siniestra en lo alto, que es mucho mas elevado, se halla otra hermita de señora santa Ana, muy capaz y de tres naves, de que hay tradición que esta imagen se aparecio en el castillo que se manifiesta inmediato a la hermita, como de 15 pasos de distancia, en que se halla un nicho en piedra viva y que tiene su puerta para que no puedan entrar ganados (...)”.

Así pues, queda claro que a finales del siglo XVIII subsistían aún unos ostensibles restos de ese castillo medieval que había junto a la ermita. Quizá estos restos se eliminaron por razones de estrategia militar cuando se construyó la torre de telegrafía óptica (la mal llamada “Chimenea Cuadrá”) a mediados del XIX, al socaire de los enfrentamientos que tuvieron lugar en nuestra zona durante las guerras carlistas. Cabe la posibilidad, incluso, de que piedras de este castillo y hasta de la propia ermita hubieran sido parcialmente utilizadas para levantar la citada torre de señales, aunque no dispongamos de ninguna evidencia que así lo corrobore; pero sí que sabemos las fechas concretas en las que ocurrió esto, porque tenemos datos de archivo muy precisos: sabemos por documentos municipales que la ermita existía aún a finales de 1839, pero el 30 de marzo de 1850 ya no, puesto que en esa fecha el Ayuntamiento accede a que se construya la mencionada torre telegráfica de la línea de Andalucía a Madrid “sobre el lugar que ocupaba la ermita de Señora Santa Ana”.

Y lógicamente desaparecieron con la ermita las celebraciones que en ella se llevaban a cabo y, más en concreto, una procesión que se hacía el 26 de julio que, eso sí, no tenía una gran antigüedad, pues si en el siglo XVI las Relaciones de Felipe II indicaban que el día de Santa Ana era festivo, pero nada decía de que se hiciera procesión alguna; en el Catastro de Ensenada se señala que en ese día se hacía una procesión en la que las imágenes de San Joaquín y Santa Ana (padres de la Virgen) se llevaban a la iglesia parroquial de la Asunción a “visitar” a su hija y luego se volvían a llevar a su ermita" concluye Delgado Bedmar.