Puertollano

Artículo publicado en el Extra de las Fiestas Patronales de Septiembre 2019 de La Comarca de Puertollano

De Ferias por Puertollano

Mayte G. Mozos

07/09/2019

(Última actualización: 07/09/2019 23:20)

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Otra feria más que conocemos su fecha. Sin saber cuál será la última; pero que intentamos recordar la primera. Son vulgares, sí, aunque seductoras. La locura de la mezcla de las sirenas, músicas estridentes y altavoces; el olor a churros revuelto con el de los pinchitos morunos y del algodón dulce; el tacto frío de las barras al apoyarte alrededor de los coches de choque; el girar de las luces multicolores, junto con una carcajada que te llega como un relincho; el escozor de la escoba, que como un latigazo nos atiza la esperpéntica bruja, al bajarse del Trenecillo de la muerte; y el amargor en el paladar de algo nostálgico que no sabes qué es.

Yo pertenezco a esa rareza de feria: “La niña con mujer dentro que todo lo recuerda”. En las horas frías de las madrugadas cuando los circos empiezan a montar, me escapaba de mi cama para ver desde la terraza de casa ese bullicio organizado de enanos, acróbatas desprovistos de trapecio, mujeres gordas con sus barbas, payasos de caras lavadas… Y que todo termina, irremediablemente, con el sonido de un acordeón. Mientras la gente que deja pasar la vida dormía, yo soñaba con acompañar al circo cuando desmontaran. Momento en el que ya no queda nada más que una gran circunferencia de tierra aplastada, antes de que el sol la caliente y huela mal.

Nosotros, nuestra pandilla de jóvenes, nos evadíamos del materialismo en las ferias subiéndonos a la chimenea cuadrá, a ver los atardeceres. En aquella generación ya había calado la Revolución Industrial, la Era Espacial y algunos intuíamos la Era Electrónica, no tan lejana. Desde allí arriba el aire estival parecía escaparse entre los mechones de nuestras melenas; alejándose sobre los tejados de las casas ya en reposo, para acompañar el humo de las chimeneas. Las primeras luces encendidas se colaban anaranjadas por algunas ventanas. Y vislumbrábamos Puertollano hermoso y nostálgico, como la vida misma. Si a esa hora nunca han visto la feria desde allí y tienen la suerte de que un vientecillo les acerque la algarabía, comprenderán lo que es estar por encima de materialismos.

Todo esto lo practicábamos antes de que llegase la Feria de la Muerte a nuestra vida, inundándola de torrenciales penas. Y nos arrebatase a los que nos acompañaron; paisanos tan queridos como el joven Paco Zúñiga, el guitarra, no menos joven Pons. A Tito Modesto Hurraca Gil, que no cumplió los treinta. Y a más maduros como El Lagunilla, y a nuestro Pablo Céspedes Prado, que recientemente bajó su telón definitivo, que hizo de la libertad su bandera y que tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un puertollanense que pueda vivir tan a su aire. Siempre fue el primero en entrar en el corazón de los colegas y era de puro oro su verde mirada.

Así, la mala Feria sin fecha, cuando llega te agarra con sus fauces, te revuelca y reboza en el peor de los fangos. Luego te abandona como a un zombi, en medio del paisaje desolador de esta tierra nuestra, de lentos atardeceres y extensos horizontes. Y ahí te quedas, sola, sin parte de ti; sin tu ser amado: lidiando con el dolor y el desconcierto.

Cuando se ponía la feria en El Paseo, en la parte de arriba aparcaban las caravanas de los feriantes. Y allí seres de vidas novelescas y mujeres ilustradas que predecían el futuro, reposaban brevemente. A mí me gustaba escudriñar entre los visillos, pasar entremedias de sus cachivaches y así, con el peso de una siesta, escuché por primera vez hacerlo. Me sentí sobrecogida por lo que de animal tiene el acto. Y en otra ocasión, mientras una vieja sentada

daba vueltas a un guiso, junto al carromato, me contó su filosofía de vida y escuchó la mía imaginada. No sé porqué soportó mi fantasía. Tal vez porque en algún lugar tuviese una nieta, o ninguna y quisiera tenerla.

Acto seguido me fui a casa, pese al asombro de mis padres por el temprano regreso, entré en mi habitación y tras cerrarla, y por primera vez, me puse a escribir.

Mayte G. Mozos