Puertollano

Es un artículo de Faustino Miragalla Muñoz

Retazos de algunos personajes de Puertollano

Faustino Miragalla Muñoz ha publicado en su perfil de Facebook una entrada en la que recoge algunos de los “personajes” de la historia de Puertollano. Como él mismo asegura “no está demasiado cohesionado”, sino más bien es una recopilación que ha realizado “según me ha ido llegando”, contando con la colaboración de “amigos y compañeros”

Faustino Miragalla Muñoz

18/05/2019

(Última actualización: 18/05/2019 20:09)

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No está demasiado cohesionado este resumen de personajes, ya que he ido poniendo los comentarios de amigos y compañeros según me han ido llegando, a través de WhatsApp y Facebook. Yo he conocido a algunos de ellos, pero no a la mayoría, aunque de casi todos había oído hablar.

Todos son personajes de otro tiempo.

Josito, Juanito Chola, La Gamba, Julián el Sopla: Josito fue el organizador de la verbena de San Antonio y pieza importante de los carnavales. La Gamba, fue celador en el ambulatorio y amigo de Josito. Julián el Sopla, fue sacristán en la Asunción y cantaba en el coro y los críos de mi época Le llamábamos Sopla para incordiarle. Juanito Chola, vivía encima del puente y los chicos le llamábamos de esa forma y echábamos a correr, porque el enfado que pillaba era de aúpa.

Darío (concejal de festejos). Eran muy comentadas las medidas draconianas que imponía a los feriantes. Y había un dicho popular: "Puertollano tiene cosas que no las tiene Tokio su famosa feria que la organiza Darío”. El año que inauguraron Simago y las primeras Navidades con el establecimiento ya funcionando, finales de los 60, se decía: “entre Simago y Darío las Pascuas nos han jodío”.

José que tenía un kiosco y luego un local de chucherías en la calle Goya esquina Gran Capitán. En verano desplazaba un poco su carrito hasta la entrada del cine Goya de verano, y su mujer aprovechaba para vender berenjenas de Almagro. "Vamos, vamos que se va el tío" era la frase que usaba para apremiarnos a comprar. Con el tiempo adquirió un local en la calle Goya dónde continuó el negocio hasta que lo traspasó. Vivían en esa misma calle, más arriba y en la acera de enfrente.

Dos mozos de estación: Roque, sordo como una tapia y “El Chato” algo borrachín, se llevaban como el perro y el gato, quizás por lo de la competencia, su trabajo y en consonancia con la época, era el transportar los equipajes a la llegada de los viajeros, con una carretilla sujeta a una correa que se pasaban por el hombro. Daba fatiga ver a ambos acarreando los bultos al lugar del pueblo indicado, como si fueran un taxi. Parecían imágenes del Pleistoceno. Hay un dicho popular que aún perdura que dice “te queda como la chaqueta el chato” refiriéndose al mismo y lo bien que le quedaba; parecía habérsela hecho a medida, ni faltaba chaqueta ni sobraba chato, eso sí, tenía mierda en cantidad.

Paulino: el de las novelas, cambiaba las novelas leídas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía por otras sin leer. El quiosco aún perdura, ahora vende chucherías y está rodeado de algunos gatos. Antiguamente el puesto era una especie de carro con toldo, por la mañana lo traía empujando desde su casa y por la tarde-noche lo volvía a llevar a su casa, vivía en la calle Nueva. En sus inicios el quiosco estaba situado algo más arriba, a la altura de donde empieza el Chiringuito de Juan (antiguo Habana Club), en realidad frente a la puerta de entrada de la biblioteca que había en la Concha de la Música. También cambiaba revistas (aventuras) del Capitán Trueno, el Jabato y el Guerrero del Antifaz y vendía Winston americano. Actualmente lo regentan una hija y una nieta.

Pedro. “El Ocho mil” y “Cuchara”. Eran dos fanáticos del equipo de futbol.

Benigno: el de las cortinas con sus gafas de gran aumento observador de las Cabañuelas.

Los policías “Pelos” “Zorrilla” y “Malhuele”.

El gordo Basilisco vivía en la calle Talavera Alta. En la feria cuando había toros, él que tenía unas mulas, las engalanaba y eran las que arrastraban a los toros, era muy gordo y siempre llevaba una chambra, se dedicaba a la labor.

Leoncio el bollero que vendía en el seguro de la calle primero de mayo. Con su cesta de mimbre, vendiendo bollería.

El quiosco del final del trenillo junto a la ermita de la Virgen de Gracia era de Valentín que vivía en las 630, luego lo puso en el otro lado de la carretera de Argamasilla, tenía una “pata de palo”; fue el presidente del primer equipo de futbol de las 630, para Navidad vendía en su puesto recibos de lotería.

Salva con el Gamba te reías con él era la ostia me acuerdo una noche en un bar que había en la carretera de Brazatortas que luego hicieron un bar de luces de colores lo que nos pudimos reír era muy gracioso.

Salva como le decían al que hacía rifas en el campo del Calvo Sotelo que tenía un defecto en la vista era muy buena gente hice un viaje iba yo para Tarragona y el para Barcelona y creo que vendía tomates en la piscina de la Alameda.

Si era el vacila.

La Gamba tenía su punto, se juntaban Josito, él y Julián que estaban de camarero en la cafetería Ceci.

Ah si señor Salva esa noche estaba con Julián el camarero de Ceci y no veas como te reías con ellos te acuerdas de cómo se llamaba el bar ese.

Septiembre de 2018

Faustino Miragalla Muñoz