Puertollano

Artículo publicado en el Extra de Feria de Mayo de La Comarca de Puertollano

Los históricos inicios en Puertollano de la Feria de Mayo

La primera feria se celebró en el año 1895 cuando la ciudad era una villa con una población nueve veces menor a pesar de que su cuenca minera ya se explotaba

Luis Fernando Ramírez Madrid

02/05/2019

(Última actualización: 02/05/2019 23:14)

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Recordemos la historia de los orígenes de nuestra Feria de Mayo, cuando la ciudad era una villa con una población nueve veces menor a pesar de que su cuenca minera ya se explotaba. Para entonces, y merced a los trabajos mineros, Puertollano había dejado de ser un conglomerado con humildes pastores y modestos propietarios agrícolas para los que no había más horizonte que el comprendido entre las altas cordilleras que limitaban su término jurisdiccional.

Y si profundizamos en ese recuerdo, sale a relucir que la celebración de la Feria de Puertollano era un viejo proyecto que el ilustrado terrateniente Sr. Gómez Jiménez venía proponiendo sistemáticamente a las distintas Corporaciones desde el año 1883 y del que cuatro alcaldes consideraron que su proyecto era “muy costoso” para las arcas municipales y por lo tanto “difícil de realizar”.

Pero hubo que esperar a 1895 para que este viejo republicano viese recompensado su tesón al ponerse en marcha una empresa por la que llevaba once años luchando cuando el Alcalde constitucional de Puertollano en esos años, Fulgencio Arias, menos temeroso que sus predecesores en el cargo, dio el visto bueno y la vieja idea comenzó a gestarse con la colaboración del círculo “El Recreo”, sin cuyo concurso creemos sinceramente que no se podría haber llevado a cabo. De hecho, la primera feria la organizaron conjuntamente dicha sociedad y la Corporación Municipal y así se dice en el preámbulo del programa de ferias.

Una feria que se comenzó a celebrar en el mes de mayo para disfrutar de las ventajas de conseguir una buena feria con menos esfuerzos (de contratación y económicos) y que se convirtió en uno de los acontecimientos más importantes de Puertollano a finales del siglo pasado, sin duda, por el hecho de compaginar los inicios industriales tras el descubrimiento y puesta en explotación de su cuenca minera, con su secular actividad agrícola y ganadera.

Después de aprobado el programa de festejos, se anunciaba convenientemente en los pueblos más importantes de nuestra provincia mediante carteles que anunciaban las actividades que tendrían lugar en el Real de la Feria. Anteriormente se llevaba a cabo en la prensa (de la provincia y algunos de la capital) una gran labor de difusión con la finalidad de que vinieran los vendedores a la Feria.

Más tarde había que preparar las ferias. Para ello, un edicto del alcalde invitaba a los vecinos a que contribuyeran a dar una imagen limpia y bonita de Puertollano, a los que se encarecía que encalasen las fachadas y adornaran con macetas y flores los balcones y ventanas.

Quedaba construir, montar y decorar las casetas y atracciones, colgar luces en los paseos, acarrear tierras y arena para arreglar el piso de los Paseos y la Cuerda y adornar con madrona y flores el recinto ferial. Y para ello, se ponían a trabajar los carpinteros, albañiles, pintores, carreteros y jardineros, un grupo de trabajadores, cuyo esfuerzo siempre ha permanecido callado.

Concluidos estos trabajos, todo estaba a punto para el comienzo de la feria. Comenzada la tarde de uno de los primeros días de mayo con un repique general de campanas que anunciaba a todo el pueblo que las fiestas comenzaban, saliendo hacia el Real de la Feria, desde el Ayuntamiento, la Corporación Municipal con los invitados y fuerzas vivas de la localidad, precedidas de la Banda de Música. El trayecto era corto (Aduana, Caño, Mestre y Marzal y General Narváez) pues acababa en los pabellones de Feria, donde el alcalde, en representación del pueblo, declaraba inaugurada y abierta la Feria.

La inauguración

El programa de festejos quedó de la siguiente manera: el día 2 de mayo tenía lugar a las tres de la tarde repique general de campanas y cohetes voladores. Desde el Ayuntamiento las Autoridades Locales precedidas de la Banda Municipal de Música recorrieron las calles Aduana, Caño, Mestre y Marzal y General Narváez y se dirigieron a los pabellones de la Feria en el paseo, donde el Alcalde declaró inaugurada la Feria.

Ya en el pabellón municipal se obsequió a invitados y representantes de la prensa con un “lunch” (refresco, bebidas, dulces y habanos). Tras el agasajo el Concierto musical, los fuegos pirotécnicos y una función en el teatro. Al romper el alba del día siguiente dieron comienzo los actos, cuando la Banda Municipal recorría las calles de la población con el alegre toque de Diana. A mediodía tenían lugar los juegos populares en la glorieta de la Fuente Agria y finalmente al caer la noche se ofrecía otra función teatral. Los restantes días continuaron los mismos festejos, incluyendo bailes de sociedad para distracción de los feriantes. El programa fechado el día 4 de abril, aparecía firmado por el Alcalde, el Señor Arias y el Secretario del Ayuntamiento, el Señor Pérez. El colorido y la algazara, jubilosa hacían su aparición y durante unos días la ciudad vive su contento, exprime el jugo de su sana alegría olvidando las preocupaciones y el constante laboreo. Mientras el pueblo vivía la Fiesta, los invitados y los periodistas eran agasajados en el Salón del Ayuntamiento, a quienes se les ofrece el típico refresco de naranja, bebidas, dulces y habanos.

En el Real de la Feria, como en aquellos años el componente mercantil predominaba sobre el festivo, había muchísimas casetas y puestos al aire que conformaban un auténtico mercado, donde se podía adquirir zapatos, dulces, velones, cristales, quincalla, loza, zurrones, curtidos, cestas, navajas, gorras, garbanzos... y un largo etcétera., es decir los consumidores de la localidad tenían la oportunidad de conseguir en estas casetas aquellos productos que durante el año no podían encontrar en el mercado local.

Que la Feria tenía importancia lo pone de manifiesto el interés que la Compañía de Ferrocarriles de Madrid-Zaragoza-Alicante demostró para fletar trenes especiales con destino a Puertollano.

En esos días, el júbilo y el bullicio hacían su aparición y durante unos días en la ciudad reina la alegría cuando llegan las Ferias. El vecindario se viste con sus mejores galas para acudir a la cita que tiene con ella. Allí, el recinto ferial y los paseos son un continuo ir y venir de los ciudadanos que hacen difícil la contemplación de sus atracciones, la ocupación de sus tenderetes y otros lugares de distracción. Volviendo la vista varias décadas, el día de la inauguración, mientras el pueblo vivía la fiesta, los invitados y los periodistas eran agasajados en el salón del Ayuntamiento, a quienes se les ofrecía el típico refresco de naranja, otras bebidas, dulces y habanos.

La feria era y es todo un laberinto: el trenillo que entra y sale en su túnel; las norias volteando a sus pasajeros, dibujando una circunferencia en el espacio; los caballitos montados por la chavalería de la ciudad, mientras otros esperan anhelantes para dar su viaje; los altavoces, a todo volumen, que atronan el espacio con sus músicas, que surcan el aire animando a cuantos escuchan, en una noble rivalidad entre unas y otras casetas; los carruseles; los coches- topes, en los que los jóvenes «sueñan» con conducir un coche de verdad por otros circuitos mientras se entretienen, intentando golpear con fuerza a la chica de turno para llamarle la atención.

También forman parte de esa maraña multicolor, las tiendas de turrones donde, sin pensar en ese kilo de más o en una posible caries, el que más y el que menos se para a pertrecharse de almendras «garrapiñadas», un poco de turrón y algunos, los que están muy agotados, adquieren varias porciones de coco, que irán comiendo despacito mientras dan ese primer vistazo al recinto ferial para ver las novedades y elegir, mentalmente, dónde gastarán todo lo que han ahorrado y que llevan consigo, celosamente guardado.

Todo este conjunto, del que la mayoría guarda buenos recuerdos, hace latir nuestros corazones: a los mayores, porque recuerdan aquellas ferias de su juventud, donde había menos luces, menos festejos y sobre todo, menos dinero, pero que para ellos resultan iguales que las de hoy para nosotros, porque ellos las vivieron como las vivimos ahora, con el impulso de la juventud en la que la alegría y el entusiasmo son los mismos; y a los menos mayores, porque pueden hacer realidad sus deseos, ya que no les deben faltar las ganas de divertirse y de vivir.

Durante muchos años la feria fue el mejor de los mercados, después la evolución favorable de la economía le quitaría ese matiz y aunque sigue celebrándose todos los años, ya sólo son fiestas.

Entonces, cuando comenzaba la feria de Puertollano nadie construía, pocos trabajaban. Se aquietaba el ruido de los raíles y las locomotoras permanecían inmóviles durante unos días. Sólo un pequeño tren cumplía su tarea, trayendo y llevando su carga de feriantes, mientras el silencio y la soledad reinaban en torno a las minas. El ferial concluía con la última corrida y la ciudad volvía a su quehacer diario.