Cultura

Artículo de Manuel Quiroga Clérigo

Con la prestada voz de un poeta nacido en Sevilla

Manuel Quiroga Clérigo

21/02/2019

(Última actualización: 21/02/2019 21:13)

Imprimir

“El 22 de Febrero de 1939 el poeta Antonio Machado, sospechosamente español y combatiente con las rudas armas de la palabra frente a la ignominia y los inútiles odios, falleció en la localidad francesa de Collioure. Sirva de homenaje el poema siguiente que incluye algunas de sus ideas y, entrecomillados, dos versos del poeta nacido en Sevilla”.

Esa larga Castilla interminable

interminable oscura,

Castilla de viajeros y de campos

de soledad también de amigos nuevos

de corazones que ni el trigo rompe

de adiós

de no

de alguien que espera.

Esa Castilla de iconos de árboles

de infancias con recuerdos ríos innumerables

sudor de años leyendas que recordar queremos.

Esa Castilla que aprisiona músculos

y que seduce a hombres llegados de otras tierras

hombres a los que un día

les nacerán los versos

para cantar al “coro de los grillos que cantan a la luna”

a esa luna hermética cerrada

a esa luna Castilla castellana.

Castilla de románticos, de liberales viejos,

de un hondo

corazón

perdido en los destierros,

de un solitario adiós en la hondonada.

Castilla así

la que naciendo ahora

envolverá de pronto a mil poetas,

mil corazones nuevos,

en el infausto adiós de la semilla

para cantar a quien, un día romántico,

se sintió liberal para cantar no más al hombre declinado

de las tierras de España que “incendia los pinares”

y busca democracias y avisperos:

al hombre no finito

que más tarde se inventa sepulturas

y banderas gritantes y perdidas.

Esa larga Castilla es la que siempre,

sin proclamarlo apenas, encierra mil noblezas

de hidalgos con fe en el universo

en el árido mundo

de todas las estrellas

pero sin pan, amén, para el camino,

sin harapos después para el invierno

sin compañía tal vez para una primavera.

Esa Castilla

sí,

llena de héroes, de soledad, sin fin,

también de malhechores de uniforme,

de rostros macilentos, de amarillos campos, de ruinas...

Castilla donde el sol nos quemará las torres

y nos descubrirá silencios.

Donde futuros largos se encontrarán dormidos.

donde la voz que grite se quedará apagada.

Castilla con sus noes

con sus distancias amplias

con sus versos vendidos a la historia

con el hombre luchando frente al surco

y, en las noches oscuras,

tal vez agonizando.

Castilla de fulgores ignorada,

cuna de nobles santos y de blasfemos dioses,

el lugar de donde se hace posible

de manera tan triste

la conquista del pan

esa gloria de encontrar la mañana

y otros horizontes.

La que un día un poeta de Iberia calcinada

Descubrió carcomida por la guerra,

por el odio triunfal

donde alguien famélico

levantó en sus ciudades la bandera

de un sonido que aún no se ha quebrado.

Castilla perturbada por los siglos

por murmullos y mieses

por senderos de trigo y de centeno.

Castilla que esperaba una mirada

de locos y de niños

de lutos perdonados.

Esa Castilla al fin que hoy está sola

con su futuro azul colgando en las campanas

desertizada y nómada

con su sueño de ayer secándose en los trenes

esos trenes de tierra y de rocío

con su otoño creciéndonos los campos

pero llena de sed

si esperar la lluvia:

esa larga Castilla interminable;

esa patria de todos y de nadie,

el corazón de un mundo a la deriva,

esa Castilla que, aún, espera una mirada.

Manuel Quiroga Clérigo

quirogaclerigom@gmail.com