Cultura

Poesía

Adolfo Burriel Borque: “¿Qué ha sido de la noche?”

“¿Qué hace un ramo de rosas bajo el sol?”, XVI Premio Nacional de Poesía “Ciega de Manzanares” 2017. (Huerga&Fierro, 2018).

Manuel Quiroga Clérigo

18/02/2019

(Última actualización: 18/02/2019 21:23)

Imprimir

Al mérito de ser galardonado en un premio de poesía, en este país tan dado a las marrullerías y las recomendaciones, Adolfo Burriel Borque (Aldealpozo, Soria, 1943) une su sentido de la lírica que merece, sobre todo, el premio de la lectura de sus versos que, ya por sí mismos, son un monumento a la claridad, al ritmo extenso y a la evocación. En este caso hablamos de “¿Qué hace un ramón de rosas bajo el sol?” que ha ganado el XVI Premio Nacional de Poesía “Ciego de Manzanares” 2017 concedido por el Excmo. Ayuntamiento de Manzanares (Ciudad Real).

Conviene recordar estas cuestiones cuando estamos ante una obra no extensa pero sí intensa en la que el poeta hace suyo el mundo de las preguntas permanentes y, al hablar de ello, nos conecta con su propia indagación personal, por ejemplo, cuando escribe: “Las cuevas están hechas/para el sueño de los murciélagos,/para las rejas hondas/del miedo,/para que anuncie el rey en su interior la luna nueva,/para las homilías/de los evangelistas de hojalata” y es que, el autor de “¿Qué hace un ramo de rosas bajo el sol?”, es dueño de una vez independiente, la que hace del amor y los sueños una realidad, la que observa el vuelo de las aves o lamenta que el sol pueda deteriorar ese ramo de rosas: “Dijo el profeta:/Rosas de piedra son los labios, el fuerte viento abrevia las palabras”. A veces es necesario, muy necesario, dejar hablar a los poetas, pedir que enmudezcan un poco los charlatanes y detenernos ante la voz de quien hace suya la realidad de las palabras. Tal vez porque, así, harán/haremos posible que los demás escuchen complacidos el sonido de la eternidad que sociedades anómalas tienen condenado al ostracismo.

La poesía de Burriel Borque, Licenciado en Derecho que ha ejercido como abogado Laboralista y ha sido Diputado en las Cortes de Aragón ha obtenido otros premios como el “Alegría” del Ayuntamiento de Santander, en 2005 con “Furtivos días”, el Ángaro, el “Vicente Martín”, el Isabel de Portugal, el Flor de Jara, el Ciudad de Ronda. Sus versos pueden leerse en libros colectivos y en diversas antologías y revistas. En esta nueva entrega es el universo el que eleva sobre nuestra humildad y, de esta manera, su autor inicia un recorrido por esa poesía diáfana capaz de hablar de lo cotidiano y, al tiempo, permitirnos penetrar en el espacio gozoso de su creación lírica. Hay poemas completos, terminantes, como el que comienza diciendo “Miguel Servet arde en la hoguera,/y sólo tú,/mi bella amante, que besabas la orilla de mis labios,/que hablabas de los días codiciados,/tienes el corazón cubierto de mañanas como versos transparentes”. En todo ese recorrido por los afectos, por la intimidad, a veces, se mezcla la historia de la humanidad, las vivencias crueles de universos corrompidos, de la iniquidad y la intransigencia. Y los poetas, este poeta, habla, quiere hablar de esos temas como situándose en el peligroso vértice de lo cotidiano. Y lo hace sin dar pábulo a la crítica negativa o sin exhalar un solo lamento porque, seguramente, sabe que las inquisiciones seguirán resucitando a nuestro paso. “El mar es infinito.-escribe-/qué pena que no inunde tus ojos, abundantes de enigmas,/pescadores de gangrenas,/que moje tus espaldas encorvadas por fuegos fatuos que escapan tristes de su huida,/el mar,/tan blanco por su espuma, solo perteneciente a tu desnudo,/negro como los niños que serán siempre viejos/y tal vez sobrevivos,/el mar,/sin estancias de duelo, sin agua dulce que acaricie tu fiebre con deseos de madre”.

Siempre queda una lágrima, un deseo insatisfecho, una injusticia. El poeta no puede remediarlo pero puede ser transmisor de la crueldad, de la violencia, de la petulancia: fijémonos en esos poemas escritos un mes de julio en la malherida Franja de Gaza donde se están llevando a cabo todas las brutalidades, todos los desmanes, todos los abandonos. “Ojos mínimos de sal hechos de niño palestino,/donde ya no hay olivos/ni playas,/solo los pájaros de hierro con sus viajes de fuego, sus alas clandestinas,/viejos guijarros negros, duros como ruidos sin luz,/los ojos mínimos/muertos de intacta crueldad” donde unos luchan por una patria y una tierra prometida y otros por un pedazo de pan y por recuperar las laderas de sus antepasados cuando, ya, Borges dijo que la “patria es de nadie” o puede ser de todos, pero no de la bota que aplasta y el dron que mata pese a no estar escrito en ningún libro. También el poeta es testigo de este enorme latrocinio, de esta incapacidad para vivir en el ámbito de la concordia por quienes quieren poseer todo y desheredar a quienes no tienen nada.

La poesía es un arma de presente, aunque lo sea de futuro, porque el presente es lo que nos ata a la tierra, a las guerras, a la violencia. Y leer determinados versos aún nos permite habitar, al menos, la esperanza. “Qué día aquel en que dios dijo:/camino por los labios de la novia,/camino por los trigos…”, recita Adolfo Burriel y lo sigue haciendo en sus decenas de poemas hasta que al final nos lleva a algo que se va minimizando hasta desaparecer, poema repleto de ironía y de consuelo, porque nos va a conducir, efectivamente a “…un sueño de mendigos donde existen/cristales rotos, rosas rojas/de humo, lanzadores de cuchillos,/besos de sal,/ángeles de ceniza,/peces perdidos como náufragos, un griterío de…”.

Así es como la poesía triunfa por encima de los gritos, de la falsa vehemencia, de la oscuridad. Este es el gran logro de este poeta que también ha dejado dicho “Los abandonados existen,/existen…”

Manuel Quiroga Clérigo

Majadahonda, 17 de febrero de 2019, anochece con Mozart.