Opinión

Artículo de Opinión de David Alcázar, secretario del PCE en Ciudad Real

¿Hacia dónde va la izquierda?

David Alcázar

18/01/2019

(Última actualización: 20/01/2019 15:56)

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Tras las elecciones autonómicas andaluzas, a raíz de la irrupción de la extrema derecha en las instituciones, se están recrudeciendo las contradicciones existentes dentro de lo que se denomina “la Izquierda”.

En los últimos años vivimos un periodo de reflujo del ciclo movilizador iniciado con el 15M. Aquellas esperanzas de cambio dieron un nuevo impulso a la Izquierda política, que había abandonado las calles y los centros de trabajo por el juego parlamentario. Incluso nos hicieron creer que “tomaríamos el cielo por asalto” pero de nuevo las esperanzas han sido frustradas. No hemos aprendido de la experiencia pasada. Las fuerzas de izquierda continúan estando muy desligadas de la clase trabajadora que tanto dicen representar: las políticas redistributivas de la riqueza están siendo progresivamente relegadas a un segundo plano, cuando no directamente eclipsadas por políticas de carácter representativo y simbólico desconectadas de las problemáticas materiales como son la mejora de las condiciones de vida y de trabajo.

Las masas trabajadoras, profundamente desilusionadas con el devenir de las fuerzas progresistas, se identifican cada vez menos con ésta porque no representa sus intereses como clase social ni constituye una alternativa al sistema de explotación capitalista. Esto explicaría la progresiva derechización social que se vive en nuestro país, así como el progresivo retroceso del movimiento obrero y el creciente abstencionismo electoral de la clase obrera. En relación al último punto, hemos visto como la izquierda posmoderna, en un alarde de antiobrerismo y superioridad intelectual-moral, señala de estúpida a la clase trabajadora por abstenerse o votar a la derecha (cuando en las estadísticas se puede comprobar que ésta aun vota mayoritariamente a la Izquierda) y al mismo tiempo evita analizar el porqué de este fenómeno: la desconfianza de clase obrera hacia un sistema (y de una Izquierda) que no le representa.

Pero ¿cómo hemos llegado a esta situación? ¿Cómo es posible que la Izquierda solo obtenga victorias parciales y sea ésta incapaz de construir una alternativa a la derecha y al capitalismo? Para comprender esto es necesario hacer una breve retrospectiva.

1. Analizar el pasado para entender el presente

Hasta las últimas décadas del pasado siglo XX, el movimiento obrero y sus organizaciones de clase, donde estaría enclavada la Izquierda política, vivieron un importante crecimiento: los sindicatos tenían millones de afiliados y organizaban huelgas que ponían contra las cuerdas a la patronal y los gobiernos; los partidos socialdemócratas y comunistas eran potentes y estaban estrechamente ligados a las masas trabajadoras, que las reconocían como los partidos que defendían sus intereses colectivos. Pero no sería hasta la Revolución de Octubre en Rusia (1917), que supuso la creación del primer país socialista de la historia, y el ciclo de revoluciones socialistas y antiimperialistas que se desencadenaron en todo el mundo tras la victoria en la II Guerra Mundial contra el fascismo, donde los comunistas de diferentes países y la Unión Soviética jugaron un papel fundamental, cuando las fuerzas obreras y sus respectivas organizaciones de clase gozaron de una correlación de fuerzas tan favorable frente a las fuerzas burguesas-capitalistas. En esos momentos, la Izquierda (socialdemócratas y comunistas), así como también la mayoría de intelectuales, tenían como referente ideológico el marxismo y por consiguiente su programa político se articulaba entorno a la lucha de clases, el conflicto Capital-Trabajo y las políticas redistributivas. En algunos países triunfó el comunismo y en otros no pero, debido a la correlación de fuerzas existente a nivel internacional y geopolítico favorable a las fuerzas progresistas, las políticas de izquierda fueron dominantes en Occidente, dando lugar a lo que se denominó posteriormente como el “estado de bienestar”, que no era más que una “retirada táctica” de las fuerzas del capital (concesiones a la clase obrera y capas populares) con el objetivo de evitar un mal mayor: el “espectro del comunismo” que recorría todo orbe. Al fin y al cabo la burguesía tenía que ceder si quería sobrevivir como clase dominante…

No obstante, las fuerzas del capitalismo y la burguesía no solo tuvieron una actitud “conciliadora” también ejercieron la mano dura contra la clase obrera y sus organizaciones, así urdieron un plan muy sofisticado de propaganda anti-comunista, que en la práctica englobaba a cualquier cosa que considerasen “comunista”, con el objetivo de desprestigiar toda lucha emancipadora y democrática. En este plan pusieron todos los medios a su alcance como clase dominante (la radio, la televisión, los periódicos, los servicios de inteligencia, la educación, los intelectuales conservadores, las fuerzas del orden, el terrorismo…) al servicio de la “cruzada anti-comunista”, saltándose como no podía ser de otra forma, los principios democráticos en infinidad de ocasiones; el “macartismo” es un buen ejemplo histórico. Además, comprendieron que para vencer en la lucha ideológica debían de ganarse a la intelectualidad de su lado, que como ya hemos señalado, ésta era en aquellos momentos mayoritariamente progresista y antifascista. En definitiva, el objetivo estratégico era la dinamitación de la Izquierda desde dentro, obligándola a abandonar sus principios “radicales” y que asumiera poco a poco los principios hegemónicos del sistema capitalista.

Finalmente, consiguieron ciertos éxitos. Por un lado, de forma progresiva en los partidos comunistas (tanto de países comunistas como capitalistas) fueron triunfando las ideas de corte socialdemócrata lo que suponía abandonar los principios revolucionarios, solo se propugnaban reformas paliativas y conciliadoras que rehusaban la necesidad de luchar por una alternativa superadora del capitalismo. Por otra parte, consiguieron que los partidos socialdemócratas fueran asumiendo las reglas de juego del libre mercado y del parlamentarismo evitando también que éstos se aliaran con los comunistas, participando así en el cerco anticomunista (en la Italia de posguerra se ve con claridad).

En este contexto de degradación de los principios revolucionarios del marxismo surge la posmodernidad, aunque no sería hasta el “mayo del 68” cuando comenzó a imponerse, relegando al marxismo como paradigma político-ideológico hegemónico en la Izquierda en las décadas siguientes. La posmodernidad se serviría de las trasformaciones socioeconómicas vividas en aquellas décadas así como del descredito del comunismo arrojado por la propaganda burguesa para consolidarse como una alternativa superadora del marxismo (según ellos “dogmatizado”) y lo que consideraban la “izquierda tradicional” y el “socialismo real” de corte soviético. Sus principios fundamentales consisten en renegar de lo que consideran “sistemas cerrados” o “totalizadores” y también su fetichismo exacerbado de la subjetividad y el relativismo que niega la posibilidad de obtener un conocimiento objetivo de la realidad social. Podemos destacar como percusores a Marcuse o Foucault entre muchos otros.

2. Posmodernidad y neoliberalismo: una historia de amor

Aunque suene paradójico, existe una estrecha relación de connivencia entre la posmodernidad y el neoliberalismo que pasaremos ahora a explicar. El proceso de descomposición de la Izquierda permitió a las fuerzas de la reacción burguesa pasar de la “conciliación” y el “repliegue táctico” característico de las décadas anteriores a la contraofensiva abierta. Así nació el conocido “neoliberalismo” como ideología y la denominada “revolución conservadora” como su praxis política. Al igual que el posmodernismo, el neoliberalismo llevaba cociéndose desde hace tiempo por parte de la intelectualidad conservadora anti-comunista (Friedman, Hayek y Von Misses fundamentalmente) y solo esperaba el momento de poner en práctica su programa económico una vez los partidos conservadores consiguieran desbancar a los partidos socialdemócratas en países como Gran Bretaña (Margaret Thatcher) o Estados Unidos de América (Ronald Reagan). En definitiva, el neoliberalismo venía a ser por un lado una ideología que pondría fin a las políticas redistributivas que tanto disgustaban a los capitalistas (y por ende significaban la desarticulación del estado del bienestar), y por otro una ideología de choque y disciplinaria contra los trabajadores y sus organizaciones de clase. Y todo con el beneplácito de una Izquierda domesticada gracias al paradigma posmoderno dominante.

El desmantelamiento de los derechos conquistados por las masas trabajadoras (mediante la lucha colectiva no lo olvidemos) desde las décadas de los ochenta mediante privatizaciones, deslocalizaciones industriales, las reformas laborales, la legalización de las ETT,s… junto con el colapso de la Unión Soviética y el Bloque del Este, marcarían el culmen de la victoria parcial alcanzada por la reacción burguesa neoliberal frente al “peligro rojo”. A partir de aquel momento, el neoliberalismo, embriagado de éxito, sentenció la victoria definitiva del “mundo libre” y de la libertad del mercado que según ellos traería consigo bienestar para todos; nos vendieron que la “globalización” exportaría el progreso al mundo entero, pero en realidad dicho término enmascaraba el totalitarismo neoliberal, que desde ese momento se impuso en todo el mundo, así como la hegemonía geopolítica absoluta de EEUU al no existir ya el papel de contrapeso que la URSS había jugado desde posguerra. También el neoliberalismo nos engañó con la idea del “fin de la historia” y el “no hay alternativa”. Tanto caló esta consigna que la propia Izquierda la hizo suya con lo que eso significaba: hacer suyas las políticas neoliberales (la “tercera vía” acuñada por Tony Blair es un buen ejemplo de ello). En nuestro país estas dinámicas generales se impusieron desde el periodo “felipista”.

Además, hay que indicar que el desarme político-ideológico de la clase obrera trajo también consigo su desplazamiento de las luchas sociales como sujeto político vanguardista, pasando a ser una fuerza auxiliar. Pero ese vacío sería cubierto progresivamente por las denominas “clases medias” emergentes. Así la clase trabajadora fue perdiendo su liderazgo frente a los intelectuales pequeñoburgueses procedentes de la “academia” (educación superior) ya imbuida de posmodernidad. Y como consecuencia de la asimilación de los principios neoliberales-posmodernos por parte de la Izquierda tuvo lugar una progresiva pérdida de la conciencia de clase de las masas trabajadoras (y también de su espíritu de lucha colectiva) que sería sustituida a su vez por una nueva mentalidad aspiracional e individualista impulsada por esas “clases medias” y que se haría hegemónica en toda la sociedad así como también en las organizaciones de la clase trabajadora que al fin y al cabo son un reflejo del nivel de conciencia de las masas en general. De este modo, surgió un sentimiento de desprecio anti-obrero (y contra toda organización de trabajadores) y hacia todo aquello relacionado con la clase obrera en el seno de la propia Izquierda. Desde ese momento los partidos obreros y también los sindicatos de clase fueron (y son) considerados “viejos” e útiles para trasformar la realidad social. Así la intelectualidad posmoderna se alinea, consciente o no de ello, con la burguesía y la patronal deseosa de destruir a las organizaciones obreras, ya de por sí muy debilitadas, para hacer a su antojo lo que quieran con los trabajadores y trabajadoras.

Y como es lógico, si las clases medias imponen su liderazgo a la clase obrera, así como sus ideas, es razonable pensar que estos sectores dirigentes de la Izquierda pongan el foco en problemáticas desligadas de las reivindicaciones redistributivas que las masas trabajadoras y sus organizaciones de clase ponen en primer término. Por tanto, la intelectualidad posmoderna, renegando del eje vertebrador de la lucha de clases presente en todo conflicto social, no reconoce a la clase obrera como el sujeto político trasformador fundamental, llegando incluso a negar su propia existencia, y en cambio ahora pasan a serlo otros colectivos oprimidos (las mujeres, los inmigrantes, los animales, el colectivo LGTB, los refugiados…) y las luchas de carácter cultural (el lenguaje, la representación...).

De este modo, la posmodernidad lideró hábilmente todas estas luchas progresistas parciales, constituyendo así un “totum revolutum” atomizado y enfrentado entre sí. Es decir, estas luchas de colectivos oprimidos de tipo interclasista son consecuentemente contradictorias debido a la multitud de intereses materiales que pugnan entre sí. Por tanto, las reivindicaciones “comunes” de estas luchas son muy abstractas y generalistas porque resulta muy tedioso establecer un consenso entre tanto eclecticismo ideológico e intereses contrapuestos de clase. Ésta es su principal debilidad y limitación que imposibilita articular desde ellos una respuesta contundente que vaya a la raíz del problema que provoca todas esas opresiones: el sistema de dominación y explotación capitalista-patriarcal. Pero no solo es ese el problema, también en el seno de esa amalgama de luchas “autónomas” existe una “concurrencia” (competencia) atroz por establecer que movimiento es el más legítimo (y por ende con el derecho a liderar al resto); esto se debe a que el paradigma posmoderno-neoliberal hegemónico defiende lo individual, la peculiaridad y la diferencia frente a lo colectivo (aquello que nos une a todos los trabajadores y trabajadoras del mundo frente a la oligarquía financiera-industrial). Como consecuencia de esto se dan actualmente situaciones dantescas donde se esgrimen argumentos como que “yo estoy más oprimido que tú por ser… (inserte aquí una identidad)” o el hecho de ver privilegiados y opresores entre los “explotados” pero no denunciar los privilegios de clase que son los más sangrantes. Y dentro de esta problemática también entra la identidad nacional: hemos podido comprobar como la propia izquierda articula de forma errónea la “cuestión nacional” con la de clase social, otorgándole una mayor importancia a la identidad nacional que a la solidaridad de clase (el conocido social-chovinismo denunciado por los marxistas clásicos).

Por tanto, la priorización de la “especificidad identitaria” a la lucha de clases solo trae mayor fragmentación (si cabe) a la mayoría social trabajadora. Claramente los activistas y políticos posmodernos hacen una labor quintacolumnista en favor del enemigo de clase. Pero aún hay más, las políticas identitarias y simbólicas, desligadas de las materiales o de redistribución, son muy eficaces para blanquear el neoliberalismo y a la derecha (así también como el fascismo) y además son útiles a la propia izquierda posmoderna para dar una visión de progresismo ante las masas cuando en realidad en lo económico-político son profundamente reaccionarias y neoliberales. El mejor ejemplo de esto son las medidas (o mejor dicho los guiños simbólicos) tomadas por el ejecutivo socialista de Pedro Sánchez… pero no son los únicos: la incapacidad de la Izquierda posmoderna contra el poder económico se enmascara con políticas simbólicas que buscan repercusión mediática, en esto Podemos es muy diestro.

En definitiva, lo que aquí denunciamos no es que esas luchas parciales (feminismo, ecologismo, animalismo…) en las que el posmodernismo pone el foco no debamos apoyarlas, todo lo contrario. El problema estriba cuando las políticas de representación e identitarias no se articulan entorno al eje de la lucha de clases, del conflicto Capital-Trabajo y a la clase obrera (muy diversa por cierto) como sujeto político revolucionario fundamental. Por tanto, denunciamos la connivencia del posmodernismo y el neoliberalismo en la intención de separar las reivindicaciones materiales de las masas trabajadoras con las de carácter cultural-ideológico así como de priorizar las últimas a las primeras.

Otro de las consecuencias que la hegemonía posmoderna nos ha traído consiste en la desaparición de la figura del militante por la del “activista”. Antaño, los y las militantes de organizaciones obreras (sindicales, partidos, de barrio…) luchaban por conseguir mejoras para su comunidad o clase, consagrando su propia vida a la causa colectiva, su individualidad estaba en un segundo plano. Pero actualmente sucede absolutamente lo contrario: predomina la identidad individual a lo colectivo. Es decir, “ser de izquierdas” está deviniendo en una identidad como producto de consumo, lo que resulta ser muy efectivo si se quiere anular la acción política colectiva, reduciendo ésta a una mera actitud personal. Esto podemos verlo especialmente entre la gente joven, que cada vez más reniega de la acción colectiva (o solo participa en la misma de forma muy puntual), pero por el contrario hace una gran ostentación de su radicalidad en lo simbólico y en las redes sociales. Un izquierdismo meramente folclórico e individualista que entiende una causa o lucha como una actividad de esparcimiento más, que desprecia el trabajo colectivo así como también a toda organización o lucha que no sea la suya (la única pura para él). Solo con una profunda formación político-ideológica se pueden combatir estas concepciones nocivas que corroen a la izquierda. Y no solo eso, si algo ha hecho muy bien el neoliberalismo es vendernos el individualismo, la competencia, el consumo de cosas que no necesitamos, las relaciones de usar y tirar… como algo progresista e incluso emancipador. Vamos, el famoso “mito de la caverna” de Platón hecho realidad en su vertiente más sofisticada.

Por último me gustaría reseñar como, en la confusión y la desorientación ideológica, es cuando más afloran los oportunistas que con facilidad se mueven en el activismo y la izquierda posmoderna. Siempre han existido arribistas, oportunistas y quintacolumnistas pero su éxito se debe fundamentalmente a una cuestión de degradación político-ideológica de las fuerzas de izquierda y también de la sustitución de sus valores colectivos por los individualistas capitalistas. En definitiva, en el activismo y la política posmoderna abundan “lidercillos” que enmascaran sus intereses personales aspiracionales (y egolatría) en causas y luchas colectivas que dicen defender pero que en la práctica solo consiguen servirse de ellas no dejando nada a su paso. Lo que está ocurriendo en Madrid en estos momentos es un ejemplo más de todo esto.

Se acerca un nuevo ciclo electoral. Todo apunta a una derrota estrepitosa de las fuerzas de Izquierda y a una posible victoria de la derecha (y de la extrema-derecha). Esta coalición conservadora busca reeditar una CEDA 2.0. con la que poder hacer retornar a nuestro país a los tiempos del oscurantismo, la miseria y la represión más atroz. Es el momento de reaccionar y pasar a la acción.

3. ¿Existe alternativa?

¿Podemos entonces revertir y superar la deriva en la que se encuentra la Izquierda antes de que sea demasiado tarde (autodestrucción)? Por supuesto pero hay que ponerse manos a la obra. No podemos continuar con discursos triunfalistas y vender humo porque esto, por un lado, desmoviliza aún más a las masas trabajadoras, y por otro, oculta la responsabilidad e incompetencia ante la crisis de la izquierda de gran parte de sus líderes así como su nula falta de autocrítica. No es el momento de ir a la ofensiva, sino de cavar trincheras y reorganizar las fuerzas de combate para frenar el ataque enemigo.

En los últimos tiempos ha quedado de manifiesto que la posmodernidad no ha hecho otra cosa que cosechar derrotas, plegándose ante el neoliberalismo. A pesar de que los intelectuales y políticos posmodernos renieguen de las experiencias socialistas del siglo pasado (y de las existentes a día de hoy) se ha ido demostrando que las experiencias socialistas han traído (y traen) más progreso a la humanidad del que han podido hacer los posmodernos. Solo hay un camino para la salvación de la Izquierda, su reconstrucción. Esto implica romper con el neoliberalismo-posmodernidad y recuperar el marxismo como arma organizadora de las masas trabajadoras para acabar con el capitalismo y construir una alternativa socialista.

Tenemos mucho que aprender de las experiencias pasadas y recuperar de éstas lo positivo, especialmente la conciencia de lucha colectiva y también la fusión con las masas trabajadoras, de organizarlas en su curro, en su barrio, en su partido y sindicato de clase, de recoger sus reivindicaciones y elevarlas dándoles un contenido político superador del sistema vigente... Debemos abandonar la burbuja de confort que la izquierda pequeñoburguesa y académica ha creado al margen de la realidad social para así poder transformarla a mejor.

Es cierto que la mayoría social trabajadora es muy diversa pero no podemos caer en la “trampa” que el neoliberalismo (y su pata de “izquierda”: la posmodernidad) nos tiende para debilitarnos y enfrentarnos los unos a los otros. Es nuestro deber forjar la unidad de la mayoría de los explotados y oprimidos (la clase obrera) contra la minoría de opresores (la oligarquía).

Esto no es nostalgia del pasado, ni mucho menos un canto a “los tiempos pasados fueron mejores. Lo “pasado” o “viejo”, por el mero hecho de serlo, no significa que tenga que desecharse con la excusa de que es malo o inútil. Por tanto, el presente artículo parte de un sentimiento común latente en el imaginario colectivo de la mayoría social, que aflora, y nos hace replantearnos que la sociedad individualista capitalista en la que vivimos está colapsando y que para impedirlo es necesario analizar la situación actual y orientar a la Izquierda en un escenario de profunda desorientación en la que vivimos.

En nuestro país hubo un tiempo en el que la Izquierda inspiraba esperanzas en las masas trabajadoras (así como miedo a sus enemigos de clase). Esas esperanzas se vieron frustradas por los sectores reaccionarios de la sociedad a lo largo de los siglos, por ejemplo, el golpe de estado de julio de 1936 tuvo ese objetivo: una medida disciplinaria contra las masas trabajadoras de España que se atrevieron a cometer la “osadía” de querer vivir dignamente y tomar las riendas de su propio destino. También la dura represión durante los siguientes 40 años de dictadura, así como la amnesia inducida (y reescritura de la historia) sobre el legado de lucha democrática y antifascista durante otros 40 años en “democracia”, supusieron una derrota importante que la Izquierda española todavía no ha conseguido superar… Ya va siendo hora de hacerlo y construir una alternativa que recupere ese espíritu de lucha y determinación que nunca se debía haber perdido. ¡Es el momento! Los y las comunistas consecuentes estamos en ello.

David Alcázar, secretario del PCE en Ciudad Real