Opinión

Artículo publicado en el extra de fiestas de septiembre de LA COMARCA DE PUERTOLLANO

Ser o no ser... de Puertollano

He hecho hogueras en “la Minilla”, me he comido el chorizo en la “Chimenea Cuadrá”, he bebido agua agria hasta la saciedad y he pasado horas en los futbolines del “Llopis”, además de comprar cigarrillos sueltos en “Paulino”, pipas y jobitos en “Juanito”, cangrejos y cucuruchos de bichillos en “El Cartero” y hasta helados de churretilla en la cafetería del Gran Teatro

Antonio Carmona

06/09/2018

(Última actualización: 07/09/2018 13:19)

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Yo no soy de Puertollano. La primera vez que vi esta ciudad fue sobre un atlas. La fascinación por los atlas y los mapas creo que la heredé de mi padre. Él también pasaba horas bajo un flexo imaginando cómo sería el lugar representado sobre sus páginas con símbolos y colores abigarrados. “¿Ves? ¡Aquí está Puertollano!” Había que recorrer un tercio de la Península hasta llegar allí. La editorial del atlas aún no se había enterado de que Puertollano no podía aparecer con letras diminutas. Era una ciudad importante en la que, entre otras cosas, se estaba construyendo una central térmica, donde mi padre iba a trabajar. Claro que en aquel anticuado atlas, incluso para aquellos tiempos, todavía aparecía como parte de nuestro Territorio Nacional: el Sáhara Español, la Isla de Fernando Poo y la Guinea Española. Pero nuestro destino estaba al sur de Castilla La Nueva. “¿Te imaginas? ¡Castilla! Un lugar con castillos y molinos de viento. Por lo visto, hay un río que se llama Ojailén. El Guadiana tampoco pilla lejos para bañarte.” Mi padre quería que un niño de siete años olvidara el hecho de que nos alejábamos (¿para siempre?) del mar. Los padres subestiman (subestimamos) a los hijos y su capacidad innata para no olvidar.

La primera noche la pasé en el Hotel León. Me pareció un lugar frío y desangelado. Eran aquellos tiempos cuando en septiembre podía hacer fresco —desde luego, ahora está el Hotel León mucho más desangelado, tanto su exterior como su interior, escenario ideal para rodar una secuela de “El Resplandor” en una ciudad industrial/decadente—. Unos meses después, disfruté con mis dos hermanos de mis primeras vacaciones puertollaneras en Isla Cristina —aquella inmensa nube de mosquitos que campan a sus anchas—. Supongo que mis padres necesitaban deshacerse de los tres hijos a la vez durante un tiempo, mientras ponían orden a sus nuevas vidas que, por cierto, arrastraban a las nuestras. Así que nos enviaron en una “viajera” a un campamento de la OJE en la provincia de Huelva. Para quien no sepa qué es la OJE, daré algunas pistas, como por ejemplo que era una organización donde te enseñaban a comer rancho sin rechistar, a dormir en tiendas de campaña con un buqué intenso a calcetines sudados, a memorizar consignas, a cantar canciones como la de: “Salid chorbas al balcón que los de la OJE ya estamos aquííí...” o la de: “Cubre tu pecho de azul, español, que hay un hueco en mi escuadra…” y todo ello, eso sí, impasible el ademán, mirando al frente, con los ojos muy abiertos, como observando y deleitándonos ya de un futuro horizonte esperanzador cargado de dicha (¡perdonadme. Solo rememorarlo me pone el vello de punta!).

Nos enseñaban así mismo, siguiendo la metodología pedagógica de entonces, a no decir “picardías”. Un día pronuncié en voz alta la palabra “cachondeo”. Seguramente la aprendí en aquel campamento. “¡Venga ya, dejaros de cachondeo!”, creo que dije. En ese momento se materializó a mi espalda la silueta oscura de un sacerdote, que me apartó del grupo asiendo y tirando de mi oreja, con ese ímpetu y aplomo que les asiste a los convencidos de que van a guiarte por el buen camino. Tras un largo sermón que apenas comprendí, me conminó a asistir todas las mañanas a la Misa de Campaña. Me parece que con la aplicación de aquella penitencia, obtuvo aquel cura de mí justo lo contrario de lo que pretendía.

Conocí las calles de buena parte de Puertollano y de la mayoría de los pueblos de la comarca, mientras acompañaba a mi padre. Me explico. Mi padre no era viajante, ni comercial, ni nada que se le pareciera. Trabajó en La Sevillana (¡torres más altas han caído!) hasta que se jubiló. Aunque el verbo “trabajar” no habría que llevarlo, en este caso, a su significado etimológico más profundo. Como él solía decir: “aquí no nos matamos trabajando”. Siempre había sido aficionado a la fotografía, y con lo que había aprendido leyendo unos volúmenes de “Agfa” y una cámara “Yashika”, se echó a la calle en busca de un dinerillo extra. Nadie en nuestro hogar tenía fe en ese proyecto. Cada día era más habitual tener una cámara fotográfica en cualquier casa, por sencilla que esta fuera. Por lo tanto ir de puerta en puerta ofreciendo la posibilidad de “retratar” a los hijos vestidos de tuno con una capa y una guitarra de pega, no parecía el mejor de los proyectos para un emprendedor en ciernes. Era un negocio abocado al fracaso. Sin embargo, algunos niños se dejaban fotografiar, y a mí me gustaba entrar en aquellas casas —entonces te invitaban a entrar sin ningún reparo, si es que no acababas cenando en la mesa de camilla con ellos— e imaginar la vida que deberían llevar en esos domicilios, que, aunque humildes, no parecían albergar, ni mucho menos, a personas desdichadas.

Pero de lo que más disfrutaba era del momento mágico a la hora de revelar las fotos. Había que meterse en una habitación casi oscura, sólo iluminada con una tenue luz rojiza. Primero se revelaba el carrete y se colgaba de un cordel hasta que se secaba. Después, se introducía el carrete en un proyector con un bombo metálico de donde salía una luz a través de una lente regulable para enfocar. El haz de luz atravesaba la imagen en negativo del carrete y se proyectaba durante unos segundos sobre una cartulina especial. En ese preciso instante tenía lugar una suerte de sortilegio. Mi padre bisbiseaba unas palabras ininteligibles. Números, seguramente. Al apagar el proyector, la cartulina permanecía igual de blanca y vacía que al principio. Había que sumergirla en un líquido específico para que se obrase el milagro. Poco a poco afloraba un niño con su risa forzada para la ocasión. Luego se metía en otro líquido para fijar la imagen. Y al tendedero. Aquellas andanzas no duraron demasiado tiempo. Yo heredé de mi padre la fascinación por los atlas, por los mapas y por los proyectos quiméricos. Será quizás por esa ilusión que te causa pensar en lo que vas a conseguir algún día. A veces te proporciona una mayor satisfacción que el propio logro del objetivo.

Yo no soy de Puertollano. Pero eso mismo lo pueden decir muchos que, como yo, se consideran de Puertollano “de toda la vida”. Supongo que todos nosotros tenemos un perfil —como se dice ahora— que nos define como pertenecientes a esta tribu. Por ejemplo, precisamente el hecho de no haber nacido aquí. Otra característica común sería, llegado el caso, hablar mal de nuestro pueblo. Ya sé que eso ocurre en la práctica totalidad de la geografía española. Sin embargo, parece que aquí nos damos una maña especial para esta habilidad tan masoquista y tan de Puertollano. Desde 1970 no he parado de escuchar que a esta ciudad le quedan 5 años de vida, como si en vez de una ciudad, se hablara de un enfermo terminal.

Si alguien que ha pasado gran parte de su niñez, su adolescencia, se ha casado y ha tenido hijos aquí, no se le considera del lugar, que venga Dios y lo vea. He atrapado lagartos y he hecho hogueras en “la Minilla” hasta quemarme el flequillo y las pestañas, me he comido el chorizo en la “Chimenea Cuadrá”, he bebido agua agria hasta la saciedad, he pasado horas en los futbolines del “Llopis”, fluye por mis venas la contaminación y las nieblas de por aquí, he comprado cigarrillos sueltos y rellenado mecheros en “Paulino”, pipas y jobitos en “Juanito”, cangrejos y cucuruchos de bichillos en “El Cartero”, helados de churretilla en la cafetería del Gran Teatro, he cantado en todas las excursiones “¡Qué buenos son los padres salesianos, qué buenos son que nos llevan de excursión!” y “¡Que no somos de aquí, que somos de Puertollano. Pi, pi pi, Puertollano ya está aquí!” Vale que quizás carezca de alguna particularidad para ser puertollanero al cien por cien: Jamás me atreví a hacer mío uno de esos jarrillos de hojalata que dejaba el Ayuntamiento en la Fuente Agria. ¡Venga ya, dejaros de cachondeo, macho! No os consiento que digáis que yo no soy de aquí. ¡Bien seguro que sí! Si yo no soy de Puertollano, que venga Dios y lo vea. Aunque no sé yo si Dios va a querer pasarse por aquí. Yo en su lugar no lo haría, al menos durante el verano.