Puertollano

En el busto hay una plaquita metálica con la inscripción “Doctor Limón”

La falsa efigie del Doctor Limón en la Fuente Agria de Puertollano

El busto se convirtió desde el mismo momento en que fue colocado en el primer ejemplo de escultura urbana de nuestra localidad en toda su historia

José Domingo Delgado Bedmar

03/06/2018

(Última actualización: 04/06/2018 21:50)

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No podía negarse a principios del pasado siglo que la fuente agria, al margen de su indudable utilidad como uno de los principales puntos de suministro de agua para la población, era un elemento muy importante en la propia configuración del pueblo, y un patrimonio que a todos interesaba conservar y embellecer. Por eso, en 1905 se plantea una nueva obra en ella, que busca adecentarla y mejorar sus condiciones generales, con la que se instalaría en su interior una falsa efigie del Doctor Limón.

La intervención fue encargada, según parece, al arquitecto Don Enrique Verdú, que planteó un proyecto que contemplaba dos aspectos fundamentales: la sustitución de la marquesina metálica por otra de mayores dimensiones y la eliminación del elemento central, instalándose en su lugar una especie de obelisco metálico con cuatro caños en su base para surtir a la población. Con otras obras que han afectado sobre todo a la marquesina y apenas si han modificado su configuración general, la fuente adquirió entonces el aspecto con que todos la hemos conocido.

Ese cuerpo central, que aparece lógicamente rehundido con respecto al resto del conjunto, necesitaba prolongarse verticalmente si se pretendía que se viese desde cierta distancia y que la propia disposición de la fuente lo ocultase, por lo que se planteó coronarlo con un busto. Todos conocemos este busto, y todos hemos supuesto a quién representaba, porque en la peana que lo sostiene puede leerse en una plaquita metálica que corresponde al “Doctor Limón”, cosa de todo punto imposible.

No se conserva –que nosotros sepamos- ningún retrato de nuestro ilustre paisano, y no pueden obtenerse, por consiguiente, elementos a partir de los que realizar un retrato que, por lo demás, parece bastante basado en características concretas de un modelo “real”. Podrá argumentarse que, en cualquier caso, podría haberse pretendido hacer un homenaje genérico, sin atenerse a ningún modelo establecido, pero el propio busto se encarga de desechar la suposición: nos encontramos sin duda alguna ante el retrato fidedigno de un personaje no de la segunda mitad del siglo XVII, como sería el Doctor Limón, sino con otro de finales del siglo XIX o principios del XX. Las pruebas están claras: los elementos que mejor lo caracterizan son sus largas y pobladas patillas, y, sobre todo, la levita, camisa y corbata que sirven de base a la cabeza.

Restaría saber, entonces, a quién se quiso homenajear instalando en la fuente su retrato. Hace ya muchos años aventuramos la posibilidad de que fuera el retrato de Don Carlos Mestre y Porcar o incluso de su hijo Don Carlos Mestre y Marzal, ambos directores del balneario y bien conocidos por su eficaz actuación al frente del mismo. Sin embargo, hoy no creemos que sea así. A salvo de que nuevas pruebas lo verifiquen fehacientemente, nos inclinamos por suponer que se trata del busto de Don Emilio Porras Delgado, recordado alcalde de Puertollano que había fallecido en 1902, que portaba las grandes patillas que refleja el citado busto –según el retrato hoy conservado en el ayuntamiento-, y a cuya iniciativa se debió precisamente el ajardinamiento de las cercanías de la fuente agria, la plantación de cientos de árboles en los alrededores, la adecuación del ejido de San Gregorio, el empedrado de las calles del centro y la introducción del alumbrado eléctrico, entre otras muchas mejoras. De este modo, y según nuestra suposición, el busto no sería sino un homenaje público a su eficaz actuación al frente del ayuntamiento.

¿Por qué la plaquita con la alusión al Doctor Limón?

Para responder a esa “sencilla” pregunta, habremos de recordar que la figura del doctor Alfonso Limón no fue conocida en nuestra ciudad –al menos a nivel popular- hasta que el alumno de hidrología médica madrileño Mario Sancho Ruiz-Zorrilla publicó un pequeño librito que llevó el título de “Ligero estudio sobre la obra Espejo Cristalino de las Aguas de España del Dtor. D. Alfonso Limón Montero”. Esta edición vio la luz a principios de 1921, publicado probablemente por el propio ayuntamiento en la Imprenta de Puertollano y no es más que un simple resumen de la conocida obra de Limón Montero.

Ello no obstante, el fácil acceso que este pequeño opúsculo proporciona a la figura de nuestro ilustre antepasado y, como se sabe, a otros muchos personajes locales, anteriores y coetáneos, por él citados en las páginas de su propio libro, abrió la posibilidad a un merecido homenaje público, y para nosotros bien pudo ser el detonante que diera lugar al reconocimiento de todos a su memoria. Dado que era muy poco probable, como en su momento dijimos, recuperar una efigie más o menos fidedigna de don Alfonso, bien pudiera ser que el citado homenaje fuera la simple colocación de la ya mentada plaquita, que si bien es cierto que señala la persona a homenajear, lo hace para nosotros en un lugar de todo punto inapropiado.

Sea como fuere, y con todas las prevenciones que hay que tener con el dichoso recuadrito de metal, hemos de significar que el busto se convirtió desde el mismo momento en que fue colocado en el primer ejemplo de escultura urbana de nuestra localidad en toda su historia. Es un busto que, no lo olvidemos, constituía y constituye un homenaje público, de carácter civil y laico, a un personaje, ya se trate de un alcalde emprendedor, bien conocido y apreciado por los habitantes del pueblo, ya de un médico y un científico de prestigio nacido en la localidad más de dos siglos atrás y por todos desconocido.

Otras mejoras en el balneario

Habremos de recordar, para comenzar, que, a pesar de haber comenzado a funcionar como balneario legalmente reconocido en 1817 (y que concretamente el 29 de abril de ese año se produjo el nombramiento de su primer director, Carlos Martín del Romeral), nunca se tuvo mucho cuidado de mejorar el aspecto que ofrecía el manantial a los forasteros que venían a tomar los baños. A este poco favorable aspecto se unía también el que presentaba el pueblo en general, y que se agravó con los estragos causados por los esporádicos episodios bélicos que se padecieron en nuestra localidad en esos años: durante la Guerra de la Independencia a principios de siglo y, después, con las guerras carlistas (sobre todo en los años 1838, 1850 y 1874).

A pesar de estos avatares, y como en otro lugar también hemos apuntado, la evidente mejoría que experimentaban los enfermos hizo que estos baños se generalizasen y ordenasen. Se hicieron primero en unas rústicas casetas de madera construidas sobre el propio manantial y, a partir de 1852, en la casa que se construyó con ocasión de la asistencia de un visitante muy ilustre que necesitó de los efectos benéficos del agua medicinal para recuperar su maltrecha salud: el general Ramón María Narváez.

Las mejoras no llegaron, en esta ocasión, al manantial de la fuente agria de donde se surtía a la población y a los agüistas que la bebían. Sabemos que la década de los ochenta del siglo XIX fue sin lugar a dudas la más importante en cuanto a asistencia de bañistas, aunque su número fue progresivamente en disminución: de los 790 enfermos que probaron los benéficos efectos del agua en 1880 se pasó a los tan sólo 321 que lo hicieron en 1889, en un proceso imparable al que se quiso atajar con una serie de obras de mejora, que fueron favorecidas por la nueva situación socioeconómica de la localidad tras el descubrimiento y puesta en explotación de los yacimientos de carbón.

Habrá que esperar, sin embargo, hasta mediados de 1892 para ver una actuación concreta sobre la fuente agria. Fue en ese momento cuando se procedió a colocar sobre el manantial del agua ferruginosa una marquesina metálica de planta octogonal que, a partir de entonces, cobijó la pequeña construcción “de obra” en forma de templete y que protegía la caja de madera donde se captaba el agua. Según documentos de esa época, el agua emergía del fondo de un pozo, en el que era captada por una caja de madera de forma casi cuadrada, de medio metro de lado y más de dos metros de altura. Aproximadamente a metro y medio, en esta caja estaban practicados dos orificios: uno que estaba orientado al Oeste, y que comunicaba con los caños que eran utilizados por los vecinos de Puertollano; y otro situado al Noroeste, que estaba en comunicación con un grifo, por donde se extraía el agua que se dispensaba a los enfermos, y al que estaba expresamente vedado el acceso a los vecinos de la localidad.

Estas pequeñas obras de mejora también se extendieron a los alrededores de la fuente. La adecuación y ampliación de los jardines cercanos han de ser inscritas en este proceso de renovación y embellecimiento, que puede decirse tuvo dos importantes y bien conocidos puntos de referencia: uno de ellos estético y patrimonial, como fue la construcción de los añorados pabellones metálicos en las cercanías de la fuente; y otro temporal, como es la fundación de la Feria local, en 1895.