Opinión

Un breve análisis de la realidad objetiva y subjetiva del conflicto

Una alternativa solidaria al problema nacional en nuestro país (Parte 1)

En los últimos años, estamos asistiendo a un auge del espíritu nacionalista catalán así como también el chovinismo español. Esto no es casual

David Alcázar - secretario político local del PCE en Ciudad Real

27/09/2017

(Última actualización: 27/09/2017 20:02)

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Por un lado, hay que indicar las circunstancias objetivas. La profunda crisis económica y social que sufre nuestro país ha creado las condiciones para el renacimiento de las ideas chovinistas defendidas por la burguesía y que están calando especialmente en las capas medias de la sociedad, las cuales se han empobrecido en estos últimos años. Por el contrario, la oligarquía industrial-financiera, representada por las grandes empresas, continúa enriqueciéndose a costa de explotar a la clase trabajadora de una forma cada vez más agresiva y también de copar los mercados desplazando a la pequeña y mediana empresa de los mismos. La necesidad de mantener y conquistar nuevos mercados por parte de la burguesía es la causa principal del nacionalismo.

Por otro parte, es necesario analizar las circunstancias subjetivas, es decir, las fuerzas políticas y sociales que intervienen en este proceso. De una parte podemos destacar las fuerzas oligárquicas españolas (representadas fundamentalmente por PSOE, PP y C’S), de otra las fuerzas oligárquicas catalanas pro independencia (como son principalmente ERC y el PDeCAT, antigua CDC); las CUP, de carácter anticapitalista se ha posicionado con el último bloque y tiene serias dificultades para representar una alternativa propia. Tanto el bloque independentista como el bloque español inmovilista no representan ninguna alternativa a la solución de la cuestión catalana (o nacional en su conjunto) que responda a los intereses de la clase trabajadora y del pueblo en general. Ambos movimientos están liderados por sus respectivas burguesías que solo buscan enfrentar a los trabajadores unos con otros para seguir manteniendo sus altas tasas de beneficios asegurándose los mercados y explotando otros nuevos, si para eso fuere necesario un estado independiente, parte de la oligarquía catalana apostaría por ello (como está ocurriendo de hecho). Bien es cierto que el estado español se caracteriza por una democracia bastante deficiente (algo que se debe a que tras casi 40 años de dictadura fascista no hubo una ruptura con el pasado, sino una transición que se caracterizó por la impunidad y el olvido) que se manifiesta a día de hoy en los profundos recortes a los derechos democráticos y a la represión de los sectores sociales más conscientes así como el espíritu nacionalista de las naciones históricas. Pero no es menos cierto que la independencia, sino goza de un carácter socialista, posiblemente no sea la mejor alternativa para la mayoría social catalana. Un nuevo estado, controlado por la oligarquía catalana (caracterizada por su pro europeísmo) no será muy diferente a lo que han vivido los catalanes bajo el estado español: en el supuesto de conformarse dicho estado catalán se continuarían aplicando las políticas neoliberales que hasta hora el gobierno español y la Generalitat han ejecutado por mandato europeo, solo que en ese supuesto, a ritmo de Els Segadors; reformas y recortes que dicho sea de paso han sufrido tanto catalanes como gallegos, vascos, españoles, etc. Pensar que se pondrá fin a la opresión nacional, la corrupción, la desigualdad social, etc. creando un nuevo estado catalán controlado por la oligarquía nacional catalana es caer en el más necio de los idealismos.

La ausencia de un discurso comunista consecuente en relación al desafio nacional que se nos presenta tiene una explicación sencilla: el movimiento comunista sigue todavía en una profunda crisis, y en España la situación es especialmente poco halagüeña (aquejado por su falta de unidad político-ideológica). La falta de una política marxista, que permita distanciar a los comunistas de ambos polos y desarrollar una política independiente de clase y una alternativa socialista y solidaria que cale en las masas trabajadoras, ha provocado que el nacionalismo se imponga y que consecuentemente se subordinen los intereses de la mayoría social trabajadora a los intereses del Capital (ya sea español, catalán, europeo, etc. imperialista de todos modos).

Por último, existe otro agente al que tenemos que prestar atención: el fascismo. De la mano de las ideas nacionalistas asistimos a un nuevo auge del fascismo y la xenofobia, que no son más que la versión más integrista del capitalismo imperialista (resurge en momentos de descomposición del sistema), y que tiene por objeto dividir a los trabajadores y enfrentarlos los unos con los otros para así disuadirlos de combatir al enemigo común: la oligarquía y el sistema que la sustenta, el capitalismo. Las agresiones continuas de los países occidentales a otros países (Afganistán, Libia, Siria, etc.) provocan una serie de flujos migratorios de personas que huyen de la guerra y buscan una vida mejor en Europa o EEUU; esta situación refuerza el discurso imperialista y xenófobo muy rentable para las oligarquías imperialistas, es decir, mientras que por un lado se aprovechan explotando la mano de obra inmigrante y tiran a la baja los salarios en los países desarrollados, por otra parte azuzan el discurso nacionalista y xenófobo (cuando no fascista directamente) para distraer a los trabajadores “nacionales” de la lucha de clases canalizando su odio hacia el trabajador inmigrante, que solo busca poder sobrevivir (al igual que su homologo “nacional”).

Las causas de este proceso son complejas y merecerían de un sesudo análisis, sin embargo, podemos señalar algunas de sus causas principales a nivel general. Pero sin duda, esta cuestión no es nueva ya que es un problema histórico que de nuevo despierta de su letargo.

Un problema con profundas raíces históricas

Las ideas nacionalistas nacieron con el origen del capitalismo (s. XVIII-XIX) y estaban circunscritas a una clase concreta: la emergente clase burguesa. Dichas ideas liberales que inspiraron la Revolución americana o la francesa, no eran más que un medio para manipular a las capas populares para que defendieran las ideas del libre mercado, es decir, la necesidad de esa burguesía por controlar el mercado nacional, base para la conquista de los mercados internacionales. Sin la fuerza del pueblo, la burguesía era incapaz de derrocar al feudalismo decadente que aun dominaba en Europa: en aquel momento el nacionalismo tenía un carácter revolucionario. Para ello era fundamental que la burguesía controlara el Estado, especialmente las cuestiones relacionadas con la hacienda y fiscalidad. No es casual que todo movimiento nacional de una nación periférica dentro del bloque imperialista gire sobre la cuestión de una fiscalidad propia…

De hecho, el nacionalismo, que comenzó teniendo un carácter progresista y revolucionario como ideología que buscaba derrocar el régimen feudal, con el desarrollo del capitalismo industrial y el nacimiento de los grandes monopolios (trusts, holdings, carteles, etc.), que se fueron internacionalizando progresivamente, cobró un profundo carácter reaccionario en los países imperialistas (la colonización de medio mundo y las desastrosas guerras mundiales son muy buenos ejemplos). Por el contrario, en los países dependientes y colonizados el nacionalismo, que representaba los intereses de la burguesía nacional y la pequeña burguesía dependiente, cobró un carácter progresista e incluso revolucionario (poniéndose del lado del proletariado incluso); evidentemente esto tuvo lugar gracias a la labor y lucha antiimperialista que los comunistas lideraban. No es casualidad que cuando el movimiento comunista internacional era más fuerte (años 50-60-70 del siglo XX) se liberasen del yugo colonial gran parte de los países del mundo.

En el caso español, durante las décadas de los 60-70, el país pasó rápidamente de tener un profundo carácter dependiente a ganar el estatus de país imperialista (de segundo orden pero imperialista): en esta fase nos encontramos a día de hoy. De modo que todo nacionalismo ya sea el hegemónico (español) o periférico (catalán) es reaccionario e imperialista, es decir, no puede tener un carácter progresista ni mucho menos revolucionario. Los y las comunistas que no ven esto confunden el carácter del nacionalismo en la fase imperialista del capitalismo.

El nacionalismo catalán es joven si lo comparamos con otros nacionalismos europeos, y como todo chovinismo apareció de la mano de la patronal (catalana en este caso). La influencia de dichas ideas nacionalistas era bastante limitado, centrándose sobre todo en la burguesía nacional catalana y en algunas capas de la pequeña burguesía; por el contrario, el proletariado urbano y rural catalán se decantaban por el anarquismo y su defensa del internacionalismo. No obstante, ha sido en los últimos años cuando el nacionalismo catalán ha pasado a ser un movimiento de masas que cala en toda la estructura social: bien es cierto que en unas capas más que en otras (solo hay que ver los resultados de las elecciones autonómicas plebiscitarias catalanas en la ciudad condal, donde ganó C’S en los barrios obreros y JxSí en los barrios burgueses y de capas medias). Cosa curiosa porque la clase obrera y capas populares hasta entonces habían apostado por alternativas federales (defendidas por fuerzas políticas como el PSUC, el PSC, etc.).

Es indiscutible que el nacionalismo catalán es joven, pero no lo es el problema nacional de España, cuestión que el país arrastra desde principios del siglo XIX y que a pesar de los intentos de las fuerzas de izquierda por solucionarlo, democratizando el estado español, siempre ha sido abortado con golpes miliares promocionados por la derecha más reaccionaria de España (oligarquía), propiciando incluso guerras civiles como en 1936. Todos los intentos de construir un estado español solidario y respetuoso con las naciones que lo componen han sido ahogados en sangre por la derecha más reaccionaria.

Nuestro país sufre un gran déficit democrático, nadie niega que España sea actualmente una democracia, eso sí, es a la vista de todos una democracia profundamente incompleta (incluso si nos movemos en exclusiva en parámetros democrático-burgueses).

Cabe señalar que esta falta de democracia en nuestro país no es nueva y está intrínsecamente unida al retraso económico que siempre ha lastrado España. Las pervivencias feudales y el lento desarrollo del capitalismo en la nación, durante el siglo XIX y parte del XX, marcaron la ausencia de democracia en el país. Dicho retraso tiene culpables y estos son la oligarquía terrateniente de origen feudal y la débil burguesía que prácticamente se fusionó con la antigua oligarquía feudal copiando también su espíritu rentistas y parasitario, mostrando una gran apatía por el desarrollo industrial del país (solo en algunos territorios como el caso de Cataluña o el País Vasco la dinámica era otra). Este escaso desarrollo del capitalismo nacional convirtió a España en un país dependiente de otros países europeos como Francia o Inglaterra, y no solo eso, no consiguió articular un mercado nacional potente y mucho menos crear una nación con una sola burguesía nacional, como sí ocurrió en otros países desarrollados como Reino Unido, EEUU, Francia o Alemania.

Y uno de los fenómenos que muestran dicha falta de democracia fue el fenómeno del caciquismo y el turnismo bipartidista, que a día de hoy todavía pervive en algunas regiones rurales de España.

¿Patriotas ellos? ¡No!

Como ya hemos señalado, el nacionalismo es una ideología burguesa que tiene un carácter reaccionario en los países de capitalismo imperialista. A lo sumo pueden gozar de un carácter progresista en las naciones periféricas, pero nunca un carácter revolucionario, ni mucho menos defensor de los intereses de la mayoría social asalariada. Solo en los países dependientes puede gozar de un carácter revolucionario.

Mientras que la burguesía nacional y la pequeña burguesía luchan por sus intereses de clase, ocultándolos con ideología nacionalista, y se golpean el pecho diciendo que representan los intereses de todo el pueblo; la clase trabajadora y las capas populares siguen en situación crítica y sin perspectiva de mejora. Precisamente el relato mesiánico nacionalista promete a las capas populares el oro y el moro.

La clase trabajadora no tiene nación ya tiene su propia bandera (roja) y por tanto no tiene por qué recoger el pendón burgués e ir tras éste. Paradójicamente, es la clase obrera la verdadera patriota, y no los nacionalistas que dicen amar España y luego tienen cuentas bancarias fuera del país; sino es la clase trabajadora la que todos los días con su sudor y sangre construye el país y no el patrón que como parásito estruja a los obreros apropiándose del trabajo ajeno y enriqueciéndose cada día más y más.

¿Es la burguesía, y especialmente su capa más reaccionaria (la oligarquía) que vive de las rentas del capital, patriota? Yo creo que no.

Permitidme que rescate unas palabras de José Díaz, secretario del PCE entre 1932-1942:

Las masas populares, vosotros, obreros y antifascistas en general, sois los patriotas, los que queréis vuestro país libre de parásitos y opresores; pero los que os explotan no, ni son españoles, ni son defensores de los intereses del país, ni tienen derecho a vivir en la España de la cultura y del trabajo.

Por tanto, el discurso de la oligarquía española no nos vale. Por ejemplo, el afirmar que el referéndum es ilegal es muy hipócrita, cuando todos sabemos que se producen continuas violaciones de la Carta Magna con total impunidad. No creo que sea necesario recordar cuando en 2011 José Luis Rodríguez Zapatero (PSOE) cambió el artículo 135 de la Constitución española de 1978 sin consultar al pueblo español. Por cierto, cambio constitucional que prioriza el pago de la deuda con Europa en los presupuestos con lo que ello conlleva (reducir las partidas destinadas a los servicios sociales básicos); una causa importante para entender el descontento popular de los españoles y especialmente de las naciones históricas como Cataluña.

También se suele aludir a que Cataluña, en el supuesto de que se independice no sería reconocida internacionalmente. Esta afirmación es demasiado valiente pues la experiencia histórica señala muchos casos de países que se han independizado de forma unilateral de otros estados, y como varios países (incluso la propia España) los han reconocido (Letonia, Estonia, Eslovenia, Croacia). Es curioso como desde Occidente por un lado se promociona el separatismo en países dependientes y en estados socialistas (violando las leyes internacionales) y por otro reprime con dureza los movimientos nacionalistas periféricos en sus propios países. Toda persona honesta creo que definiría eso como cinismo.

Además, Cataluña precisamente por el hecho de estar integrada en un estado miembro de la UE (España) y circular por ella la moneda única, resulta poco convincente que la Unión la repudie en el caso de conquistar la independencia. Sin embargo, cabe señalar que quienes defendemos a las capas populares y la clase trabajadora debemos plantear un proyecto alternativo al de la UE, que es profundamente oligárquico y que no responde a los intereses de la inmensa mayoría de ciudadanos y ciudadanas (solo hay que ver el impacto de sus políticas).

La problemática nacional no resuelta en España, no solo está sobrepasando al ejecutivo de Mariano Rajoy, sino el propio margen legislativo español. Parece necesario recordar que las leyes no son eternas y deben de ser la vanguardia del cambio social y no ir a la zaga, porque si no es así, se corre el riesgo de una ruptura. El gobierno del PP niega la realidad y prefiere actuar con mano de hierro atropellando todos los derechos democráticos y sociales, entre los que se encuentra el derecho a realizar un referéndum en un territorio. Porque también hay que indicar que dentro de la legislación actual se podría plantear un referéndum legal (¡y más en un país democrático!), solo que las estructuras judiciales españolas, que se caracterizan por su excesivo conservadurismo, interpretan el código bajo un sesgo conservador poco democrático.

Esto tampoco es casual. La derechización progresiva de las estructuras del Estado español (incluido el gobierno) y en ciertos medios de comunicación responde al sustrato franquista que nunca fue borrado y que en los últimos años está cobrando fuerza. Esto coincide con la rehabilitación de la dictadura fascista de Franco que viene a justificar esta deriva autoritaria del Estado que recuerda a los años de la dictadura.

Por otra parte, el ejecutivo de Puigdemont viene a mostrarse como mártir del pueblo catalán y defensor de la democracia contra la tiranía del gobierno central de Madrid. Tampoco nos creemos ese discurso porque los españoles y españolas (también los catalanes y catalanas) saben bien que el PDeCAT y la patronal catalana se han llevado bastante bien (tanto en dictadura como democracia) con la oligarquía española (y con los partidos que la representan) y existen multitud de ejemplos como el famoso Pacto del Majestic. Tampoco la clase obrera y las capas medias se dejan engañar, especialmente cuando a la vista de todos el gobierno español y el catalán se entendieron a la perfección cuando apostaron por poner fin a la huelga de trabajadores en el aeropuerto del Prat.

La necesidad de una alternativa solidaria y respetuosa con las naciones que componen España es más necesaria que nunca debido al recrudecimiento de la cuestión nacional en los últimos años en España.

Una alternativa socialista a la cuestión nacional

Para la clase trabajadora las cuestiones nacionales son secundarias como es comprensible: prefiere tener trabajo y servicios sociales de todo tipo y de calidad. No obstante, no es inmune al espíritu nacionalista ya que sufre un martilleo continuo por parte de los medios e instituciones controlados por la burguesía.

Los trabajadores y trabajadoras no poseen las fábricas, ni los medios de comunicación, ni la banca, etc. solo poseen su fuerza de trabajo, que venden a cambio de un salario que les permite sobrevivir, no obstante, tiene una potentísima arma que ignoran: su unidad. Pero ésta debe forjarse, con conciencia de clase y organización. La oligarquía sabe de este potencial, de ahí que se esfuerce tanto en dividir a los trabajadores defendiendo ideologías como el nacionalismo, la xenofobia, etc. Si el trabajador culpa de sus miserias a otro obrero y no al patrón, éste último tiene un trabajador sumiso: azuzando el odio entre trabajadores la banca siempre gana. Hemos visto multitud de ejemplos de este tipo y como ciertos medios de comunicación privados han seguido esta estrategia a pies juntillas: el caso de los estibadores o los controladores aéreos son muy buenos ejemplos.

El posicionamiento, bien de indiferencia o bien chovinista español hegemónico en las conciencias de los trabajadores, se debe en gran medida por culpa de los partidos que se reclaman la vanguardia de la clase obrera y de las capas medias. Este hecho se debe a la dinámica de crisis que aún sufre el movimiento anticapitalista en general; esta situación debe ser superada.

También es necesario señalar como la confusión ideológica domina en la izquierda, especialmente en la cuestión nacional. Esto se debe a que la ideología burguesa se ha infiltrado fuertemente en el movimiento. Por un lado algunos que van de izquierda defienden que solo existe una nación, la española; por otro, algunos ven naciones por todas partes (Castilla, Andalucía, etc.). Todos estos análisis son erróneos porque no se ciñen a la realidad. Tan equivocado es negar la existencia de las naciones que componen España como considerar a territorios que no cumplen con los requisitos como naciones (lo que sería inventárselas directamente). Con requisitos me ciño a los defendidos desde el marxismo, cuya producción teórica en este ámbito es muy amplia.

En el caso español, destaca la nación española como la hegemónica, y por otro lado tenemos a las naciones periféricas, las también denominadas naciones históricas (Galicia, Cataluña y País Vasco). Evidentemente a las naciones históricas se les debe reconocer el derecho democrático a elegir su propio destino (autodeterminación). Sin embargo, también hay que ser consciente de que las nacionalidades son una realidad histórica y dialéctica y como tal evolucionan y se trasforman. No se puede ser tampoco dogmático en este sentido.

Los defensores del internacionalismo y la solidaridad entre pueblos somos conscientes que el enemigo principal de la clase trabajadora y la pequeña y mediana empresa es la oligarquía, tanto la española como la catalana (la europea también). Por tanto, solo la solidaridad entre las clases sociales populares puede poner fin al conflicto e imponer la solidaridad entre los pueblos y acabar con la explotación del grande sobre el pequeño, del capitalista al trabajador. Mediante un proceso democrático se podrá avanzar en la resolución de la cuestión nacional, pero debemos de ser conscientes que la oligarquía española no nos lo pondrá fácil. No podemos vacilar, el reto que se nos presenta es importante.

La meta a corto y medio plazo de todo demócrata y antifascista consecuente es la siguiente: denunciar todos aquellos atropellos a los derechos democráticos y sociales (incluidos el derecho a decidir) y movilizarse contra la deriva cada vez más autoritaria y represiva del Estado español. Solo la democratización de España permitirá reducir las tensiones entre los pueblos que la componen, pero solo el Socialismo podrá solventarlas.

Bien las fuerzas democráticas y progresistas desalojan al Partido Popular del gobierno y democratizan las instituciones (pasando primero por permitir la celebración de un referéndum en Cataluña) y llevan a término un proceso constituyente que aborde la cuestión nacional, o bien correremos el riesgo que el fascismo y la secesión se impongan.