Opinión

Publicado en el perfil personal de Facebook de Antonio Carmona Márquez

La Sevillana o la crónica de un futuro cerrado por derribo

Antonio Carmona Márquez

28/11/2015

(Última actualización: 28/11/2015 20:36)

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Supongo que son demasiados recuerdos. La Sevillana (Sí, para mí siempre será la Sevillana) es el motivo por el que un servidor se hizo puertollanero. Mi padre trabajaba en otra Sevillana. Aquella no contaba con una torre de refrigeración que derribar, pues teniendo el mar a tan sólo unos metros, se puede llevar a cabo el proceso de enfriamiento de una manera mucho más barata, al no ser necesario reutilizar el agua. Desde el Zapillo de Almería hasta la Avenida de los Mártires de Puertollano, había entonces más de 400 kilómetros de carreteras infames, que dejaban atrás un pasado y te enfrentaban, para bien o para mal, con un futuro a desarrollar en un medio completamente diferente. Yo era tan pequeño (7 años) que apenas me costó adaptarme. Creo que a mis hermanos y especialmente a mi madre les costó mucho más.

El primer bloque de viviendas de la Sevillana estaba (aún está, esperemos que por muchos años y que no corra la misma suerte que la torre de refrigeración) en el nº 61 de la que hoy es la Avenida 1º de Mayo. Nuestro piso, en concreto, estaba encima de la SEAT. Entonces era uno de los pocos bloques de viviendas que había por allí. Desde la ventana de mi habitación se veía La Sevillana, toda la Sierra de Puertollano y el Puerto de Mestanza. Así que vivíamos prácticamente en la frontera entre un Puertollano ajardinado, casi de película y un Puertollano adoquinado o de calles polvorientas. Nosotros habitábamos en éste último. Luego harían más bloques para los trabajadores, en la calle Asdrúbal, con un local recreativo, que sería conocido por el apodo un tanto chusco, pero muy descriptivo, de “El Corral de la Pacheca”.

La carretera que desde la Calle Asdrúbal conduce hasta la Sevillana, tampoco tenía mucho que ver con la actual. Se trataba de una franja estrecha, mal pavimentada y sin pintar. Las mañanas de niebla resultaban especialmente duras para unos trabajadores, a los que los cuatro kilómetros de distancia desde el pueblo, se les hacían eternos. En ocasiones, la niebla era especialmente espesa y un compañero se salía del coche, para ir marcando a pie el camino al conductor. Eran, definitivamente, otros tiempos. Durante los primeros años se podía pasar a las instalaciones sin apenas control. Yo mismo he experimentado las 8 horas de un turno completo de mi padre en varias ocasiones, cuando aún era un niño de 11 años. Sus compañeros ya me conocían y me explicaban todo el funcionamiento de pe a pa. A mí me impresionaba sobre todo la gran sala de la turbina, emitiendo un estruendo bronco y vibrante que se te metía hasta el tuétano; y aquella inmensa caldera quemando fuel y carbón. Un técnico me describía el funcionamiento de los “mecheros”; y qué se hacía durante las paradas y los arranques. Entonces abría, para que yo lo viera, un ventanuco, desde el que se contemplaba el interior de la caldera. Aquello sobrepasaba con mucho el aspecto que un niño de mi edad pudiera imaginar para el infierno. La sala de control era algo así como las películas de ciencia ficción de la época: grandes consolas llenas de botones, luces de colores e inmensos mazacotes de cables. Si acaso me decepcionó el hecho de que en realidad allí parecía que había poco que hacer. A decir verdad, se me antojaba increíble que todo aquello funcionara sin que, al menos aparentemente, nadie estuviera haciendo nada (incluyendo en esto a mi padre). De hecho, muchos de ellos habían desarrollado una habilidad increíble para solucionar crucigramas. Mi padre parecía ponerse nervioso cuando le preguntaba con absoluta ingenuidad: “¿Y ahora qué hay que hacer?...” “Bueno, es que hasta dentro de un rato no hay que volver a analizar el agua. El agua viene del Guadiana hasta aquellas “piscinas”. Pero así tal cual no nos vale. Hay que añadirle unos reactivos para que el vapor, que mueve la turbina, sea lo más fuerte posible.” Y ponía un matraz sobre una base imantada y vertía agua en el matraz. Dentro de éste giraba un cilindro también imantado, provocando un gran torbellino en el agua. Íbamos añadiendo diferentes productos químicos y el compuesto iba cambiando de color, aunque creo que en realidad aquello no tenía nada que ver con la turbina, ni con la potencia del vapor. Se trataba simplemente de entretener a un niño preguntón. También sentía una gran fascinación por una báscula en el laboratorio, que era capaz de apreciar el peso de una mosca. Jamás desde entonces he tenido ocasión de comparar el peso de una mosca con el de una hormiga o una polilla. De todas formas, nada podía resultar más impactante para la mente de un niño que la vertiginosa altura de la chimenea y la torre de refrigeración. Un invierno, seguramente el más frío que jamás haya sufrido nuestra comarca, se formaron en la torre de refrigeración unos chupones de hielo gigantescos. Aquellas instalaciones no estaban preparadas para unas temperaturas tan bajas (se registraron -13º C) que reventaron tuberías, ocasionando una de tantas paradas.

Aparte de todas estas anécdotas, en Puertollano siempre ha existido una dualidad entre los trabajadores de estas grandes empresas y el resto de trabajadores del pueblo. Mis hermanos y yo, entonces, no éramos muy conscientes de ello. En nuestra piso, por ejemplo, no estábamos acostumbrados a apagar, ni a pagar la luz. No era extraño que incluso pasásemos calor durante el invierno, pues los radiadores eléctricos no se desconectaban hasta la primavera. Los empleados acabaron siendo dueños de las viviendas de Sevillana por un precio módico, que se descontaba de sus nóminas durante décadas, sin que apenas lo notasen. Sin embargo, nosotros elegimos o a nosotros nos eligió un camino mucho más pedregoso, esto es, el de autónomos o emprendedores, denominación en boga actualmente. Ya no hay electricidad gratuita, ni trato especial por parte de nadie, ni instalaciones deportivas o lúdicas o recreativas, desde las que mirar por encima del hombro al resto de mortales, que por hache o por be no han sido merecedores de tales privilegios. Eso sí, tenemos la suerte de disfrutar de una salud de hierro. A miles de autónomos o trabajadores de medianas y pequeñas empresas les puede ir mal o peor que mal y nadie se va a preocupar de ellos. Nadie se va a manifestar. Nadie se va a rasgar las vestiduras.

La central térmica Sevillana de Almería desapareció y no dejó ni rastro. En su lugar han erigido unos inmensos bloques de viviendas en primera línea de playa. En cualquier caso, en Carboneras, pueblo de la misma provincia, construyeron otra mucho mayor que la de Almería. Tras el desplome de la torre de refrigeración en la Sevillana de Puertollano, tan solo se ha erigido el recuerdo de un pasado que nos ofrecía un futuro mucho más prometedor. Aquí nos conformamos con lo que sea. A pesar de las grandes diferencias de sueldos y condiciones laborales, queremos que haya más sevillanas, más elcogases, más silicios, más solarias, más repsoles, más de lo que sea. Eso sí, deberíamos cambiar esa actitud tan acendrada entre nuestros paisanos, de que nos llegue una solución milagrosa desde “arriba”. Y, por supuesto, deberíamos procurar con nuestro propio esfuerzo, si es posible, que no se nos quede todo en un recuerdo.