Opinión

Compartiendo diálogos conmigo mismo

El consuelo espiritual del órgano

Víctor Corcoba Herrero

22/09/2015

(Última actualización: 22/09/2015 20:01)

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No hay lugar más glorioso, que los augustos muros de un santuario,

recogiendo el armónico abecedario de un órgano, esparciendo

alabanzas al Creador, como el de Nuestra Señora de los Olmos,

en Torre de Juan Abad, donde el corazón se empaña de emociones.

¡Cuántas lágrimas derramé al sentir en mis habitaciones su melódica

explosión de vida, como un estallido de amor me llené de entusiasmo,

y opté por recluirme en su llama, con el propósito de hacer penitencia,

purificándome con el pueblo en una sola sinfonía, en un solo coro!

La liturgia de lo celeste se expresa en esta Iglesia Parroquial

del Señorío de Quevedo, con tanta fuerza versátil, que hasta siento

deshojarse la rosa del espíritu y enhebrarse los campos de poesía,

ya que somos hijos del verso, y al verso hemos de volver para siempre.

En Nuestra Señora de los Olmos, yo también oigo a los que se fueron,

el templo está lleno de ausentes que no son tales, son presencia viva.

Todo se funde y se confunde con el deslumbramiento de los sonidos,

porque lo que se alumbra no tiene otro propósito que alcanzar a Dios.

De modo que aquí, en la inmortal Torre, todo se concierta en grupo.

Una familia, la Torreña, alimentada y alentada con el oído espiritual,

que sabe abrazarse para engrandecerse, unirse para cantar al cielo,

ser para los demás el pan de cada día; y, para sí, el amor donado.

Todo está poblado de músicas y silencios, de lenguajes y soledades,

de sentimientos en su estado puro, y el paisaje no es sino placidez

hecha luz, que injerta calma y que colma de alivio a los apenados,

pues dejarse acariciar el alma por sus sones, es como abrazar el edén.

Víctor Corcoba Herrero

corcoba@telefonica.net