Puertollano

Artículo publicado en el extra de fiestas de La Comarca

Puertollano: "Recuerdos, reflexión..., nostalgia"

Buscando en la memoria, este viejo puertollanero que languidece aquí en el Sur de esta entrañable Andalucía, al sol y al viento que se proclaman reyes en este lugar llamado Sanlúcar de Barrameda, los recuerdos afloran frescos y pujantes como las amapolas de Mayo en mi bendita tierra de nacimiento.... Y de entre ellos uno toma fuerza incontenible como pidiendo ser contado en este espacio que, generosamente, me brindan mi amigo Julián y su entrañable "La Comarca de Puertollano".

Quiero subrayar que se trata de un relato personal, fuera del contexto en que pueden figurar los que se dedican con explicito sentimiento religioso a la próxima celebración Mariana del día de nuestra amadísima Patrona. Pero, eso sí, su contenido va impregnado de la ternura e ingenuidad de aquel niño que fui en aquel Puertollano que me forjó sintiéndome hijo amantísimo de nuestra Virgen de Gracia y que hoy, desde tan lejos , le ofrezco con humildad este relato que pretende ser oración apócrifa de este errante hijo suyo que la adora

Eloy Núnez

17/09/2015

(Última actualización: 18/09/2015 10:22)

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Es curioso. Cada vez que paso por las inmediaciones de la Fuente Agria, fluyen en torrente a mi pensamiento infinidad de recuerdos y sensaciones que me hacen rememorar, nostálgicamente, pasajes de mi infancia que se corresponden con la historia del Pueblo, tomando como referencia cronológica la que se corresponde con las décadas de los años cuarenta y cincuenta del pasado Siglo.

Y este tipo de recuerdos me asaltan espontáneos ante la presencia impertérrita del bronceado Dr. Limón Montero. Es como si los efluvios férricos de su agua, tan querida, activasen mi subconsciente rescatando esos retazos vitales que tanto y de que manera han moldeado mi conducta y condicionado mi propia existencia. Algo mágico fluye, incontenible, del todavía perceptible olor que emana del agua de sus cuatro caños y llega a sus inmediaciones inundándolo todo, impregnando el ambiente de lo que a mi se me antoja como un sutil aroma sacramental.

Sobre todo en verano, cuando el astro rey sube nuestros termómetros a los 40º a la sombra, los vientos son menos frecuentes y las fragancias de este entorno se expanden y mantienen mejor entre la concurrida asistencia.

Hace unos días, paseando tranquilo por sus inmediaciones me asaltó el recuerdo de un caluroso atardecer de agosto de principios de los años Cincuenta del pasado Siglo. Me lleva de la mano una persona entrañable, camino de un recién inaugurado Cine Imperial Terraza, y preso de una emocionada excitación que me hace correr más que andar suscitando las quejas de mi acompañante. Y es que en aquellos tiempos ir al cine en día laborable era poco o nada frecuente, salvo en el Verano y para aquellas economías de clase media que, como venia a ser mi caso, se sacrificaba la compra de carne o pescado del día siguiente por el placer de asistir al espectáculo.

Sea como fuere, el caso es que mi joven músculo cardiaco -yo tenia 12 años- amenazaba con salírseme del pecho del placer que experimentaba al subir por el Paseo de San Gregorio, camino del Cine.

Una vez allí, después del asombro que nos causaba la contemplación de sus instalaciones recién pintadas, el color dado a silla y butacas, el sonido que los altavoces emitían y el tamaño y confección de la pantalla, es decir de todo lo que mis ingenuos ojos contemplaba, tomábamos asiento y comenzaba la proyección del No Do con sus mensajes de inauguraciones de pantanos y viviendas protegidas y con aquel final incomprensible del mundo a nuestro alcance tras el cual se detenía la proyección, se encendían las luces para el descanso y a los niños -si había bolsillo para ello- se nos daban unas monedas para mitigar sed y calores con un botellín de gaseosa de Florián, mientras sonaban por los altavoces los angelitos negros de Machín.

Tras el descanso el apagón por las restricciones y a esperar entre silbidos, no se sabe a quien dirigidos aunque uno ya empezaba a intuir algo y, con suerte, a los 30 o 40 minutos el encendido y los aplausos con el mismo destinatario misterioso.

Por fin comenzaban la peli de turno y con ella el sosiego reivindicativo que no la pasividad del respetable que comenzaba a atacar con firmeza las pipas, altramuces o cacahuetes adquiridos al paso a un juvenil Juanito o a una bondadosa Sabina, que por dos reales te llenaba un cucurucho mayor que el de los otros puestos. A los peques se nos dejaba, a veces, consumir regaliz del duro que, mezclado con los altramuces, producía un intenso sabor, inimitable, de lo más gratificante.

A mi me ocurrió esa noche algo curioso: En una secuencia de la peli en la que el malvado de turno asaltaba a la inocente doncella, entre la emoción del lance y mi deseo espontáneo de avisarla, me atraganté de tal manera con el menú altramucero que, gracias al azar de ser vecinos de localidad del Practicante Sr. Flores que me atendió de urgencia, la cosa no pasó a mayores, de no ser así no lo cuento por que el atranque fue mayúsculo.

Cuando terminaba el espectáculo y bajábamos por el Paseo camino, cada cual de sus respectivos hogares, percibíamos lo gratificante del frescor natural que emanaba de los jardines y la arboleda, compensando la sequedad y el polvo traspirados y respirados en el recinto cinematográfico. ¡Qué aromas, que fragancias venían a despejar mi aún aturdida cabeza y mis resecos pulmones! Asimismo me relajaba enormemente la contemplación de aquellos vecinos a las puertas de sus casas, en armoniosas tertulias prolongadas por la ausencia de sueño y la presencia del calor veraniego, donde a veces solías escuchar la queja de una madre por la tardanza en escribirle el hijo en el servicio militar o la alegría - compartida- de ese padre al participar a sus tertulianos que ese Julián ya iba a ir a la mina con él y vendría un jornal más para ayudar a la familia.

En el apacible silencio de aquellas noches todo se oía, aún a cierta distancia: El sonido eterno del agua de la fuente al caer... El noctámbulo búho que al pasar sobre las copas de los arboles desgranaba su extraño canto de misterio y muerte... Las campanas de la torre de la Asunción anunciando puntuales las horas... El fragor lejano del valle minero y del Complejo fabril de la Destilación la Central Eléctrica y los Talleres de Calatrava, con los trabajadores en su batalla del turno nocturno.

Hoy... ¡Hoy son otros tiempos, otras circunstancias! El llamado Progreso ha traído a nuestras vidas un cambio que cuesta asimilar. Los búhos nocturnos han sido sustituidos por el altísimo reactor del que solo percibimos su lejano penacho de humo blanco. Las fragancias vegetales se han permutado contaminándose con el humo de tantísimo coche como circula por los laterales de nuestro querido Paseo. El sosegante sonido de las campanas de la Asunción ya no se percibe, no lo permiten los decibelios de los bafles automovilísticos, bares, chiringuitos que, despiadados, realizan la sórdida tarea de atrofiar los tímpanos de nuestros oídos. Y el sonido eterno del agua de la fuente al caer..., ese también se ve alterado, ligeramente eso si, por este otro apenas perceptible que originan las lágrimas amargas que brotan de mis ojos al ser consciente que ya nunca seré aquel niño feliz que corría más que andaba, camino del Imperial Terraza en una calurosa noche de agosto.

Sanlúcar de Barrameda, Agosto de 2015.

Eloy Núñez Sánchez

¡Viva Puertollano!...¡Viva nuestra Virgen de Gracia!