Puertollano

Cristina Ruiz Paredes, pianista de Puertollano, número uno de Castilla- La Mancha en las oposiciones para profesor de Conservatorio

“Aún estoy en la fase de incredulidad”

Eugenio Blanco

09/08/2010

(Última actualización: 09/08/2010 12:00)

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Todavía no se lo cree. Ahora, Cristina Ruiz Paredes, vive en una nube, la nube del éxito se podría pensar, aunque su nube del éxito está anclada en densísimas horas de trabajo. Cristina Ruiz, pianista de Puertollano, ha sacado la mejor nota de Castilla la Mancha en las Oposiciones oficiales de profesora de piano para Conservatorio. Todo un logro por sí solo, sin duda, pero un logro aumentado, amplificado por el pundonor, cuando añadimos que esta pianista sufre un glaucoma desde los seis años que le impide la visión.

La historia de Cristina Ruiz es la historia de una pasión: la pasión por la música. Oyéndola hablar, escuchando sus reflexiones sobre “el lenguaje más íntimo que éxite”, uno deduce que Cristina vive en dos mundos, en dos realidades: en la cotidianidad por la que todos andorreamos como podemos, y en la aureola paralela de la música, de ese lenguaje cifrado y sutil que describe los mecanismos más puros de la condición humana.

Comenzó “relativamente tarde” su carrera como pianista. Ingresó en el Conservatorio de Puertollano con trece años, impulsada por la querencia familiar hacia la música, por probar como quien busca un camino, y lo encontró. Se apasionó del piano y ya no dejó su aprendizaje. Estudió los tres grados de Piano (en Puertollano, Ciudad Real, Getafe y Madrid), con la paciencia que ya inspira en sí la dedicación laboriosa a un instrumento, al que hay que saber desnudarlo de esencias para recuperar sus sonidos esenciales. Estudió y estudió, ensayó y ensayó.

Se fajó contra el esfuerzo que le proponía su reto y se fajó con las dificultades extras que su ceguera le imponía. Pero nunca cejó. Desconfía de esas teorías que dicen que los ciegos tienen una sensibilidad extra para la música y asegura que para ella la ceguera en su carrera ha supuesto la misma alteración que supone en el resto de su vida. Aunque sí reconoce, tímidamente, o se le intuye, más bien, que en la música, en la música que consigue interpretar, sí entabla un diálogo íntimo que le hace vibrar con una soltura desconocida. Cuando se sienta al piano e interpreta los Juegos del agua de Ravel, por ejemplo, conmueve a los que escucha, les hace evadirse del espacio, llevarlos de la mano a la partitura, hacerles ver lo que ella ve: el alma misma del compositor.

La oposición ha sido durísima y sólo han aprobado 4 estudiantes, aunque se ofertaban siete plazas. Ella, que además tiene terminados los estudios de Pedagogía de Piano, está a la espera de que le den el destino para comenzar su periodo de prácticas, antes de hacerse cargo de la plaza en el conservatorio que le toque en suerte. No ve el momento de comenzar a dar clases…

Asegura con un aire ilusionante estar más que preparada para este nuevo reto en su vida y pide a los padres de los alumnos (en un llamamiento extensible a la sociedad) que no la prejuzguen, que confíen en su capacidad demostrada, en su sensibilidad y en su talento para ofrecer sus conocimientos a los nuevos alumnos. Habla de las “bonitas relaciones” que ha conseguido generar con sus otros alumnos y no tiene ninguna duda que esa inercia continuará. Hasta que llegue el momento de comenzar las clases, Cristina sigue descansando, paladeando su recompensa, viviendo en el interior de un piano que suena de maravilla.