Puertollano

"Mirando a Yukali" o cómo el dadaísmo cautiva a todo quisqui

60 minutos en el Edén dadaísta de Alba Sarraute

J. Carlos Sanz

02/04/2009

(Última actualización: 02/04/2009 14:00)

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Hay propuestas que desde el principio generan un campo de atracción electromagnético convirtiendo a los espectadores en limaduras de hierro que se agolpan en el epicentro de ese imán. Anoche, el magnetismo escénico de Alba Sarraute y su “Mirando a Yukali” fue impecable a la vez que genuino. Irreverente, vacilona, poliédrica, carismática pero sobre todo polivalente, esta extravagante creadora cautivó al personal poniendo en escena un montaje de alto voltaje dadaísta.

Acompañada de dos músicos, un batería y un teclista, Alba Sarraute combina su dominio del saxo tenor con un discurso en apariencia caótico pero bien estructurado en cuanto a generación de gamas emocionales. Y adereza lo anterior con una personalidad explosiva, flamígera, diría que kamikaze, poniéndolo todo patas arriba, imbuyendo al espectador en un mundo aquejado de trastorno bipolar pero que rezuma colorido, originalidad, geniales reflexiones sobre los corsés y convenciones que actúan como alambradas de espino en el pleno desarrollo del ser humano.

Con su lengua viperina, esta payasa (con mayúsculas) domina el proceso creativo dadaísta como nadie creando atmósferas corrosivas, un ácido sulfúrico escénico que perfora las mentes más prejuiciosas llegando hasta el tuétano. Poseedora de una maestría en escena como muy pocos, dotada de un plantel de recursos expresivos inacabables, Sarraute introduce al espectador en su particular territorio, el mundo imaginario de Yukali. Allí no hay lugar para los temores, la culpabilidad larvada en nuestras mentes por el peso de la religión, ni para ninguna región oscura del ser. En Yukali todo es irremediablemente disparatado, imprevisible e inefable. Alba muestra su reinado creativo, nos hace pasar hasta el fondo, nos invita a quedarnos el tiempo que sea necesario y cuando uno se hace a la idea de que como en Yukali ningún sitio, es hora de regresar. Subidos a la barcaza del dadaísmo, el espectador se asemeja a un inmigrante forzado a marcharse de esa tierra llena de raíces.

“No estamos locos cuando hemos encontrado la manera de salvarnos” repite varias veces Alba Sarraute. Ella encontró su paraíso terrenal en el imaginario Yukali y lo que allí sucede y se vive sólo algunos espectadores privilegiados lo saben. Montaje sin parangón que demuestra de manera contundente que otra forma de vivenciar el teatro es posible.