Extracto de un articulo del extra de feria de mayo de La Comarca de 2002

HAGAMOS MEMORIA....

Casi todo el Paseo estaba de tierra: tan sólo una franja de unos tres metros de ancho disponía de una acera de arcaicas baldosas junto a la calzada de los impares, toda ella, eso sí, bien adoquinada. El ir a la Feria suponía ponerse los zapatos perdidos de polvo, y a mitigarlo en lo posible acudía el camión cuba (municipal, por supuesto)

José D. Delgado Bedmar

01/05/2008

(Última actualización: 25/08/2008 12:00)

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Recuerdo que cuando llegaban los días de la Feria, que nunca había que confundir con las Fiestas de la Patrona, todos los niños estábamos encantados y nerviosos porque se encaraba la recta final del curso escolar y del 1 al 10 de mayo, siempre diez días, como poco diez días, diez días nada menos, no teníamos clase por la tarde para que la pudiéramos aprovechar mejor. Y no era lo mismo que la Feria de septiembre, ni mucho menos, porque ésta era ya la antesala de un nuevo curso, con todo lo que eso significaba, y aunque pudieras ir mañana y tarde, ya sabías que en cuanto acabase aquello comenzaba la rutina de las clases.

Pero es que Feria eran también los preparativos. A finales de abril ya habíamos visto instalar las bombillas de colores por el Paseo, la llegada de los camiones y las roulottes de los feriantes a “El Bosque”, y los carteles pegados en las paredes de la Plaza de Toros con los espectáculos programados, musicales y también taurinos, que para eso estaba hecha la Plaza: como poco una corrida, una novillada y una “charlotada”, que era como se llamaba coloquialmente al “espectáculo cómico-taurino-musical” del inefable Bombero Torero y la troupe de enanitos que le acompañaban.

Casi siempre en la tarde-noche del día antes de la inauguración tenía lugar la lectura del pregón, solemne ocasión en la que las recién elegidas Reina de las Fiestas y Damas de Honor (cuatro habitualmente) se vestían sus trajes de símil-novia, adornaban sus cabelleras con flores y aderezos, y acompañaban del brazo al alcalde y concejales para presidir el acto en el escenario del entrañable aunque ya bastante decrépito Gran Teatro. Se asistía por rigurosa invitación (municipal), pero no es menos cierto que se dejaba una cierta manga ancha para que los que quisieran pudieran subir por las entradas laterales del edificio hasta el anfiteatro (vulgo gallinero), dado que así no se mezclaban, ni siquiera al entrar o salir, con los que se sentaban en el espléndido patio de butacas o en los señoriales palcos.

El día grande por antonomasia era el 1 de mayo, día de fiesta a todos los efectos, pan doble el día anterior repartido casa a casa, saco de papel al hombro rebosando “vienas”, “ye-yés” y “colones”, por los eficaces y sufridos conductores de mulas, asnos y carros de las panaderías de Blanco, Gómez, Madrid, Pizarro, Carrión y algunas otras. Pocos minutos antes de las doce en punto de la mañana, la calle del Restregón, que era como muchos llamaban aún al segundo tramo (ni que decir tiene que entonces no peatonal) de la calle Aduana, servía de involuntario amplificador a los armoniosos acordes del pasacalles interpretado por la Banda Municipal de Música, encabezada con gesto digno no exento de presunción por su director, don Emilio Lozano de Sesma, que anunciaba que la comitiva que poco antes había salido de la puerta del Ayuntamiento (hoy Museo Municipal) estaba a punto de llegar a su primera parada: el inicio de la pérgola que unía, por así decirlo, el principio de los impares del Paseo con la Glorieta de don Emilio Porras, por todos (mal) llamada “la del niño meón”.

A la cabeza de dicha comitiva, como queda dicho, iba la banda, seguida por el Alcalde, don Millán Aguilar, y sus concejales; por la Reina de las Fiestas y sus Damas, elegantemente vestidas de calle y portando grandes ramos de flores; por el Comisario Jefe de Policía y el Capitán de la Guardia Civil; por algunos policías armadas (o grises) y parejo número de municipales; y como persona importante el Gobernador Civil, rara vez el Presidente de la Diputación, jerifalte provincial en todo caso, que tenía el privilegio de ser el primero que, tras la solemne interpretación del himno nacional por la banda, cortaba la cinta con los colores de la bandera de España que unía las dos primeras columnas de la pérgola. Dicha interpretación hacía que el guardia urbano que siempre había en esa esquina dirigiendo el escaso tráfico dejara de hacerlo y saludara con gesto marcial llevándose la mano al borde del sombrero-casco tipo “salacot” que llevaba en la cabeza. También durante la interpretación del himno se interrumpía la ordenada venta en el cercano quiosco de “Pradito” de los periódicos del día y, más que nada, del “Programa de Ferias”, poco pero sustancioso texto, mucho anuncio, fotos hechas por Rueda de las obras municipales del año anterior, y que ya entonces costaba la elevada cantidad de 10 pesetas.

Un inciso antes de seguir: algunos días antes de esta inauguración oficial, operarios municipales habían colocado en esta peculiar “entrada del ferial” una estructura metálica a modo de arco triunfal en el que neones y bombillas de colores componían las letras de “Feria de Puertollano. Del 1 al 10”, acompañadas del año en curso, aunque la cosa podía variar: 1970 fue un año especial, porque se conmemoraba el 75 aniversario de la Feria y también se hizo luminosa referencia a ese 1895 en el que presuntamente comenzó.

Seguimos. Se cortaba la cinta, cerrada ovación de la concurrencia, se encendían las luces (neones blancos y de colores arriba y a los lados de toda esa pérgola y de la que unía la Glorieta con la Fuente Agria), y de nuevo en marcha. Banderas españolas en las farolas, curiosos que se acercaban a ver a los que pasaban y que luego seguían al cada vez más numeroso grupo, que continuaba a buen paso Paseo arriba. Y la Fuente Agria, que se procuraba rodear por la izquierda, porque a la derecha quedaban los más bien poco presentables urinarios públicos, junto a los que se hallaba la parada de taxis y un banco “gremial”, pues estaba destinado a servir de privilegiada atalaya a los siempre curiosos taxistas mientras aguardaban la llegada de un cliente.

En un santiamén llegaba la comitiva al “Bosque”, bonito nombre para un lugar que entonces casi carecía del todo de los elementos que le habían convertido en “Campo de la Fiesta del Árbol” a principios de siglo: apenas una hilera de escuálidos álamos a la izquierda y algún que otro abeto en los pequeños jardines que había a un lado y a otro, como temerosos de quitar terreno a la diversión. Las atracciones se habían puesto en funcionamiento poco antes de llegar el grupo, quizá incluso la noche antes, pero no era costumbre que “el personal” fuera a la Feria hasta que no se inauguraba, como si el corte de la cinta fuera el pistoletazo de salida de una carrera que para casi todos acababa en el propio ferial, aunque para el grupo “importante” tuviera como meta la iglesia de la Virgen de Gracia. Llegaba el grupo, la Reina y las Damas ofrecían los ramos de flores a la Patrona y se entonaba una Salve dirigida por el cura párroco, don Gaspar Naranjo. Y ya estaba, fin oficial de la inauguración, porque el sustancioso refrigerio posterior (pagaba el municipio), no figuraba en el programa.

A la Feria se solía ir por la tarde o por la noche, salvo que fuera festivo. O sea, que como ahora. Y no se cabía, literalmente, mucha gente y poco espacio, porque a la Feria se iba también a pasear en el Paseo “de abajo”, a ver y a ser visto, a comentar cómo iba éste o aquél, y se sacaban los mejores trajes y vestidos, los de los domingos o, mejor, se compraban o hacían para la ocasión. Y se vestía a la niña de gitana (no de flamenca, mucho ojo), y se le pintaba un lunar y se le ponía una peineta, y qué mona que está mi niña, decía la mamá orgullosa cogida del brazo del endomingado papá y colocándose mejor el collar de perlas (falsas) de las grandes ocasiones.

Entonces casi todo el Paseo estaba de tierra: tan sólo una franja de unos tres metros de ancho disponía de una acera de arcaicas baldosas junto a la calzada de los impares, toda ella, eso sí, bien adoquinada. El ir a la Feria suponía ponerse los zapatos perdidos de polvo, y a mitigarlo en lo posible acudía el camión cuba (municipal, por supuesto). A media tarde comenzaba su benéfica labor, arriba y abajo, arriba y abajo, regándolo todo, no tan rápido como para no sentar el polvo en todas partes, no tan lento como para permitir que se hicieran charcos, que el barro manchaba tanto como el polvo (o más). Y todos agradecían que no hubiera tanto polvo (o charcos) cuando iniciaban el trayecto desde abajo y las luces de colores ayudaban a las escasas farolas de todos los días para que todo brillase como debía en día de Feria.

Los quioscos de entonces no eran fijos: eran carros acondicionados (y con toldos portátiles) que a diario eran traídos hasta el Paseo, y en esos días estaban rebosantes de género, seguros sus dueños de hacer buena caja. Recuerdo especialmente a cuatro de éstos. El primero era el de Pedrito, pocos le conocían por su primer apellido (Golilla), después propietario de comercio fijo en la calle de la Soledad, frente a Colado. Entonces empujaba su carro (presente seguro los días de fiesta, no siempre cuando no lo era) hasta el inicio del Paseo, y allí vendía sus famosos frutos secos, incomparables y famosas sus almendras, que eran casi marca de calidad excelsa: decir entonces “las almendras de Pedrito”, era mucho decir.

A unos diez metros le seguía el Cartero, casi nadie conocía su nombre, tan sólo su ocupación matutina en días laborables: “Cartero, ponme cien gramos de gambas”; “Cartero, ponme cuatro cangrejos, pero que sean hembras”; “Cartero, ponme unos camarones para los niños”. En aquellos tiempos en los que los congelados eran casi del todo desconocidos y el marisco era el mayor de los lujos, las blancas gambas del Cartero se comían los sábados y domingos y en Feria, y nunca más de cuarto de kilo, que hay que ver, treinta pesetas los cien gramos, dónde vamos a llegar, y a duro cada cangrejo, ni que fueran de oro. Pero las gambas y los cangrejos se compraban, metidos en su cucurucho de papel de estraza y bien pesados en la balanza de minúsculas pesas, y también los “bichillos”, nombre con el que los niños conocíamos a los camarones, que se comían con cabeza y todo, faltaría más. Y nada de caja registradora, que para eso estaba una buena caja de madera de tres compartimentos que también servía de contenedor de pesas y el Cartero cerraba con estrépito cada vez que cobraba.

Y las patatas fritas, al otro lado, en alargados paquetes de papel llenados a mano a rebosar y en directo por “las rubias”, dos hermanas de inmaculados delantales que los fines de semana y en Feria traían su exquisito género recién hecho y les ponían el último punto de sal. Y un cuarto puntal de los fines de semana y también de la Feria: Juanito. Las pipas de Juanito. Filas de diez o doce personas esperando para comprar pipas, como si nadie más vendiera pipas, cucuruchos de papel inmensos por cinco pesetas, que el plástico ni se conocía.

Y con todo esto (almendras, gambas, patatas y pipas), con escasas novedades, más o menos cantidad o variedad según la capacidad adquisitiva del consumidor, a buscar mesa para la bebida, que el Paseo era el reino de las terrazas de mayo a septiembre (como poco), y siempre que no se abusara se podía llevar el aperitivo. Yo no llegué a conocer la terraza de la “Torre del Oro” ni la del “Sol y Sombra”, tan sólo las de los cinco bares consecutivos que había entre el establecimiento de don Patricio León y la casa de don Félix (o sea, entre las calles de la Fuente y Vélez, entonces Capitán Cortés): el Muñiz, el Macías, el Benedicto, el Chinato y el Coto. Todo terrazas, ya digo.

Pero la Feria era la Feria. Al otro lado de la vorágine de los impares, en el lugar que habían ocupado los llorados pabellones de hierro, se instalaban en Feria las casetas de la Peña “Luis Miguel Dominguín” y “El Cortijo”. Cotos cerrados a la inmensa mayoría, con pasodobles y boleros interpretados por prestigiosas orquestas, entre las que destacaba siempre una que tocaba todos los días: los locales “The King Boys”. Total nada. ¿La juventud?. Parte de ella no muy lejos: en la única discoteca entonces abierta, “Positzen”, en la calle Gran Capitán. No había abierto aún la segunda, “Anabel”, en la calle Juan Bravo. Muchos años faltaban para “Nausicaa”. Y para “Impala”, más aún. Algo más arriba de estas casetas comenzaban otras, una junto a la otra, como protegiéndose de un peligro invisible: las de los turroneros de Castuera, turrón de cacahuete en mayo, el raro coco, la fruta escarchada, las garrapiñadas. Veinte, treinta, cuarenta casetas de dulce.

Y llegamos al ferial. A la izquierda, el primero siempre, el “Expreso de Shangai” (el tren de la bruja, vaya), seguido de varios tiovivos, los (auténticos) caballitos de sube y baja, el (falso) vino de Cariñena, la inmensa noria, algún escenario para hacer fotos “de Feria” (increíble, pero cierto, uno con las pelucas y los instrumentos de los Beatles), los coches-topes y el látigo al final. Bueno, antes del final, que el final lo ocupaba el teatro: habitualmente el Teatro Chino de Manolita Chen, más raramente el Teatro Argentino, procacidad en grado sumo o hasta donde se dejaba entonces (poco). Y si empezábamos por la derecha, los bares de los genuinos pinchos morunos primero, muchas casetas de tiro después (cinco pesetas diez plomos, durísimos chicles Bazooka como blanco principal), algún raro laberinto o espejos deformantes, y al final los churros y las berenjenas, de Almagro, claro. Y poco más en el paseo lateral: algunos puestos de navajas de Albacete, otros de ropa “casi” hippie y varios con (hoy) espantosas figuras de cerámica para poner encima del televisor o el aparador: la indolente negra tumbada, el pastor alemán de fauces abiertas, el torito bravo de rebuscada pose, el caballo alazán con crines al viento.

Y qué decir de los días de corrida. A los niños no nos dejaban pasar, pero lo “veíamos” casi todo desde fuera: la fila de espectadores de Sol entrando por una pequeña puerta que había frente al Mercado y los de Sombra por otra algo mayor que se abría a la entonces conocida como Carretera del Villar (calle Gran Capitán); la Banda tocando pasodobles a cada momento; los olés, los aplausos y los pitos; y sobre todo la Puerta Grande, que daba a la Casa de Baños. Allí esperábamos más que por ver a los toreros triunfantes, por ver a los toros muertos, que eran arrastrados por las mulillas hasta la misma calle (mirábamos si les faltaban las orejas o el rabo) y cargados directamente en un carro municipal (a veces la mula que lo arrastraba casi no podía del peso), y luego conducidos hasta el matadero para ser desollados, con gotas de sangre que se veían entre los adoquines, de puerta a puerta.

Se quedan en el disco duro algunas cosas más. Las zarzuelas y el ballet de María Rosa de los Festivales de España; el Circo Americano en el campo de tierra (dos trenes para transportarlo, tres pistas, doscientos animales); la Cuerda languideciendo año tras año hasta que se consumió por falta de lo principal (año 1974); los fuegos artificiales que se disparaban desde la Glorieta de la Virgen el día 10; y tantas y tantas otras cosas. Será para otra Feria. Que disfruten la presente.