Fue diputado a Cortes Constituyentes por Ciudad Real

CARTA EN MEMORIA A ANTONIO JOSÉ LÓPEZ CASERO

Blas Camacho Zancada

30/09/2005

(Última actualización: 24/08/2008 12:00)

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Fue un molino de viento en el monte de Criptana: anclado en la Mancha y moviendo los vientos de España. Lo dejamos enterrado bajo veinte coronas, con más de mil flores sobre la tumba y más de mil amigos acompañándole a descansar para siempre, feliz, sin sombras de duda, sin dudas ni sombras.

Cuando veníamos desde el tanatorio de Nuestra Señora del Rosario, de Alcázar de San Juan, camino de Criptana, volví a recrearme en las vides otoñales, en los transportes de uvas recién cortadas, en los molinos blancos, más altos que la torre de la Iglesia, en el olor del aire tibio del veranillo de San Miguel, que anuncia el remate de todas las cosechas, menos la del azafrán, cuya flor tiene el color y el olor de noviembre, del purgatorio y del invierno.

Antonio se fue el domingo día 25 de septiembre, en medio de la vendimia y en el corazón de la Mancha, donde nació, creció y me decía que quería morir y enterrarse. El cortejo venía por el mismo camino que recorríamos veintidós días antes, el tres de septiembre, en dirección a Alcázar, para celebrar con esplendidez la boda de Cristina, su hija pequeña, bellísima como su madre y sus tres hermanas, casada en la Ermita de la Virgen de Criptana, a pocos metros de los Molinos y del cementerio donde dejamos a Antonio. Todo muy próximo, muy cerca, muy a mano, como le gustaba tener las cosas.

Ninguno podíamos explicar el magnífico aspecto que tenía el día de la boda, porque últimamente le costaba mucho esfuerzo estar de pie y no dejaba el bastón. Pero ese día, sin embargo, aguantó a pie firme las horas que duraron la ceremonia, los paseos, el convite y los saludos que prodigó con su habitual y cariñoso abrazo, pausado y entrañable, a tantos amigos y familiares, lo que nos llenó de optimismo y de alegría.

Cuando nos despedimos aquella noche fue con un abrazo largo, especialmente apretado por su parte, y me dijo: “Cuánto dura esto”. Sus palabras me sorprendieron porque eran una mezcla de pregunta y de afirmación.

Cualquiera que no lo hubiera conocido como yo podría haberlas interpretado como una queja, referida a las seis horas que venía durando la fiesta, con mucho calor, el chaqué, el protagonismo del padrino y con una salud más que precaria.

Pero sus palabras no eran de queja, ni de rebeldía; eran de ganas de vivir, de aceptación de su vida y de la prueba que venía soportando los últimos años, postrado de dolores, sin valerse por sí mismo, profesionalmente retirado, sintiéndose una carga para los demás pero con buen ánimo y una esperanza firme.

Cuando le comentaba esta frase a Maribel en el tanatorio me dijo que el día de la boda sabían que se debía operar a los tres días de un cáncer de estómago, con su corazón enfermo y un organismo muy deteriorado.

Ello me confirmó el sentido de la frase, el abrazo y la despedida, abandonándose una vez más en manos de Dios, lleno de fortaleza y con un profundo sentido cristiano de la vida y de la muerte, en línea con lo que habíamos tenido ocasión de charlar en las muchas horas que pasamos juntos durante aquellos años de intensa actividad política, cuando empezamos a ir a los retiros espirituales, que continuamos haciendo cada año juntos, hasta que la enfermedad se lo impidió.

El año 1975, comentamos la conveniencia de preparar unas elecciones libres y democráticas. Como miembro fundador del Partido Popular Manchego, tomé contacto con Antonio y me dijo que tenía simpatía por el Partido Demócrata Liberal promovido por Ignacio Camuñas, a algunas de cuyas reuniones había asistido como invitado, y puedo confirmar que respondía al perfil de un liberal moderno y con futuro. Había sido Alcalde de Campo de Criptana, y su personalidad superaba el cargo, por lo que mostré un especial interés por atraerlo a participar en la nueva tarea política.

En 1977, fuimos elegidos diputados a Cortes por Ciudad Real, Pedro Muñoz Arias, Antonio y yo. Aquellas Cortes Constituyentes fueron determinantes para el establecimiento de las libertades y de la democracia y sentaron las bases de la convivencia entre los españoles, tarea que, en aquellos momentos, no era fácil, tampoco parecía posible, ni siquiera se nos reconocía la buena intención.

Fueron los años de más intensa actividad que se han conocido en la España moderna para reconducir la libertad pacífica y democrática entre todos sin exclusión alguna, que culminaron con el referendo de la Constitución de 1978, aprobada por abrumadora mayoría de los españoles por primera vez en nuestra historia.

La provincia de Ciudad Real no quedó al margen de aquel proceso de modernización cuasi revolucionario por lo pacífico que fue, extendiéndose la actividad al largo debate y posterior aprobación del Estatuto de autonomía de Castilla la Mancha que tan buenos frutos está generando a la región.

Antonio, Pedro y yo, junto con los senadores Carlos Calatayud y Pepe López Pacios y todos aquellos generosos hombres y mujeres, nos aplicamos a los diversos proyectos en los que Antonio brilló especialmente con su trabajo humilde, tenaz y silencioso: el Estatuto de la Comunidad, la Ley de los Estados del Duque, que devolvió cien mil hectáreas a los habitantes de sus términos, La Ley de las Tablas de Daimiel, promovida por Manolo Marín, el Plan de Reconversión de Almadén y su comarca, que se hundió con la UCD, el desarrollo de las comarcas deprimidas del Campo de Montiel, de los Montes y del entorno de Puertollano, el relanzamiento de Puertollano, gracias a las gestiones que hicimos con Pedro Muñoz Arias, ante el Ministro de Industria, Agustín Rodríguez Sahagún, logrando una inversión de más de diez mil millones de pesetas de entonces en el cracking catalítico, que fue la base de su restablecimiento y recuperación.

Podría relatar muchas más actuaciones en favor de la provincia y de la región en las que Antonio estaba en primera línea, pero voy a terminar refiriéndome a la Ley de creación de la Universidad de Castilla la Mancha que ha sido sin duda la iniciativa que con más alegría hemos visto nacer y crecer y es lo que de verdad ha cambiado la piel de nuestra provincia y de nuestra región.

Pero Antonio tenía tres grandes amores: Dios, su familia y su profesión farmacéutica. En la actividad política defendió esos amores con ardor, y de su fidelidad, coherencia y trabajo duro dejó cumplidas pruebas. Los dos primeros le han compensado ya su esfuerzo y su entrega; el tercero bien se podía apreciar en las veinte coronas de flores que adornaban su tumba, la mayor parte procedente de las instituciones y de los amigos de profesión.

El Ministro de Sanidad, Enrique Sánchez de León, le nombró Director General de Farmacia y desde su responsabilidad defendió a capa y espada su amor por la Sanidad, dentro y fuera del Parlamento y dentro y fuera de los Pactos de la Moncloa, tan importantes en aquel momento.

Su tenacidad llegó al punto de provocar que el Presidente y el Vicepresidente del Gobierno, Adolfo Suárez y Fernando Abril, me pidieran que le rogara a Antonio que cediera en alguna de sus demandas, y cedió bastante, pero como la tensión del momento nos llevaba a hacer a veces excesivas concesiones, Antonio se plantó, con sólidas razones, pero no fueron suficientes al parecer y su inquebrantable personalidad le costó el acta de diputado en la siguiente legislatura, a pesar de los esfuerzos que hice para evitarlo.

Fue coherente hasta el final con este tercer amor, en el que le ha sucedido por méritos propios su hija Ana Isabel, que hoy preside el Colegio de Farmacéuticos de Ciudad Real, como un día hizo su padre.

En los otros dos amores también se mantuvo fiel hasta la muerte. Me consta que por ellos estaba dispuesto a dar todo sin concesiones a la galería, tan propias de los políticos.

Maribel, que tanto le ayudó, sus cuatro hijas, Ana Isabel, Natalia, Eva y Cristina, y los yernos, verdaderos hijos para Antonio, estaban como él quería, muy unidos, con un nudo en la garganta que sólo les permitía respirar y latir al ritmo que marcó el corazón enfermo de un esposo y de un padre extraordinariamente bueno.

El cuerpo de Antonio permanecerá anclado para siempre en nuestra Mancha, junto al monte de los Molinos y en la Ermita de la Virgen de Criptana, pero a su alma le debemos pedir que nos ayude a remover con buenos aires los molinos de viento de España.