Puertollano
La muestra pictórica del mallorquín Adolf Gil estará expuesta en la Casa de Cultura hasta el 28 de mayo

"LUZ SIN LUZ", UN EJEMPLO DE QUE LA ALQUIMIA PICTÓRICA EXISTE

Ya lo dijo el creador “Hágase la luz” y después vino lo demás. Precisamente, el estudio de la luz es lo que caracteriza al proceso pictórico del mallorquín Adolf Gil desde hace más de nueve años.

J. Carlos Sanz

17/05/2005

(Última actualización: 25/08/2008 12:00)

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A diferencia de la pintura convencional, los cuadros de Adolf no representan el mundo figurativo sino que son una suerte de alquimia pictórica en la que la transformación de lo contemplado se va sucediendo como un proceso camaleónico. Las obras de Adolf cambian de color, imagen y formas según el tipo de luz que vaya incidiendo a lo largo del día.

Esta singular transformación pictórica suele asombrar al espectador, acostumbrado a una percepción estática. La pintura de Adolf tambalea las convenciones estéticas por su capacidad dinámica, demostrando que su manifestación artística interacciona con el medio, convirtiendo a la luz en un elemento revelador. Para que nos entendamos; los cuadros del mallorquín parecen estar elaborados con una especie de tinta indeleble que sólo se hace visible al incidir sobre ellos una fuente lumínica.

En apariencia, se trata de cuadros monocromos donde los colores se ecualizan en una única tonalidad pero que encierran otras posibilidades que se hacen patentes según haya luz u oscuridad. Este original proceso pictórico de Adolf es el resultado de varios años de investigación con materiales así como de observar a la propia naturaleza. “Para mí, el artista debe tener ante todo capacidad de observación”, asegura el mallorquín cuya cualidad afloró a raíz de una estancia de varios años en Australia. “Allí descubrí unas piedras preciosas que llaman opales y que poseen la característica de cambiar de color según la incidencia de la luz”.

Al principio de esta etapa, e influido por los mencionados opales, los cuadros de Adolf Gil cambiaban de color. Para conseguir este efecto, el mallorquín fue incorporando una serie de materiales, caso del polvo de vidrio que actúa como interferencia de la luz provocando el cambio cromático y de formas de sus cuadros. Sin embargo, este proceso no era del todo completo y la cojera estética se solucionó cuando Adolf Gil incorporó a sus cuadros un pigmento –que se emplea en la industria química- conocido por luminiscente (que no es fosforescente ni fluorescente) y que tiene la singularidad de absorber la luz emitiéndola posteriormente cuando hay oscuridad.

Con el empleo de dicho pigmento, las obras del mallorquín siguen teniendo vida estética en la oscuridad aparte de invertir el habitual proceso de contemplación, pues es el propio cuadro el que se manifiesta sin que haya luz. Esta condición mutante de su pintura suele provocar reacciones dispares en el espectador, aunque en líneas generales y según confiesa Adolf “la reacción es positiva. Todos se sorprenden porque no esperan que un único cuadro sea distinto a lo largo del día”.

Un proceso de elaboración exhaustivo, con tintes de ingeniería pictórica, en el que junto a lo anterior se emplean otros materiales como la anilina que permite cambiar la tonalidad del color o micropartículas de dióxido de zinc que actúan en calidad de filtros ultravioletas degradando el color. En definitiva, una laboriosa elaboración que con el paso de los años se va tornando más compleja, “en la actualidad empleo un total de 12 capas en mis cuadros”, confiesa.

Pero junto a la técnica empleada está el aspecto temático. Lo de menos en la pintura de Adolf Gil es lo que se quiere representar; esto es una excusa para introducir unos códigos con los que trata de transmitir ideas, pensamientos y reflexiones en torno a la vida. “Empleo códigos figurativos porque no sé expresarme en abstracto”, asegura el mallorquín quien tras un viaje que le llevó al Amazonas encontró el hilo conductor idóneo con el que conjugar su peculiar técnica con estos signos metafóricos. “Observé que la base de la supervivencia de las formas vivas era la lucha por la luz, quien coge luz se desarrolla y crece. Esto lo comparo con la propia sociedad, la enconada búsqueda por llegar a lo más alto, por alcanzar el poder”.

Por tanto, su temática actual gira en torno a la confrontación del mundo natural con el artificial, el construido por el hombre. De ahí que en sus cuadros, y según vaya actuando la luz y la oscuridad, asistamos a una confrontación entre paisajes, bosques, ramas, gaviotas contra rascacielos, lámparas, tendidos eléctricos, estructuras metálicas. O lo que es lo mismo, el contraste entre la línea irregular, muy presente en todas las formas de la naturaleza, y la línea recta, invención del ser humano, patente en el mundo construido por el hombre y que simboliza el orden, la razón, la organización en contraposición a la cualidad imprevisible y espontánea de la naturaleza. “Durante un tiempo estuve hablando con físicos y matemáticos. Casi todos me confirmaron que la línea recta no existe en la naturaleza y eso me sirvió como argumento temático de mis obras”.

Estos códigos estéticos del mallorquín se completan con la propia figura humana. En algunas de sus obras, aparecen grupos de gente con los que simboliza la sociedad, siluetas humanas sobre las que se proyecta una sombra trémula confiriendo un aspecto líquido a las mismas, “en un amplio porcentaje, somos fundamentalmente agua”, señala Adolf Gil.

La sala de exposiciones de la Casa de Cultura de Puertollano acoge hasta el 28 de mayo esta singular muestra pictórica en la que la sorpresa y la intriga están garantizadas.