Historia La Comarca de Puertollano

Cartas desde Toledo
La ermita de Santa Ana, la mal
llamada “Chimenea Cuadrá”
y la fundición de plomo (I)

José D. Delgado Bedmar
Es de todos conocido que son muchas las personas de nuestra localidad que denominan “chimenea cuadrá” al cerro de Santa Ana. Aunque nadie se extraña y todo el mundo sabe a qué se refieren, cometen una doble equivocación: ni lo que se conoce como “chimenea cuadrá” (nunca “cuadrada”, mucho ojo) ha sido nunca una chimenea, ni es lógico llamar con este erróneo nombre de un edificio concreto, que en realidad es una torre de telegrafía óptica, a todo un cerro que está dedicado a la madre de la Virgen desde la Edad Media. En efecto: en el “Libro de la Montería” de Alfonso XI se nos dice que, ya en esa primera mitad del siglo XIV en que fue escrito, se llamaba “Sierra de Santa Ana”, y habremos de suponer que era así por la ermita levantada con anterioridad en lo más alto de su estratégica posición, desde la que se dominaba casi todo el valle del Ojailén y buena parte de las llanuras de alrededor de Argamasilla de Calatrava.
Pues bien: esos tres edificios del título de este artículo, el religioso, el de las comunicaciones y el industrial, están directamente relacionados con este cerro y sus características, y, también, con el Puertollano que va desde la Edad Media al siglo XIX, y a tratar sobre su relación van dedicadas estas líneas.
Cuando hace unos meses escribimos, en estas mismas páginas, sobre la también desaparecida ermita de San Gregorio, hicimos alusión a las causas que dieron lugar a la edificación de estos pequeños edificios de culto. Una de ellas era la aparición, más o menos milagrosa, de una imagen (que muy frecuentemente se creía oculta “desde tiempo de moros”), a la que se hacía un templo para cobijarla. 

Algo así pasó en el cerro de Santa Ana: en la respuesta cincuenta y uno a las “Relaciones Topográficas de Felipe II” se nos dice que “en la cumbre de la entrada a la mano izquierda está otra ermita de Señora Santa Ana, a la cual dicen Santa Ana del Henebro, según la publicidad antigua, porque junto a la dicha ermita dicen que antiguamente estaba un enebro el cual distilaba de sí tanta cantidad de aceite cuanto la lámpara de la dicha ermita podía estar ardiendo siempre de noche y de dia y hasta hoy hay en la dicha villa dos mugeres muy viejas, que dicen que se acuerdan; y la dicha ermita la capilla del altar mayor della es de bóveda y edificio que parece muy antiguo y junto a la dicha ermita está hecho un humilladero nuevo debajo del cual está una cueba o concavidad pequeñita adonde dicen y es público en la dicha villa por dicho de los hombres antiguos della que fue hallada la imagen de Señora Santa Ana, dicen hombres antiguos que el dicho enebro que distilaba el dicho aceite se perdió y consumió porque estando un ermitaño en la dicha ermita vendió el aceite que se distilaba del y no encendía la lámpara de la dicha ermita e así cesó de distilar el dicho aceite, y las gentes lo arrancaron y se llevaron a pedazos de allí el dicho enebro y cerca de la dicha ermita parecen edificios antiguos donde se entiende que había algún castillo o fuerza antigua y junto a el dicho edificio está hoy en día un argibe que tiene agua”. 
Varios datos interesantes encontramos en este largo texto. De un lado, parece que el famoso “enebro de Santa Ana” que daba aceite para nutrir la lámpara de la ermita fue cortado en la primera mitad del siglo XVI, porque dos “mugeres viejas” se acordaban de haberlo visto en 1575, año en el que se contesta a las preguntas de las “Relaciones”; de otro, en las inmediaciones de la ermita estaban los restos de un castillo, del que también nos habla el doctor Limón en su famoso libro, y que debe ponerse en relación con una red que tendría otros hitos en Almodóvar del Campo, Caracuel, Alarcos y Calatrava la Vieja, entre otros. Cabe suponer, incluso, que, una vez perdido su valor defensivo, se utilizaron parte de las piedras del castillo para construir la ermita.
En el año 1719, los visitadores de la Orden de Calatrava que vieron la ermita constataron que estaba rodeada por una pequeña cerca hecha de piedra y barro, que se accedía a ella por dos puertas enfrentadas, que tenía un campanario con una campana mediana, que tenía adosadas una cocina y una pequeña cuadra, y que su interior era de tres naves con cuatro arcos. En el retablo del altar mayor encontraron una imagen de la Virgen con el Niño flanqueada por otras de San Joaquín y Santa Ana, con San Ildefonso y la Virgen de la Paz en sendas hornacinas a los lados; mientras que presidiendo otros dos retablos laterales encontraron cuadros de San Lázaro y un Santo Entierro con las Santas Mujeres, con una imagen de la Virgen de la Encarnación junto a este último. Un Cristo crucificado realizado en pintura mural se encontraba en la zona de los pies, frente al altar mayor, rodeado de otros cuadros más pequeños.
La ermita en cuestión estaba algo alejada del pueblo, aunque entonces había un camino que llevaba hasta sus puertas. Si bien en las “Relaciones” ya se nos dice que se guardaba como festivo el día de Santa Ana (26 de julio), no hay constancia de que se hiciese en ese día ninguna procesión. Sin embargo, tenemos noticias de que en el siglo siguiente sí que se hacía y que Santa Ana era entonces la patrona del pueblo, realizándose en ese día una romería en la que las imágenes de San Joaquín y Santa Ana eran bajadas desde la ermita a la iglesia parroquial y luego vueltas a su lugar.
Las medidas desamortizadoras dictadas por el ministro Mendizábal en 1835 determinan que se quede sin fondos para su mantenimiento y, poco después, es abandonada. Sus retablos e imágenes son entonces trasladados a las ermitas de San Mateo (la Soledad) y de la Virgen de Gracia, donde serán destruidas en 1936. 
El edificio de la ermita de Santa Ana aún existía a finales de 1839, pero en 1845, cuando se publica el “Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar” de don Pascual Madoz, se nos dice que, como las de San Sebastián y San Gregorio, está arruinada. Su relativa lejanía al núcleo de población y la incomodidad de su acceso habían sellado su destino: poco tiempo después, sus restos eran derribados.
Pero, con ermita y sin ermita, el cerro de Santa Ana seguía manteniendo una extraordinaria posición estratégica, que era necesario aprovechar bien en caso de conflicto. Y no hemos de olvidar que, aunque ya había finalizado la llamada primera guerra carlista (1833-1840), todavía había una larvada guerra civil en muchos lugares. En estas condiciones, el mantenimiento de una buena red de comunicaciones era de vital importancia para los ejércitos leales a Isabel II, que habían de luchar en nuestra zona con escurridizas “partidas” de sublevados, que a veces tenían cientos de efectivos. De hecho, de 1835 a 1837 Puertollano fue atacada en al menos cuatro ocasiones por la partida de Manuel García de la Parra, alias “Orejita”, cabecilla carlista natural de Calzada de Calatrava. 
Más conocido es, sin embargo, el que Gascón Bueno llamó “episodio carlista de Puertollano”, sucedido entre el 3 y el 5 de marzo de 1838, en el que la expedición de don Basilio García, formada por unos 4.000 efectivos, atacó a la reducida guarnición de nuestra localidad. Los defensores se hicieron fuertes en la iglesia parroquial, que fue incendiada por los carlistas como pocos días antes habían hecho con la iglesia de Calzada de Calatrava. Tras la rendición de los sitiados en Puertollano, veintiséis de ellos fueron fusilados; y el 21 de mayo siguiente la techumbre de la iglesia se venía abajo, muriendo diez personas más. Además, los carlistas causaron graves destrozos en los edificios del ayuntamiento, pósito y ermita de la Soledad. Con todo esto, no debe extrañarnos que la mismísima fuente agria fuera protegida con unas obras que buscaban crear barricadas y parapetos que defendieran al pueblo de nuevas agresiones de los llamados “facciosos”.
Con la cercanía de la no tan cruenta segunda guerra carlista (1847-1849), y con las citadas consecuencias de la primera aún muy visibles, era lógico que el Ayuntamiento pleno, reunido el 30 de marzo de 1850, acordara acceder a que se construyese una torre telegráfica, perteneciente a la línea Madrid-Andalucía, sobre el lugar que ocupara la ermita de Santa Ana.
Sobre las características de esta torre y su peripecia versará la próxima “Carta desde Toledo”.

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