Historia La Comarca de Puertollano

Cartas desde Toledo
La ermita de Santa Ana, la mal llamada “Chimenea Cuadrá” y la fundición de plomo (II)

José D. Delgado Bedmar

En los primeros meses del año 1851 comenzaba a construirse la torre de telegrafía óptica de Puertollano, sobre el solar de la desaparecida ermita dedicada a Santa Ana. Esta torre se integraba a partir de entonces en una red de comunicaciones destinada exclusivamente a la transmisión de mensajes oficiales y que tendría tres líneas: la Madrid-Irún, la Madrid-Valencia y la Madrid-Sevilla, denominadas, respectivamente, de Castilla, de Levante y de Andalucía.

Estas líneas comenzaron a implantarse a partir de 1845 y se deben a la iniciativa personal del ingeniero don José María Mathé, responsable total del proyecto, puesto que fue el autor de la idea, del trazado de las líneas, del diseño y construcción de las torres de señales, de la dotación de una estructura administrativa adecuada e, incluso, de la capacitación profesional del personal que estaría encargado de las transmisiones. A su extraordinario dinamismo y, todo hay que decirlo, a los importantes fondos que a su disposición puso el Estado para sacar adelante su proyecto en el menor plazo de tiempo posible, se debe que en apenas dos años estuviera en funcionamiento la primera línea, la Madrid-Irún, que contaba con 51 torres en funcionamiento y que permitía que en unas tres horas llegase un mensaje desde la capital de España hasta la localidad guipuzcoana.
La torre que se construyó en Puertollano estaba incluida, como es lógico suponer, en la línea Madrid-Andalucía, que entró en funcionamiento en el año 1852. Un mensaje enviado por este sistema desde Madrid a Sevilla tardaba en llegar tan sólo unas dos horas y media, algo verdaderamente revolucionario en esos años de mediados del siglo XIX de los que hablamos, pero la coincidencia con el rapidísimo desarrollo de la telegrafía eléctrica, de un mantenimiento más fácil, y más barata y rápida que la óptica, determinó que en 1855 dejaran de funcionar definitivamente todas las líneas. 
Estas líneas de telégrafo óptico constaban de una sucesión de torres situadas por lo general cada diez o quince kilómetros, en promontorios o lugares bien visibles. En nuestro caso, parece que la torre anterior estaba ubicada en un pequeño cerro que se encuentra un kilómetro al sur de Cañada de Calatrava, en el que se conservan en relativo buen estado sus restos, pero la que podríamos llamar “posterior” aún no se ha identificado. También tenemos referencias de los restos de otra en el término de Carrión de Calatrava, cerca del ciudarrealeño cerro de la Atalaya.
En cuanto al modo de funcionamiento, éste era de una gran simplicidad, pues se basaba en la observación visual: el torrero encargado observaba con un catalejo las señales que le hacía su compañero desde la torre inmediata y las transmitía a la siguiente. Para ello se construían las torres, que en realidad eran bien diferentes a como hoy las conocemos, porque en todos los edificios conservados ha desaparecido lo que hoy podríamos llamar “parte técnica”, que eran las estructuras de señales ópticas propiamente dichas. Estas estructuras estaban conformadas por cuatro postes, tensados mediante cables a los extremos del edificio, entre los que había grupos de tres paneles fijos y, entre los centrales, un indicador que consistía en un pequeño cilindro que ascendía y descendía por el núcleo central y que, al detenerse en cada una de las diez posiciones que eran posibles, establecía los mensajes codificados.
Las torres a las que hacemos referencia, todas ellas de muy parecidas características, estaban basadas en la tipología tradicional que ofrecían las torres de vigilancia que se levantaron por toda la zona centro de España durante la Edad Media, y respondían a un diseño original concebido por el ingeniero Mathé. En casi todos los casos se edificaron de planta cuadrada, con dos cuerpos bien diferenciados: el inferior, que descansaba por lo general sobre un zócalo realizado en piedra, se hacía en ligero talud y disponía de tres minúsculas ventanas en cada pared que actuaban a modo de troneras, conteniendo la zona de los dormitorios utilizados por los dos torreros y el ordenanza que habitualmente constituían el equipo que trabajaba en la torre; mientras que el cuerpo superior, dividido a su vez en dos plantas, y con una amplia ventana en el centro de cada paño cada una de ellas, era el lugar destinado a la observación y trabajo (en la planta superior), y a cocina y comedor en la planta intermedia. 
Edificadas casi siempre en ladrillo macizo y revocadas con cal y arena, a estas torres se accedía desde una escalera móvil que desembarcaba directamente en el cuerpo intermedio y que podía ser recogida desde el interior, incómodo pero necesario mecanismo que fue concebido para dificultar el acceso a posibles atacantes o visitantes no deseados. En cuanto a la comunicación entre las diferentes plantas, se hacía por regla general por medio de una escalera de caracol, que aparecía adosada a una esquina del edificio y que llegaba hasta la cubierta del edificio.
La torre de telegrafía óptica levantada en Puertollano funcionó, como ya hemos indicado, durante apenas tres años, y al cesar el funcionamiento de la línea, su estructura técnica fue desmontada, abandonándose el edificio a su suerte. Y como suele ocurrir en estos casos, el saqueo indiscriminado de su carpintería, de las tejas que la cubrían y de todo aquello que pudiera sustraerse, determinó el inicio de la ruina de esta construcción, cuyos restos han llegado en bastante mal estado hasta nosotros. 
Hoy podemos comprobar que las troneras situadas en el cuerpo inferior fueron cegadas en tres de sus caras, conservándose tan sólo las tres de la pared orientada al oeste. También aparecen cegadas las ventanas del cuerpo superior, aunque los nuevos usos que tuvo después determinaron que se abrieran sendas ventanas en cada uno de los otros tres lados, que parece que fueron realizadas igualmente para dar un acceso al interior. En cuanto a los paramentos exteriores, también fueron modificados, en este caso parece que no hace muchos años, con la introducción de un recubrimiento de varios de sus muros y un ligero recrecimiento de la zona superior, operaciones que se realizaron utilizando ladrillo hueco. También se observa que a todo el conjunto se le dio en su momento un enfoscado basto de cemento como protección, que hoy apenas si nos deja contemplar los materiales originales con los que fue construida.
Los habitantes del pueblo pronto se acostumbraron a observar su silueta descollando orgullosa por entre los riscos del cerro de Santa Ana, pero fueron muchos los que nunca llegaron a saber para qué fue utilizada durante su corto periodo de funcionamiento, a pesar de que el entonces más fácil acceso al cerro la convirtió en lugar de reunión habitual en las meriendas con las que se celebraban los días del chorizo o del hornazo.
Pasado el tiempo, y a pesar de sus relativamente grandes dimensiones, su planta cuadrada indujo a un error que resulta cuando menos curioso, y que tiene su origen último en la construcción de la fundición de plomo llamada “Nuestra Señora de Gracia”. A hablar sobre esta fundición y a resolver finalmente el enigma de la denominación de “Chimenea cuadrá” dedicaremos la “Carta desde Toledo” del mes próximo.

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