Historia La Comarca de Puertollano

Cartas desde Toledo
La ermita de Santa Ana, la mal
llamada “Chimenea Cuadrá”
y la fundición de plomo (y III)

José D. Delgado Bedmar

Para todos los habitantes de Puertollano debería resultar evidente, a estas alturas, la extraordinaria importancia que la minería del carbón ha tenido y tiene para la economía y, por consiguiente, para la historia reciente de nuestra localidad. En este mismo orden de cosas, la creación y el posterior desarrollo del complejo industrial desde los años 50 hasta ahora puede decirse que, sin lugar a dudas, constituye el principal referente de nuestra historia económica contemporánea.
Sin embargo, es probable que esta importancia a la que aludimos nos haga perder de vista, con demasiada frecuencia, la trascendencia de otras actividades económicas de menor rango que, sin tener evidentemente la repercusión de aquéllas a todos los niveles, tuvieron también una gran influencia en nuestra localidad desde mediados del siglo XIX.
La primera de ellas es, sin duda alguna, la construcción y puesta en funcionamiento del balneario del agua agria de Puertollano, con todo lo que ello supuso para la localidad, como todos tuvimos ocasión de conocer a través del conocido libro de don Francisco Gascón Bueno titulado “La Fuente Agria, la Casa de Baños y el Ejido de San Gregorio de Puertollano durante la segunda mitad del siglo XIX”, publicado en 1983.

Una segunda actividad, menos conocida quizá a nivel popular, pero de una indudable mayor repercusión para toda nuestra comarca, fue la minería del plomo. Mucho tiempo y espacio nos llevaría escribir sobre su historia, que habría que enmarcar, por lo que a nosotros respecta, entre los mediados de los siglos XIX y XX, y que aparece cuajada de nombres otrora míticos y que ya empiezan a velar las telarañas del olvido, sobre todo para las nuevas generaciones: San Quintín, El Horcajo, Diógenes, Nava de Riofrío, La Romana, La Romanilla, La Gitana, Villagutiérrez, La Victoria y tantos otros.
No son muchos los que conocen datos que hoy nos pueden parecer sorprendentes, por lo que no estará de más citar algunos como el origen romano de la mayor parte de las explotaciones; que el plomo argentífero que se extraía tenía por lo general un contenido en plata de 2 a 3,5 kilos por tonelada; que en El Horcajo moraban a finales del siglo XIX casi seis mil habitantes, que disponían incluso de una plaza de toros; o que en casi cincuenta años de trabajos, el grupo de minas de “San Quintín” produjo más de 550.000 toneladas de mineral, 550 toneladas de plata y 5.000 de blenda, y en 1891 trabajaban allí nada menos que 1.406 obreros.
Sin minas de plomo en su término municipal (éstas estaban situadas sobre todo en los de Almodóvar, Villamayor, Abenójar, Cabezarados, Mestanza y Solana del Pino), Puertollano se verá sin embargo beneficiado por su situación geográfica, pues disponía de una estación de ferrocarril de ancho convencional de la línea Madrid-Badajoz (que empezó a funcionar en el año 1864); otra de vía estrecha que nos unía con Calzada y Valdepeñas (el entrañable “trenillo de La Calzada”); y una tercera, de mucha mayor importancia para una minería como ésta, imperiosamente necesitada de unas buenas comunicaciones para ser competitiva, de la línea San Quintín-Fuente del Arco, también de vía estrecha y electrificada en el tramo Puertollano-Conquista desde 1927.
Pero muchos años antes de que todo eso suceda, se había construido en Puertollano una fundición de plomo. Se debió a la iniciativa de don José Genaro Villanova, senador del Reino y arrendatario por entonces de las minas de Arrayanes y Villagutiérrez, que la instaló en una finca de su propiedad cercana a la ermita de la patrona de la localidad. En su interior edificó una magnífica casa de tres plantas y un amplio patio interior, en la que durante muchos años habitaron las familias del personal directivo de la Sociedad Peñarroya, y que fue por todos conocida como “la casa de la fundición” hasta su demolición hace apenas una década, para dejar expedito un solar sobre el que luego se levantarían el Auditorio Municipal y la promoción inmobiliaria conocida como “Puertollano 2000”.
Al conjunto se daba entrada por un bello arco de medio punto, coronado por un magnífico frontón clásico soportado en dos columnas toscanas, ubicándose la casa a la derecha y los edificios destinados a la producción a la izquierda. Bajo aquel auténtico “arco de triunfo” pasaba la materia prima que se utilizaba: los carbones de la entonces joven cuenca minera puertollanense, el hierro que se extraía de la mina “La Yema” de Argamasilla de Calatrava (que se utilizaba como fundente) y, lógicamente, el mineral de plomo de las explotaciones comarcanas. El lugar que ocupaba la fundición era una ubicación estratégica, pues desde allí se disponía de un fácil acceso a los muelles de carga de la estación de tren.
Inaugurada la fundición a finales de 1881, al año siguiente trabajaban 96 obreros en sus dos hornos reverberos, que fundían las galenas de la mayor parte de la provincia, produciéndose en ese mismo año un total de 1.780 toneladas de plomo. Los buenos resultados obtenidos facilitaron que poco tiempo después se uniera a su producción la de otra fundición, ubicada en el sitio del Bañiz, también muy cercano a la estación de ferrocarril, que recibió el nombre de “La Paz”. En estas dos fundiciones trabajaban en 1886 un total de 131 obreros y  10 muchachos, produciendo en el bienio 1887-1888 hasta 5.512 toneladas de plomo, el 55 % del cual procedía de explotaciones ubicadas en las provincias de Jaén, Toledo y Badajoz.
Las oscilaciones de los precios en los mercados y los altos costes de producción fueron las causas aducidas para que en ese mismo año dejaran de funcionar las dos fundiciones a un tiempo, pero lo más probable es que fuera a causa de la feroz competencia ejercida desde la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya, empresa de capital francés (con el 80 % de las acciones en poder de la Banca Rothschild), surgida en octubre de 1881 y que controlaba los más importantes cotos mineros de la región, poseyendo fundiciones propias en la localidad de Peñarroya.
Curiosamente, la propia Sociedad de Peñarroya tomó en arriendo a los herederos de Villanova la fundición Nuestra Señora de Gracia, poco tiempo después de este primer cierre, pero fue un espejismo que duró poco tiempo: en 1894 la volvía a parar debido a una nueva crisis del mercado del plomo.
Volviendo sobre nuestros pasos, habrá que decir que ante los problemas generados por los tóxicos humos de sus chimeneas, que el viento impulsaba habitualmente hacia el pueblo, y aprovechando la entonces inminente introducción de la desplatación en la producción (en 1886 ya se produjeron 2.078 kilogramos de plata fina), a mediados de 1883 comenzaron a excavarse en los terrenos de la fundición dos galerías subterráneas para llevar las emisiones nocivas lejos del núcleo de población. Estas galerías, de sección casi circular, hechas de obra y lo suficientemente amplias como para que las pudiera recorrer un hombre agachado, finalizaban en las inmediaciones del lugar que hoy ocupa el monumento al minero del cerro de Santa Ana.
Y este es el origen del nombre de la “chimenea cuadrá”: se supuso que la torre de telegrafía óptica, sin uso desde hacía más de treinta años, era otro elemento más para expulsar los humos de la fundición y, para diferenciar la una de las otras, se la llamó así. Pocos años después, la fundición de plomo, ese precedente señero de la moderna industria local incluso en su papel como foco contaminante, dejaba de funcionar definitivamente.
Mas no acabó ahí totalmente su historia. Andando el tiempo, parte de su solar fue ocupado por el Economato Minero y el Cine Imperial de verano. Pero eso ya pertenece, evidentemente, a otro relato.

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