Edición mensual - Diciembre 2015 - Historia

Breve historia del mercado de Puertollano

José D. Delgado Bedmar

Nº 254 - Historia

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Muchos son los que opinan que la historia de los lugares es, sobre todo, la que configura la vida cotidiana de los que en ellos habitan. Y si por algo se caracteriza la historia de Puertollano es por las continuas crisis en las que nos hemos visto periódicamente sumidos, separadas por etapas de esplendor y desarrollo que casi nunca han sido muy largas.

A tratar de esas crisis dedicaremos futuros escritos, pero ahora comenzaremos por abordar algo que no hemos podido dejar de hacer en todas ellas: comer. Mejor o peor, más o menos, pero no podemos dejar de comer, y a satisfacer esa necesidad se han dedicado muchos esfuerzos en todas las épocas. Aún más: en casi todas esas épocas, el día a día de la inmensa mayoría de la gente venía marcado por la lucha por poder comer y no morir de inanición o por las enfermedades que se cebaban con los cuerpos de los peor alimentados.

Rara fue la familia de escasos ingresos, ya desde la antigüedad y hasta casi principios del siglo XX, que no tenía al pan o la harina como la comida principal y casi única. Su escasez o carestía podía incluso determinar la supervivencia en muchas ocasiones, y el resto de alimentos podía considerarse como “lujos” que complementaban unas dietas marcadas por la frugalidad y que hacían de las sociedades primitivas unos grupos en los que prácticamente no había obesos. Las migas o las gachas son ahora una parte consustancial de nuestra gastronomía, pero no olvidemos que durante mucho tiempo fueron casi los únicos platos que se podían permitir muchas familias.

Indicar que el consumo de carne era algo casi exclusivo de las clases más pudientes es decir una obviedad, sobre todo en esos periodos de crisis a los que hemos hecho referencia, pero en zonas rurales como la nuestra siempre se podía optar por la caza furtiva.

Tampoco el pescado podría suplir la falta de proteínas: la lejanía de nuestra zona a cualquier puerto de mar y la falta de un transporte medianamente rápido hacía que el pescado que se podía comer fuera el bastante escaso que se podía pescar en los ríos y arroyos comarcanos (y ranas, cangrejos o galápagos) o el bacalao salado, como ya aparece en el propio Quijote, o, más raramente, las sardinas.

En cualquier caso, lo que nos interesa en esta ocasión es tratar de los medios que históricamente hemos tenido para acceder a los alimentos, más allá de lo que pudiera representar el autoconsumo. Afortunadamente, nuestro compañero y amigo Miguel F. Gómez Vozmediano publicó en 1999 un interesante artículo sobre las ferias, mercados y plazas de la comarca desde la Baja Edad Media, que puso luz sobre este aspecto. Gracias a él, hemos podido saber, por ejemplo, del establecimiento de tiendas permanentes en dos de los lados de nuestra plaza mayor ya en el siglo XVI.

Quien quiera conocer datos acerca de la procedencia y variedad de las mercancías que habitualmente se vendían, de la oscilación de los precios a lo largo del tiempo o de las vicisitudes por las que pasaron los diferentes tenderos, venteros, mesoneros, tahoneros, tratantes o arrieros, habrá de consultar este interesante artículo, que recoge también la existencia de una feria que se hacía en torno al día de la Virgen de Gracia, el 8 de septiembre, y que puede ser considerada como el directo antecedente de la Feria de Mayo, que a partir de 1895 se instalará todos los años en los alrededores de la Fuente Agria puertollanera.

Una feria la de mayo que surge al calor de la prosperidad adquirida por la villa a partir del descubrimiento del carbón, y que todas las primaveras venía a dar respuesta a las crecientes necesidades de una población que disponía de mucho más dinero que poder gastar y que vio sextuplicado su número en apenas treinta años.

Invitado a este afán consumista, el comercio invadió las calles y plazas más céntricas y ocupó no pocos bajos de casas tradicionales, pero se instaló sobre todo en el entorno de tres plazas: la del Ayuntamiento, la de la Tercia y la de Palacio, conocidas respectivamente como “plaza grande”, “plaza chica” (o también “de los borricos”) y “de los melones”, y en las calles de la Tercia, Santa Bárbara y Aduana.

En una postal editada en 1906, tenemos la primera imagen conocida de un día de mercado en la plaza del Ayuntamiento, en la que se puede apreciar toda su superficie ocupada por vendedores de pan, telas y, sobre todo, hortalizas y verduras traídas de las cercanas localidades de Argamasilla, Almodóvar y Villamayor. Los productos eran transportados a primera hora de la mañana desde estas localidades en carros tirados por mulas y asnos, que aguardaban el final de la jornada matutina en las posadas cercanas: en la de la Tercia (en la calle del mismo nombre, que ocupaba el solar del edificio donde antiguamente se pagaba este conocido impuesto); en la de Canuto, en la misma plaza del Ayuntamiento; en la del Carmen, en la calle Doctor Limón; y en la de Emilio, en la calle de las Cañas.

Realmente los problemas que ocasionaba el mercado ocupando todas las mañanas el centro de la localidad no eran muchos, porque no era mucho el tráfico de vehículos que entonces había, pero la confluencia del gentío a unas determinadas horas en unas pocas calles y plazas creaba más de una incomodidad, sobre todo a los vecinos de la zona.

Otra cosa es hablar de lo que ocurrió cuando se pusieron en marcha las explotaciones mineras de pizarra bituminosa y, sobre todo, con la construcción del complejo industrial. La masiva afluencia de nuevos habitantes a la ciudad hizo que las autoridades tomaran cartas en el asunto y se convencieran de la necesidad de construir por fin un mercado municipal permanente.

Mas no fue precisamente en el centro: el lugar elegido fue una parte del solar que ocupaban las antiguas escuelas del “Ave María”. Estas escuelas se establecieron en nuestra ciudad en 1916 y, dada la escasez de medios que entonces había, lo hicieron en primera instancia en los bajos de la Plaza de Toros. El propio padre Andrés Manjón (1846-1923), que había fundado las primeras escuelas del Ave María en Granada en 1889 para atender a los niños gitanos, vino en persona a Puertollano para tratar de solucionar los problemas que se derivaban de las estrecheces económicas de su fundación en Puertollano.

Una vez solventadas (gracias a la colaboración del ayuntamiento y a las aportaciones de los ciudadanos y de varios industriales, como José Díaz y José Alcántara), se pudieron adquirir unos terrenos inmediatos a la Plaza de Toros, comenzando a construirse las primeras seis aulas en junio de 1918.

Con la guerra civil asistimos al fusilamiento (el 5 de agosto de 1936, en compañía del párroco Enrique García-Mateos) del sacerdote Alejandro Prieto Serrano, un palentino que había llegado a nuestra ciudad en 1927 para dirigir el colegio y proseguir con la obra manjoniana, y cuya desaparición va a marcar el principio del fin de estas escuelas en Puertollano.

Hemos de esperar a que el solar que ocupaban se vendiese en parte para la construcción del mercado, para que renazcan en la todavía muy amplia parcela restante, ya convertidas en Colegio Nacional “Ramón y Cajal”. Comenzadas las obras del mercado a finales de 1953, fue oficialmente inaugurado el 24 de junio de 1957, y presumía de ser el más amplio y moderno de todos los que entonces había en la provincia.

Ocioso es decir que con él se solucionaron definitivamente las precarias condiciones de espaciosidad, salubridad e higiene que se padecían en la anterior ubicación al aire libre, y a él se trasladaron no pocos establecimientos que desde muchos años antes estaban esparcidos por las calles del pueblo.

El nuevo mercado constaba de un gran patio central para la instalación de los puestos de los hortelanos (puestos que consistían básicamente en un gran cajón de madera sostenido por dos borriquetas y con un toldo para protegerse de las inclemencias del tiempo), amplios almacenes y tres grandes naves: las carnes, ultramarinos varios. y frutas y verduras se ubicaron en el primer y segundo piso; mientras que una nave dedicada al pescado y la casquería se ubicaba en la planta baja. Esta casquería se reservaba a las popularmente conocidas como “pateras”, mujeres en su totalidad que se dedicaban a la venta de una mercancía de consumo masivo en aquellos años: hígado, asaduras, sangre, mollejas, callos, cabezas de cordero y patas.

A partir de entonces, muchas familias de nuestra ciudad se hicieron habituales para todos los que seguían “yendo a la plaza”, expresión que logró pervivir en el tiempo aunque la ubicación de las nuevas instalaciones se encontraba bastante alejada de la del ayuntamiento. Apellidos vinculados a la venta de fruta, como los Mozos, los Segrelles, los Valle o los hermanos Mateo (Vidal, Ricardo, Isidoro y la popular frutera conocida como “Juli”); pescaderos como los míticos Florencio o Petra; y muchos otros dedicados a la carne, las variantes, los pollos o los conejos de monte y las liebres, se convirtieron en santo y seña de un establecimiento que durante varias décadas fue orgullo para la localidad.

Nuevas necesidades y nuevos avances fueron cambiando todo esto. Los burros y mulas (que ahora esperaban junto a los carros en dos posadas que había en la calle Ave María) dieron paso a partir de los años ochenta a modernas y cómodas furgonetas que solventaron el siempre enojoso transporte de la mercancía de rabaneros y almodoveños; el género fresco del día conoció la creciente competencia del congelado, para el que hubo que construir nuevas cámaras; y poco a poco fue surgiendo también en el entorno un mercadillo “paralelo” (primero de telas, luego también de comestibles) que todas las mañanas de los sábados comenzó a colapsar la calle del Ave María y alguna que otra colindante, hasta que se hizo imperativo trasladarlo al ferial construido en las seiscientas.

Pero, con todo, fue la llegada de las grandes superficies la que determinó una nueva forma de comprar que no había alterado en lo sustancial la presencia de los economatos mineros o el que tuvo “la empresa” detrás de su clínica, en el Poblado. Primero fue Simago, instalado a principios de los años setenta del pasado siglo en el inicio de los impares del Paseo; más tarde Contur, en la esquina de la calle Gran Capitán con la de José Domingo Maestre; y posteriormente todos los demás que han ido llegando, y que han sido los directos responsables del replanteamiento y reordenación de un mercado municipal que tuvo que adaptarse a los nuevos tiempos que corrían con una remodelación en profundidad que lo convirtió en la cómoda instalación de la que ahora disfrutamos, una vez solventados los evidentes problemas de accesibilidad que presentaba. Muchos otros mercados municipales de otros lugares languidecen o directamente desaparecieron, como ocurrió con el de San Sebastián, también en nuestra localidad.

Hoy, cincuenta y ocho años después de ser construido, y con la incorporación de un centro de “mayores” en sus instalaciones (también el signo de los tiempos), afronta el futuro con la confianza de saber que, para todos, seguir yendo “a la plaza” (o sea, al mercado) sigue siendo garantía de calidad y frescura. Que sea por muchos años.