Edición mensual - Diciembre 2015 - Colaboraciones

Bon Nadal

Eduardo Egido

Nº 254 - Colaboraciones

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Quiero enviar una felicitación de Navidad a los compatriotas de Cataluña, a sabiendas de que habrá muchos de ellos que se autoexcluirán ofendidos. Si supiera catalán lo haría en esa lengua, sin embargo sólo conozco la lengua castellana, de modo que no tengo otra alternativa. Reconozco que no está el horno para bollos pero al fin y al cabo se trata de hacer lo que hace todo el mundo por estas fechas: expresar buenos deseos al prójimo aunque nos cueste trabajo no descartar a nadie, debilidad a la que resulta difícil sustraerse. Antes, hagamos un poco de historia.

Verán. Soy un castellano y madridista que pegó un salto hasta el techo de alegría cuando Ronald Koeman marcó el golazo -un zapatazo impresionante de falta directa- que le supuso al Barça su primera Copa de Europa tras dos finales perdidas. Un salto que no tuvo nada que envidiar al que dí años más tarde cuando Pedja Mijatovich marcó el gol que puso en las vitrinas del Real Madrid la ansiada Séptima (permítaseme la mayúscula en homenaje a los muchos años que la perseguimos) ¿Quiere decir esto que celebro del mismo modo los triunfos del Barça que los del Madrid. No. Cuando los partidos son de Liga o de la Copa del Rey deseo con idéntico fervor que gane el Madrid y que pierda el Barça, porque reconozco a los azulgranas como el principal rival de los blancos y sé que si ellos pierden aumentan las posibilidades de que nosotros seamos campeones.

Otra cosa son las competiciones internacionales, es decir, cuando el Barcelona se enfrenta a un rival extranjero. En estas ocasiones, me sale del alma - el alma es ese sitio de donde salen las cosas que no sabemos de dónde salen- que gane el equipo de las Ramblas. Digo “me sale”, en tiempo presente, y la verdad es que las circunstancias políticas actuales han permutado el tiempo verbal y ahora he de decir “me salía”, en pretérito. Este cambio del tiempo verbal responde al hecho de que se ha puesto de manifiesto que la mitad de los catalanes apoyan que el Barça sea tan extranjero como el que más; que esa misma mitad pita con saña el himno español para mostrar su repulsa por la unidad territorial que representa; que esa mitad ha dejado de identificar a su equipo con los colores azul y grana para hacerlo con las barras rojas y amarillas ( qué coincidencia, igual que la bandera española) de la estelada catalana.

El cambio del tiempo verbal responde, identificando a algunos personajes de esa mitad de Cataluña que quiere pirarse de España, a que Jordi Pujol (¿ lo veremos entre rejas?) Laporta, Bartomeu, Piqué ( lo siento por Carles Pujol, Xavi Hernández, Andrés Iniesta, ejemplos de discreción) Artur Mas, Junqueras, Tardá, Forca-dell, Baños… atizan sin paliativos el secesio-nismo y el desprecio de la Ley, considerando al resto de los españoles indignos de compartir con ellos el mismo territorio. Gente que denigra las decisiones del Tribunal Constitucional, al que tachan de corrupto, y hacen oídos sordos a sus llamadas al orden.

Así que ahora -lo digo y me remuerde la conciencia- quiero que el Barcelona pierda hasta en los entrenamientos y, por supuesto, cuando se enfrenta a equipos extranjeros, y el otro día, cuando jugó con la Roma, cambié de canal cuando marcaron el segundo gol porque veía venir la goleada que luego fue. Menos mal que mi conciencia deja de remorderme cuando rememoro la sonrisa sarcástica de Mas (Sarcasmo: Burla sangrienta, ironía mordaz y cruel con que se ofende o maltrata a alguien o algo, según la RAE) con ocasión de la monumental pitada al himno nacional en la final copera entre el Barça y el Bilbao. Y mi conciencia alcanza la beatitud si hago un mínimo ejercicio de memoria para recordar las innumerables ocasiones en que este prestidigitador de pacotilla trata de confundir a la gente con su sonrisa de galán frustrado, simulando que no busca la confrontación sino la cordialidad. Rebelde contumaz, lobo con piel de cordero al que delatan las negras pezuñas de sus hechos. Super-ego que se mantiene inmutable en su órdago: Yo o la nada.

Por fortuna, este cabecilla de la rebelión ya tiene su némesis, la horma de su zapato: quizá logre reconciliarme con mi anterior simpatía azulgrana Albert Rivera, que con elegante contundencia se esfuerza por desenmascarar las falacias de la ideología separatista . Y junto a él, no hay que perder de vista a Inés Arrimadas, la joven que ilumina con su presencia y su verbo la tribuna política. Pienso en ellos y en la otra mitad de catalanes que no está dispuesta a lanzarse al despeñadero, a la hora de componer una sencilla felicitación navideña en la que deseo a la gente de buena voluntad que en Navidad y siempre alcance la felicidad sin mermar un ápice la felicidad ajena. Lo dicho: Bon Nadal.