Edición mensual - Diciembre 2015 - Colaboraciones

El Puertollano de mi infancia que siempre llevaré con orgullo en mi corazón

Eloy Núñez Sánchez

Nº 254 - Colaboraciones

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Eran tiempos de ropa azul y mano alzada. De vez en cuando nos cruzábamos por las calles con gentes de vientre inflamado y cara famélica y con profundas ojeras.”Mira niño, me decían, ese que va por ahí se va a morir esta noche”. Y yo nunca entendía el por qué de tan macabra afirmación. Luego, mucho más tarde, sí que lo entendí.

En aquel Puertollano de mi infancia se daban todas las prerrogativas para que sucedieran esas escenas. La hambruna de los años cuarenta causaba estragos en general y aquí, en el pueblo, en particular. Lugar de paso, de aluvión, al socaire del trabajo en las minas, la ciudad, estratégicamente situada a caballo entre Andalucía, Extremadura y la enorme extensión al sur de la llanura Manchega, había congregado durante la última etapa de la Guerra Civil a un buen número de refugiados que, terminada la contienda, intentaban sobrevivir en su lugar de acogida.

Gentes humildes, desarraigadas, en búsqueda desesperada de asiento que les permitiera acceder a trabajo y pan estables, formaban ese importante contingente de población flotante a los que la miseria les maquillaba trágicamente su aspecto.

Con ellos los demás. La clase obrera, mayoritaria, y la escasa burguesía que componían altos directivos de la Industria, Comerciantes, Vendedores de Mercado, Empleados de Renfe y Hacendados de la escasa actividad agrícola y ganadera de la comarca.

La ropa azul predominaba en el atuendo mayoritario de las gentes por la sencilla razón de ser la más asequible en aquellos duros años. Se empleaba para lo que se llamaba “vestir” y luego, cuando se desgastaba, para usarla en el trabajo diario. Aún me parece estar viendo a los mineros recién aseados, sentados a las puertas de sus casas cuarteleras, sobre tarugos de entibación, con los pantalones zurcidos por varias partes, las camisetas de tela azul, calzando sus alpargatas “rocaví” - aquellas que se anunciaron después en Radio Parroquial como propias para vagonear- degustando un botellín de gaseosa de Florián mezclada con vino peleón de la tierra… y próximos sus proles, niños semi-desnudos manchados de tierra y barro por todo el cuerpo, jugando a las canicas por el suelo y acercándose a ellos de vez en cuando por si podían recibir alguno de los garbanzos tostados que servían de aperitivo a sus padres. Dentro de la vivienda el cuarto que servía de todo: comedor, cocina y estar en una sola pieza y, tras él, el único dormitorio oscuro y promiscuo que albergaba descansos a toda la familia.

Y la Esposa...la “parienta” como gustaban de llamarla ante los demás. Preparando el pote, remendando andrajos o amontonándolos en la cesta de mimbre para dirigirse con ella al arroyo de “la bachillera” a la colada habitual...

¡Mujeres de aquél tiempo!...Sufridas esposas, madres y amas de casa. Muchas de ellas con el dolor de la pérdida en la Mina de padres, esposos, hijos o hermanos.... Amantes y sensibles en la oscura intimidad de sus encuentros con su hombre y eficaces administradoras del escaso salario que entraba en sus casas. Trabajadoras infatigables para dotar a su humilde hogar y a su familia de un casi imposible signo de presentabilidad... Madres abnegadas que asumían su analfabetismo como algo natural para ellas pero indeseable para sus hijos.... ¡Que buenas mujeres las esposas de aquellos mineros!

La distracción más barata y abundante eran las procesiones eclesiásticas de aquel entonces. No sabía las razones pero se celebraban muchas. Lo que no entendía muy bien era el por qué de los Himnos que sonaban a la entrada y salida de las iglesias y toda la muchedumbre alzando el brazo y con caras de susto. Pero aquello, como se repetía tanto en el cine, en los toros o al inaugurar la Feria, terminó por ser costumbre y dejar de asombrarme.

¡Que Puertollano aquél, bucólico y minero, de atardeceres dorados y neblinas de carbón quemado!.. Desde lo alto del peñón gordo del cerro de Santa Ana contemplábamos absortos el paisaje que se nos ofrecía con aquel desparrame de casas trepadoras, chimeneas humeantes, la gallarda silueta de la Asunción y el cuerpo yacente con su penacho de humo negro del ciclópeo Terry con sus vagonetas rampantes en aquel ir y venir continuo por sus jorobas....

Pero a mi desbordada imaginación infantil lo que mas impresionaba era contemplar el pueblo desde la cuesta del puerto de Mestanza. Desde allí observaba en aquellos inolvidables atardeceres, los trenes mineros que surcaban el valle en todas direcciones con su profusión de luces, chirridos y vapores... las luces multicolores de cambios de vías... las procesiones que, como luciérnagas, formaban los mineros en bicicleta camino de sus Pozos… y aquella confusión de luces parpadeantes que ofrecían las Torres y Edificios de la Destilería de Pizarra de la SMMP... y todo ello en primera línea de una panorámica con la silueta del pueblo al fondo, festoneado con las calles trepadoras por los cerros de San Sebastián y Santa Ana que, a mis ojos, se presentaban abrazando amorosos -como para protegerlo de cualquier enemigo- a mi amado Puertollano de aquél ayer tan lejano pero tan próximo en el recuerdo que siempre llevaré con orgullo en mi corazón.