Edición mensual - Diciembre 2014 - Historia

Una fotografía que vale un libro

José D. Delgado Bedmar

Nº 251 - Historia

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La próxima publicación de la por algunos largamente esperada “Historia de Puertollano”, editado por Intuición Grupo Editorial, nos dará ocasión de conocer muchas fotografías a las que hasta este momento no habíamos tenido acceso y que servirán para que este libro sea, sin parangón posible, el mejor ilustrado de cuantos se han publicado hasta ahora sobre nuestra localidad. Más de medio millar de fotografías se distribuyen a lo largo y ancho de las casi 700 páginas de este volumen, en un concienzudo intento de documentar adecuadamente por medio de la imagen un contenido que abarca desde la Prehistoria hasta nuestros días.

Son muchas las fotografías presentes en el libro que van a interesar e incluso a asombrar al lector, como la que muestra a los añorados pabellones del paseo en 1912, tan sólo dos años después de ser construidos; las dos aéreas de los castillos que había en las riberas del Ojailén; la del documento que demuestra que en el siglo XVI había una mezquita en el pueblo o la que nos da a conocer al Gran Teatro en el día de su inauguración, el 2 de mayo de 1920. Pero puede decirse que una de estas fotografías -tan sólo una de ellas-, tiene una carga testimonial e histórica de tal trascendencia que nos atrevemos a decir que podría valer por todo el libro. Pero esto requiere una pormenorizada explicación, que vamos a intentar exponer seguidamente.

Como es bien sabido por todos, el descubrimiento del carbón y la puesta en marcha de las explotaciones mineras a finales del siglo XIX va a suponer una profundísima transformación de Puertollano a todos los niveles, pasando en muy pocos años de ser un municipio con una economía basada en la ganadería y la agricultura a otro con bases económicas en la minería y la industria. Y esto, a su vez, trajo otra larga serie de transformaciones y novedades en la localidad. Una de ellas será la aparición de la prensa escrita.

Según han publicado Isidro Sánchez y Julio Bayo, el primer periódico editado en Puertollano fue “La República”, que vería la luz en 1887, y hasta el comienzo de la I Guerra Mundial (1914), otras ocho cabeceras más surgieron en busca de lectores puertollaneros: “El Pueblo”, en 1893; “La Lealtad”, en 1903; “La Voz de Calatrava”, también en 1903; “La Voz del Pueblo”, en 1906; “El Porvenir”, en 1907; “La Semana de ahora”, en 1909; de nuevo “La Voz del Pueblo”, en 1910; y “El Necesario”, en 1914.

De uno de ellos, concretamente de “El Porvenir”, apenas si se tenían noticias aisladas, pero gracias al proyecto de digitalización de la prensa de Valdepeñas, hemos podido conocer que este periódico está vinculado en su nacimiento con el de igual título que desde noviembre de 1905 se editaba en Valdepeñas. De hecho, en sus primeros números compartirá páginas, tiene las mismas características y aparece publicado en la misma imprenta (Imprenta de Mendoza), que éste último, que tenía una periodicidad trisemanal y se publicó hasta mayo de 1907.

El primer número de “El Porvenir” en su edición de Puertollano salió a la calle el 2 de enero de 1907. De periodicidad semanal, salía los sábados, y sus características más importantes eran su marcado ideario republicano radical, su anticlericalismo y su intención de ofrecer información política, de sucesos y de la vida social de la localidad en sus cuatro páginas (como queda dicho, sólo dos específicas de Puertollano desde el número uno al seis), en las que se observa una total ausencia de fotografías y cuenta tan sólo con algunos retratos a tinta. En el número 7, que vio la luz el 15 de marzo, se anunciaba que desde entonces se publicaría “de cuatro planas, reservando la última para anuncios” y se señalaba que “los suscriptores a El Porvenir de Puertollano que quieran suscribirse a El Porvenir de Valdepeñas obtendrán esta suscripción por la mitad de su precio, o sea por cincuenta céntimos al mes”, lo que certificaba su emancipación respecto al periódico valdepeñero.

Por una de esas casualidades que la juguetona diosa Fortuna nos regala a veces, a finales del año 2013, el director del Museo Municipal de Puertollano, Raúl Menasalvas, tuvo la oportunidad de adquirir para sus fondos un ejemplar suelto de este periódico, que es concretamente el “Número extraordinario”, editado el 21 de abril de 1907 con ocasión de la feria de mayo de ese año. Aunque ha perdido la portada y su estado general de conservación no es muy bueno, en sus 39 páginas y contraportada nos ofrece un panorama de la ciudad, unas fotografías y unos artículos que nos hacen catalogarlo como verdaderamente excepcional.

Por no hacer muy largas estas líneas, diremos tan sólo que en él se contienen muchas noticias históricas sobre la localidad, datos sobre los propietarios y directores de las minas, un fragmento de un poco conocido libro de Víctor Hugo, un artículo de Alejandro Lerroux, un cuento social de Vicente Blasco Ibáñez, un cuento que Pedro Torres (el director del periódico, que aparece fotografiado en la única imagen que se conoce de él) hace transcurrir en “Puertoalegre”, y otro del abogado, político y escritor Heliodoro Peñasco, asesinado pocos años después en Argamasilla, amén de otros varios cuentos, poemas y artículos de diversos autores menos conocidos y vinculados a Unión Republicana. Al final nos encontramos con un cartel de los festejos a desarrollar en la ciudad durante la feria y tres muy interesantes páginas de publicidad (dos de ellas amputadas) en las que figuran hasta tres fotografías.

Y precisamente el apartado de las fotografías convierten a este ejemplar en una auténtica joya, porque a lo largo del mismo se intercalan hasta cuatro bloques (19 fotografías en total), que sumadas a una vista general del pueblo desde el cerro de San Agustín, otra de la mina “Valdepeñas”, otra de la entrada a la mina “Aurora”, otra de la mina “San Francisco” y una última de la junta directiva local de Unión Republicana, ofrecen una visión muy completa del pueblo y sus gentes hace exactamente 107 años.

Es una pena que los medios técnicos de los “Talleres Tipográficos Puertollano” en los que aparece editado este número no fueran los mejores para obtener buenos resultados, sobre todo en lo que se refiere a las calidades obtenidas en fotografías lejanas, pero aún así hay algunas que se pueden considerar únicas y que, según se indica junto a ellas, se deben al trabajo de un fotógrafo para nosotros desconocido llamado Constantino Rodríguez.

Extraordinarias son las de la “Plaza de la Constitución en horas del Mercado”, que es muy parecida a la de la postal que se había publicado un año antes con igual tema; la del salón de tertulias del “Círculo de Recreo” o Casino; la del patio de las Escuelas Municipales que en 1902 se habían levantado en el solar donde estuvo el Pósito Municipal (hoy Colegio “Gonzalo de Berceo”); la imagen que ofrecía la Fuente Agria tras su profunda remodelación de 1905; los efímeros pabellones (faltaban unos años para que se construyeran los de hierro) que anualmente se levantaban durante la Feria de Mayo, mas otra instantánea de esta feria cuando se hacía en la zona sur del paseo; el magnífico edificio que era la sede de la sociedad “La Benéfica”, en la Plaza de Palacio; la casi cuarentena de integrantes de la Banda de Música municipal; la fuente de agua dulce o de los cinco caños, que se había remodelado en 1901; y, por último, las muchas y muy variadas fotografías de instalaciones mineras e industriales de la localidad. Se trata, en definitiva, de un documento de enorme importancia histórica y que muestra imágenes no conocidas de instalaciones, lugares y gentes que por primera vez hemos tenido ocasión de conocer. Pero, con todo, hay una fotografía que consideramos la más importante de todas: la que representa la portada norte de la iglesia parroquial, en la que se aprecia claramente que en sus hornacinas aún había al menos una escultura.

La portada de una iglesia es importante porque es el lugar de ingreso al templo por parte de los fieles, por lo que en ella se suelen situar esculturas que sirven como elementos significativos y simbólicos de una enorme importancia didáctica, tanto para los iniciados en la fe como para los no creyentes. La puerta principal de acceso al templo parroquial puertollanero es la entrada situada en la fachada norte, construida con sillares de piedra arenisca y dos cuerpos perfectamente diferenciados, buscando la simetría en todo momento. El primero de estos cuerpos busca la cuadratura de un esquema que recuerda a los arcos triunfales clásicos, y su centro aparece ocupado por una gran puerta de unos cuatro metros de altura y con un arco de medio punto de unos dos metros de luz. A los lados de esta puerta, y sobre pedestales que miden aproximadamente un metro de alto, van dos pares de estilizadas columnas adosadas, coronadas por capiteles de orden corintio, que podrían referirse a la Virgen, porque se asocian a la pureza y la honestidad, al tiempo que soportan el piso superior. Entre las columnas se sitúan hornacinas rehundidas de unos ochenta centímetros de alto y con unos pedestales sobresalientes decorados por cabezas de querubines en mediorrelieve, angelitos que también suelen ir asociados a la figura de la Virgen, aunque actualmente no disponemos de ninguna imagen en ellas.

Sobre los bellos capiteles de estas cuatro columnas apoya el arquitrabe, separado en sus partes con unos listeles de perlas y que apoya también sobre el arco de la puerta de entrada, decorado en su rosca por cabezas de serafines unidos por pequeños niños con brazos y piernas extendidos y que forman figuras en forma de aspa. Las enjutas triangulares que quedan entre el arco de la puerta y el dintel van decoradas con sendas figuras realizadas en mediorrelieve que adaptan su cuerpo a los marcos en los que van insertas. La de la derecha representa a una mujer recostada sobre el arco, que tiene su brazo derecho extendido en dirección a la clave del mismo, mientras en su mano izquierda porta una balanza. En el espacio comprendido entre la inexpresiva cara de esta figura, que mira al frente, y su mano derecha puede aún leerse una inscripción que nos aclara definitivamente de quién se trata: la Justicia, una de las cuatro virtudes cardinales. En la enjuta triangular del otro lado resulta más difícil averiguar lo que hay: una figura humana que, en una forzada postura, apoya su cuerpo sobre el arco mientras parece unir sus manos en actitud orante, vestida de manera similar a la otra, con una amplia túnica fruncida sobre el pecho, pero de gestualidad diferente. Si no supiéramos lo que hay en el otro lado, podríamos decir que es el Ángel de la Anunciación, pero la presencia de la figura de la Justicia en el otro lado impide que podamos asegurarlo con rotundidad.

Sobre el arquitrabe superior hay un friso muy curioso, decorado con una cenefa de puntas de diamante en la que aparecen como zarcillos enrollados. Por entre estas decoraciones podemos adivinar figurillas humanas que se ordenan en torno a una cartela ovalada, que aparece sostenida por las manos de dos ángeles de curiosas alas y en la que figura una fecha, probablemente la del año de terminación de la obra: 1562. Sobre este friso tenemos dos grandes “alerones” invertidos y que llevan en su interior una decoración de aspas o soles, que llaman la atención porque tienen un gran tamaño y sobre los que se sientan dos grandes figuras humanas, trabajadas en piedra oscura y adosadas a la línea de fachada. A la figura de nuestra derecha le falta parte de la cara y agarra con su mano izquierda un elemento extraño, que puede ser un árbol o un cuerno de la abundancia. Una inscripción que hay tras su cabeza nos aclara lo que representa: la Fortaleza; mientras que al lado izquierdo, haciendo pareja con la anterior, hay otra figura en la que aún se puede apreciar que llevaba un cáliz del que sale una Sagrada Forma. También en este caso contamos con una inscripción que indica que es una Virtud Teologal: la Fe. Con esto, queda aclarada la significación de estas dos grandes figuras, que vendrían a reflejar en piedra la creencia de los fieles cristianos en unos principios firmemente asentados y la ausencia de temor que ello viene a suponer.

Pero no queda aquí todo, ni mucho menos. Entre estos grandes alerones, y “rellenando” el centro de este segundo cuerpo de la portada-retablo, hay un tabernáculo, con una hornacina rehundida y cubierta por una concha con la charnela o punto de unión puesta hacia el exterior, al contrario de lo que sucede en las de las dos pequeñas hornacinas laterales del primer cuerpo. Esta hornacina queda enmarcada por dos pilastras de capiteles corintios que sostienen un entablamento sobre el que hay un frontón triangular roto. En él hay una inscripción en latín difícilmente legible por el desgaste de la piedra, pero por el contexto se puede identificar el conjunto: “H_C DOM_S EST DE_ GENI_RIX”. Traduciendo un tanto libremente, Esta es la casa de la Madre de Dios. Dicho sea de otro modo: se indica al fiel que se trata de un edificio dedicado a la Virgen y todo ello asentado sobre los cimientos de las creencias cristianas que podemos apreciar más abajo. Sobre el entablamento va un frontón triangular partido en su zona inferior que presenta claros restos de un serafín, ángel que normalmente va con la Virgen en su Ascensión a los cielos... pero no tenemos ninguna imagen en la hornacina.

En los años ochenta del pasado siglo, entrevistamos a diferentes personas que vivieron los años anteriores a la guerra civil y que, por más que les insistimos, no recordaban que antes del inicio de la contienda hubiera nada en la citada hornacina. Sin embargo, sería muy raro que se la hubiera hecho si no hubiera intención de poner nada en ella, y disponemos de documentos históricos que así lo corroboran: en el año 1719, los visitadores de la Orden de Calatrava vieron la iglesia y dejaron escrito lo siguiente: “Y mas adelante ay otra puerta al norte, con portada de piedra franca muy linda. Y en un nicho que la corona ay una ymagen de Nuestra Señora de la Asumpción de lo mismo”.

Por ello, supusimos que la imagen que allí hubiera había desaparecido en alguna vicisitud histórica anterior (en el conocido “episodio carlista” de 1838, por ejemplo). Sin embargo, gracias a la fotografía de “El Porvenir” hemos podido saber que, al menos hasta ese 1907 en que está fechada, en la hornacina había una imagen de la Asunción. Puede que desapareciera en algún momento desde ese año hasta el inicio de la guerra civil, quizá durante alguna huelga o convulsión social, pero gracias a este impagable documento gráfico hemos podido certificar que pervivió al menos hasta esos inicios del siglo XX. Y aún más: en las dos hornacinas que hay en el cuerpo inferior, entre las columnas, parecen adivinarse también sendas esculturas (más claramente la de la izquierda que la de la derecha), que podrían ser las imágenes de San Pedro y San Pablo, como ocurre en otros casos que conocemos.

En cualquier caso, y ya para concluir, digamos que la imagen de la Virgen de la Asunción aparece acompañada de los ángeles que la llevaron hasta el Cielo, porque Cristo “asciende” por sus propios medios, mientras que la Virgen “es llevada”, y se fecharía en la segunda mitad del siglo XVI. Que sepamos, se trata de la única fotografía de esta portada anterior a la guerra civil, mientras que de la puerta del Sol -la otra portada de la parroquia, fechada en 1674- conocemos la tarjeta postal realizada en 1930 por Joaquín Oña y publicada por la imprenta “La Económica”. Esperemos que la publicación de esta fotografía, que por sí sola bien merecía este artículo, facilite la “aparición” de nuevas imágenes de nuestro pasado.