Edición mensual - Diciembre 2014 - Colaboraciones

Bares y Lugares

La Oca

Mayte González-Mozos

Nº 251 - Colaboraciones

Imprimir

Nadie llegaba a La Oca por casualidad. El café era bueno, la música innovadora y el ambiente de lo mejorcito. Así que todos parecíamos tener allí una cita. En la deriva de las noches, el rótulo de neón en su fachada de la calle Calzada nos persuadía como un faro, donde iniciar la singladura, o coger el punto y continuarlo.

En el ocaso de las tardes y tras el cafelito, ya con un cacharro ante ti, desde la curva de la barra, podías contemplar retazos del crepúsculo a través del ventanuco junto a la máquina del café. En aquel rincón encallaban los acérrimos. Allí no todos los cuartos de hora se componían de quince minutos. Era dársena también de quien hace demasiados años ya no vemos en ninguno de los bares y lugares, ni lo veremos: De figura quijotesca, su rostro afeitado y grequiano lo moteaban varios lunares. Con las piernas cruzadas y presas en sus vaqueros de pitillo, sentado en banqueta alta frente a un vaso de tubo medio vacío, paquete de rubio, encendedor y cigarro entre los dedos. Envuelto por el sonido de Los Beatles con "Lonely people". Ay, querido Tito, si la muerte no os prefiriera jóvenes…

Conforme la noche embestía, se agolpaban las evidencias y por La Oca iban desfilando sus más asiduos: como la churrera, con su mirada castigada y pinturera; los gays, que no faltaban ni una sola noche a la cita y ponían la nota colorista; toda la fauna nocturna y bastantes parejas brindando con copa de cuello alto, empujadas por bajas pasiones, como diría Paco el marinero. Porque estaréis de acuerdo, La Oca tenía cierto glamour.

Recuerdo el pasillo de los baños, en el hervor de las noches que se resistían a tocar a su fin. En ese lugar la oscuridad se trocaba estrecha selva donde, sin buscar, encontrabas trozos de gloria o pedazos del imperio de la noche. Esa que por conquista nos pertenecía.

Nació La Oca con los ochenta. Evoco particularmente los dieciocho de mayo a altas horas, cuando la hermana del dueño hacía extensiva la invitación en la barra por su cumpleaños, cual canto de sirenas. Y cómo no citar a Diego, creativo y emprendedor venido de Alicante, con antecedentes ya en el negocio (La Senda de los Elefantes), moreno de verde luna, alma máter del local, y con posteridad de otros locales (como El Mosquito). En el pequeño poyete de al lado de la cabina de música, desde el que controlaba los cuatro ambientes y podía ver a los que bailaban, allí, más de uno de los que esto leéis, con toda seguridad me habéis visto. Era mi lugar favorito.

El cierre tarde: un suplicio para camareros y dueños. Muchas noches descubrías que se habían convertido en mañanas al pasar por la tienda del Brocha, llevando un vaivén de marea interna. A esas horas la barra de La Oca se convertía en un campo magnético del que no lograbas soltar amarras. El disc-jockey ya había dejado de pinchar, la puerta de la calle cerrada, sí, pero… ¿Quién niega una última copa, cuando quién te la pide sabes que le aferra la soledad sin misericordia, y que en tierra firme sólo le espera una pequeña mascota?