Edición mensual - Septiembre 2012 - Historia

Ojo de pez

Un culto maldito: Santa Ana, antigua patrona de Puertollano

Miguel F. Gómez Vozmediano

Nº 244 - Historia

Imprimir

El culto a Santa Ana en Puertollano tiene una tradición medieval. En la Iglesia Paleocristiana su devoción data del siglo II, pero es en la Iglesia Oriental donde, entre los siglos VI al IX, se difunde su existencia a través de Evangelios Apócrifos conocidos como el “Libro sobre la Natividad de María” y el “Protoevangelio de Santiago”. Estos textos recogían la tradición de que los padres de la Virgen se llamaban Joaquín (cuyo apelativo significa “el hombre a quien Dios levanta”) y Ana (nombre que evoca la “gracia, amor, plegaria”). Según dichos documentos, no reconocidos pero tolerados por los pontífices, Joaquín descendía de la familia del rey David y se casó con Ana; durante lustros no tuvieron hijos, pero al ser considerada la esterilidad un castigo divino, sus constantes rezos hicieron concebir a Ana una niña, María, que habría sido engendrada sin pecado original y estaba destinada a ser la madre de Jesucristo, el Salvador. Esta creencia popular de que la futura santa Ana concibió a la Virgen sin mantener relaciones sexuales fue un error perpetuado en la Iglesia de Roma desde el siglo X hasta que fue condenada por la Santa Sede en 1677 (Benedicto XIV, De Festis, II, 9).

A partir del siglo XIII, en paralelo al auge de la devoción mariana, se extiende la devoción de santa Ana, debido a que los cruzados que retornan de Tierra Santa introducen su culto en el sur de Francia, y de allí pasa al resto de Europa Occidental. Ya entonces su onomástica se celebraba el 26 Julio. La primera vez que se pronuncian los Papas respecto a esta leyenda data de 1382, cuando Urbano VI permite que los obispos de Inglaterra festejasen el día de santa Ana. Ya por entonces esta santa era abogada celestial de las parturientas y matronas, así como de las bordadoras (se decía que santa Ana era una consumada costurera y guantera); no obstante, en otros lugares también es tomada como patrona de los mineros, al asimilarse a Cristo con el oro y a María con la plata.

Durante centurias, proliferaron las leyendas en torno a los hipotéticos abuelos maternos de Cristo. Según una tradición medieval, los padres de santa Ana fueron Matán y Emerenciana. Según otras patrañas, después de nacer María, Joaquín falleció y Ana se casó por segunda vez con un hombre llamado Cleofás, cuya hija de nombre también María sería la madre nada menos que de los apóstoles Santiago el Menor, Judas Tadeo y Simón el Zelote. Es más, otras invenciones llegan más allá y contaban que, a la muerte Cleofás, Ana se volvería a casar de nuevo un tal Salomás, cuya tercera hija, llamada María Salomé, sería a su vez madre de los también apóstoles Santiago el Mayor y de Juan Evangelista.

Hasta el Renacimiento, la iconografía más frecuente de esta santa es en la cual aparece como una matrona y vestida con el manto de color verde, símbolo de la esperanza. No obstante, también menudean su representación en la natividad de la Virgen o enseñando a leer a su hija. Además, al encarnar en sentido amplio la fertilidad, su culto fue adoptado por las comunidades campesinas, ubicándose sus santuarios en colinas o cerros desde donde se bendecían los campos el día de su onomástica.

Ya en el siglo XIII, Alfonso X el Sabio promovió su culto en la Corona de Castilla y, no olvidemos, que las primeras noticias documentales de Puerto Plano datan de esas fechas. Por su parte, el Papa Sixto IV introdujo su fiesta en el calendario romano (1480) y Alejandro VI concedió indulgencias a quien rezase ante la imagen de la santa (1494).

Santa Ana hacía fue la patrona del Puertollano medieval. Su ermita estaba en la falda del cerro de santa Ana, de quien toma el nombre, y flanqueaba el paso natural al valle del Ojailén, camino de Alcudia. Sin embargo, a fines del siglo XV, con motivo del enésimo rebrote de peste negra que azota nuestra comarca, los antiguos puertolleneros votaron a mano alzada en cabildo abierto celebrar también la fiesta de Nuestra Señora de Gracia, para reclamar su protección ante la epidemia. Este nuevo culto fue en auge, hasta que la llegada masiva de reliquias de manos de un capellán de Felipe II a su ermita terminó por consolidar una devoción en alza.

A inicios del siglo XVI, parece que la codicia de un santero que vendía el aceite milagroso que brotaba del famoso enebro, a cuya sombra estaba la ermita, mató la gallina de los huevos de oro. El vecindario estalló en cólera por los tejemanejes del ambicioso ermitaño y destrozó el enebro, cuyas astillas se veneraron en las casas de los puertollaneros como si de reliquias auténticas (como si hubiese alguna) se tratase.

De todos modos, hacía 1520, cuando los freiles calatravos recalan por nuestra localidad ordenan a las autoridades que se hiciese una chimenea al final de la nave de la ermita de santa Ana, para evitar que se incendiase el templo, así como que se recompusiesen los poyos con cal y arena para que se sentasen los devotos, que adecentasen la capilla de más devoción del pueblo y se pintase en su altar un retablo con la historia de la madre de la Virgen, obligándoles también a renovar la vetusta estatua de la patrona que presidía dicha capilla y era la titular de este templo rural.

Durante el siglo XVI el culto a santa Ana, y su cofradía, comienzan nítidamente a menguar a favor de la Virgen de Gracia. No obstante, todavía se celebraba culto en su santuario con motivo de las fiestas más sonadas: San Ildefonso (patrón de toda la archidiócesis de Toledo, hoy conmemorado con el popular Día del Chorizo), el Domingo de Ramos (inicio de la Semana Santa), el Domingo de Cuasimodo (primer domingo después de Pascua de Resurrección), el día de Santiago el Mayor conocido aquí con el sobrenombre de Matamoros (patrón de España, 25 de julio), la onomástica de santa Ana (26 de julio) y el día de Santa Lucía (13 de diciembre, patrona de los oficios textiles, a cuya profesión se dedicaba la mayor parte de los puertollaneros de la época).

Es curioso comprobar como, al celebrarse santa Ana a fines de julio, las cosechas de cereales ya se habían recogido y los devotos eran particularmente generosos con esta devoción vinculada a la fertilidad agrícola, prodigándose las limosnas y mandas piadosas, que revertían a su santuario y, sobre todo, de sus administradores. Tradicionalmente, la familia puertollanera de los Recuero se encargaba del ornato y adecentamiento de la ermita y sus imágenes. Sin embargo, entre los siglos XVIII al XIX, el ayuntamiento tomó el relevo y asumió el poder nombrar un mayordomo (tesorero) que gestionase sus donativos y arrendase las tierras y viñedos que pertenecían a la santa, cuyo dinero se invertía teóricamente en reparos del edificio, compra de objetos litúrgicos y adquisición de aceite para alimentar las lámparas que lucían de día y de noche en el santuario, etc.

Pues bien, el Concilio de Trento (1545-1563), el más importante de la Iglesia Católica durante la modernidad, puso en entredicho el culto a santa Ana y, sobre todo, desautorizó a quienes sostenían su triple matrimonio y su raudal de hijos ilustres, prohibiendo las imágenes de dudosa ortodoxia que representaban a una madrona (santa Ana) que tenía en sus rodillas a la Virgen María, quien a su vez llevaba al Niño Jesús en sus brazos. Finalmente, suprimidas las referencias no contenidas en la Biblia, en 1584 su fiesta quedó fijada para toda la Cristiandad.

Ya era demasiado tarde. En Puertollano, su culto ya estaba en declive, de modo que, a fines del siglo XVI o inicios de la siguiente centuria, la Virgen de Gracia ya había desbancado a la antigua patrona. No obstante, mediado el siglo XVIII, todavía se mantiene una devoción residual a santa Ana en la ermita de su cerro. Por esas fechas, el concejo pagaba una limosna al párroco de la Asunción por la misa cantada que oficiaba en dicho santuario, y su asistencia al oficio de vísperas y procesión, portando las imágenes de santa Ana y san Joaquín a su ermita para luego devolverlas a la parroquia; también se tiraba pólvora la fiesta de la antigua patrona; además, los ediles contribuían costeando el desayuno del sacerdote y los fieles que acudían en procesión y se sufragaba una libra de cera que se empleaba en velas para alumbrar la ermita el día de la santa.

Durante el siglo XIX esta ermita, hacía tiempo semiabandonada, sin culto y sin sus imágenes titulares, se dejó hundir, de modo que hoy penas queda otro recuerdo que su nombre fosilizado en el cerro, del cual ya no mana aceite santo de enebro sino el agua agria que simboliza nuestra ciudad.