Edición mensual - Septiembre 2012 - Fiestas Patronales

COLABORACIONES

Las fiestas patronales de hace 50 años

Para el clásico extra que se realiza con motivo de la celebración de la Fiesta Mayor de Puertollano, vamos a dar un nuevo “paseo” por el recuerdo de la ciudad, esta vez nos acercaremos al lejano y añorado Puertollano de hace cincuenta años. Entonces, los cambios e inquietudes que se vivían no impidieron que durante los días de fiestas, la ciudad se convirtiera en un continuo ir y venir de personas que, olvidando sus desvelos cotidianos, mostraran su satisfacción por las fiestas.

Luis F. Ramírez Madrid

Nº 244 - Fiestas Patronales

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Como todo el mundo sabe, las fiestas más importantes y entrañables que tienen las poblaciones son aquellas que festejan a sus patrones. En nuestro caso, la fiesta mayor de la localidad es la que tiene lugar cada 8 de septiembre, cuando todo el pueblo, sin distinción alguna, sale a la calle y asiste respetuoso a contemplar el triunfal paseo que realiza la Virgen de Gracia por las calles de la localidad en el tradicional desfile procesional. Aquel año, el día de la patrona de aquel año, el vecindario alegre y vestido con sus mejores galas, acudió al atardecer, a la cita que todos los años tiene con la Patrona que ese día estrenaba un magnífico manto blanco, bordado en oro y plata, que fue adquirido por suscripción popular. Aquel año, para la conmemoración, llegó un número mayor de los habituales de los puertollanenses que se encuentran viviendo lejos de Puertollano.

Puertollano hace 50 años

Puertollano entonces vivía cambios profundos que iban a incidir en su economía. Por un lado, las pequeñas explotaciones mineras veían amenazada su estabilidad y pervivencia y daban los primeros síntomas de declive aunque, por otro, se relanzaba la industria del Complejo industrial junto a las antiguas instalaciones de la ENCASO, con empresas con poco empleo, con productos contaminantes y ligadas al capital multinacional del que dependían tecnológicamente. Y, a pesar de que ya había dado comienzo la emigración de puertollanenses a trabajar a centros mineros europeos de habitantes de la localidad, Puertollano continuaba siendo una ciudad popular en crecimiento.

Puertollano era por aquellos entonces una ciudad en plena transformación que no finalizaba el incremento de sus calles, avenidas y plazas en las que, debido a la pasividad de las autoridades municipales, ya comenzaban a vislumbrarse una serie de desmanes urbanísticos que no tenían en cuenta el aspecto estético de la ciudad. Por otro lado, en su paseo anual, la Patrona contemplaría la mejora del alumbrado del centro de la ciudad y los adornos en nuestro Paseo con fuentes luminosas y el Reloj de flores.

La vida de nuestras gentes

Como ahora, salvando las distancias, el nivel de vida estaba por los suelos, con sueldos bajos y los precios de los alimentos y productos muy caros, por lo que a la inmensa mayoría de sufridas amas de casa los sueldos no les daban para llegar a fin de mes. Un pan costaba más de 3 pesetas, un litro de gasolina once y una cerveza 3,50. Por lo demás, el régimen político no permitía muchas alegrías a nuestras gentes que disfrutaban de las distintas fiestas y tradiciones (Santa Bárbara, la Feria, con su “cuerda”, Reyes y de otras fiestas) aunque se les prohibía el Carnaval. Y, como no, las figuras muy delgadas de los jóvenes, ellas con su minifalda y sus melenas cortas y lisas; ellos, con el pelo y patillas largos, bailar pegaditos en los guateques de entonces. En aquel tiempo tuvo lugar la primera huelga de carácter político después de la Guerra civil, organizándose las Comisiones Obreras y los partidos políticos de izquierdas introducían a sus militantes en los Jurados de Empresa, con el fin de mejorar la situación de los trabajadores desde el Sindicato Vertical. Aquel año, se caracterizó por las crecidas del Ojailén, la inauguración del cine Lepanto, los temporales de lluvias con familias damnificadas, las viviendas construidas por la Obra Sindical del Hogar, etc.

La procesión y la traca final

Aquel ocho de septiembre, las céntricas vías de la localidad, el Paseo y las cercanías de la Ermita estaban abarrotadas de personas. Todo el pueblo se volcó con la Patrona y, cada uno a su manera, presenció una procesión, en la que millares de fieles, muchos de ellos descalzos a pesar de las condiciones adversas del pavimento de las calles, precedían ordenadamente en dos hileras a la Patrona con devoción. El deficiente alumbrado de la ciudad, que “iba a juego” con la situación de calles y paseos, se vio “complementado” con el que ofrecían las velas de los miles de puertollanenses, lo que ofrecía una bella imagen al anochecer. Las terribles inundaciones del año, la pérdida de casas y la de bastantes jornales le dieron a la “procesión” de la Patrona de aquel año una participación especial.

Cuando, al final, la Virgen de Gracia volvió a entrar a su hogar, después de su triunfal paseo anual, dio comienzo el programa de fuegos artificiales que el Ayuntamiento de la ciudad preparó para demostrar nuestro regocijo en día tan señalado. Porque, la fiesta más sentida y vivida por los puertollanenses, no podía quedarse sin fuegos artificiales.

Durante varios minutos, el público alzó la vista al cielo contemplando admirado las ruedas de fuego, con fuegos chisporreteando chispas y luces tricolores; jardineras, despidiendo flores y final en cascada; fuentes giratorias, de brillantes fuegos con dalias de adornos; palmeras y fuegos de bengala de diversos colores; y la traca final, con glorias de fuego chinesco, estrellas, fuertes detonaciones y final volcánico. Fuegos de colores, que dejaban maravillado a todos y, especialmente a los chavales, ante esas panorámicas fantásticas y mágicas que resplandecían en el espacio como si de meteoros luminosos se tratasen. Durante unos minutos, una poderosa atracción para casi todos por esa visión fantástica, llena de fuerza y colorido, con su movimiento, luces y sonoridad.

Finalizada la traca, los vecinos volvían a dar una vuelta por el Paseo de San Gregorio, que era donde se instalaban los aparatos y los puestos públicos. Allí, en medio de aquel ambiente ensordecedor, donde se confundían el ruido, las risas, las bocinas de los aparatos y el polvo, hacían su última parada. Unos hacían una parada para calmar la sed con vinos o refrescos, otros a comerse unas berenjenas o unos pinchos morunos y, los que más a comprar almendras garrapiñadas y turrón para llevarles a los familiares que no habían podido ir. Eran los últimos pasos por el recinto, la despedida de la fiesta. De camino a casa, muchos con los pies doloridos, ya pensaban en la cita del próximo año.