Edición mensual - Septiembre 2012 - Fiestas Patronales

Mudanzas

Eduardo Egido

Nº 244 - Fiestas Patronales

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Treinta y ocho años. Los que van de mil novecientos setenta y cuatro a dos mil doce. Ese tiempo lleva fuera de Puertollano, su ciudad. La empresa donde ha trabajado toda su vida no le dejó otra alternativa; el veterano jefe de personal lo miró paternalmente y le dio la noticia que él presagió nada más comenzar a escucharlo: “nada desearía más que no tener que decirte…”

Ahora, sentado en el banco del parque de la ciudad de adopción mientras vigila a su nieto que se desliza por el tobogán, recuerda que ya lleva vividos más años en Reus que en Puertollano. Salvo su hija mayor, que nació en la casa de las “trescientas”, sus otros tres hijos vieron la luz en la tierra de acogida. Si cada región tiñera de un color determinado a sus moradores, su familia, incluido él y su mujer, tendrían el color de Cataluña.

Desde que abandonaron su ciudad, los últimos días de agosto siempre han sido testigos de los preparativos del viaje para regresar a ella en las fiestas de septiembre. Su mujer invariablemente sacaba a relucir la cantinela de que le debían muchos favores a la Virgen de Gracia y qué menos que acompañarla en su procesión. Él se dejaba convencer sin resistencia porque pocas cosas le causaban mayor satisfacción que volver a ver a los viejos amigos y echar un trago con ellos. Notaba en tales ocasiones, cuando la cabeza se libraba de las preocupaciones cotidianas y alcanzaba a ver lo que quedaba oculto tras ellas, una alegría que no tenía precio. Unas cervezas, los amigos, el rescoldo del verano, su pueblo… quizá la felicidad no quedaba lejos.

Recuerda también que cuando se aproximó el momento de su jubilación empezó a pensar qué haría con el tiempo libre de que pronto dispondría. Siempre había tenido buena mano para el dibujo y su antiguo profesor del fray Andrés lo animaba infructuosamente a encauzar su porvenir en esta faceta: “está usted dotado para las Bellas Artes”, le decía. Ahora era el momento de cultivar esa disposición. Se inscribiría en un taller de pintura y recuperaría el tiempo perdido. También se apuntaría al club de senderismo al que pertenecían algunos compañeros de trabajo. Caminar por el campo y descubrir espacios singulares del paisaje le encantaba. Por supuesto no debería dejar al margen ofrecer a su mujer todos los viajes que le había negado durante tantos años. Siempre encontraba una excusa para evitarlos, cuando no era su coste, eran los niños, que se negaban a quedarse con terceras personas, o peor aún, la idea de que nada se les había perdido donde ella proponía viajar.

Sin embargo la jubilación no llegó sola. Trajo de la mano a la crisis económica. No tanto para él, que tenía la vida laboral resuelta sino para sus hijos. Aunque no había que despreciar el rumor de que también las pensiones se verían afectadas, el verdadero problema se le presentó a dos de sus hijos, que perdieron el puesto de trabajo. A partir de ahí fue necesario destinar dinero de la pensión y de los ahorros para que salieran adelante. Una ayuda que cada vez tenía mayores exigencias. Su ánimo se fue cubriendo de sombras que hicieron caer en el olvido sus planes para llenar el tiempo de ocio. Incluso el propio tiempo de ocio prácticamente desapareció porque hubo que atender a los nietos cuyos padres sí trabajaban: llevarlos a la escuela y recogerlos, sacarlos al parque, incluso darles la comida. Siempre aguardaba una nueva obligación tras de la esquina.

Así que este año no bajarán al pueblo el día de la Patrona. Ni siquiera se ha hablado del asunto en casa. Su mujer, tan animosa todos los años a la hora de organizar el viaje, no ha dicho esta boca es mía. Y él tampoco. No tiene ganas. Presiente que no sería igual que otros años porque probablemente la mala economía del país también habrá afectado a los amigos y quien más quien menos tendrá motivos para lamentarse. Por otro lado, el viaje acarrea unos gastos y la situación exige ser cauto porque toda previsión es poca ante el incierto futuro. Un futuro sombrío cuyas luces cada vez se atisban más lejanas.

Agosto se despide con calor sofocante. En el parque parece que las copas de los árboles quieren empezar a agitarse a la caída de la tarde. Su nieto brinca de un ingenio a otro sin parar quieto. Ha hecho buenas migas con otros niños y las risas suenan francas. Las escucha como un bálsamo fresco y aromático. Levanta la vista al cielo de nuevo y se deja envolver por los sonidos del parque.