Edición mensual - Septiembre 2012 - Fiestas Patronales

Firma Invitada

Goles de Tariq y María Dueñas

Francisco Correal

Nº 244 - Fiestas Patronales

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Cuando pedí un plato de bravas en la Casa de Jaén de Benalmádena, la imagen que le vino a mis hermanos Juan y Blas fue la misma: evocar las patatas bravas de Macías, aquella exquisitez digna de Gargantúa y Pantagruel. Faltaban los dos hermanos pequeños: Quique y Mario, curiosamente los dos que nacieron en Puertollano. Allí estábamos los dos gallegos y el culipardo (de cuna), que seguimos teniendo Puertollano en el retrovisor de nuestros afectos. Cuando se ha producido la terrible explosión en una refinería de Venezuela, enseguida me remitió a aquel 14 de agosto de 2003 en que viajábamos en el AVE camino de Madrid para rematar nuestras vacaciones después de una semana en las islas Canarias. La Ínsula Barataria saltó por los aires y se llevó nueve vidas. Nada de Puertollano me es ajeno, por usar el bíblico aserto.

Ha tenido que venir la literatura para mitigar la saudade del último descenso económico o federativo o merkeliano del Puertollano, sobrenombre del heroico Calvo Sotelo. Atrás quedan esos viajes a los mares balompédicos del sur, cuando he tenido ocasión de verlo en las ciudades deportivas del Betis y del Sevilla, en campos como Écija, Alcalá de Guadaíra, San Fernando o el mismísimo estadio Carranza del Cádiz donde empatamos con un golazo de Tariq, que sigue por sus fueros en Huesca. El equipo ha cambiado el AVE por las carreteras comarcales, pero recupera la humildad castiza. El primer domingo de septiembre, en puertas de su segunda Feria, vuelve el gran derbi: mi ciudad natal y real, contra mi mágica por irreal y verdadera ciudad, un Puertollano-Atlético Ciudad Real. Hace unos cuantos años, envié a Félix Calle y al llorado Portilla a que espiaran a Javi Naranjo, defensa del Piedrabuena, hijo de mi tío Blas. Ahora en el equipo de la capital juega un sobrino de mi primo, un hijo de Andrés Naranjo, el mismo nombre de mi abuelo, el maestro panadero.

Hablaba de la literatura, porque este descenso a la realidad castellano-manchega (las migas autonómicas son un poco indigestas), este viaje a la hiel de la Alcarria coincide con el ascenso a la Champions League de las librerías del esperado segundo libro de María Dueñas. Ya está llena Sevilla de su ‘Misión Olvido’. “Donde habite el olvido, en los vastos jardines sin aurora”. Me coge el estreno de María leyendo el quinto libro de ‘La realidad y el deseo’ de Luis Cernuda, el titulado ‘Donde habite el olvido’. En su bellísima introducción, se pregunta el poeta del 27: “¿Qué queda de las alegrías y penas del amor cuando éste desaparece? Nada o, peor que nada; queda el recuerdo de un olvido”. Sólo un poeta es capaz de decir tanto con tan poco, mediante esa paradoja: el recuerdo de un olvido. La pamplina nacionalista, contra la que estamos curados los lectores del Quijote, ha convertido en cursilería vernácula el amor a una tierra, a una ciudad. Por encima de esa catetería fronteriza que tan cara nos ha salido, en puertas de la Feria yo he decir que amo a este pueblo que me insufló energía con las bravas de Macías junto a ese equipo de música que sonaba y del que nunca olvidaré a Richard Cocciante cantando ‘Bella sin alma’ con esa voz más de Cazalla que del Piamonte.