Edición mensual - Septiembre 2012 - Fiestas Patronales

COLABORACIONES

El comercio y el bebercio

Víctor Morujo

Nº 244 - Fiestas Patronales

Imprimir

Al igual que, desde hace unos años, el regreso al ferial de las casetas se ha convertido en una nueva seña de identidad de las fiestas puertollanarras, el traslado de al menos parte de los “botellonistas” a la vecindad durante tan señaladas fechas es un hecho, como también lo es que, por la natural evolución de los acontecimientos, cada año se va recuperando más la llamada “feria de día”, que no levantaba cabeza desde los tiempos en que los fastos de mayo y septiembre los celebrábamos en los paseos de San Gregorio y El Bosque.

Sobre esto último hay teorías, puede que todas ellas parcialmente acertadas: hay quienes postulan que la mayor afluencia de público al mediodía está causada por quienes desean evitar el incremento de los altercados nocturnos en la zona, que éstos mismos atribuyen, precisamente, a que muchos jóvenes, a la hora de llegar allí, ya vienen “preparados” desde el vecino botellón; y también hay quien, simplemente, defiende que muchos han redescubierto el atractivo de los pinchitos, las cañitas y, por añadidura, las calderetas y guisos varios con que los “caseteros” suelen obsequiar al personal.

Sin duda, en este último terreno, las fiestas de mayo y septiembre se están convirtiendo en la envidia de la provincia, donde tienen que organizar eventos de mediodía fuera del ferial, del estilo de los diversos bailes del vermú, si quieren que alguien salga a feriarse al sol, pero la primera de las hipótesis que mencionábamos arriba pierde fuerza al comprobarse que las madrugadas tampoco han flojeado demasiado, sobre todo porque las grescas, aunque suceden, tampoco son lo que se dice un diario. Las hubo y las habrá mientras haya gente que no sepa comportarse. No facilitemos las cosas a quienes, sobre este particular, desde fuera de Puertollano, se preocupan muy mucho de pintar nuestras noches de fiesta mayor como una especie de batalla campal en la que los principales protagonistas suelen ser las personas de ciertas minorías étnicas, las cuales, según esas insidias, no serían tan minoritarias, sino una especie de seña de identidad que maldice a nuestra ciudad, todos ellos una suerte de analfabetos sociales y racistas.

Y, lo peor del caso, querido lector, es que desde dentro no ayudamos a desmentir esa leyenda urbana porque, y puede que usted sea uno de ellos, tenemos la lengua muy fácil cuando nos ponemos sanguíneos. Hay mucha gente que muestra en voz alta un escepticismo global sobre Puertollano y cualquier cosa que se le relacione, que puede estar basado, curiosamente, en ese chovinismo según el cual, todos y cada uno de los empadronados aquí somos más listos y clarividentes que el resto. Y ya tenemos bastante. Y ya basta. Seremos así o asá, pero somos, y tenemos nuestras cosas buenas. No vivimos en una carverna de osos si ilustración alguna, ni en una Arcadia de modernidad y arte, somos gente del montón, buena gente. ¿Y cuál es la imagen que muchos de nosotros nos encargamos de dar de nuestra ciudad? ¿la de la crisis industrial y el paro? ¿la de una sobreabundancia de gitanos, rumanos y sudamericanos nacidos únicamente para el mal? ¿la de un pueblo borracho y pendenciero? ¿Esa es la verdad? NO.

Ya sé que, de natural, todos tendemos a querer que nuestro entorno esté lo más próximo posible a lo que nosotros desearíamos controlar, según nuestra idea de tranquilidad, pero debemos aprender que no podemos. Y la actitud de muchos respecto del botellón es un claro ejemplo: según éstos, si los jóvenes se ponen hasta las cejas de cuba libres en un local hostelero, son algo menos despreciables que si hacen su bebercio a espaldas del comercio. Pues bien, antes había guateques en los garajes, y esto de ahora no es sino una colectivización de aquello, simplemente porque las cosas cambian. Y nos defendemos de los cambios que no podemos controlar intentando buscar su desprestigio, cuando la experiencia demuestra que tampoco es que nuestros jóvenes suelan alcanzar el “generalato” por término medio, aunque haya alguno que sí.

No es tiempo de pintar Puertollano como si fuera la decadencia de Occidente condensada en una sola ciudad. Es tiempo de sacar todo lo bueno que tenemos, que es mucho. Afortunadamente, hay colectivos que se dedican a pincharnos para sacar eso de dentro, y yo me considero puertollanarra, como todos los que han forjado este gentilicio que, por cierto, no carece de razón de ser porque, fuera del País Vasco, donde hay bilbotarras y donostiarras, quizás no haya ningún lugar con más apellidos de allí que el nuestro. Nuestros historiadores hablan mucho de la gente que vino de Andalucía o Extremadura, pero poco de los Aybar, Zariquiegui, Espiricueta, Unzaga, Orduña y tantos otros del norte, que también han hecho Puertollano. Pero ese sería un bonito tema para que algún Vozmediano se ocupara de él. Feriémonos ahora, saquemos a nuestro puertollanarra también mañana. Puertollano no se muere.