Edición mensual - Octubre 2011 - Historia

Ojo de pez ... Ojo de pez ... Ojo de pez

El bebercio y el fumeque

Miguel F. Gómez Vozmediano

Nº 239 - Historia

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Todavía no hemos superado el trauma de las elecciones municipales y las generales llaman a nuestra puerta. Además, en medio del pastel en el que estamos y nos han metido, los diversos candidatos se desatan haciendo más promesas que propuestas. Pues bien, como quiera que la subida de impuestos se trata de una medida claramente impopular, aunque parece inevitable a corto plazo, nuestros lumbreras patrios prefieren lanzar globos-sonda para ver como se recibe la mala nueva. En esta senda, uno de los candidatos ha propuesto recientemente subir un diez por ciento los impuestos especiales que gravan el tabaco y el alcohol de alta graduación (excluyendo el vino y la cerveza, cuyo consumo y producción se considera estratégicos) para financiar la precaria sanidad española, una de las joyas de nuestro añorado estado del bienestar.

Si echamos la vista atrás, comprobamos como el tabaco fue uno de los primeros productos en “estancarse”, es decir, monopolizarse por parte del Estado. Si las primeras pipas se fuman medio a escondidas, para evitar a la siempre temible Inquisición (que consideraba demoníaco inhalar humo y expulsarlo), pronto las autoridades vieron las posibilidades fiscales de este producto exótico traído desde Indias.

El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdez, en su “Historia general de las Indias” (Sevilla 1535) escribe lo siguiente: “entre otras costumbres reprobables los indios tienen una que es especialmente nociva y que consiste en la absorción de una cierta clase de humo a lo que llaman tabaco para producir un estado de estupor… algunos absorben el humo por medio de una caña hueca, eso es lo que los indios llaman tabaco y no a la hierba”. Durante el reinado de Felipe II, en la segunda mitad del siglo XVI, el tabaco ya se consumía en España y Portugal. Es precisamente en este último país, donde ejercía como embajador de Francia el caballero Jean Nicot, quien introdujo las hojas de tabaco en la Corte francesa, de modo que la reina Catalina de Medici se aficionó tanto a ella que fue conocida a partir de entonces como “hierba de la reina”, “nicotiana” o “hierba del embajador“.

Décadas después, en 1634, en plena crisis (mucho más dura que la estamos viviendo, entre otras cosas porque duró cien años y supuso la pérdida para España de Nápoles, Sicilia, Cerdeña. Portugal y Holanda), el fisco impuso la primera tasa sobre su compraventa en la corona de Castilla, que se extendió en 1707 para el resto de España, de paso que se prohibía plantar tabaco en la península, para asegurarse el control estatal sobre este vicio. Un siglo después, se extendió este impuesto a Las Antillas y en 1735 se cedió su explotación a la Compañía de La Habana. Las rentas fluyeron a las arcas del rey, financiando guerras y sufragando algunos de los proyectos promovidos por los ilustrados de Madrid. El fin justifica los medios, se ha pensado desde siempre.

Por lo que atañe a la ingesta de vino (la cerveza vendría mucho después), su consumo era sumamente popular (por lo barato), generalizado (entre los 9 y los 90 años) y universal (hombres y mujeres, casi por igual). En el triángulo compuesto por Calatrava la Vieja, Carrión y Bolaños había más de siete millones de cepas sembradas mediado el siglo XVI, casi toda uva tinta. De momento, hay que tener en consideración que no era considerada bebida, sino comida (aunque ahora sepamos que aporta calorías “vacías”, sin apenas valor nutricional), De ahí refranes tales como “con pan y vino se anda el camino”. Sin embargo su calidad era pésima (se picaba con demasiada frecuencia), tenía alta graduación (entre los 11 y los 18º, según variedades y añadas) y los fraudes eran normales (los bodegueros aguaban el vino o echaban carne de animales muertos para subirle los grados). Por eso no es extraño que se consuma mezclado con agua y, a veces, condimentado por pimienta u otras especias.

En Puertollano y su comarca, las visitas a tabernas, bodegas y ventas, únicos lugares donde se permitía comercializar vino, estabn dentro de las tareas semanales encomendadas a los regidores (el equivalente antiguo a los concejales). Comprobaban si las medidas eran las correctas y si el género se despachaba en buen estado. Los informes de la época nos evocan el mal paladar al que estaban acostumbrados nuestros antepasados y que la picaresca estaba a la orden del día, ya que pocas veces se marchaban de tales establecimientos sin multar a sus dueños.

Punto y aparte merecen las ventas, la mayoría desparramadas por el camino de Toledo a Córdoba que atravesaban Sierra Morena a norte a sur. Más de diez de tales posadas camineras se contaban en Almodóvar del Campo en tiempos de Cervantes. La del Alcalde o de la Inés es seguramente la mas conocida en la actualidad, pero también existía la de la Lagunilla, la del Herrero, la de la Tajada... Así, la novela ejemplar “Rinconete y Cortadillo” comienza de la siguiente guisa “En la venta del Molinillo (o de la Divina Pastora, situada en la finca «Cerro Verde» era posada de Postas y Correos de su majestad), que está puesta en los fines de los famosos campos de Alcudia, como vamos de Castilla á la Andaluzia”.

Refugio de pícaros, caminantes, viajeros, mercaderes en tránsito, también acogía a malhechores y gentes de mal vivir, como encubridores de ladrones y rameras. Aunque legalmente no podían servir comidas, sino tan solo posada y paja para bueyes o caballos, la realidad era que los venteros vendían de casi todo, ya que lo normal es que no abonaran la alcabala (una especie de IVA. que suponía el diez por ciento de las transacciones).

Pues bien en la venta del Alcalde en octubre de 1756, la justicia decomisa un carro tirado por mulas repleto de tabaco y chocolate que viajaba entre Toledo y Sevilla. Sus conductores, los toledanos Diego “El Puñal” y Felipe Romeralo, no declaran su carga, pero un incidente les delata. Parece que llegaron ya casi anochecido a la venta y pidieron pernoctar a resguardo. Cenaron unos conejos fritos, sazonas con ajo y tomillo, y se bebieron un azumbre de vino (poco más de dos litros), si bien luego se juegan a la cartas otros dos cuartillos (un litro más) con otra pareja de buhoneros forasteros que vendían estampitas y rosarios de pueblo en pueblo. Lo cierto es que se acusaron mutuamente de tramposos y de las palabras pasan a los mamporros, hiriendo a los vendedores ambulantes con un garfio que usaban para azuzar el tiro de mulas. Esa misma noche es llamado un cuadrillero de la Santa Hermandad Vieja de Almodóvar del Campo quien incauta la carga de los agresores y comprueba que el tabaco no tiene “guía” (permiso de transporte), relamiéndose por la buena suerte que había tenido, ya que, en el pasado, policías y jueces cobraban de lo decomisado a los delincuentes.

Poco disfrutó dicho botín, ya que unos días más tarde, la carga desaparece de la ermita de San Benito, donde permanecía en custodia, y una semana después aparece el cuadrillero muerto en descampado. Alguien le había descerrajado un pistoletazo a bocajarro, mientras fumaba en pipa a la puerta de la venta. Venganza o no, esta caso es la demostración palpable que vino y tabaco nunca han sido buenos compañeros de viaje.

En esta sociedad que nos ha tocado vivir, instalada en lo ligth y en el pesimismo de la crisis nuestra de cada día, los vicios privados se han convertido en pecados públicos. Ya no se puede fumar ni siquiera en algunos estadios de fútbol; además los toros han sido demonizados por el gran público y tiempo ha que en las bodas ya no se reparten puros sino achiperres de los chinos.

Yo, que nunca he fumado, los toros solo me atraen estofados y desde el siglo pasado no me embolingado, a veces echo de menos estas actitudes que desde que tengo uso de la razón se han identificado con la buena vida. Señores, estamos en la generación de Internet y parece que todo lo que no sea virtual no se lleva, pero tal vez alguien, en alguna parte, se desconectará alguna vez de la red y si cunde el ejemplo volveremos a gozar de los pequeños placeres cotidianos que proporciona una libertad que ahora parece que la disfrutan otros. Feliz otoño, paisanos.