Edición mensual - Octubre 2011 - Historia

Cartas desde Toledo

Imágenes para una historia de Puertollano (XXIII)

José D. Delgado Bedmar

Nº 239 - Historia

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A pesar de todo lo que hasta ahora hemos venido reseñando en esta serie de “Cartas desde Toledo” dedicadas a comentar imágenes para ilustrar una historia de nuestro pueblo, creemos que no sería ni mucho menos una sorpresa que en un futuro pudiera hallarse alguna imagen de Puertollano que sea coetánea o incluso anterior a las dos que hemos venido tratando en estas páginas desde hace ya prácticamente dos años, y que como se recordará están fechadas en el siglo XVIII: de mediados de la centuria es la contenida en el Catastro del Marqués de la Ensenada y de finales la correspondiente al Interrogatorio del Cardenal Lorenzana.

En cualquier caso, y a pesar de su extraordinaria simplicidad, hay que convenir que ambas imágenes cumplen un importante cometido, como es dar a conocer una visión “de conjunto” de cómo era nuestra localidad en aquella época, de cuáles eran sus principales edificios y hacia dónde estaban situados, y de cómo eran los alrededores de la villa.

Visiones de conjunto quizá algo lejanas y que, todo hay que decirlo, estarían tomadas desde la zona sur porque sólo podía obtenerse unas vistas semejantes desde ese centro del valle del río Ojailén y, sobre todo, porque era hacia esa zona meridional hacia donde se extendía fundamentalmente el término municipal puertollanero que, como en su momento dijimos, por aquel entonces se prolongaba por el Valle de Alcudia y llegaba a limitar con el de Fuencaliente en el Norte de Sierra Morena, pues hasta finales del primer tercio del siglo XIX no se independizarían de Puertollano sus aldeas de Cabezarrubias del Puerto e Hinojosas de Calatrava.

Visiones de conjunto conseguidas a través de sendos dibujos realizados a tinta sobre papel, y hechas por autores de los que no nos ha llegado ningún dato que nos sirva para identificarlos. Visiones de conjunto, en fin, que nos hablan muy gráficamente de una localidad que sin duda alguna había conocido tiempos mejores (sobre todo en las postrimerías del siglo XVI), que tenía en unos pocos edificios religiosos (iglesia parroquial, ermitas, convento franciscano) lo único que podía ser reseñable desde un punto de vista arquitectónico o artístico, y que basaba su precaria economía en una ganadería extensiva que se beneficiaba de los rebaños trashumantes que aprovechaban los ricos pastos del Valle de Alcudia y en una agricultura que podía ser justamente catalogada como de mera subsistencia, pues apenas si alcanzaba un año tras otro para satisfacer las necesidades más básicas de los propios del lugar.

Pasada la página del siglo XVIII, el XIX comenzaba a priori con no muchas perspectivas de cambio para la tranquila localidad manchega, pero que pocos años después de empezarlo se vería sacudida por diferentes episodios bélicos durante la denominada Guerra de la Independencia, que llevarán la zozobra y la inseguridad a una villa que apenas si recuperará la calma acabada la contienda.

Tras la guerra, la puesta en marcha del establecimiento de los baños medicinales para aprovechar el agua agria y el coyuntural regreso de los frailes, que habían sido exclaustrados y habían abandonado el convento durante esos años, constituyen el preludio de nuevos tiempos turbulentos: la definitiva exclaustración de los franciscanos y la desamortización y posterior venta de las tierras de la Iglesia vienen a coincidir con la primera guerra carlista, en la que Puertollano adquirirá súbitamente un no buscado protagonismo, con el desgraciado suceso del incendio de la iglesia parroquial y el subsiguiente fusilamiento de los defensores que allí se habían atrincherado, hechos que se produjeron a principios de marzo de 1838. La ocupación de la villa por los más de tres mil integrantes de las tropas del cabecilla carlista conocido como “Basilio” supondrá otras muchas desgracias, entre las que podemos contar la destrucción de la práctica totalidad del Archivo Municipal, circunstancia que seguramente nos ha privado de poder conocer otras imágenes con las que poder ilustrar la historia de nuestra localidad.

Las posteriores escaramuzas entre las tropas isabelinas y las partidas carlistas, que se producirán periódicamente por toda la provincia, nos hacen llegar prácticamente hasta unos mediados de siglo en el que poco a poco se irán mejorando las condiciones del balneario y en los que se producen hasta tres estancias para tomar los baños del general Narváez, presidente del consejo de ministros, hecho que se revelará como trascendental porque permitirá a su vez una serie de grandes mejoras que darán lugar a que se conquiste definitivamente el hasta entonces no muy claro futuro: la construcción de una Casa de Baños, el trazado y realización del Paseo de San Gregorio o la construcción de una “auténtica” carretera hasta Ciudad Real marcarán el inicio de una nueva era, que se verá coronada posteriormente con dos hitos absolutamente fundamentales para la historia de la ciudad: la llegada del ferrocarril y, sobre todo, el descubrimiento y puesta en explotación de la cuenca carbonífera.

Comenzado el último tercio del siglo, tren y carbón van a cambiar de signo el incierto futuro que se cernía por estos lares, y coinciden en su llegada a Puertollano con la definitiva popularización de un nuevo procedimiento para plasmar imágenes que también contribuirá a transformar muchos esquemas anquilosados: la fotografía. La inmediatez y fidelidad de las imágenes fotográficas (aunque hubiera que esperar algún tiempo más para que llegara el color) irrumpen en la historia, en el arte y también en la prensa periódica, y trasladarán masivamente vistas, retratos, escenas o sucesos de una manera como no se había conocido hasta entonces.

En este contexto, lógico es suponer que la fuente y el balneario o los trabajos y las instalaciones de la cuenca minera fueran los protagonistas elegidos para las primeras fotografías que se realizaron en Puertollano, pero no conocemos por el momento ninguna que sea anterior a la última década del siglo, momento al que corresponde la fotografía que aportamos junto a estas líneas.

Sin duda la fuente agria era un magnífico motivo a representar: un exterior no muy convencional, amplitud de campo, presencia de jardines... Y aquí podemos ver ante ella a un grupo de una veintena de lo que parecen escolares de muy diferentes edades (alguno de ellos incluso en brazos de algún adulto), con la figura de una señora con moño en el centro de la composición que bien pudiera ser la maestra. Un jardinero con blusón y gorra en primer término a la derecha, y alguien que pudiera ser un vigilante o guarda de jardines a la izquierda (se aprecian la gorra de plato y la bandolera cruzándole el pecho), completan un grupo humano que se sitúa ante una fuente en la que nos llama sobre todo la atención la presencia de una construcción prismática y encalada en el centro, lo que nos habla de que la fotografía es anterior a 1905, año en que la fuente adquiere el aspecto aproximado que tiene hoy en día, y que puede verse en la práctica totalidad de las fotografías “antiguas” que disponemos de la fuente.

Para poder poner otra fecha, deberemos fijarnos en el “kiosko” metálico de planta octogonal que se proyectó en el año 1892 para proteger la fuente de los rigores del tiempo, y que nos permite en este caso fechar la foto en algún año posterior a ese.

Nos quedaría indicar el momento concreto y el medio en el que esta fotografía fue publicada por primera vez, pero preferimos dejarlo para nuestra entrega del próximo mes, en la que aportaremos otra fotografía que puede fecharse en estos mismos años, que presenta una mayor nitidez general y que también nos aporta no pocos motivos para comentarla.