Edición mensual - Octubre 2011 - Cultura

Oficios tradicionales perdidos de Puertollano

El piconero

El Archivo Municipal de Puertollano realiza desde hace más de dos décadas actividades para rescatar y dar a conocer aspectos de nuestra historia. Hace años pusimos en marcha una nueva experiencia que consiste en explicar cómo eran los oficios tradicionales que el avance de la técnica arrinconó y los dejó como huella de la historia. Ahora, vamos a recordar uno de aquellos oficios de entonces: los piconeros.

Luís F. Ramírez Madrid

Nº 239 - Cultura

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Hoy en día, afortunadamente, la mayoría de las viviendas tienen calefacción y las que no han podido incorporarla tienen estufas que funcionan con un botón. Los braseros de picón han quedado para el recuerdo, pero aún podemos evocar esas imágenes de nuestras madres o nuestras abuelas levantando la falda camilla de la mesa para remover las brasas con la badila y calentar a los que en ella se sentaban y llenar el ambiente de un perfume especial ocasionado por la quema de plantas aromáticas silvestres o de cáscaras de cítricos. Esos recuerdos proceden de una época en la que la familia permanecía unida en la cocina, en torno al calor del brasero de picón o de la estufa. Y son muchos los recuerdos familiares que pueden evocar quienes permanecieron tardes y noches alrededor del brasero: las “cabrillas” que salían en las piernas (manchas que se hacían por permanecer mucho tiempo cerca del fuego), el dolor de cabeza (ocasionado por la mala combustión),etc.. Cómo olvidar aquellas alambreras que se colocaban sobre los braseros para evitar quemaduras y las veces que nuestras abuelas y madres secaron las ropas de nietos e hijos sobre ellas para que pudieran llevarlas limpias a la escuela al día siguiente. Ahora vamos a acercarnos a rescatar esa tradición caída en desuso por el avance de la sociedad. Vamos a conocer el oficio de los piconeros, cómo era su trabajo y cómo elaboraban el picón que permitía que se calentaran nuestros hogares. Desde finales de año y hasta finales de abril, los piconeros salían por la mañana en dirección a las sierras, dehesas y fincas de la zona para hacerlo y poderlo traer en sacos dispuestos para su venta. Allí llegaban antes del amanecer y el rocío de la hierba les daba la bienvenida mojándoles el calzado. Primero, lo hicieron en cuadrillas y, con el paso del tiempo, el grupo se redujo a una sola persona.

Las cuadrillas y las tareas

Las cuadrillas eran de ocho a diez personas: un capataz, cortadores, arrancadores, despicadores y un ranchero. Unos cortaban ramas con sus hachas bien afiladas, otros hacían un hoyo descuajando y cortando las raíces de la vegetación, los despicadores cortaban en trozos pequeños los troncos podados y los colocaban por tamaño y grosor. Antes de emprender las labores, se hacía una buena hoguera, designando el capataz a uno de los jornaleros (el más joven o el mayor) como ranchero, aguador y burrero. Como ya hemos dicho, todas esas tareas que realizaban la cuadrilla las llevaba a cabo el piconero. Los trabajos básicos para conseguir picón eran los siguientes: había que cortar ramas de las encinas y quejigos (el de mejor calidad, puesto que también se hacía de chaparro y brezo), amontonarlas en piconeras, quemarlas controladamente sofocando el fuego con agua o con tierra para que se formara el picón y, finalmente, meterlo en sacos y transportarlo a las casas de los piconeros. Había que estar en el corte al amanecer y a continuación se supervisaba el terreno con tesón en busca del mejor espacio para situar la piconera, preparando y limpiando el terreno a golpe de azada, dejando alrededor una zona de tierra fina que proporcionara la extinción del fuego. Se utilizaba el suelo que habían utilizado anteriormente, si acaso se reparaba, pero nunca se estropeaban otros lugares. El suelo debía apisonarse para controlar el fuego durante la carbonización, lo que evitaría el aire a través del suelo. Había que procurar que desde su emplazamiento hubiera suficiente distancia para que el fuego no alcanzara las encinas ni otros árboles.

La faena

Elegido el lugar, daba comienzo la faena. Había que hacer acopio de las ramas necesarias para conseguir un buen picón. Para ello se cortaban y se recogían ramas con las que se formaban manojos (atados con algún arbusto o con cuerda de pita), se colocaban los mazos procurando que la parte más gruesa de la rama quedara en el centro y la delgada en los extremos. Todos ellos se amontonaban en un lugar cercano al punto de elaboración del picón para llevar a cabo un transporte más rápido y menos costoso para los jornaleros. Cuando la elaboración del picón se hacía en grandes cantidades, las ramas se dejaban extendidas por el monte durante meses para eliminar la humedad y facilitar su combustión, al tiempo que se desprendían las hojas que disminuirían la calidad del producto. Cuando llevaban unas horas trabajando, hartos de cortar, recoger y cargar sobre sus hombros las ramas podadas y dispersas que pronto serían quemadas por el fuego, los piconeros hacían un alto para almorzar y reponer fuerzas y a lo largo de sesenta minutos hacían sopas de leche con pan, se las comían y preparaban el puchero para la comida del mediodía. El trabajo sólo lo abandonaban para beber agua (en las cuadrillas era el aguador quien les acercaba el agua) o cuando sacaban tabaco picado de su petaca para envolverlo con un papelillo sacado del librillo.

Formación y encendido de la piconera

Se amontonaba y colocaba la leña sobre el área limpiada y apisonada, que era una base circular de varios metros de diámetro, según el picón que se quisiera elaborar, aunque a veces se podían poner en funcionamiento varias piconeras al mismo tiempo. Sobre esa base preparada, se procedía a colocar la leña, teniendo en cuenta que había que dejar en el centro un boquete (denominado corona) que serviría de respiradero de la piconera. Los piconeros podían llevar al tiempo varias piconeras a la vez (de 8 a 10), encendiendo y apagando unas tras otras, mientras las anteriores se iban enfriando. Una vez formada la piconera, se le echaba encima una capa de jaras, cubriendo con una capa de tierra, y después se procedía al encendido de la misma que exigía rapidez, seguridad y sacrificio. Los primeros manojos de leña que se echaban en la piconera permitían que el fuego cogiera fuerza. Desde ese instante, había que mantener la llama echando mazos cuando el piconero lo estimara oportuno. Para controlarla, hacía uso de un atizador y abría lumbreras, unas aberturas por las que entraba el aire para avivar el incendio. Mientras el fuego crecía, había que afanarse por que todas las ramas ardieran bien, porque de eso dependía el buen picón. Su peor enemigo era tener el aire, y había que tener cuidado porque requemaba una parte de la leña y dejaba cruda la otra y como la llama se desplazaba de un lado a otro, impedía que los piconeros pudieran añadir leña uniformemente alrededor del fuego. Además, debían conocer los cambios de color en el humo (que indicaban la situación de la leña en el interior) para tapar las bufardas o el agujero de la corona. Aunque parezca extraño, la lluvia no era obstáculo para obtener picón ya que el fuego de la monumental fogata producía el calor necesario para quemar las ramas que se iban añadiendo. Una vez alcanzado el punto intermedio de cocción, se apagaba la piconera con cubos de agua y se remojaba la superficie externa para permitir acercarse al fuego. Tras el fuego, el humo que salía a borbotones de la piconera ocupaba el protagonismo. Para el apagado del rescoldo se utilizaba la tierra fina que se había amontonado a su alrededor, echándola con gran rapidez en la superficie de la piconera. Cuando todo el fuego estaba apagado y el humo había perdido parte de su intensidad, se le daba el último toque al picón. El piconero procedía a removerlo y extenderlo con una pala para airearlo y dejarlo enfriar. Las ramas de encina que se cortaron acababan en un galimatías de sacos que cargaban en borricos para dejarlos en su casa hasta que alguien se los comprara. Algunos piconeros nos han dicho que “lo importante para hacer un buen picón es dejarlo bastante tiempo recociendo”.

Herramientas y envasado

En la elaboración de este elemento calorífico se usaban una serie de herramientas entre las que destacamos las siguientes: mandarria, pico, pala, hacha, azada, rastrillo, hoz, criba, cuñas, cestos y rodillo. El acarreo hasta el suelo de la piconera se hacía con asnos provistos de cadenas que arrastraban los troncos sin cortar, o bien se hacía a hombros. Para el transporte del picón a la población, éstos se ayudaban de un carro tirado por animales de carga (asnos, mulos o bueyes) o simplemente asnos con serones en los que llevaban el picón. El último eslabón en la elaboración del picón consistía en envasarlo para transportarlo a casa y poderlo vender. Bien enfriado, con cuidado de que el fuego no se reavivase, se cribaba, se limpiaba y se recogía el producto en una espuerta para depositarlo a continuación en sacos o seras de unos 50 kilogramos aproximadamente. Los sacos se tapaban con algunas ramas para impedir pérdidas y se cerraban con un cosido de cuerda en la boca del saco. Aunque había personas que compraban cantidades pequeñas, el picón se vendía por sacos, para lo cual utilizaban una romana que llevaban en un carro cargado de picón.

Adiós a un oficio milenario

Atrás quedaban largos años de trabajo, de partirse el lomo, las hogueras, el crepitar de las ramas, el susurro del fuego sobre los troncos, el calor desprendido por las inmensas lenguas de fuego, años en los que antes de descargar los sacos ya los tenían todos vendidos. El oficio de piconero era muy “arrastrao”, siempre tiznados, peligroso para la vista y pasando mucho tiempo por los montes, siempre pendientes del fuego, y de calle en calle con sus asnos “enteros” (sin capar). El picón dejaría de ser popular con la implantación de la energía eléctrica y la llegada de los braseros eléctricos y del gas butano para calentar habitáculos pequeños, más cómodo y, sobre todo, menos sucio. Esta feroz competencia y las instalaciones de calefacción arrinconaron los braseros al olvido. Desde entonces, este oficio duro fue desapareciendo progresivamente y con él una forma de vivir, mientras… el brasero pasó a ser un objeto más del museo.