Edición mensual - Septiembre 2011 - Historia

Ojo de pez ... Ojo de pez ... Ojo de pez

La peste de fines del Siglo XV y el milagro de la Virgen de Gracia: una visión desde la antropología histórica

Miguel F. Gómez Vozmediano

Nº 238 - Historia

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En 1488 acontece una terrible plaga en Puertollano: el enésimo rebrote de peste bubónica. Su contagio se extendía por toda Andalucía y tenía su origen en los musulmanes malagueños, cautivos de los cristianos que reconquistaban el Reino de Granada. La máxima virulencia de esta enfermedad coincide con los calores estivales y tal vez la trajeran los cordobeses que huían de la plaga que diezmaba la ciudad de los califas por entonces.

Ese mismo año, los vecinos de Puertollano, a campaña tañida, en la puerta principal de la iglesia de Santa María la Mayor (hoy parroquia de la Asunción) eligieron a mano alzada que la Virgen de Gracia fuese su abogada frente el terrible mal que amenazaba sus vidas. A continuación, se organizó una procesión de rogativa, a la que seguramente asistieron todos los vecinos, encabezando la comitiva las autoridades civiles y eclesiásticas y poco después desapareció la peste, como había sucedido en el siglo XIV, cuando se fraguó el Santo Voto que todavía celebramos.

De nuevo se recurría a los cielos para librarse del desastre y así parece que de inmediato, se realizó una colecta entre la feligresía para levantar un santuario en las afueras del casco urbano, a la entrada del puerto que da nombre a la población. Así, en 1489 ya estaba levantada una flamante ermita, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Visitación, aunque poco después se consagraría a Nuestra Señora de Gracia. La fama de milagrera de dicha Virgen haría que vecinos y forasteros la colmasen de limosnas y propiedades, desde joyas a ropa bordada, pasando por viñedos.

Sin embargo, esta nueva devoción tenía que competir con otros fervores más arraigados (como San Sebastián o Santa Ana, la patrona local), de manera que era preciso un milagro que catalizase la fe campesina. Y éste no se hizo esperar. Así, según se recordaba varias generaciones después, en las Relaciones Topográficas de Felipe II (1575), se dice que en dicha ermita estaba colgada una hoz de hierro, de las empleadas para segar los trigales, que se conservaba como reliquia, en recuerdo del caso sucedido hacía décadas: yendo un labriego a segar con ella la festividad de la Visitacion de Nuestra Señora (31 de mayo), es decir el día de la advocación de la misma ermita y voto de la villa de Puertollano, “a la primera hozada que dio en el pan se le torno la hoz hacia la mano y se le asio a ella de tal manera que no pudo segar ninguna cosa, lo cual afirman haber pasado asi personas ancianas, que dicen haberlo oido a sus padres”.

Poco antes, en 1569, se describe este templo rural como “una yglesia de tres naves enmaderada toda de pino”, solo se oficiaba misa en ocasiones y fiestas especiales, cantándose una salve todos los sábados. El santuario estaba a cargo de una santera, que tenía a su cargo limpiar y barrer el edificio, cuidar que no se apagase la lámpara votiva que alumbraba permanentemente la imagen gótica de la Virgen con el Niño, abrir y cerrar las puertas. Su situación estratégica en el paso obligado de vecinos y pastores, junto a la fama que fue adquiriendo, hicieron que por entonces se agrandase una capilla y que la cofradía de Nuestra Señora de Graçia fuese en auge.

No obstante habría que esperar al siglo XVII para que convirtiese en patrona de Puertollano, cuando la devoción a Santa Ana se fuese enfriando y se abandonase paulatinamente la ermita que se levantaba en su honor en la falda del cerro homónimo.

Pero centrémonos en el milagro de la hoz que hemos referido antes. Este instrumento de labor era indispensable en Castilla para segar el trigo. El trigo formaba, junto con el vino, la base de la alimentación diaria de ricos y pobres, pero también participa del rito eucarístico simbolizando la carne de Cristo. Ya tenemos el primer elemento de este acontecimiento.

La hoz milagrosa era un topos, un tópico histórico, toda vez que circulaban leyendas sobre San Benito († 547), que hizo que de forma prodigiosa una hoz perdida en un lago se metiese en su mango; o que Santo Domingo de la Calzada cortó con su hoz el bosque cerrado de encinas que rodeaba dicho monasterio, pensándose que aquellos que la besaban veían cumplidos sus deseos. Era una forma de dignificar el trabajo de los más humildes, de los que vivían del sudor de su frente, los cristianos viejos.

Además, en La Mancha, existen otros testimonios medievales de semejantes portentos. Así, todavía a inicios del XVII, el padre Mariana, uno de los primeros cronistas españoles del momento, recoge la siguiente tradición:

“en Peromoro, lugar cerca de Toledo, un labrador veçino suyo andando segando su zebada salio de la primera mano tanta sangre que corriendo asta el suelo sus hijos creyendo que el padre se avia cortado la mano y acudieron a el hallándole sano fueron a los del pueblo a contar aquella maravilla espantosa los quales idos al campo adonde estaba la zevada segaron otros manojos por çertificarse mas y como tambien corriese sangre de cada caña según del primero tomado por testimonio [co]municaron a haçer saber a el señor del pueblo y desta manera en los tiempos y años del rey don Enrique [IV] acontecían cosas maravillosas de ordinario”.

Además ¿por qué fue un campesino el protagonista de este caso prodigioso y no un pastor, de entre tantos como transitaban por el Valle de Alcudia? “A todos los pastores se les aparece la virgen” dice un adagio popular, sin embargo, es curioso como en un pueblo volcado con la ganadería de la oveja merina, el milagro que se atribuye a la Virgen de Gracia supuestamente le acontece a un campesino puertollanero. La razón tal vez sea que si bien la mayoría de los ganaderos eran foráneos (serranos de la Mesta procedentes de tierras de Cuenca, concretamente), los pocos labriegos que había por estos andurriales eran puertollaneros. Nada mejor que un miembro de la propia comunidad escenificase el milagro para que calase hondo entre sus paisanos. Y desde luego que se consiguió.

El lugar del emplazamiento de la futura ermita dedicada a la Virgen de Gracia tampoco era casual, al ubicarse en el paraje más transitado por naturales y forasteros, donde se entrecruzaban los caminos de Puertollano, Almodóvar del Campo, Villamayor y Argamasilla de Calatrava, al borde mismo del camino carretero real entre Toledo y Andalucía y donde confluían las vías pecuarias empleadas por los rebaños de merinas mesteñas. Así el santuario se erige en elemento de protección que conjuraría los contagios que vinieran del exterior, toda vez que el tránsito por Sierra Madrona y Morena era prácticamente impracticable y solo los más atrevidos cruzaban sus densos bosques plagados de osos y lobos. Además, el paraje alrededor de este paso natural entre montañas confinaba con la zona más poblada de la comarca y estaba sembrado de cereales (trigo, cebada, centeno), vides y olivos. Por no hablar de que su terreno era propiedad vecinal y que sus alrededores concentraban la mayor densidad de ermitas de la localidad.

Tenemos pues todos los elementos para que cuajara una devoción: la credulidad de una comunidad campesina, abrumadoramente analfabeta, milagrera y católica a machamartillo; una catástrofe epidémica que, de manera espontánea, desaparece, coincidiendo con el voto eclesiástico solemne de toda la población, pero también al quitarse el calor que la propaga con más virulencia; un prodigio que recuerda el respeto solemne a la fiesta aclamada por todo el pueblo años antes; y un nuevo hito espiritual que actuaba a modo de amuleto portentoso para atajar la peste que siempre venía de fuera, del mundo exterior.

Desde nuestra óptica, es fácil criticar las actitudes o la mentalidad casi supersticiosa de nuestros antepasados, pero en un mundo cuajado de terrores, miserias y frustraciones como es el fraguado en la Edad Media, Cielo y Tierra están más cerca que nunca y las claves mágicas de la religiosidad popular buscan mediadores sobrenaturales que les ayudan a sobrevivir y esperar su salvación eterna. Amen.