Edición mensual - Septiembre 2011 - Fiestas Septiembre

La máscara de Almodóvar

Víctor Morujo

Nº 238 - Fiestas Septiembre

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Afirma Antonio Banderas en unas declaraciones recientes que Pedro Almodóvar es “un género en sí mismo”, palabras promocionales para “La Piel que Habito”. Es la segunda ocasión en la que “el cineasta manchego” (es un apodo que suele usarse ya automáticamente, como cuando se dice Michael Jackson el Rey del Pop) adapta una obra ajena.

La primera vez fue “Carne Trémula”, y resultó ser una versión extremadamente libre de la novela de Ruth Rendell. En aquella ocasión se dio la circunstancia de que yo había leído hacía tiempo esa novela, dada mi debilidad por el folletín con morbo y, por lo tanto, por esta escritora que ha intentado seguir los pasos de Agatha Christie y, aunque soy de los que detestan la frase “me gusta más el libro”, he de decir que la frivolidad con la que el de Calzada se tomó el texto original me pareció una desfachatez. Creo que en ella Javier Bardem hace el segundo peor papel serio de su carrera, ya que sus interpretaciones cómicas suelen ser patéticas si no le dirige Bigas Luna (el primer puesto es para su sobrevalorada personificación de Reynaldo Arenas en “Antes de que Anochezca” pero, como parece que todo aspirante a magnífico actor completo y todo terreno –y, no nos engañemos, Bardem no lo es– debe interpretar a un gay para ganar prestigio, se lo perdono parcialmente) y la historia, con ese sabroso tinte seudogótico que sólo los británicos dominan a la perfección, se perdía en medio del costumbrismo español como una vaca sin cencerro. Es cierto que nadie espera que Pedro respete nada, pero también lo es que la principal característica de su estilo actual es que siempre ande en busca de un equilibrio muy peligroso entre lo grotesco y lo dramático, que a menudo deviene en un simple y llano ridículo, pese a que los “almodovarianos” incondicionales lo llamen “genialidad”.

En esta segunda ocasión, adapta una novela de suspense del escritor francés Thierry Jonquet, y la falta de respeto hacia el original se nos advierte ya en el título mismo, porque el original es “Migale”, aunque en España se publicó como “Tarántula”. En este caso no he leído el libro, pero tengo algunos datos que creo que conviene que se conozcan: aunque la obra se publicó (al menos en nuestro país) en 1985, la historia del cirujano enloquecido por un trauma que le impulsa a una conducta extravagante, criminal y desbocada, parece ser un nada disimulado homenaje a la película “Ojos sin Rostro”, que Georges Franju estrenó en 1960 y es una joya de culto en la que brilla magnéticamente Alida Valli e inquieta sobremanera Pierre Brasseur. Este detalle viene a cuento, porque resulta que sí he visto la película. Franju merecería ser calificado como el Hitchcock francés, dada su maestría en el género, demostrada en obras maestras mundialmente ignoradas como “Judex”, o “Noches Rojas”, aunque entre la progresía española se le conoce más por “El Pecado del Padre Mouret”, la historia de un sacerdote que, durante un periodo de amnesia, se enamora de la enfermera que le atiende, Albine, y se hace amigo íntimo de su tío ateo muy de moda en los setenta entre los clandestinos de izquierda, que la degustaban en V.O. subtitulada en los cine clubes.

Volviendo al tema, sabemos de sobras que Almodóvar, al igual que Tarantino (lo menciono porque también es un género en sí mismo), si alguna virtud desta-cable tiene es que es un cinéfilo exquisito hasta decir basta, y la humanidad debe agradecerle que haya publicitado películas indispensables y a veces olvidadas en medio de sus propias historias. Por poner sólo dos ejemplos, mucha gente descubrió “Johnny Guitar”, de Nicholas Ray, por la escena en que Carmen Maura y Fernando Guillén doblan por separado una escena de la película, que contiene uno de los más brillantes diálogos de la historia del cine, entre Sterling Hayden y una Joan Crawford que, vestida de hombre, se convirtió en un icono gay con esta impresionante interpretación de una mujer fuerte contra todos (“dime una mentira, dime que me has esperado durante todos estos años”/ “te he esperado durante todos estos años”), y la única escena que salva ese truño llamado “Los Abrazos Rotos” es el magnífico tiempo muerto (son las escenas más difíciles de rodar, porque en ese momento la historia está detenida y se aprovecha para matizar algo) en el que Penélope Cruz y Lluis Homar están en el sofá viendo en la tele, de noche en su hotel de Lanzarote, “Ascensor Para el Cadalso”, una arrebatadora historia firmada por Louis Malle en la que, al igual que en la cinta, un hombre, interpretado magistralmente por Maurice Ronet, está ciegamente enamorado de una mujer que lo utiliza… lo que sucede es que ella no es Pe, sino la simpar Jeanne Moreau. Con estas pruebas, no es descabellado suponer que Almodóvar ha visto “Ojos sin Rostro”, como se demuestra en las fotografías promocionales en las que Elena Anaya aparece con una máscara de plástico muy parecida a la de Alida Valli, aunque la original no tenía orificio en la boca y sólo mostraba sus ojos (de ahí el título). Así pues, vayan avisados al cine porque, a lo que parece, las infidelidades hacia la novela original parecen haberse basado en la película que posiblemente sirvió de inspiración.

Si, son prejuicios porque, aunque un servidor viene estando muy desencantado con los bodrios tremebundos que viene encadenando el manchego (“Volver” incluida), son los mismos prejuicios de quienes hemos adorado su cine y no entendemos que haya dejado de lado la frescura y la visión esperpéntica y tragicómica de la vida que se respiraba en sus primeras cintas. Pero es que, con Almodóvar, hay que tener prejuicios, juicios y postjuicios.