Edición mensual - Junio 2011 - Historia

Cartas desde Toledo

Imágenes para una historia de Puertollano (XX)

José D. Delgado Bedmar

Nº 236 - Historia

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Esta larga serie de entregas de “Cartas desde Toledo” que hemos dedicado a las imágenes que podrían ilustrar una hipotética futura historia de Puertollano, tuvo una última entrega el mes pasado en la que comenzamos a tratar de la ermita que en el mapa que acompaña a las llamadas “Relaciones del Cardenal Lorenzana” se denomina como “de San Antonio Abad”, y que, como se recordará, es la denominación canónica de un santo tan conocido como San Antón.

Concluíamos entonces considerando que esta ermita se situaría en las inmediaciones de la Fuente Agria, con un testero orientado precisamente hacia este símbolo puertollanero y que tendría dos puertas, que se abrirían hacia el sur y el oeste. En el interior dejamos tan sólo apuntado que constaba de tres naves, separadas por cinco arcos de ladrillo.

Y comenzaremos propiamente esta entrega realizando una visita “virtual” al interior de este edificio, que de nuevo haremos de la mano de los visitadores de la Orden de Calatrava que pudieron acceder a ella concretamente el veintidós de diciembre de mil setecientos diecinueve. En ese interior constataron que había un testero todo dado de pintura (cabe suponer que estaba simplemente pintado, no que estuviera decorado con escenas de pintura mural), con tres altares. Así, la nave central tenía tres escalones para acceder al presbiterio, que aparecía presidido por un retablo cuyo centro ocupaba un cuadro de San Gregorio, con sendas esculturas que representaban a San Blas y San Agustín (“ambos de talla y estofados”) a los lados y un cuadro de una Virgen de medio cuerpo “con marco dorado” situado en la coronación del conjunto.

El altar del Evangelio (el correspondiente a la nave de la izquierda, según miraba el fiel hacia la cabecera) estaba presidido por un cuadro de San Ildefonso (cabe suponer que representado en el momento en el que la Virgen le impone la casulla en agradecimiento a la defensa que de ella hizo en sus obras), y en el de la Epístola (que estaría situado a la derecha) otro cuadro de San Jerónimo.

También anotaron los visitadores calatraveños después de su recorrido que había una lámpara de aceite que alumbraba el cuadro de San Gregorio tanto de día como de noche, que junto a las puertas de acceso había dos pilas destinadas al agua bendita, que había un crucifijo “arrimado a la pared sin otra cosa alguna”, que no disponía de sacristía en la que pudieran vestirse los oficiantes, que tenía el suelo correctamente enladrillado, que estaba permanentemente abierta, y que tan sólo contaba con las limosnas de los fieles para su mantenimiento. Y concluyen su pormenorizado relato diciendo: “Y aviendo salido fuera se rexistraron todas sus paredes y se alló estar todo bueno y sin nezesidad de reparos”.

Se recordará que dijimos el mes pasado que quienes buscaron protección contra las plagas de langosta al “votar” la construcción de esta singular ermita se equivocaron de advocación, adoptando la de San Gregorio Nacianceno en vez de la más correcta de San Gregorio Ostiense. Pero apuntamos ahora que nada se dice en la descripción de los visitadores acerca de quién sería el San Gregorio aquí representado y mucho nos tememos que, para añadir más confusión al tema, es posible que no fuera ni uno ni otro: en primer lugar, porque se diría expresamente, y en segundo lugar, porque el más habitual de los santos de este nombre y el único que realmente no necesitaba “apellido” para ser descrito era San Gregorio Magno. Un dato viene a avalar esta tesis: de los cinco santos representados en la ermita, uno era el titular de la archidiócesis toledana (San Ildefonso); otro era de culto muy habitual por proteger de los males de garganta, nariz y oído (San Blas); y los tres restantes serían otros tantos “Padres de la Iglesia”: San Gregorio Magno, San Agustín de Hipona y San Jerónimo de Estridón. Tan sólo faltaría para completar el cuarteto una imagen del bastante menos habitual San Ambrosio de Milán.

Pero hay más: en una fecha indeterminada de este siglo XVIII, pero situada probablemente a mediados de la centuria, un santo diferente, y del que no teníamos noticias hasta ahora, vino a compartir advocación con el titular de la ermita, y ese santo no fue otro que San Antón. De hecho, la ermita estuvo bajo ambas advocaciones hasta su definitiva desaparición, aunque en nuestro mapa se la denomine ya tan sólo como “de San Antonio Abad”.

Pero hemos de pensar que no es algo tan excepcional: en una localidad como la nuestra, en la que tan importante eran en esos momentos, para la economía de la mayor parte de sus habitantes, los animales que se criaban en los pastos de las dehesas de su término municipal, se buscaría protección para ellos desde las alturas, aunque desconocemos en qué circunstancias y momentos se haría.

Sabemos que a este santo, reconocido protector de los animales, se le hizo un cuadro y un altar para cobijarlo en la ermita, y comenzó entonces una festividad que enraizó pronto entre los puertollaneros e incluso fue capaz de sobrevivir al edificio: parece claro que desde mediados de ese siglo comienzan a realizarse en torno a la ermita las famosas “vueltas de San Antón” el día de su festividad, el 17 de enero. Consistían en que sus devotos enjaezaban lujosamente a sus caballerías (sobre todo eran mulas, pero también había asnos y caballos) y daban montados en ellas tres vueltas alrededor del edificio, en sentido contrario a las agujas del reloj, para conseguir de este modo la protección del santo durante el año que empezaba. Finalizadas las vueltas, el sacerdote bendecía a los animales en la puerta que se encontraba a los pies. Y decimos que la fiesta sobrevivió a la ermita porque, cuando se abandonó definitivamente ésta, el altar y el cuadro se trasladaron a la de la Virgen de Gracia y en torno a la ermita de la patrona se celebraron estas “vueltas” desde entonces y hasta su desaparición no hace tantos años: durante la década de los sesenta del pasado siglo.

Pensamos que este abandono de la ermita de San Gregorio y San Antonio Abad se produjo muy probablemente como consecuencia de las primeras medidas desamortizadoras, que la dejarían sin sus exiguas rentas: aunque los visitadores dicen que sólo se mantenía de las limosnas de los fieles en 1719, en el Catastro de Ensenada de 1752 se apuntaba que disponía de varios censos que le reportaban anualmente unos ingresos de 39 reales y siete maravedís, con unos gastos calculados en 38 reales.

Un siglo más tarde, en 1845, don Pascual Madoz nos informa en su famoso diccionario que la ermita “de San Gregorio” estaba arruinada. Y pudiera sorprender que con lo muy cercana que estaba al pueblo y sus buenas dimensiones, se la abandonase sin más, pero no tanto si consideramos que había que mantener en buen uso a la más importante ermita de la Virgen de Gracia, aunque se encontrara algo más alejada de las casas, y a la de la Soledad, que contaba a su favor con su ubicación dentro del caserío y su tradicional vinculación con las solemnidades de la Semana Santa, por lo que la ermita de San Gregorio acompañó a las de Santa Ana y San Sebastián en ese abandono.

Y de aquella primitiva ermita de San Gregorio, luego también de San Antón, nos quedó tan sólo un desdibujado recuerdo: ni siquiera huellas de dónde estuvo el edificio, ni altares, ni retablos, ni cuadros, ni esculturas, ni platería, ni ornamentos para los altares, ni vestimentas para los clérigos, porque es casi seguro que lo poco que subsistió y se trasladó a la Virgen de Gracia, se perdería al inicio de la Guerra Civil, en 1936.

Nos quedó, eso sí, el nombre que se daba al prado cercano a la Fuente Agria y, por extensión, el que más adelante se dio al egido o paseo que se trazó entre ésta y la ermita de la patrona. Pero ningún recuerdo de esa advocación a San Antón que consta en el mapa de Lorenzana.